Fuera de plano Capítulo 15
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Capítulo 15

Vera

Él abrió la puerta y no dijo nada.

Estaba descalzo, con un pantalón de algodón gris y una camiseta negra, y detrás de él la habitación estaba a oscuras, solo con la luz de la luna entrando por la ventana abierta y la cortina moviéndose con el viento.

La miró. Vera vio cómo le subía y le bajaba el pecho bajo la camiseta, cómo apretaba el pomo con los dedos.

Ella llevaba el vestido rojo de El Golfo.

No sabía por qué se lo había puesto. Sí lo sabía.

Se lo había puesto porque aquella noche, en la terraza, había bailado cuatro canciones sin mirarlo ni una vez y había sabido todo el tiempo dónde estaba él.

Porque quería que él viera ahora lo que se había negado a dejarle ver entonces.

Llevaba el pelo suelto, los pies descalzos y nada debajo del vestido.

Nada.

Lo había decidido delante del espejo de su habitación, con las manos temblando.

—Te lo estoy pidiendo —repitió, en el umbral, en voz muy baja.

Darío se apartó para dejarla pasar.

Ella entró. Él cerró la puerta detrás de los dos. El clic del pestillo sonó en el silencio de la habitación como un disparo.

Se quedaron frente a frente, a un metro, en la penumbra.

—No sé cómo empezar —dijo Vera. Y se rio, una risa nerviosa, corta, que no se parecía a ninguna otra risa suya—. Llevo cuatro años diciéndole a la gente cómo empezar. Y no sé cómo empezar.

—Yo sí.

—¿Sí?

—Me lo enseñaste tú.

Darío dio un paso hacia ella. No la tocó. Se detuvo a medio metro, con las manos abiertas a los costados, como en el Mirador del Río.

—Dime qué puedo tocar —dijo.

Vera lo miró.

—Dime dónde. Dime hasta dónde. Dime cuánto tiempo. —La voz de él era grave, lenta, con las pausas que la obligaban a esperar la siguiente palabra—. Dime qué no. Dime cuál es tu palabra. Llevas un mes coordinándome con todo el mundo. Ahora coordíname contigo.

Era su protocolo. Lo más frío que tenía. Las preguntas que hacía cien veces por semana en salas de ensayo con fluorescentes, con un bolígrafo y un cuestionario. Y en la boca de él, en esa habitación a oscuras, con el viento moviendo la cortina, era lo más excitante que le habían dicho nunca.

—Todo —dijo.

—Eso no es una respuesta.

Su frase. Otra vez. Ella cerró los ojos.

—Puedes tocarme todo —dijo sin prisa, abriéndolos—. Donde quieras. Como quieras. No hay ningún sitio que no.

—¿Y la palabra?

Vera tardó un segundo.

—Sal. —Lo miró—. Pero esta noche no la voy a decir.

—Si la dices, paro.

—Ya lo sé. Por eso estoy aquí.

Darío levantó una mano.

La apoyó en su cara. Con la palma abierta, en la mejilla, con el pulgar en el pómulo. Vera inclinó la cabeza hacia su mano sin decidirlo, como un gato, y cerró los ojos.

—Aquí —dijo ella.

El pulgar le recorrió el pómulo. Bajó a la comisura de la boca. Le rozó el labio inferior, de un extremo a otro, y ella abrió la boca y él le metió la punta del pulgar entre los labios, y ella lo chupó.

A Darío se le fue el aire.

—Joder, Vera.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué más puedo tocar? —preguntó él, con la voz rota.

—Todo —repitió ella—. Te lo he dicho. Todo. Ahora.

* * *

Él la besó.

No como en la casa de lava, lento, comprobando.

La besó como si llevara un mes esperando, que era exactamente lo que llevaba.

Le cogió la cara con las dos manos y le abrió la boca con la suya y le metió la lengua hasta el fondo, y ella le agarró la camiseta con los dos puños y se pegó a él, y lo sintió.

Duro. Enorme. Contra su vientre, con solo el algodón fino del pantalón y la seda del vestido rojo entre los dos. Latía contra ella.

Gimió dentro de su boca.

Él bajó las manos por su cuello, por sus hombros, por sus brazos. Le cogió la cintura. La apretó contra él. Subió las manos por la espalda, por encima de la seda, y al llegar a los omóplatos se detuvo.

—No llevas sujetador.

—No llevo nada.

Darío se detuvo. Se separó de su boca un centímetro, solo uno, y la miró a los ojos.

—¿Nada?

—Nada.

Él bajó una mano. Por la espalda, por la curva de la cintura, por la cadera, por encima del vestido. La puso sobre su culo. Lo apretó. Y lo comprobó: no había ninguna costura, ninguna goma, nada entre la seda y la piel.

—En El Golfo —dijo él, casi sin voz—. ¿Llevabas…?

—No. Esa noche sí llevaba. —Vera le sostuvo la mirada—. Pero esta noche me he acordado de tu fantasía.

Darío frunció el ceño.

—¿Qué fantasía?

Vera se dio cuenta de lo que había dicho.

Él no le había contado nunca ninguna fantasía.

Ella no podía saber si él se la había imaginado alguna vez entrando en su habitación con aquel vestido y sin nada debajo.

No podía saberlo, y sin embargo lo había dado por hecho, como si hubieran estado imaginándose el uno al otro a siete puertas de distancia todas las noches.

—Ninguna —dijo—. Una mía.

Él la miró con una expresión extraña. Luego le bajó un tirante del vestido.

Lento. Con un solo dedo. Por el hombro, por el brazo. Le besó el hombro desnudo mientras lo hacía. Luego le bajó el otro. La seda roja se deslizó por su pecho y se le enganchó un instante en los pezones, duros, tan duros que la tela no podía pasar por encima de ellos.

Él se detuvo a mirarla.

Después sopló.

Un soplo largo, frío, sobre la seda, sobre los pezones. Vera se estremeció de arriba abajo y la tela cayó, y sus pechos quedaron desnudos a la luz de la luna, delante de él, con los pezones oscuros y prietos, erizados, apuntándole.

—Eres preciosa —dijo él, en voz baja, casi con rabia.

Le cogió los dos pechos con las manos. Los sostuvo. Los apretó con calma, sopesándolos, y los pulgares le rozaron los pezones a la vez, en círculos lentos, y Vera echó la cabeza hacia atrás y gimió, un gemido largo que no intentó ahogar.

—Ahí —dijo—. Ahí, Darío.

Él bajó la boca.

Le cerró los labios alrededor de un pezón y lo chupó, primero suave, rodeándolo con la lengua, y luego más fuerte, metiéndoselo en la boca, y cada succión le bajaba en línea recta hasta el clítoris, como el hilo tenso de la bañera, como si un nervio le uniera los dos puntos y él estuviera tirando de él.

Pasó al otro. Le mordió suave. Ella le hundió las manos en el pelo y lo apretó contra su pecho.

—Más —dijo—. Más fuerte.

Él se lo hizo más fuerte.

Vera estaba temblando. Las piernas no la sostenían. Tenía el clítoris hinchado y palpitante, la humedad bajándole por la cara interna de los muslos, y sabía que si él seguía así un minuto más se iba a correr de pie, solo con su boca en los pechos.

Las rodillas de Vera cedieron un poco. Él levantó la cabeza.

Y le subió el vestido.

Con una mano, la seda subiendo por los muslos hasta la cintura, mientras la otra seguía en su pecho. Le metió la mano entre las piernas.

No preguntó. Ella le había dicho todo. Le había dicho ahora.

La encontró empapada.

Vera lo leyó en su cara antes que en ningún sitio: él abrió mucho los ojos, se le entreabrió la boca, se le escapó un sonido ronco del fondo de la garganta.

Sus dedos se deslizaron entre sus labios sin ninguna resistencia, abiertos, hinchados, resbaladizos, calientes como el agua de la bañera, y él la acarició de abajo arriba, toda la longitud, hasta el clítoris.

Y se quedó ahí.

—Dios —dijo ella—. Dios. Ahí.

Él empezó a mover los dedos. En círculos.

Exactamente los círculos que ella se hacía sola, exactamente la presión, como si la hubiera estado escuchando todas esas noches a través de la pared, como si la conociera.

Ella le clavó las uñas en los hombros. Le temblaban las rodillas.

Él la sostuvo contra su cuerpo con el otro brazo, apretada contra su pecho, y siguió.

—¿Aquí puedo? —le susurró al oído. Con burla. Con ternura. Con la voz rota.

—Sí.

—¿Más deprisa?

—Sí.

—¿Paro?

—No. No. Nunca. No pares.

Él no paró. Le metió un dedo dentro, luego dos, hondo, mientras el pulgar seguía en el clítoris, y los curvó, y encontró algo, y Vera abrió la boca y no le salió nada.

Siguió con la boca abierta, sin aire, colgada de sus hombros, mientras él la follaba con los dedos y le frotaba el clítoris con el pulgar y le chupaba el cuello, y sintió que empezaba.

Que subía desde el fondo del vientre. Que ya no podía pararlo.

—Mírame —dijo él.

Lo miró.

—Córrete mirándome.

Se corrió mirándolo.

Fue de pie, contra su cuerpo, con el vestido rojo enrollado en la cintura y sus dedos dentro, y fue tan fuerte que se le doblaron las piernas y él tuvo que sujetarla con todo el brazo para que no cayera.

Se contrajo alrededor de sus dedos una y otra vez, apretándolos, y gritó, no su nombre, nada, un grito sin palabras que él le ahogó con la boca, besándola, tragándoselo, mientras ella temblaba contra él y las oleadas no paraban, una detrás de otra, una detrás de otra.

Cuando por fin se calmaron, Vera tenía la frente apoyada en su hombro y respiraba como si se hubiera ahogado.

Él no sacó los dedos. Los dejó dentro, quietos, hasta el último espasmo.

—La primera —dijo, contra su pelo.

Vera levantó la cabeza.

—¿La primera?

—La primera.

* * *

Lo desnudó ella.

Le quitó la camiseta por la cabeza y le puso las manos abiertas en el pecho, con la palma entera, como le había enseñado a Irene.

Le recorrió el pecho, los hombros, el vientre.

Se detuvo en la cicatriz de las costillas.

La recorrió con los dedos de un extremo a otro.

Y después se inclinó y la recorrió con la boca.

Él soltó un gemido grave que le vibró en el pecho contra sus labios.

Siguió bajando. Le besó el vientre, el ombligo, la línea de vello oscuro que bajaba hacia el pantalón. Se arrodilló. Le cogió la cinturilla con las dos manos.

—¿Aquí puedo? —preguntó, levantando los ojos hacia él.

Darío se rio, una risa ronca, sin aire.

—Todo, Vera. Te lo dije el primer día. Lo que decida la coordinación.

Le bajó el pantalón.

Y lo vio por fin.