Capítulo 14
Darío
No durmió.
Se tumbó en la cama a la una y media con la ropa puesta y la ventana abierta, y miró el techo hasta que la luz empezó a ponerse gris.
No se tocó. No quiso. Tenía la boca de ella todavía en la suya, el sabor, la forma de los labios, el mordisco en el labio inferior.
Tenía en la palma de la mano el peso de su pecho y en los dedos la dureza de su pezón a través del algodón.
Tenía en el muslo la presión de su sexo frotándose contra él, mojado, caliente, empujando.
Tenía en los oídos la palabra.
Sal.
No estaba enfadado. Lo había repasado cien veces en la oscuridad y no estaba enfadado. Ella había dicho la palabra y él había parado, y eso estaba bien, eso era lo correcto, eso era lo que había que hacer siempre y con todo el mundo. Lo sabía. Lo creía.
Pero a las seis de la mañana, cuando sonó el despertador, se dio cuenta de que en dos horas iba a estar en la misma cama, bajo la misma claraboya, con Irene debajo, haciendo exactamente lo que había hecho con Vera.
Y que Vera iba a estar a tres metros, detrás de un monitor, diciéndole por el auricular cómo hacerlo.
Se duchó con agua fría durante diez minutos. No sirvió de nada.
* * *
Irene llegó pálida, con ojeras y un termo de manzanilla, pero de pie.
—Treinta y siete y medio —le dijo a Darío en el camerino, con una sonrisa cansada—. El médico dice que puedo. Yo no estoy tan segura.
—Si en algún momento no puedes, lo dices.
—Lo sé. Vera me lo ha hecho repetir antes de bajar: si quiero parar, paramos.
Le he dicho que quiero probar. —Irene se sentó en la banqueta y se frotó los brazos—.
Vera me ha dicho que anoche marcasteis la escena entera.
Que estuvisteis hasta tarde. —Levantó la vista—.
Gracias. De verdad. Si llego a tener que ensayarla hoy, me muero.
Darío asintió sin decir nada. Se quitó la camiseta, se colocó el cubresexos frente al espejo y sujetó las tiras adhesivas a las caderas. Chelo, la maquilladora, entró a pintarle el lunar de Marc bajo el omóplato derecho y, cuando le pasó la esponja junto al omóplato, se detuvo.
—Tienes unos arañazos aquí.
Darío miró su reflejo de lado. Dos marcas rojas, finas, paralelas. Uñas.
—Debí de rascarme dormido.
Chelo lo miró por el espejo un segundo de más.
—Ya —dijo, y le puso corrector encima sin hacer más preguntas.
* * *
El set estaba cerrado como nunca.
Vera lo había preparado con más rigor que cualquier otro día.
Solo las personas imprescindibles: Gonzalo, el director de fotografía, el operador, el foquista, el de sonido desde el túnel.
Ella junto al monitor pequeño, dentro de la burbuja, con los auriculares puestos y la carpeta abierta.
La luz de luna, la misma que la noche anterior, cayendo azul por la claraboya sobre las sábanas blancas.
Darío entró con el albornoz. La vio.
Llevaba unos vaqueros negros y una blusa gris de seda, cerrada hasta el cuello. El pelo recogido en un moño tirante, sin un solo rizo suelto. Ni maquillaje, ni pendientes, ni escote. Nunca la había visto tan severa. Como si se hubiera puesto una armadura.
Ella levantó los ojos de la carpeta. Lo miró.
Después bajó la vista.
—Darío, a tu marca, por favor.
Su voz. La del primer día. Neutra, profesional, perfecta. Ni un temblor.
Darío se quitó el albornoz y fue a su marca.
* * *
—Posición uno —dijo Vera por el auricular—. Irene, de espaldas a la claraboya. Darío, frente a ella.
Darío se colocó frente a Irene junto a la cama. Exactamente donde la noche anterior se había colocado frente a Vera. La misma marca. La misma luz azul cayéndole por el hombro izquierdo.
—Motor —dijo Gonzalo.
—Corriendo.
—Acción.
—Las manos en los hombros —dijo Vera en su oído—. Despacio.
Darío puso las manos en los hombros de Irene. Sobre la camisa de lino de la película. Irene tenía los hombros estrechos, huesudos, todavía calientes de fiebre. No eran los de Vera.
—Baja. Como si desabrocharas los botones.
Él bajó. Desabrochó el primer botón de la camisa de Irene.
El segundo. La voz de Vera iba contando, botón a botón, con la misma calma con la que la noche anterior le había dicho «solo el gesto».
Y él recordaba su propia mano bajando por el esternón de Vera, por encima de la camiseta negra, y los pezones de ella endureciéndose bajo la tela, sin nada debajo, marcándose a la luz azul.
—Le quitas la camisa por los hombros.
Le quitó la camisa a Irene. Debajo llevaba las prendas de barrera, de color carne. La camisa cayó al suelo.
—Y la besas.
Pausa. Silencio en el auricular.
—En el cuello.
A Darío se le cerró la garganta.
Había sido su pregunta. «¿Dónde?». Y la respuesta de ella, casi sin voz, junto a esta misma cama. «En el cuello». Y ahora se lo decía otra vez, las mismas palabras, con la voz de protocolo, para que se lo hiciera a otra.
Inclinó la cabeza y apoyó la boca en el cuello de Irene. Cerrada. Quieta.
—Apoya la boca —dijo Vera—. Quédate.
Se quedó. Irene olía a manzanilla y a crema de almendras. No olía a jabón y a sal y a algo más debajo, algo que era solo de Vera.
—Corten —dijo Gonzalo—. Bien. Otra. Y esta vez, Darío, más hambre. Parece que estás besando a tu hermana.
* * *
Hicieron siete tomas de la posición uno.
En la tercera, mientras le desabrochaba la camisa a Irene, Darío levantó la vista por encima de su hombro y la vio. Vera, detrás del monitor, a tres metros. Tenía la mano derecha apoyada en el borde de la mesa, los nudillos blancos. Tenía los ojos clavados en la pantalla. No en él. En la pantalla.
Y tenía, bajo la blusa de seda gris cerrada hasta el cuello, los pezones marcados.
Dos puntas pequeñas y duras contra la seda, tan claras como la noche anterior bajo la camiseta negra. Ella no se había dado cuenta. O sí, y no podía hacer nada.
A Darío se le puso dura en el acto.
No hubo transición. Fue verla y la sangre le bajó de una vez: la presión contra el cubresexos, el tirón de la tela técnica en las ingles.
Siguió desabrochando botones. Siguió mirando a Irene.
Pero ahora le parecía evidente que, mientras él le quitaba la camisa a otra mujer, Vera estaba detrás del monitor excitada.
Mojada, probablemente. Recordando, quizá, lo mismo que él.
—Darío —dijo la voz en su oído. Y por primera vez en todo el rodaje, a Vera se le quebró una sílaba—. La mano… la mano en la cintura. No en la cadera.
Él no había movido la mano a la cadera. La tenía en la cintura de Irene, donde estaba pactado.
A Darío le pareció que lo había dicho por decir algo, quizá por llenar el silencio.
—Está en la cintura —dijo él en voz baja, sin dejar de mirar a Irene.
Silencio en el auricular.
—Bien —dijo ella. Un segundo después—. Perdón.
* * *
La posición dos fue peor.
Él tumbaba a Irene sujetándole la nuca, como había tumbado a Vera la noche anterior, y se colocaba encima con el peso en los antebrazos.
La cámara lo cogía desde arriba, a través de la claraboya, en un plano cenital que Gonzalo llevaba días soñando.
Las sábanas blancas, los dos cuerpos, la luz azul.
—Bájate —dijo Vera—. Las caderas sobre las suyas.
Él bajó. Irene lo notó. Se le tensó el cuerpo bajo él, sorprendida, y luego se relajó. Era una reacción física. Era normal. Vera se lo había explicado tres semanas antes, sobre esta misma cama, con una frase de manual.
—Irene, ¿estás bien? —preguntó Vera por el auricular de la actriz. Darío lo oyó por el suyo; estaban en el mismo canal.
—Sí. Estoy bien.
—Darío… —Pausa—. ¿Necesitas un momento?
La frase. La frase de la primera vez, en esta misma cama, cuando él se empalmó contra el muslo de ella y ella le dijo «es una reacción física, es normal, ¿necesitas un momento?». Y él le preguntó «¿y tú?».
Darío levantó los ojos. No hacia la cámara. Hacia el monitor.
Ella lo estaba mirando. Esta vez a él. No a la pantalla.
—No —dijo él—. ¿Y tú?
Silencio en la burbuja.
Gonzalo levantó la cabeza.
—¿Qué ha dicho?
—Nada —dijo Vera rápido—. Le preguntaba a Irene. Seguimos.
Darío volvió a Irene, que lo miraba desde la almohada con el ceño un poco fruncido, sin entender. Él le sonrió para tranquilizarla. Bajó la boca hacia su clavícula, como estaba pactado.
En el auricular no hubo nada durante tres segundos. Luego la respiración de Vera. La oyó, nítida, porque el micrófono estaba demasiado cerca de su boca. Una respiración lenta, controlada, demasiado controlada. La respiración de alguien que intenta no respirar deprisa.
Darío cerró los ojos con la boca en la clavícula de Irene y escuchó respirar a Vera en su oído durante toda la toma.
* * *
En la posición tres, Irene se puso encima.
En la posición cuatro, la pared de roca, Gonzalo pidió que Darío la levantara.
Estaba pactado: él la cogía por los muslos, ella le rodeaba la cintura con las piernas, la espalda de Irene contra la piedra.
Diez segundos. Irene pesaba poco y él lo hizo sin esfuerzo, como lo había ensayado mil veces con mil especialistas.
Pero era la pared. La misma pared. El mismo trozo de roca negra y rugosa contra el que la noche anterior había apretado a Vera.
Ahí, a la altura de su cara, había una veta más clara en la piedra que recordaba haber visto por encima del hombro de ella justo antes de chuparle el pezón a través de la camiseta.
—Mírala —dijo Vera en su oído. Bajo. Muy bajo—. Mírala como si fuera la única persona que existe.
Darío miró a Irene.
Y pensó en otra.
—Corten —dijo Gonzalo. Calló un momento.
Después se levantó de detrás de la cámara—.
Eso. Eso es lo que quería. ¿Lo veis? —Se volvió hacia el equipo, con los brazos abiertos—.
Diez años esperando este plano. Este hombre está muriéndose de ganas.
Se le ve en la cara. Se le ve en el cuerpo. ¡Eso no se finge!
En la boca del túnel, sin pisar la burbuja, Marc Ribas, que había venido a ver la toma sin que nadie lo llamara, se quitó las gafas de sol. Miraba la cama: la espalda con su lunar, el cuerpo que iba a llevar su nombre. No dijo nada. Se volvió a poner las gafas y salió por el túnel.
Darío bajó a Irene al suelo con cuidado. Ella se reía, entre agotada y contenta.
—Has estado increíble —le dijo en voz baja—. Me lo he creído hasta yo.
—Tú también.
Darío recogió el albornoz y se lo puso. Al atarse el cinturón, miró hacia el monitor.
Vera no estaba.
* * *
La encontró al cabo de una hora, cuando el equipo comía en las mesas de la entrada y él bajó a buscar un cargador que se había dejado en el camerino. Al pie de la escalera de caracol, en el hueco oscuro donde nadie pasaba, junto a la palmera que salía por el techo de la burbuja grande.
Estaba sentada en el último peldaño. Con la cabeza entre las manos.
Se había soltado el moño. El pelo le caía en rizos sobre los hombros, sobre la blusa gris. Tenía el primer botón desabrochado.
Él se detuvo a dos metros.
—¿Estás bien?
Ella levantó la cabeza. Tenía los ojos secos, pero rojos.
—No.
Darío esperó.
—No puedo seguir haciendo esto. —Vera hablaba bajo, mirando la roca negra de la pared de enfrente—. No puedo pasarme otra mañana diciéndote dónde besarla. Contando los segundos. Oyendo cómo respiras en mi auricular. Viéndote mirarla así.
—No la miraba a ella.
—Ya lo sé.
Lo dijo sin levantar los ojos. A Darío se le movió el suelo bajo los pies.
—Ya lo sé —repitió ella—. Por eso no puedo. Gonzalo ha dicho que se te veía en la cara. Que se te notaba que te estabas muriendo de ganas. Tenía razón. Pero no eran de ella. Y cualquiera que mire bien esa toma… —Se pasó las manos por el pelo—. Me preguntaste «¿y tú?» delante de todo el equipo.
—Lo siento.
—No. —Ella negó con la cabeza—. No lo sientas. Tenías razón. Yo te pregunté si necesitabas un momento. Y era yo la que lo necesitaba.
Se quedaron en silencio. Arriba, en el jardín, alguien se reía. Se oía el ruido de los platos, las voces del equipo comiendo al sol.
—Esta mañana… —empezó ella. Se detuvo. Volvió a empezar—. Esta mañana me he puesto la ropa más fea que tengo. Me he recogido el pelo como una monja. Me he cerrado la blusa hasta el cuello. Y en cuanto te has quitado el albornoz…
No terminó.
—Lo he visto —dijo él.
Ella levantó los ojos.
—Desde la cama. —Darío bajó la voz—. En la tercera toma. Tenías los pezones duros debajo de la blusa. Se te marcaban.
Vera cerró los ojos. Se le subió el color a la cara, pero no apartó la mirada cuando volvió a abrirlos.
—¿Y qué has hecho?
—Seguir desabrochándole la camisa a Irene con la polla durísima dentro del cubresexos —dijo él—. Y pensando en cómo te los chupé anoche contra esa pared.
Vera soltó el aire como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
Él no se movió de donde estaba. Dos metros. No se acercó.
—Te dije en Famara que no te lo iba a volver a pedir —dijo—. Y anoche dijiste «Sal», y yo salí. Y voy a seguir saliendo cada vez que lo digas. Siempre. Pero no me pidas que haga como que no lo veo. Porque lo veo todo, Vera. Todo el rato.
Desde arriba, una voz llamó a Vera por su nombre. Elena. Gonzalo quería revisar las tomas.
Vera se levantó del peldaño. Se alisó la blusa. Se recogió el pelo en un moño rápido, sin espejo, y le quedaron tres rizos sueltos junto a la cara.
Pasó junto a él para subir la escalera. Esta vez no fue tan rápida. Se detuvo a su lado, en el primer peldaño, un instante, con la mano en la barandilla de hierro.
Estaban a la misma altura. Ella un escalón más arriba. Sus ojos frente a los de él.
—¿En qué habitación estás? —preguntó.
Darío la miró.
Sospechaba que ella lo sabía. Siete puertas: la había visto mirar hacia su puerta más de una vez desde el domingo. Pero lo preguntó igual. Como se pregunta lo que no hace falta, para que el otro tenga que decirlo en voz alta.
—En la 312 —dijo él.
Ella asintió. No dijo nada más. Subió la escalera.
* * *
El resto del día fue un plano de diálogo en el jardín, sin contacto, en el que él no tenía que salir. Darío volvió al hotel. Se duchó. No comió. Intentó leer y no pudo. Se tumbó en la cama, se levantó, se volvió a tumbar.
A las ocho oyó volver las furgonetas.
A las nueve oyó voces en el pasillo, puertas, el ascensor subiendo y bajando. El equipo cenando, el equipo yendo al bar, el equipo volviendo a las habitaciones.
A las diez y media el pasillo quedó en silencio.
Darío estaba sentado en el borde de la cama, a oscuras, con la ventana abierta y el viento entrando, igual que la noche en que la había oído gritar su nombre. No sabía qué esperaba. O sí lo sabía y no se atrevía a pensarlo, porque si lo pensaba y no ocurría no iba a aguantarlo.
¿En qué habitación estás?
A las once menos diez, las puertas del pasillo golpearon todas a la vez con una ráfaga.
Y cuando la ráfaga pasó, una de ellas siguió golpeando.
No. No golpeando. Llamando.
Tres golpes suaves, con los nudillos, en la madera de la 312.
Darío no se movió. El corazón le dio un vuelco que le dolió en el pecho. Se levantó. Cruzó la habitación a oscuras. Puso la mano en el pomo.
Al otro lado de la puerta, muy bajo, casi sin voz, oyó a Vera.
—Soy yo.
Pausa.
—Te lo estoy pidiendo.