Capítulo 16
Darío
Se despertó a las cinco y cuarto con el peso de ella sobre el pecho.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Luego lo supo todo a la vez: la cortina moviéndose con el viento, la luz gris del amanecer entrando por la ventana, las sábanas revueltas en el suelo, el vestido rojo hecho un ovillo al pie de la cama.
Y ella. Dormida encima de él, con la mejilla en su pecho y una pierna cruzada sobre las suyas, el pelo extendido sobre su hombro como una mancha de tinta. Desnuda. Respirando lento.
Darío no se movió.
La miró. La curva de la espalda, la cintura, la cadera con la cicatriz pálida de la operación.
Las marcas rojas de sus propios dedos en los muslos de ella, donde la había sujetado la tercera vez.
O la cuarta. Había perdido la cuenta en algún momento hacia las tres de la mañana, cuando ella le dijo, riéndose contra su boca, que dejara de contar o le pondría una multa por incumplimiento de protocolo.
Cinco. Habían sido cinco. Lo sabía perfectamente. No se lo iba a decir.
Le pasó los dedos por el pelo, con cuidado de no despertarla.
Ella abrió los ojos igual.
Lo miró desde su pecho. Por un momento tuvo una cara que él no le había visto nunca: desarmada, sin protocolo, sin armadura. Luego vio la luz de la ventana.
—¿Qué hora es?
—Las cinco y cuarto.
—Mierda. —Se incorporó de un tirón, sentada sobre él, con el pelo cayéndole por la cara y los pechos desnudos a la luz gris—. Mierda, Darío. La primera furgoneta sale a las seis y media. Elena pasa por las habitaciones a las seis para despertar a Irene. Su habitación está…
—Al otro lado. En el pasillo de enfrente.
—Pero pasa por aquí.
Darío no dijo nada. La miró. Sentada sobre él, desnuda, despeinada, con las marcas de su boca en el cuello y en los pechos, entrando en pánico.
Era lo más bonito que había visto en su vida.
Debió de notarle la mirada, porque bajó la vista hacia él. Y se dio cuenta, al mismo tiempo que él, de que estaba sentada exactamente encima de algo que empezaba a despertarse.
—No —dijo ella.
—No he dicho nada.
—No hay tiempo.
—Tampoco he dicho nada.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Él le puso las manos en las caderas, solo las manos, sin moverlas. Ella cerró los ojos un instante.
—Diez minutos —dijo.
—Lo que decida la coordinación.
Fueron doce.
* * *
Hablaron en la ducha, porque no había tiempo para hablar en ningún otro sitio.
El agua caía caliente sobre los dos en el plato estrecho del baño del hotel, y ella se enjabonaba el pelo de espaldas a él mientras él le enjabonaba la espalda, y hablaban como dos jefes de departamento organizando un plan de rodaje.
—En el set, nada —dijo ella—. Nada. Ni una mirada de más. Ni un roce. Te sigo coordinando exactamente igual que antes.
—Igual que antes.
—A dos metros.
—A dos metros.
—Y fuera… —Ella se volvió, con el pelo lleno de espuma—. Fuera del set, nadie puede saberlo. Nadie. Ni Elena. Si Gonzalo se entera, me echa. No la semana que viene. Mañana. Y tú no vuelves a trabajar con esta productora.
—Lo sé.
—Darío, lo digo en serio.
—Yo también.
Ella lo miró con el agua cayéndole por la cara.
—Y fuera del set —repitió, más bajo.
—¿Fuera del set qué?
Vera le pasó la mano enjabonada por el pecho, hacia abajo.
—Fuera del set, todo.
* * *
Vera salió de la 312 a las seis menos cinco, con la camiseta de él puesta, que le llegaba a medio muslo, y el vestido rojo hecho una bola en una mano.
Él la había obligado a ponerse la camiseta porque no pensaba dejarla salir al pasillo con un vestido de fiesta a esas horas.
Darío la vio asomarse a la puerta, mirar a un lado y al otro, y echar a andar descalza por la moqueta hacia su habitación, siete puertas más allá.
A la tercera puerta se volvió.
Levantó la mano. Se tocó el lóbulo de la oreja izquierda con dos dedos. Un gesto mínimo, rápido, que nadie más habría visto.
Y siguió andando.
Darío no supo qué significaba hasta las once de la mañana.
* * *
A las once de la mañana estaban en los Jameos del Agua, rodando el plano de la gruta.
Era el lugar más extraño que Darío había visto en la isla.
Una cueva volcánica, un tubo de lava gigantesco por el que miles de años antes había corrido el fuego hasta el mar, y que ahora, en su interior, guardaba un lago de agua salada tan quieta y tan transparente que parecía un espejo negro.
En el fondo del lago brillaban unos puntos blancos, diminutos, como estrellas.
Cangrejos ciegos, le había explicado el técnico del Cabildo que los acompañaba.
Albinos. Endémicos de Lanzarote, adaptados durante miles de años a la oscuridad.
El equipo se movía en silencio entre las rocas negras, con la luz natural que entraba por el agujero del techo y los focos escondidos detrás de las piedras.
La escena era sencilla: un paseo de la pareja junto al lago, sin contacto, un diálogo en susurros.
Marc hacía las caras. Darío solo tenía que estar para un plano de manos al final, las manos de los dos entrelazándose junto al agua.
Esperaba en las rocas, apartado. Vera estaba al otro lado del lago, junto a Gonzalo y el monitor, con los auriculares al cuello.
Llevaba una camisa blanca de lino, abierta en el cuello. El pelo suelto. Y en la oreja izquierda, un pendiente.
Uno solo. Un aro pequeño de plata. En la derecha, nada.
Darío lo vio y no entendió. Luego ella levantó la vista del monitor, cruzó el lago con la mirada, lo encontró en las rocas. Medio segundo. Ni uno. Volvió al monitor.
Y se tocó el pendiente con dos dedos.
Lo mismo que en el pasillo. El lóbulo izquierdo. Dos dedos.
A Darío se le fue toda la sangre hacia abajo y tuvo que cruzar las piernas sobre la roca.
No sabía qué significaba exactamente. Pero sabía que era para él.
Que en mitad de un set cerrado, con Gonzalo a medio metro, con Irene y Marc paseando junto al lago de los cangrejos ciegos, Vera Solís le estaba hablando a él con un pendiente, en un idioma que se había inventado esa misma mañana en el pasillo de un hotel.
Esperó.
Ella se lo volvió a tocar veinte minutos después, cuando Irene terminó una frase del diálogo y Gonzalo dijo «corten». Y otra vez una hora más tarde, mientras Elena repartía agua entre el equipo.
Y a la tercera vez Darío le encontró un significado.
No parecía una contraseña ni una cita. Él lo leyó como un «estoy pensando en ti» delante de todo el mundo, sin que nadie lo supiera. Cada vez que se tocaba el pendiente, a él le volvían las mismas imágenes: la ducha, la cama, la boca de él entre sus piernas a las cuatro de la mañana.
Darío buscó algo que hacer con las manos.
Se las miró. Iba a rodar un plano de manos. Y se le ocurrió.
Cuando a la una llegó por fin su plano, Darío se arrodilló junto al lago, metió la mano izquierda en el agua fría y la entrelazó con la mano de Irene.
Era un plano sencillo: los dedos enredándose con calma, en primer plano, con los cangrejos ciegos brillando en el fondo. Lo hizo como lo había hecho cien veces.
Pero antes de que Gonzalo dijera «acción», mientras el foquista ajustaba, Darío levantó la mano libre y se pasó el pulgar despacio por el labio inferior. De un extremo a otro. Como se lo había hecho él a ella la noche anterior, con la puerta recién cerrada, cuando ella le chupó el pulgar.
Levantó los ojos hacia el monitor.
Vera lo estaba mirando.
La vio quedarse quieta. La vio apretar el borde de la mesa. La vio tragar saliva y apartar la vista hacia la pantalla tan rápido que se le movió toda la melena.
Darío bajó la cabeza y se concentró en la mano de Irene.
—Acción —dijo Gonzalo.
* * *
Lo de las señales se convirtió en un juego.
Durante tres días, el rodaje entero se llenó de gestos que nadie más veía.
Ella se tocaba el pendiente. Él se pasaba el pulgar por el labio.
Ella se recogía el pelo con un lápiz y lo dejaba caer.
Él se remangaba la camisa sin prisa, una manga y luego la otra, mirándola, porque la segunda noche, en la cama, ella le había dicho que se volvía loca cada vez que lo veía remangarse antes de trabajar.
En el set seguía a dos metros. «Darío, a tu marca». «Darío, más despacio». «Darío, gracias». La misma voz. La misma distancia. Ni una sola vez se quebró una sílaba.
Pero ahora él sabía lo que había debajo.
Y fuera del set, todo.
Todo era la habitación 312, cada noche, en cuanto el pasillo quedaba en silencio.
Ella entraba sin llamar, con la llave que él le había dado la segunda noche, y mordía la almohada para no gritar, porque ahora sí sabían que se oía todo.
Dormían de tres a cinco. A las seis menos cuarto ella salía al pasillo con la camiseta de él puesta.
La tercera noche le pidió que le enseñara lo que había hecho él solo en el baño de la casa de lava, después del primer ensayo, con el grifo abierto.
Y él se lo enseñó. Tumbado en la cama, tocándose sin prisa, mientras ella miraba desde la silla con las piernas abiertas y la mano entre los muslos, sin tocarse el uno al otro hasta que ella dijo «ahora».
Fue después, con ella tumbada sobre su pecho y los dos todavía jadeando, cuando ella le dijo que lo había oído.
—¿Qué?
—Aquella tarde. En la casa. —Vera levantó la cabeza y lo miró—. Me quedé en el dormitorio cuando se fue el equipo. Y te oí. Por la roca. El grifo, y debajo… todo.
Darío tardó en encontrar la voz.
—¿Me oíste?
—Entero. Hasta el final. —Ella sonrió, un poco avergonzada, un poco no—. Me quedé allí escuchándote con las bragas empapadas. Y luego me dijiste en la piscina que habías necesitado un momento, y yo te contesté que me alegraba de que lo hubieras cogido.
—Joder, Vera.
—Lo sé.
—Llevo semanas pensando que no sabías nada.
—Lo sé todo. —Ella le besó el pecho—. Desde el principio.
Darío se rio. Una risa de verdad, larga, que le salió del estómago. Ella se rio también. Estuvieron un rato riéndose en la oscuridad, desnudos, con el viento moviendo la cortina, como dos críos que han hecho una travesura.