Capítulo 11
Vera
A partir del viernes, Vera se volvió la coordinadora más estricta que había pisado un set.
Lo notó todo el mundo. Lo notó Toni, cuando ella le devolvió una camisa porque el escote caía un centímetro más abajo de lo pactado.
Lo notó el director de fotografía, cuando le prohibió mover a Irene medio metro hacia la izquierda sin repasar antes la nueva posición con ella.
Lo notó Gonzalo, que se pasó dos días buscándole las cosquillas sin encontrar ni una sola grieta y acabó diciendo en voz alta, delante de todos, que la comisaria se había tragado el reglamento.
Vera no le contestó. No contestaba a nada que no fuera trabajo.
Y esa misma semana vetó, por tercera vez y por escrito, la escena de Los Hervideros.
Gonzalo llevaba desde el principio del rodaje intentando meterla en el plan.
No estaba en el guion. Estaba en la novela: la última noche de la pareja, en los acantilados de lava de la costa oeste, donde el mar entra en las cuevas y revienta hacia arriba.
Él la quería de noche, con Irene desnuda del todo sobre la roca mojada y las olas rompiendo a dos metros.
Sin barreras, sin doble de cuerpo para ella, «con verdad».
El contrato de Irene no contemplaba desnudo integral y el jefe de seguridad marítima había dicho que de noche, en aquellas rocas, no metía a nadie.
Vera lo dejó escrito en el parte, con fecha y hora, y le mandó copia a la productora.
—Ya la rodaré —dijo Gonzalo cuando lo leyó—. Cuando no estés.
Y lo notó Darío. Eso era lo que más le costaba.
Porque a partir del viernes, Vera dejó de ensayar con él.
Ni una sola vez. Las posiciones las marcaba desde fuera, con un plano dibujado en la carpeta y la voz.
Cuando hacía falta un cuerpo para la luz, mandaba a una chica de producción.
Cuando Irene llegaba tarde, esperaba. Cuando Gonzalo dijo «que se ponga Vera, que lo hace muy bien», ella contestó que no, que a partir de ese momento ningún miembro del equipo técnico ocuparía el lugar de un intérprete, que era una mala práctica y que debería haberlo cortado desde el principio.
Y lo puso por escrito en el parte de coordinación.
En el set le hablaba con frases cortas y desde dos metros.
«Darío, a tu marca». «Darío, más despacio».
«Darío, gracias». Nunca a menos de dos metros.
Nunca a solas. Si él entraba en el comedor, ella terminaba el café.
Si él aparecía en el túnel de la casa, ella daba la vuelta por la escalera del jardín.
Si coincidían en el ascensor del hotel, ella decía que se había dejado algo y volvía a salir.
Él no la persiguió. Eso era lo peor. No hizo ni un solo intento de acercarse. Obedecía las frases cortas, se colocaba en sus marcas, decía «gracias» cuando ella decía «gracias», y no la buscaba. Como si hubiera entendido. Como si el «aunque quiera» del coche le bastara para respetar el «no puedo».
Y ella lo sentía en todas partes.
Cuanto más lo apartaba, más presente estaba.
Lo sentía cuando entraba en una burbuja de la casa, antes de verlo, como se siente un cambio de temperatura.
En el comedor, a su espalda, a tres mesas.
Por la noche, siete puertas más allá, en el mismo pasillo de la tercera planta (lo había descubierto el domingo, al verlo salir de su habitación con una toalla al hombro, y desde entonces no había podido dejar de contar las puertas), cuando las puertas cerradas golpeaban todas a la vez con el viento.
Cada vez que él decía «gracias» con su voz grave, a Vera se le encogía el vientre.
Cada vez que lo veía en el monitor con Irene encima, apretaba el borde de la mesa hasta que le dolían los dedos.
El martes, en la burbuja de la palmera, se rodó otra vez la escena del sofá, ahora con la iluminación de noche.
Darío llevaba solo el cubresexos y el pantalón de lino desabrochado.
Irene encima, con la camisa. Él tumbado con un brazo detrás de la cabeza, en la misma postura de la prueba de cuerpo del primer día.
Vera dirigió desde el monitor: «Irene, la mano en su pecho.
Darío, levanta la barbilla. Darío, respira más hondo».
Él respiró más hondo. Ella lo vio llenarse el pecho bajo la mano de Irene, el abdomen tensarse, el vello oscuro que bajaba del ombligo desaparecer bajo el lino abierto.
Y se mojó.
Así. Sin nada. Solo con verlo respirar en un monitor de quince centímetros, con otra mujer encima, porque ella le había dicho que respirara.
Se le endurecieron los pezones contra el sujetador, tan de golpe que le dolieron, y el roce de la tela al respirar se convirtió en una caricia que no podía detener.
Notó el clítoris hinchándose bajo el pantalón, latiendo contra la costura cada vez que cambiaba el peso de una pierna a otra.
Cruzó las piernas detrás del monitor y fue peor: la presión le arrancó un escalofrío que le subió hasta la nuca.
Tuvo que descruzarlas y aguantar inmóvil, con los muslos apretados, mientras le decía a Irene dónde poner la mano.
Al terminar la toma salió al jardín de la casa y pasó un rato apoyada contra la pared, al sol, con los ojos cerrados.
—Estás fatal —dijo una voz.
Vera abrió los ojos. Elena, con dos cafés.
—Estoy cansada.
—Estás fatal. —Elena le tendió un café y se apoyó en la pared a su lado—.
Lo sabe medio equipo. Toni dice que nunca te ha visto así.
El de sonido me ha preguntado si estás enferma.
Y Gonzalo cree que te ha ganado, que te ha acojonado con lo del sofá y por eso te has vuelto un sargento. Está encantado.
—Que piense lo que quiera.
Elena bebió un sorbo. Paseó la vista por el jardín, las palmeras, los cactus, la fachada blanca de la casa.
—Vera, te conozco desde hace doce años.
—Lo sé.
—Y nunca te he visto evitar a nadie. A nadie. Ni a directores, ni a productores, ni al gilipollas de Asturias que quería más escote. A todos los has mirado a la cara.
Vera no contestó.
—Y ahora llevas desde el viernes dando la vuelta por la escalera del jardín para no cruzarte con un doble en un túnel. —Elena la miró de lado—. Un doble muy guapo. Con unos ojos verdes que te miran por encima del monitor cada vez que dices «corten».
—No me mira.
—Te mira. —Elena sonrió, sin malicia—. Te mira como un perro que espera a que le abran la puerta. Y tú no la abres. Y te estás volviendo loca.
Vera se quedó quieta con el café en la mano.
—No puedo, Elena.
—Ya lo sé.
—No es que no quiera.
—Eso también lo sé. —Elena le puso una mano en el hombro—. Solo te digo que tengas cuidado. Porque ahora mismo, la que lo está haciendo evidente eres tú. Cuanto más lo evitas, más se nota.
Se fue hacia la casa. Vera se quedó sola en el jardín, con el café enfriándose y el viento moviéndole el pelo.
Cuanto más lo evitas, más se nota.
* * *
Esa noche no pudo más.
No bajó a cenar. Se encerró en la habitación a las nueve, con la excusa de una migraña que no iba a creerse nadie, y pasó un rato sentada en la cama sin hacer nada, oyendo el viento.
Le dolía todo el cuerpo de tensión. Los hombros, la mandíbula, la cadera.
Le dolía el vientre, un dolor sordo, bajo, que llevaba días sin irse y que no era de la regla.
Llenó la bañera.
El baño de la habitación era lo único que el hotel tenía de lujo: una bañera grande, honda, con una ventana pequeña que daba al mar y por la que entraba, a esas horas, la luz plateada de la luna sobre el agua del estrecho.
Vera dejó correr el agua muy caliente, casi demasiado.
Echó un chorro de aceite que había comprado en Arrecife, uno de aloe y algo cítrico. Apagó la luz y dejó solo la de la luna.
Se desnudó sin prisa. Se soltó el pelo.
Se metió en el agua centímetro a centímetro, dejando que el calor le subiera por las piernas, los muslos, el vientre, los pechos, hasta quedar tumbada, con el agua por los hombros y los rizos flotando a su alrededor como algas negras.
Al pasar por el sexo, el agua caliente la hizo contener el aire: estaba tan sensible después de días así que hasta eso la estremeció.
Cerró los ojos.
Durante un rato no pensó en nada. Solo en el calor. En los músculos aflojándose uno a uno. En el olor a aloe.
Y luego pensó en él.
No tuvo que buscarlo. Lo tuvo delante enseguida: el pecho subiendo y bajando bajo la mano de Irene. La respiración honda que ella le había ordenado. La voz diciendo «gracias».
Abrió los ojos y miró la puerta del baño.
En su cabeza, la puerta se abría.
No llamaba. Entraba. Darío, descalzo, con el pantalón de lino desabrochado, igual que en el set, y nada más. Cerraba detrás de él. Se detenía junto a la bañera, mirándola desde arriba, con la luz de la luna dándole de lado en el pecho.
No decía nada. Solo la miraba. Y ella, en el agua, con los pechos asomando por la superficie y los pezones duros por el aire frío de la ventana, lo dejaba mirar. No se tapaba.
A Vera se le aceleró el pulso. Y los pezones, en la bañera de verdad, se le contrajeron todavía más, oscuros y prietos, como si su mirada imaginada tuviera temperatura.
Entre las piernas, bajo el agua, empezó un latido lento que reconoció enseguida: el mismo de la cama redonda, el mismo del agua de Papagayo, el mismo del monitor de esa tarde.
Ya ni siquiera necesitaba que la tocara para que empezara.
Él se arrodillaba despacio junto a la bañera. Apoyaba los antebrazos en el borde. Su cara quedaba a un palmo de la de ella.
—¿Aquí puedo? —preguntaba.
Su voz. Su pregunta. La pregunta que ella hacía cien veces por semana a actores y actrices, la frase del protocolo, la más neutra del mundo. Dicha por él, con esa voz grave y lenta, a un palmo de su boca, mientras metía una mano en el agua y la apoyaba sobre su clavícula.
—Sí —contestaba ella.
La mano bajaba. Por el esternón, entre los pechos, sin tocarlos. Ella notaba cada centímetro. Se detenía bajo el pecho izquierdo.
—¿Aquí puedo?
—Sí.