Capítulo 12
Darío
Lo oyó a las once y veinte.
Estaba tumbado en la cama, a oscuras, con la ventana abierta y un libro que no leía apoyado en el pecho.
Llevaba varios días sin dormir bien. Días de frases cortas a dos metros, de «Darío, a tu marca», de «Darío, gracias», de verla dar media vuelta por la escalera del jardín cada vez que él aparecía en el túnel.
Días obedeciendo el «no puedo» del coche y repitiéndose el «aunque quiera» como quien se guarda una piedra en el bolsillo.
Esa noche ella no había bajado a cenar. Migraña, había dicho Elena. Nadie se lo había creído.
Primero fue el agua. Un ruido de grifo lejano, de bañera llenándose, que le llegó por las ventanas de los baños, todas en la misma fachada, abiertas al mismo viento. No le dio importancia. En un hotel en silencio cualquier ruido viajaba.
Después, un rato largo de nada.
Y después la oyó.
Al principio no supo qué era. Un sonido bajo, entrecortado, que le llegaba por la ventana abierta mezclado con el viento. Una respiración. Luego otra cosa, más aguda, más larga, que se cortaba en seco, como tapada con una mano. Y luego otra vez.
Darío se incorporó en la cama.
Conocía ese sonido. Cualquier hombre lo conocía.
Y conocía esa voz. La había oído durante tres semanas diciéndole «baja», «quieto», «más despacio» por un auricular pegado a la oreja.
La había oído contar segundos a un centímetro de su boca.
La había oído decir «aunque quiera» en un coche cerrado en mitad de un desierto naranja.
El libro se le cayó al suelo. No lo recogió.
Siguió sentado en el borde de la cama, inmóvil, con todo el cuerpo vuelto hacia la ventana, sin atreverse a respirar para no perderse nada. El sonido venía de la derecha. Del fondo del pasillo. De siete puertas más allá.
Estaba casi seguro de que se estaba tocando.
La idea le cerró la garganta. Los gemidos crecían, se volvían más rápidos, más altos, menos contenidos.
Oyó un chapoteo. Agua moviéndose, golpeando algo.
La bañera. Estaba en la bañera. Se la imaginó en el agua, con los rizos negros flotando alrededor, con la cabeza echada hacia atrás y la mano entre las piernas, y se le puso dura de golpe, tanto que le dolió contra el pantalón del pijama.
No se tocó. No pudo. Aguantó quieto, con las manos apretadas sobre las rodillas, escuchando como no había escuchado nada en su vida.
Los gemidos se aceleraron. Se rompieron. Se volvieron casi un llanto.
Y entonces ella gritó.
Fue un grito largo, alto, sin ningún freno, que atravesó el viento y la noche entera. Un grito de mujer corriéndose sin poder evitarlo. Y en mitad del grito oyó una palabra, clara como si ella se la hubiera dicho al oído.
—Darío.
Su nombre.
Darío dejó de respirar.
El grito se apagó. Quedaron unos jadeos, cada vez más lentos. El agua calmándose. Y luego el silencio, y el viento, y las puertas del pasillo golpeando todas a la vez.
Él seguía sentado en el borde de la cama con la erección palpitándole contra la tela y el corazón golpeándole en los oídos. Le temblaban las manos. Se las miró en la penumbra. No parecían suyas.
Había dicho su nombre.
No el de un ex, no el de un amante de Madrid o Barcelona, no un «Dios» ni un «sí» cualquiera. El suyo. Corriéndose sola en una bañera, a siete puertas de distancia, después de varios días tratándolo como a un mueble del set, había gritado su nombre.
* * *
Se levantó. No supo para qué hasta que estuvo en el pasillo.
Descalzo, con el pantalón del pijama y una camiseta, caminó por la moqueta bajo los apliques de emergencia.
Una puerta. Dos. Tres. El corazón le latía en la garganta y la polla no se le había bajado; se le marcaba contra la tela del pantalón y no hizo nada por disimularlo. No había nadie. Cuatro. Cinco. Seis.
Se detuvo frente a la séptima.
Cerrada. Por debajo salía una franja de luz amarilla. Dentro, nada. Ni música, ni agua. Silencio.
Levantó la mano para llamar.
Se quedó así, con los nudillos a un centímetro de la madera.
El mismo centímetro de siempre. El del Mirador, el del coche, el de su boca.
Si llamaba, ella abriría. Envuelta en una toalla, con el pelo mojado, con la cara todavía encendida.
Y lo vería allí, a medianoche, descalzo, empalmado, en su puerta. Y sabría que la había oído.
Y entonces ¿qué?
Entonces ella tendría que decidir con él delante, en el umbral, sin tiempo, sin pensar. Exactamente lo que ella misma le había dicho a Gonzalo que no se hacía nunca: no se decide con una persona acorralada. No se pide un sí con la cámara en marcha.
Bajó la mano.
Estuvo un rato más delante de la puerta, con la frente casi apoyada en la madera, oyendo su propia respiración. Luego dio media vuelta y volvió a su habitación, despacio, pasando otra vez por las seis puertas, sin hacer ruido.
Cerró. Se tumbó en la cama. Se bajó el pantalón.
Se corrió en menos de un minuto, con los dientes clavados en el antebrazo y el grito de ella sonándole todavía en los oídos, su nombre en la boca de ella, y fue tan violento que se le nubló la vista.
Después siguió tumbado, jadeando, mirando el techo.
Y por primera vez desde que había llegado a la isla no se sintió ridículo.
Se sintió decidido.
* * *
Al día siguiente ella no apareció por el set.
Elena dijo que la migraña había empeorado y que coordinaría por teléfono la escena de la tarde, que era un plano sin contacto. Darío la buscó en el comedor del desayuno y no estaba. La buscó en la casa de lava, en el jardín, en la escalera. No estaba en ningún sitio.
A las seis, cuando terminó la jornada, cogió el coche gris de producción sin pedírselo a nadie.
Creía saber dónde encontrarla. Ella misma se lo había dicho, la noche del fondo de la piscina, entre muchas otras cosas sin importancia: que cuando necesitaba pensar se iba a Famara, a la playa del norte, porque allí el viento era tan fuerte que no dejaba pensar en nada.
La carretera cruzaba la isla de sur a norte entre volcanes y viñedos negros, cada cepa metida en su hoyo de ceniza con un muro de piedra en semicírculo para protegerla del viento.
Después bajaba hacia la costa y de repente aparecía el risco: una pared de roca de seiscientos metros cortada a pico sobre el mar, enorme, oscura, con las cumbres metidas en las nubes.
Y a sus pies, cinco kilómetros de arena dorada y un océano blanco de espuma.
Aparcó junto al pueblo, un puñado de casas bajas medio enterradas en la arena, y caminó hacia la playa.
El viento lo golpeó de frente en cuanto dejó atrás las casas.
No era el de Playa Blanca. Era un viento que empujaba con todo el cuerpo, que levantaba la arena en ráfagas rasantes que picaban en los tobillos, que llenaba el aire de un rugido constante de mar y de aire.
Las olas rompían lejos, en filas blancas, una detrás de otra.
A lo lejos, unas cuantas cometas de surfistas daban latigazos de colores contra el cielo de la tarde.
La encontró a media playa.
Estaba sentada en la arena, sola, con las rodillas dobladas y los brazos alrededor de ellas, mirando el mar.
Llevaba un jersey gordo de lana gris, unos vaqueros, los pies descalzos hundidos en la arena.
El viento le revolvía el pelo en todas direcciones, una nube de rizos negros que ella no intentaba sujetar.
Darío se detuvo a unos metros.
Ella no lo había oído llegar. Con ese viento no se oía nada. Durante unos segundos pudo mirarla sin que ella lo supiera: el perfil, la nariz recta, la boca, la mandíbula apretada. Tenía los ojos rojos. No supo si de la arena o de otra cosa.
Después ella giró la cabeza, como si lo hubiera sentido, y lo vio.
No se levantó. No dijo nada. Se le cambió la cara, eso sí: primero sorpresa, después algo parecido al pánico, después una especie de rendición.
Darío caminó los metros que faltaban y se sentó en la arena a su lado. A un metro. La distancia de dos compañeros de trabajo.
Durante un rato ninguno de los dos habló. El viento hablaba por ellos.
—No tienes migraña —dijo él al fin.
—No.
—Lo sabe todo el mundo.
—Ya.
Ella siguió mirando el mar. Él también.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Me lo dijiste. En la piscina.
Vera cerró los ojos un instante.
—Te dije demasiadas cosas en esa piscina.
—No. Me dijiste muy pocas. —Darío cogió un puñado de arena y la dejó escurrirse entre los dedos—. Me pasé la noche intentando sacarte algo y no me dijiste nada. Solo dónde te escondes.
—Y has venido a buscarme a mi escondite.
—Sí.
—¿Por qué?
Darío tardó en contestar. El viento le echó arena a la cara y se la limpió con el dorso de la mano.
Pensó en mentirle. En decirle que venía a hablar del trabajo, de la escena de mañana, de Gonzalo. Pensó en todo lo que podía decir para que ella no tuviera que pasar vergüenza.
Pero ella había dicho su nombre.
—Anoche te oí.
Vera no movió un músculo.
No se volvió hacia él. Siguió mirando el mar, pero Darío vio cómo se le iba la sangre de la cara y cómo le volvía toda junta, un rojo intenso que le subió desde el cuello del jersey hasta la frente. Vio cómo apretaba los brazos alrededor de las rodillas. Cómo se le movía la garganta al tragar.
—Las ventanas dan a la misma fachada —dijo él, en voz baja—. Todo se oye. Lo sabes mejor que yo.
Ella no dijo nada.
—No te lo digo para avergonzarte. Te lo digo porque no puedo hacer como que no lo he oído. Llevo varios días haciendo como si no pasara nada. Obedeciendo. «A tu marca». «Gracias». Dos metros. He respetado todo lo que me dijiste en el coche. Todo. —Hizo una pausa—. Pero anoche dijiste mi nombre.
Vera escondió la cara entre las rodillas.
Darío esperó. El viento rugía. Una ola enorme rompió a lo lejos y la espuma llegó deslizándose por la arena hasta casi tocarles los pies, y luego se retiró.
—Fui a tu puerta —dijo él.
Ella levantó la cabeza como un resorte.
—¿Qué?
—Después. Fui a tu puerta. Estuve allí. Con la mano levantada para llamar.
—¿Y por qué no llamaste?
Lo preguntó casi sin voz. Darío la miró por primera vez desde que se había sentado. Ella tenía los ojos muy abiertos, oscuros, brillantes. La cara todavía roja. Los labios entreabiertos.
—Porque te habría pillado sin tiempo para pensar —dijo—.
En una toalla, con el pelo mojado, a medianoche, con un hombre en la puerta que acababa de oírte correrte gritando su nombre.
—Ella cerró los ojos un instante al oírlo dicho así—.
Y tú le explicaste a Gonzalo que eso no se hace.
Que no se le pide un sí a nadie acorralado.
Vera lo miró durante mucho tiempo.
—Gracias —dijo al fin.
—No me des las gracias. —Darío negó con la cabeza—. Me costó muchísimo no llamar.
—¿Cuánto?
La pregunta se le escapó. Darío lo vio en su cara: no había querido hacerla. Pero ya estaba hecha.
—¿De verdad quieres saberlo?
Ella no contestó. No apartó los ojos.
—Me quedé allí con la polla tan dura que me dolía —dijo él, despacio, sin bajar la voz, porque con aquel viento no lo oía nadie más que ella—.
Con la frente casi apoyada en tu puerta.
Oyéndome el corazón. Después volví a mi cuarto y me corrí en menos de un minuto oyéndote todavía.
Tu voz. Mi nombre. —Se pasó una mano por la nuca—. Eso es lo que me costó.
Vera respiraba deprisa. Él lo veía en el jersey, subiendo y bajando. Lo veía en la boca abierta. Veía cómo apretaba los muslos, sentada en la arena, cómo cambiaba de postura, cómo se le había ido la mirada un instante hacia abajo, hacia su regazo, y había vuelto a subir.
—No puedo —dijo ella.
—Lo sé. Me lo dijiste en el coche.
—Te coordino.
—También me lo dijiste.
—Entonces ¿para qué has venido?
Darío se volvió hacia ella del todo. Quedaron frente a frente sobre la arena, a un metro. Él podía oler la lana del jersey, la sal del aire, algo de ella debajo.
—Para pedirte una cosa.
Ella esperó.
—Ensáyalo conmigo.
Vera frunció el ceño.
—¿El qué?
—Lo que sea. Lo que tú quieras. Lo que hiciste anoche sola en la bañera. —Darío no apartó los ojos de los suyos—. Ensáyalo conmigo. No para la película. No para Irene. No para la cámara. Para nosotros.
Ella abrió la boca. No le salió nada.
—Sin cámara, sin Gonzalo, sin equipo —siguió él—. Con tus normas, si quieres. Con tus límites. Con tu palabra de parada. Dime dónde puedo tocarte y dónde no. Dime cuánto. Dime cuándo paro. Haz conmigo lo que haces con todos, pero esta vez para ti.
—Darío…
—Tú decides hasta dónde. —Bajó la voz, aunque no hacía falta—. Siempre lo has decidido tú. Te lo escribí el primer día.
Lo que decida la coordinación.
Vera lo miró con una expresión que él no le había visto nunca. Ni en el set, ni en la piscina, ni en el coche. Tenía los labios apretados y la barbilla tensa.
—No —dijo.
Darío no se movió.
—No puedo —repitió ella, y la voz le tembló—. No mientras dure el rodaje. No mientras tenga que decirte cada mañana dónde poner las manos sobre otra mujer. No mientras Gonzalo esté buscando cualquier cosa para echarme. No puedo, Darío.
—Vale.
—No me digas «vale».
—¿Qué quieres que te diga?
Ella no contestó.
Siguieron mirándose en la arena. El sol bajaba ya hacia el horizonte, sobre el mar abierto, y la luz se había vuelto naranja, rasante, y le encendía a ella la cara y los rizos y los ojos húmedos.
—No me has dicho que no quieras —dijo él.
Vera cerró los ojos.
No lo negó.
Darío esperó. Un segundo. Diez. Ella seguía con los ojos cerrados y los brazos alrededor de las rodillas, con el viento revolviéndole el pelo, y no lo negaba.
Él se levantó.
Se sacudió la arena de los vaqueros. Estuvo un momento de pie junto a ella, mirándola desde arriba, como el primer día en la prueba de cuerpo la había mirado ella a él desde la mesa de billar.
—No voy a volver a pedírtelo —dijo—. La próxima vez, si la hay, me lo pides tú.
Ella abrió los ojos y levantó la cara hacia él.
—¿Y si no te lo pido nunca?
—Entonces seguiré a dos metros. Y te seguiré diciendo gracias. —Hizo una pausa—. Y tú seguirás oyéndote gritar mi nombre en una bañera.
A Vera se le abrió la boca.
Darío se dio la vuelta y caminó hacia el pueblo con el viento empujándolo por la espalda. No se volvió. Tuvo que obligarse a seguir andando sin mirar atrás.
Al llegar al coche se apoyó un momento con las dos manos en el techo caliente y respiró hondo. Desde allí todavía se veía la playa: una franja dorada interminable, el mar blanco, las cometas de colores, y muy lejos, sola, una figura pequeña con un jersey gris sentada en la arena.
No se había movido.
Darío arrancó y se fue.
Por el retrovisor, mientras la carretera subía hacia el risco, vio cómo la figura se levantaba por fin, de cara al pueblo, y se llevaba las dos manos a la cara.
Después la curva la tapó.