Fuera de plano Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

No la besó todavía. Le apoyó la boca en el cuello, bajo la oreja, cerrada, quieta, exactamente como ella había enseñado a Irene a hacerlo.

«Apoya la boca. Y quédate». Vera sintió el calor de sus labios contra la piel, su aliento, el roce de la barba de un día, y su propio pulso latiendo contra la boca de él.

—¿Puedo besarte de verdad? —preguntó contra su piel.

Vera tragó saliva.

—Sí.

Y entonces él abrió la boca.

Fue mínimo. Los labios separándose sobre su piel. La punta de la lengua, apenas, un roce húmedo y caliente bajo la oreja. Un beso. Un beso de verdad, en el cuello, que no estaba en ninguna carpeta.

Vera dejó de respirar.

Se le escapó un sonido. Bajo, ronco, involuntario, que salió de algún sitio del pecho que no conocía.

Y entre las piernas, un tirón, un latido seco que le hizo apretar los muslos.

Se estaba mojando. Se había empezado a mojar cuando oyó sus pasos en la escalera y ahora estaba empapada, y cada roce de su boca en el cuello le mandaba otra descarga directa al clítoris, que se le hinchaba bajo el chándal fino, apretado contra la costura, latiendo.

—Darío…

Él levantó la cabeza y se detuvo a un centímetro de su cara.

El centímetro.

Se miraron. La luz azul, la casa en silencio, la roca negra alrededor. Ella tenía el aliento de él en la boca; él, por fuerza, el de ella. Ninguno se movía.

—¿Puedo besarte? —susurró él.

—Sí.

Él cerró el centímetro.

* * *

El primer beso fue lento.

Fue la boca de él sobre la suya, cerrada al principio, quieta, como si comprobara que de verdad estaba ahí. Luego se abrió. Luego la de ella se abrió también, sin decidirlo, y él le metió la lengua despacio, y Vera sintió que se le doblaban las rodillas.

Le agarró la camiseta con los dos puños para no caerse.

Él la sostuvo. Le pasó un brazo por la cintura y la apretó contra él, y ella lo sintió de arriba abajo: el pecho duro, el abdomen, y más abajo, contra su vientre, la erección ya completa bajo el lino, caliente, apretada contra ella a través de la ropa.

La misma que había sentido contra el muslo en esta misma cama, contra el sexo en el agua de Papagayo, entre las piernas en el desván.

Pero esta vez no había ensayo. No había Irene mirando.

No había cámara. No había nada que pudiera llamarse trabajo.

Se besaron como si llevaran semanas muriéndose de hambre.

Él le metió una mano en el pelo, entre los rizos, y le sujetó la nuca, y le inclinó la cabeza para besarla más hondo.

Ella le mordió el labio inferior. Él gimió contra su boca, un sonido grave, roto, que a ella le bajó por el cuerpo hasta los pies.

Ella le subió las manos por la espalda, por debajo de la camiseta.

La piel de él estaba ardiendo. Le clavó los dedos en los omóplatos, donde la maquilladora le pintaba el lunar de otro.

Durante unos segundos, Vera no pensó en Irene, ni en Gonzalo, ni en el trabajo.

Él la empujó hacia atrás, poco a poco, sin dejar de besarla, hasta que la espalda de ella chocó contra la pared de roca. La posición cuatro. Fría, áspera a través de la camiseta. Y él delante, apretándola contra la piedra con todo el cuerpo.

Bajó la boca por su cuello. Por la clavícula. Por el borde de la camiseta.

Le cogió un pecho con la mano.

Por encima de la tela. Lo cubrió por completo, lo apretó, y el pulgar le encontró el pezón a través del algodón fino y lo rozó.

Una vez. Otra. En círculos lentos. Vera echó la cabeza hacia atrás contra la roca y gimió en alto, sin poder evitarlo, y el gemido rebotó en las paredes curvas de la burbuja y volvió hacia ellos multiplicado.

—Joder —murmuró él contra su cuello—. Joder, Vera.

Bajó la cabeza y le cerró la boca sobre el pezón, por encima de la camiseta.

Se lo chupó a través del algodón, que se mojó y se volvió transparente bajo su lengua.

Vera le hundió las manos en el pelo. Lo apretó contra ella.

Sentía el pezón duro como una piedra dentro de su boca, la lengua caliente rodeándolo, cada succión bajando en línea recta hasta el clítoris, que palpitaba ya contra la tela empapada del chándal, desesperado.

Movió las caderas. Lo buscó.

Él entendió. Le metió una rodilla entre las piernas y se la apretó contra el sexo, y ella se frotó contra su muslo sin ninguna vergüenza, con la espalda contra la roca y la boca de él en el pecho.

El chándal era tan fino que lo sentía todo.

La presión dura de su pierna justo donde la necesitaba.

El roce contra el clítoris, arriba, abajo.

Estaba tan mojada que el algodón se le pegaba a la piel.

Bajó una mano entre los dos.

Lo encontró. Por encima del lino. Lo cogió con la mano, todo lo que pudo abarcar, y no pudo abarcarlo todo.

Era más grande de lo que había sentido en Papagayo o en el desván, más grande incluso de lo que había imaginado en la bañera.

Duro como la roca que tenía a la espalda, caliente, latiendo contra su palma.

Lo apretó. Él soltó el aire contra su pecho y le temblaron las piernas.

—Vera…

—Cállate.

Lo acarició. Por encima de la tela, de abajo arriba, toda su longitud, a compás lento, como había enseñado a Irene a mover las caderas.

Él apoyó la frente en su hombro y gimió, ronco, y se empujó contra su mano.

Ella seguía frotándose contra su muslo. Los dos jadeaban.

La casa estaba llena de sus respiraciones.

Él le metió la mano por dentro de la camiseta.

Piel con piel. La palma ardiendo sobre su vientre, subiendo, hasta cogerle el pecho desnudo.

Lo apretó. Le pellizcó el pezón entre dos dedos, con calma, y una contracción le atravesó el vientre, un aviso.

Estaba al borde. Con la ropa puesta, contra una pared de roca, frotándose contra la pierna de un hombre como una adolescente, estaba al borde de correrse.

El temblor de sus piernas debió de delatarla, porque él levantó la cabeza. Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto, los ojos casi negros en la luz azul. Le bajó la otra mano por el vientre, por encima del chándal, hacia el sexo.

Se detuvo en la cinturilla.

—¿Aquí puedo?

Su frase. En su boca. Con la voz rota.

Exactamente como en la bañera.

Vera le sostuvo la mirada. Tenía la mano de él en la cinturilla del pantalón, a un centímetro de meterse dentro. Tenía la suya cerrada sobre él. El clítoris latiendo contra la tela. Los pezones doloridos. Las piernas temblando.

Mañana a las ocho. Esta misma cama. Irene. Gonzalo detrás de la cámara. Y ella con los auriculares diciéndole a este hombre dónde poner las manos sobre otra mujer.

Y si alguien se enteraba. Si alguien volvía a por algo olvidado. Si el director de fotografía había dejado una cámara de prueba encendida. Si Gonzalo…

—Sal —dijo Vera.

La palabra de parada. La que había pactado con Irene. La que nadie decía por casualidad en mitad de una escena de amor.

Darío se detuvo.

Retiró las manos. Las dos a la vez, como en el agua de Papagayo, como si quemaran.

Dio un paso atrás. Luego otro. Se paró en mitad de la burbuja, bajo la luz azul de la claraboya, con la camiseta medio subida, el pecho subiendo y bajando, la erección marcándose obscenamente contra el lino oscuro, y la miró.

No dijo nada.

Vera seguía contra la pared de roca. Se bajó la camiseta. El algodón estaba mojado sobre el pezón izquierdo, transparente, frío ahora. Le temblaba todo. Las piernas. Las manos. La boca.

—Lo siento —dijo.

—No lo sientas.

—Lo siento, Darío. No puedo. No esta noche. No aquí. No en esta cama, sabiendo que mañana…

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Sí lo sé. —Él se pasó las dos manos por la cara—. Mañana me vas a decir dónde tocarla. Aquí mismo.

Vera cerró los ojos.

—Has dicho la palabra —dijo él, más bajo—. Y yo paro. Eso es lo que hay. Eso es lo que me enseñaste.

Ella abrió los ojos. Él la miraba desde el centro de la burbuja, despeinado, con los labios hinchados de sus besos, quieto. No se acercaba. No insistía. No le pedía nada.

Era exactamente lo que ella habría querido de cualquier hombre en cualquier set.

Y era lo que más le dolía.

Vera recogió la carpeta de la cama y dejó las llaves sobre la sábana. Pasó junto a él sin tocarlo, tan cerca que le llegó el calor que todavía desprendía su cuerpo, y entró en el túnel encalado.

—Apaga la luz y cierra tú —dijo, sin volverse—. Las llaves están en la cama.

Subió la escalera de caracol casi corriendo. Salió al jardín. La noche estaba fría y el viento le pegó la camiseta mojada al pecho. Siguió andando hasta el coche, lo abrió, se sentó dentro y cerró la puerta.

Se quedó allí, a oscuras, con las manos en el volante.

Le ardía la boca. Le ardía el cuello donde él la había besado.

Le ardía el pezón donde él lo había chupado a través de la tela.

Entre las piernas el latido no se iba, seguía ahí, insistente, rabioso, con la humedad enfriándose contra la piel y el clítoris tan hinchado que el simple roce del asiento al moverse le arrancaba un escalofrío.

Había estado a un centímetro. A un «sí».

Por la ventana del coche vio cómo, abajo, en el jardín, se apagaba la luz que salía de la claraboya. La luna falsa. Luego, durante un rato largo, nada. Luego una figura que subía la escalera, que cerraba la puerta, que caminaba hacia la verja con la sudadera en la mano.

Darío pasó junto a su coche, camino del suyo.

No se detuvo. Pero al pasar, sin volver la cabeza, apoyó la palma abierta en el cristal de la ventanilla, a la altura de su cara. Un segundo. Después siguió andando hacia el coche gris de producción.

En el cristal empañado quedó la marca de su mano.

Vera la miró hasta que se borró.