Capítulo 15 #2
Sin cubresexos, sin tela, sin bañador mojado, sin lino.
A la luz de la luna, a un palmo de su cara.
Empalmado del todo, apuntando hacia arriba, grueso, largo, con la piel tensa y las venas marcadas y el glande hinchado, oscuro, brillante en la punta.
Era más grande que en la bañera. Más grande que en todas las fantasías.
Más grande de lo que ella había creído posible al sentirlo a través de la ropa en el desván, en el agua, contra la roca.
—Joder —dijo ella. En voz alta. Sin querer.
Él se rio otra vez. Ella lo cogió con la mano y la risa se le cortó en seco.
No podía cerrar los dedos alrededor. Lo intentó y no llegaba. Lo sostuvo: el peso, el calor, el latido contra la palma. Le pasó la mano de abajo arriba, toda la longitud, sin prisa, como había movido las caderas sobre él delante de Irene. Él apoyó una mano en la pared para no caerse.
Vera acercó la boca.
Le besó la punta. Con los labios cerrados. Luego los abrió. Le pasó la lengua por el glande, rodeándolo, saboreándolo, sal y algo más. Él gimió su nombre. Ella se lo metió en la boca.
No le cabía. Lo supo enseguida. Le llenaba la boca con solo la mitad, y ella lo usó, la boca y la mano a la vez, lenta, como se lo había imaginado tantas noches, mirándolo desde abajo mientras lo hacía.
Él tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en la pared, la mandíbula apretada, la mano libre hundida en sus rizos.
No la empujaba. Solo la sujetaba. Y gemía.
Cada vez que ella bajaba, gemía, un sonido grave y roto que a ella le volvía a encender el clítoris todavía sensible del primer orgasmo.
—Vera —dijo él—. Vera, para. Para o me corro.
Ella se lo sacó de la boca. Lo miró desde abajo, con los labios brillantes.
—¿Y si quiero?
—Luego. —Él la cogió por los brazos y la levantó—. Ahora no. Ahora quiero estar dentro de ti.
* * *
La tumbó en la cama.
Le quitó el vestido del todo. La seda roja cayó al suelo. Ella quedó desnuda sobre las sábanas blancas, a la luz de la luna, con el pelo extendido por la almohada como una mancha negra y las piernas abiertas, y él se detuvo al borde de la cama, mirándola.
No dijo nada. La recorrió de la cara a los pies, como ella lo había mirado a él el primer día desde la mesa de billar.
—Ven —dijo ella.
Él se subió a la cama con las manos temblando.
Verle temblar las manos la conmovió más de lo que esperaba.
Se colocó entre sus piernas, de rodillas, y se inclinó sobre ella con el peso en los antebrazos, a ambos lados de su cabeza.
Exactamente como en la posición dos.
—Te coordino —dijo ella, mirándolo desde abajo, con una sonrisa temblorosa.
—Pues coordíname.
—Despacio.
Él empezó a entrar.
Despacio. Muy despacio. La punta primero, gruesa, abriéndola.
Vera sintió cómo se estiraba alrededor de él, cómo la llenaba centímetro a centímetro, cómo su cuerpo cedía y se abría y lo recibía.
Estaba tan mojada que entraba sin resistencia y aun así era demasiado, una presión enorme, un estiramiento que rozaba el dolor y lo pasaba de largo hacia otra cosa.
Le clavó las uñas en la espalda. Abrió la boca.
—¿Bien? —preguntó él. Con los dientes apretados. Temblando del esfuerzo de ir despacio.
—Sí. Más.
Él entró más. Y más. Y ella sentía que no se acababa, que seguía entrando, que le llegaba a sitios donde nadie le había llegado nunca, que la llenaba hasta el estómago. Cuando por fin estuvo dentro del todo, ninguno de los dos se movió.
Él tenía la frente apoyada en la suya. Respiraban el uno en la boca del otro.
—Quieta ahí —dijo él.
Su frase. La del Mirador. La de la bañera.
Vera obedeció. Con él dentro. Sintiendo cómo latía, cómo ella misma se contraía a su alrededor sin querer, apretándolo, y cómo él cerraba los ojos cada vez que lo hacía.
—Diez segundos —susurró ella.
Y empezó a contar.
—Uno.
Él no se movió.
—Dos.
Ella apretó a su alrededor. Él gimió.
—Tres. Cuatro.
Le temblaban los brazos.
—Cinco.
—Vera…
—Seis. Siete.
Ella le pasó las manos por la espalda hasta el culo y lo apretó contra ella, más hondo, y él soltó un sonido que no era una palabra.
—Ocho.
No llegó al nueve.
Él empezó a moverse y ella se olvidó de los números.
* * *
La folló lento al principio. Embestidas largas, hondas, que salían casi del todo y volvían a entrar hasta el fondo, y en cada una Vera sentía toda la longitud deslizándose dentro de ella, el roce contra cada pared, la presión al llegar al final.
Él la miraba a los ojos. No los apartaba. Ella tampoco.
Luego más deprisa.
Le cogió una pierna por la corva y se la subió hasta el hombro, y el ángulo cambió y Vera gritó.
La cama golpeaba la pared. No le importó.
No le importaba nada. Que lo oyera el hotel entero.
Que lo oyeran Elena, Gonzalo, Irene, la productora, el viento.
Le clavó las uñas en el culo y lo empujó contra ella y le dijo que más, que más fuerte, que no parara, y él no paró.
Le metió una mano entre los dos y le encontró el clítoris.
Vera se deshizo.
El segundo fue distinto del primero. No vino de fuera hacia dentro.
Vino de dentro, de donde él la estaba golpeando una y otra vez con todo el cuerpo, desde el fondo del vientre, y subió como una ola, como la ola de Papagayo, como la calima naranja, y la arrasó.
Se arqueó bajo él. Se contrajo alrededor de su polla con tanta fuerza que él tuvo que pararse, con los ojos cerrados y la boca abierta, aguantando.
Ella gritó su nombre. Esta vez sí. Su nombre.
Alto. Claro. Como en la bañera. Pero esta vez él estaba ahí para oírlo.
—Dilo otra vez —le pidió él, con la voz rota.
—Darío.
—Otra vez.
—Darío. Darío. Darío.
Él empezó a moverse de nuevo.
* * *
Cambiaron de postura sin hablar. Ella se puso encima.
Se sentó a horcajadas sobre él, como en el desván, como en la posición tres, y se lo metió dentro, bajando sobre él con los ojos cerrados y la boca abierta hasta tenerlo todo dentro. Se quedó quieta. Él tenía las manos abiertas sobre la sábana, a los costados.
—¿Puedo tocarte? —preguntó.
—Todavía no.
Él obedeció. Siempre obedecía.
Vera empezó a moverse. Con las caderas. Con los círculos lentos de la terraza de El Golfo, de las cuatro canciones sin mirarlo, del vestido rojo que ahora estaba en el suelo.
Bailando sobre él. Él la miraba desde abajo con una expresión que ella no le había visto nunca, como si estuviera viendo algo imposible.
—Así bailabas en El Golfo —dijo él—. Y no me mirabas.
—Ahora te miro.
—Ahora me miras.
—¿Te imaginaste esto? —le preguntó ella, moviéndose—. ¿Esa noche?
Él tardó en contestar.
—Exactamente esto.
Vera sonrió. Puso las manos en su pecho. Le clavó las uñas.
—Ahora sí —dijo—. Tócame.
Las manos de él subieron a sus caderas, a su cintura, a sus pechos.
La sujetaron. Y entonces ella dejó de bailar y lo cabalgó de verdad, rápido, hondo, sin ritmo, con el pelo cayéndole por la cara y los pechos en las manos de él, y él empezó a empujar desde abajo, a levantar las caderas hacia ella, a meterse más hondo en cada embestida, y los dos dejaron de saber quién se movía.
—Vera —dijo él—. Vera, me voy a correr.
—Hazlo.
—Mírame.
Lo miró.
Él se corrió con los ojos clavados en los suyos, con un gemido largo y ronco que le salió del fondo del pecho, con las manos apretándole las caderas tan fuerte que mañana tendría marcas.
Ella lo sintió dentro, latiendo, una vez, y otra, y otra, y verlo así, con la cara deshecha, perdido, entregado, le arrancó un tercer orgasmo que ninguno de los dos esperaba, pequeño, agudo, que la hizo caer sobre su pecho temblando.
Se quedaron así.
Ella encima, con la cara en su cuello. Él debajo, con los brazos alrededor de su espalda. Sudados. Pegados. Respirando el uno contra el otro.
Fuera, el viento seguía moviendo la cortina. En el pasillo, las puertas golpearon todas a la vez.
Vera se rio contra su cuello.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada. Las puertas.
—¿Qué les pasa?
—Llevan un mes llamando.
Él se rio también. La risa de él le vibró debajo de la mejilla. Luego él le apartó el pelo de la cara y la besó en la frente.
—Tres —dijo.
—¿Tres qué?
—Tres veces. —Él sonrió en la oscuridad—. Llevo la cuenta.
—No tienes que llevar la cuenta.
—Llevo un mes contando segundos por tu culpa. —Le pasó la mano por la espalda, de arriba abajo—. Ahora cuento esto.
Vera levantó la cabeza y lo miró.
Tenía la cara relajada como nunca se la había visto. Los ojos verdes, en la penumbra, ya no eran indescifrables. No escondían nada.
—Darío.
—Dime.
—No he dicho la palabra.
—Ya lo sé.
—No la he dicho en toda la noche.
Él la miró un rato largo.
—Te dije que si la decías, paraba.
—Ya lo sé —dijo ella—. Por eso no la he dicho.
Lo besó. Él le devolvió el beso. Y cuando se separaron, ella notó, debajo, contra el muslo, algo que empezaba otra vez a endurecerse.
Abrió mucho los ojos.
—¿Ya?
—Llevo un mes esperando —dijo él—. No pensarías que con una iba a tener bastante.
Vera se echó a reír. Y él la tumbó de espaldas sobre las sábanas, y se inclinó sobre ella, y empezó a bajar por su cuerpo con la boca, por el cuello, por los pechos, por el vientre, hasta abrirle las piernas.
—Cuatro —dijo, antes de bajar la cabeza.