Fuera de plano Capítulo 13
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Capítulo 13

Vera

Irene amaneció el jueves con treinta y nueve de fiebre.

Elena se lo dijo a Vera a las siete de la mañana, en el pasillo del hotel, con el móvil pegado a una oreja y la mano libre tapándose la otra.

—Gastroenteritis, dice el médico. Algo que comió anoche o un virus, no lo sabe.

No puede ni levantarse de la cama. —Elena colgó—.

Y Gonzalo dice que la escena de la primera noche se rueda mañana a las ocho, sí o sí, porque el sábado tenemos la casa con otra cosa y la semana que viene se nos va el director de fotografía dos días a Madrid.

—Mañana Irene no va a estar para rodar.

—Mañana a las ocho, según el médico, estará floja pero de pie.

Lo que no va a poder es ensayar hoy. —Elena le sostuvo la mirada—.

Y fotografía necesita la escena marcada esta noche para dejar la luz montada.

Es la escena grande, Vera. La de la cama redonda con la claraboya de noche.

Sin las posiciones, mañana no hay rodaje.

Vera se apoyó en la pared del pasillo.

La escena de la primera noche era la más importante de la película.

En la novela era la noche en que la pareja hacía el amor por primera vez de verdad, en la casa de lava, a la luz de la luna que entraba por la claraboya.

Tres páginas que se habían hecho famosas en los ochenta.

En el guion, cuatro minutos de pantalla sin diálogo, solo cuerpos, respiraciones y luz.

Era la escena que Gonzalo llevaba diez años queriendo rodar.

Y era la escena que Vera llevaba tres semanas preparando con un cuidado obsesivo, toma a toma, posición a posición.

—Que marque Sara —dijo. Sara era la chica de producción que hacía de cuerpo para la luz desde que Vera había prohibido que nadie del equipo técnico ocupara el sitio de un intérprete.

—Sara se ha ido a Arrecife a buscar a Irene una farmacia de guardia y no vuelve hasta las once.

—Elena dudó—. Y Vera… no es una escena para Sara.

Sara no sabe moverse. Tú lo sabes. La escena tiene giros, cambios de postura, él encima, ella encima, el momento contra la pared de roca.

Fotografía necesita a alguien que entienda la coreografía.

Vera no contestó.

Era exactamente lo que ella misma había prohibido por escrito la semana anterior. Estaba en el parte, con su firma: ningún miembro del equipo técnico ocuparía el lugar de un intérprete. Y Elena, que lo había leído, se lo estaba pidiendo sin pedírselo.

Elena esperó. Luego le puso una mano en el brazo, igual que Vera se la había puesto a Darío junto a la bandeja de platos sucios.

—Yo no te estoy diciendo nada —dijo—. Solo te digo cómo están las cosas.

Y se fue.

* * *

Vera tardó toda la mañana en escribir el mensaje.

Lo escribió en el comedor, con el café enfriándose. Lo borró. Lo escribió en el jardín de la casa de lava. Lo borró. Lo escribió en el baño, sentada sobre la tapa del váter, con el corazón golpeándole como si fuera a hacer algo ilegal. Lo borró otra vez.

«La próxima vez, si la hay, me lo pides tú».

Era trabajo. Era una escena que había que marcar.

Era la cosa más profesional del mundo. Cualquier coordinadora lo habría hecho sin pensarlo.

Y aun así sabía, con una claridad que le revolvía el estómago, que si le escribía no iba a ser solo trabajo.

Que él no lo iba a leer como trabajo. Que ella tampoco.

A las cuatro de la tarde lo envió.

Vera: Irene está enferma. Hay que marcar esta noche la escena de la primera noche para que fotografía deje la luz. A las diez en la casa. ¿Ensayas conmigo?

Lo leyó después de enviarlo y se dio cuenta de lo que había escrito. ¿Ensayas conmigo? Las palabras de él en Famara, casi exactas, devueltas. No lo había hecho a propósito. O sí. Ya no sabía distinguirlo.

La respuesta llegó en menos de un minuto.

Darío: Sí.

Nada más. Ni un emoticono, ni una pregunta, ni un comentario. Sí.

Vera se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.

* * *

A las diez de la noche, la casa de lava era otro sitio.

Sin el equipo, sin los gritos, sin los cables por el suelo, las burbujas volcánicas estaban en silencio y a oscuras.

Solo estaba encendida la luz del dormitorio grande, el de la cama redonda, donde el director de fotografía y dos eléctricos terminaban de colgar los proyectores que simularían la luna.

Una luz azulada, fría, que caía por la claraboya sobre las sábanas blancas.

Vera llegó primero. Llevaba un pantalón de chándal negro, fino, y una camiseta de tirantes también negra, sin sujetador debajo porque las costuras marcaban en las pruebas de luz y se veían en el monitor. Se lo había dicho a sí misma tres veces en el hotel, delante del espejo. Era por la luz.

Era por la luz.

Darío llegó cinco minutos después.

Lo oyó bajar por la escalera de caracol antes de verlo, sus pasos lentos sobre los peldaños de hierro, y se le contrajo el vientre. Cuando apareció en el túnel encalado, con una sudadera gris y un pantalón de lino oscuro, se detuvo en la entrada del dormitorio y la miró.

Era la primera vez que la miraba de frente desde Famara.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches.

—Bien —dijo el director de fotografía, bajando de la escalera—.

Ya estáis los dos. Vamos rápido, que estos chicos tienen que estar aquí a las seis.

Necesito ver las cuatro posiciones principales con la luz de luna.

Media hora, no más. Luego os dejo las llaves y os quedáis lo que necesitéis repasando la coreografía.

Vera sacó la carpeta. La abrió en la página de la escena. Tenía los dedos fríos.

—Posición uno —dijo, y le salió la voz de siempre, la del protocolo, la que la había sostenido durante cuatro años—. Él la desnuda de pie, junto a la cama. Ella de espaldas a la claraboya. Para la luz, basta con que nos coloquemos.

Darío dejó la sudadera sobre una silla. Debajo llevaba una camiseta blanca. Se colocó frente a ella, junto a la cama, bajo la luz azul.

—Posición dos. Él la tumba. Encima.

Lo hicieron. Él la sujetó por la nuca y la tumbó como en la primera semana, como el día de la cama redonda, pero esta vez Vera no contó.

No podía contar. Él quedó suspendido sobre ella, apoyado en los antebrazos a ambos lados de su cabeza, sin descargar el peso, y la luz de la luna le caía por la espalda y le dejaba la cara en sombra.

—Bien —dijo el director de fotografía—. Siguiente.

—Posición tres —dijo Vera desde abajo—. Ella encima.

Giraron. Ella se colocó a horcajadas sobre él, sentada sobre sus caderas, con la luz cayéndole ahora a ella sobre los hombros y el pelo. Debajo, a través de dos pantalones finos, estaba el calor de su cuerpo. Todavía nada más. Todavía.

—Posición cuatro. La pared.

Se levantaron. Él la llevó de espaldas contra la pared de roca negra de la burbuja, la del momento de la novela en que él la levantaba y ella le rodeaba la cintura con las piernas. Vera apoyó la espalda en la piedra. Estaba fría y rugosa a través de la camiseta.

—Para la luz basta con que estéis aquí de pie —dijo el director de fotografía—. No hace falta que la levantes.

Darío no la levantó. Esperó frente a ella, con una mano apoyada en la roca junto a su cabeza. A medio metro.

—Perfecto —dijo el director de fotografía, apagando la tableta—. Lo tengo todo. Chicos, recoged.

Los eléctricos recogieron. El director de fotografía le tendió a Vera un juego de llaves.

—La puerta de arriba y la verja. Dejo la luz de luna montada para mañana; si apagáis, por el interruptor de la entrada. —Miró la carpeta que ella tenía en la mano—. ¿Os vais a quedar mucho?

—Lo justo para repasar la coreografía completa —dijo Vera—. Mañana Irene viene sin ensayar.

—Bien. Buenas noches.

Los pasos se alejaron por el túnel, por la escalera de caracol. La puerta de arriba se cerró. Se oyó el motor de una furgoneta, las ruedas en la grava del camino. Luego nada.

En aquella casa todo se oía. Y ahora no había nada que oír salvo su respiración. Y la de él.

* * *

—¿Repasamos? —preguntó Darío.

Lo dijo desde la pared de roca, donde seguía de pie. Vera estaba a dos pasos, junto a la cama, con la carpeta apretada contra el pecho.

—Sí.

—¿Desde el principio?

—Desde el principio.

Darío se acercó sin prisa. Se colocó frente a ella, junto a la cama, bajo la luz azulada de la claraboya, en la marca de la posición uno. Vera dejó la carpeta sobre la sábana.

—En la escena —dijo, mirándole el pecho, la camiseta blanca, cualquier cosa menos los ojos— él le quita la camisa. Despacio. Botón a botón. Mañana, con Irene, será una camisa de lino. Ahora… —Se miró la camiseta de tirantes—. Ahora no hace falta. Solo el gesto.

—El gesto.

—Las manos en los hombros. Donde irían los botones de arriba. Bajando.

Darío levantó las manos y las puso en sus hombros. Sobre la piel desnuda, junto a los tirantes. A Vera se le erizó todo el cuerpo desde el punto exacto donde él la tocaba.

—Así —dijo.

Él bajó las manos. Despacio, como si de verdad desabrochara botones.

Por la clavícula. Por el esternón, sobre la tela fina de la camiseta.

Entre los pechos, sin tocarlos. A Vera se le endurecieron los pezones bajo la tela, de golpe, tanto que dolían, y supo que se marcaban, que él los estaba viendo, porque no llevaba nada debajo y la luz de luna caía de lado y no escondía nada.

Las manos de él se detuvieron en su vientre.

—¿Y ahora?

—Ahora… —Vera tragó saliva—. Ahora en la escena él le quita la camisa por los hombros. Y la besa.

Silencio.

—¿Dónde?

Era la pregunta del protocolo. La que hacía ella. La que le había hecho a Irene antes del beso en la clavícula. «¿Dónde?». Y él la miraba, a un palmo, con las manos en su vientre y los ojos verdes encendidos en la luz azul, esperando a que ella dijera dónde.

—En el cuello —dijo Vera. Casi no le salió la voz.

Darío inclinó la cabeza.