Fuera de plano Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Le cogía el pecho entero con la mano. Lo sostenía bajo el agua, lo apretaba. El pulgar subía y le rozaba el pezón, una vez, dos, en círculos lentos, hasta que ella arqueaba la espalda y el pecho salía del agua hacia su mano.

Vera, en la bañera de verdad, había subido la mano hasta su propio pecho.

Se acariciaba el pezón con el pulgar, en círculos lentos, igual que él.

Estaba tan duro que dolía. Cada vuelta del pulgar le mandaba una descarga directa al clítoris, como si hubiera un hilo tenso entre los dos puntos de su cuerpo, y el clítoris le respondía con un latido, y el latido le subía otra vez al pecho.

Se lo pellizcó lento entre dos dedos y tuvo que morderse el labio para no gemir todavía.

—¿Hasta dónde? —preguntaba él.

Lo preguntaba mirándola a los ojos. Con la mano todavía en su pecho. Con esa expresión suya imposible de leer, salvo que ahora sí se podía leer, porque estaba en su cabeza y en su cabeza él la deseaba tanto como ella a él.

—Hasta donde quieras.

—Eso no es una respuesta.

Su tono. El que ella había usado el primer día, con el cuestionario de límites en la mano, para decirle «No te puede dar igual». Y ahora él se lo devolvía.

—Dime hasta dónde, Vera.

—Hasta abajo.

La mano bajaba. Por el vientre, bajo el agua. Por el ombligo. Más abajo. Se detenía sobre el pubis, quieta, con la palma abierta.

—¿Aquí puedo?

Vera, en la bañera, tenía la mano exactamente ahí. Abierta sobre el pubis. Sin moverse. Esperando a que él le diera permiso a ella.

—Sí —dijo en voz alta. Muy bajo. En la oscuridad del baño.

Los dedos de él bajaban. Se deslizaban entre sus labios bajo el agua y la encontraban abierta, hinchada, empapada con una humedad más espesa que el agua caliente, más resbaladiza que el aceite.

Vera notó en sus propios dedos lo que él notaba en su cabeza: los labios gruesos, calientes, separándose solos; el clítoris duro, asomando, tan sensible que el primer roce le hizo dar un respingo que levantó una ola en la bañera.

Él la notaba. La miraba. Y no decía nada sobre lo mojada que estaba.

Solo la acariciaba, de abajo arriba, una vez, y otra, hasta llegar al clítoris y quedarse ahí, en círculos lentos, igual que había hecho con el pezón.

Vera se mordió el labio. Sus propios dedos se movían igual, en círculos, al mismo compás.

El clítoris le crecía bajo la yema, se endurecía, latía contra ella como un corazón pequeño y desesperado.

Cada círculo le tensaba los muslos. Cada círculo le endurecía más los pezones, que seguían fuera del agua, fríos, erizados, pidiendo una boca.

—Dime si paro —le decía él.

—No pares.

—Dime si paro, Vera.

—No.

Y no lo decía. No decía nunca que parara.

En su cabeza, ella era la que no tenía palabra de parada, la que no tenía «pausa» ni «Sal», la que se había quedado sin protocolo.

Él le preguntaba una y otra vez, con la voz cada vez más ronca, si paraba, y ella decía que no, que no, que no, cada vez más alto, cada vez con menos voz.

Vera dejó de acariciarse el pecho y bajó la otra mano también. Metió dos dedos dentro de sí misma, hondo, mientras con la otra seguía en el clítoris. El agua se movía alrededor de ella con pequeñas olas que chocaban contra los bordes de la bañera.

En su cabeza, él se levantaba.

Se quitaba el pantalón de lino. Lo dejaba caer al suelo del baño.

Y por primera vez ella lo veía sin nada.

Sin cubresexos, sin tela, sin bañador mojado, sin dos capas de lino.

Lo veía entero, a la luz de la luna, empalmado, grueso, con la piel tirante y las venas marcadas, más grande todavía de lo que lo había sentido contra el muslo, contra el sexo, a través de todas las telas de todas las semanas.

—¿Puedo entrar? —preguntaba.

En la bañera. En ella. Las dos cosas.

—Entra.

Él se metía en el agua. El agua subía, desbordaba, caía por el borde de la bañera al suelo.

Él se colocaba entre sus piernas, de rodillas, con el agua hasta la cintura, y la levantaba por las caderas hasta sentarla sobre él.

Ella le rodeaba la cintura con las piernas, igual que en Papagayo.

Igual que en el mar. Pero ahora no había bañadores.

Y ahora no había pausa.

Lo sentía contra ella. La punta, gruesa, caliente, apretada contra su entrada, abriéndola. No entraba. Se quedaba ahí. Él la miraba.

—¿Necesitas un momento?

—No. —Vera, en la bañera, tenía los dedos hundidos dentro de sí misma, moviéndolos más deprisa—. No, Darío, no. Por favor.

Por favor.

Nunca le había dicho «por favor» a nadie en la cama. Ella pedía. Ella decía lo que quería y cómo lo quería. Nunca había suplicado.

—Por favor —repitió en voz alta, en el baño vacío.

Y él entraba.

Despacio. Muy despacio. Centímetro a centímetro, sujetándola por las caderas, bajándola sobre él, y ella se abría alrededor de él como nunca se había abierto alrededor de nadie, y lo sentía llenarla, estirarla, llegar más hondo de lo que nadie había llegado, tan hondo que le faltaba el aire.

Y cuando estaba entero dentro, cuando ya no quedaba nada, él se quedaba quieto.

—Quieta ahí —le decía.

Y ella se quedaba quieta. Con él dentro. Temblando. Sintiendo cómo latía.

Después él empezaba a moverse.

Vera ya no pensaba. Los dedos se movían solos, rápidos, hondos, curvándose dentro de ella para buscar ese punto que en su cabeza él encontraba sin buscarlo.

La otra mano en el clítoris, apretando, frotando.

Las caderas levantándose del fondo de la bañera.

El agua chocando contra los bordes, saltando, mojando el suelo del baño.

El pelo pegado a la cara. La boca abierta.

En su cabeza, él la follaba dentro del agua con embestidas largas y lentas que la levantaban, con sus manos clavadas en el culo, con su boca en el cuello, en los pechos, mordiéndole un pezón y luego el otro.

Y le hablaba. Le hablaba al oído con la misma voz grave, sin prisa, como le hablaba en el set.

—¿Aquí puedo?

—Sí.

—¿Más hondo?

—Sí.

—¿Paro?

—No. Nunca. No pares nunca.

—Mírame.

Y ella lo miraba. A los ojos verdes, muy cerca, encendidos. Y él la miraba a ella mientras se movía dentro, mientras la sujetaba, mientras ella se deshacía.

—Córrete para mí, Vera.

Vera se corrió.

Lo sintió empezar en el clítoris, bajo sus dedos: un endurecimiento último, un latido que se volvió demasiado, y luego algo que se rompió.

Fue brutal. Le arqueó la espalda fuera del agua, le cerró los muslos sobre sus propias manos, le arrancó un gemido que no tuvo tiempo de ahogar y que salió de su boca alto y largo, rebotando en las paredes de azulejo del baño.

Se contraía alrededor de sus dedos, apretándolos, soltándolos, apretándolos otra vez, como si intentara retener algo que no estaba.

Los pezones le tiraban como si tuvieran un hilo atado al vientre.

El cuerpo se le contrajo una vez, y otra, y otra, en oleadas que le subían desde el vientre hasta la garganta, y no paraban.

Una detrás de otra. Más largas que ninguna.

Le temblaban las piernas bajo el agua. Le temblaban los brazos.

Siguió temblando cuando ya había terminado.

Siguió tendida en la bañera, con la cabeza echada hacia atrás contra el borde, los ojos cerrados, los dedos todavía dentro, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

El clítoris le latía todavía, tan sensible que no se atrevía a moverse.

Cualquier roce del agua le arrancaba un temblor pequeño, un eco del orgasmo que no acababa de irse.

Los pezones seguían duros. No se le bajaban.

El agua se fue calmando poco a poco a su alrededor. El suelo del baño estaba encharcado.

Durante un rato no pensó en nada.

Después abrió los ojos y vio la luna en la ventanita, sobre el mar. Y oyó, a lo lejos, en el pasillo, las puertas golpear todas a la vez con el viento.

Se dio cuenta de que había gritado. De verdad. En voz alta. En un hotel en silencio, en una isla donde ya había aprendido que todo se oía.

Se tapó la boca con una mano mojada.

¿La habría oído alguien?

¿La habría oído él?

Siete puertas. Un pasillo de moqueta. Paredes de hotel de los noventa, más finas de lo que parecían. Si estaba despierto, si estaba en su habitación, si tenía la ventana abierta como la tenía ella…

Vera se hundió en el agua hasta la barbilla.

No podía más. Esa era la verdad. Llevaba varios días apartándolo, siendo la más estricta, la más fría, la más profesional, dando vueltas por escaleras para no cruzarse con él en un túnel.

Y lo único que había conseguido era terminar en una bañera, sola, con los dedos dentro, suplicándole por favor a un hombre que no estaba allí.

Se dio cuenta de algo más.

Había gritado su nombre.

No se lo había dicho a sí misma. Solo lo había hecho, en el último momento, cuando las oleadas empezaron. Había gritado «Darío». Alto. Claro.

Fuera, en el pasillo, las puertas volvieron a golpear todas a la vez.

Como si alguien llamara.