Capítulo 10 #2
—Y me hice especialista. —Sonrió, sin ganas—.
El único oficio del cine en el que la cara no importa.
En el que el éxito es que no te la vean.
Llevo veinte años siendo el cuerpo de otros.
La espalda de Marc. Las manos de no sé cuántos.
Las piernas de un actor que no sabía correr.
Nadie me ve la cara. Y me va bien así. Me ha ido siempre bien así.
—¿Sí?
Él la miró.
—Hasta hace poco.
Vera lo miró y no preguntó qué había cambiado.
El calor dentro del coche ya no se aguantaba.
A Darío le corría el sudor por las sienes.
A ella le brillaba la piel del cuello, del pecho, de los brazos.
La camiseta blanca era ya casi transparente del todo y no hacía nada por taparla.
Estaban a menos de un metro el uno del otro, separados por la palanca de cambios, dentro de una burbuja de aire caliente y naranja, y ninguno de los dos hablaba.
—Vera.
—Dime.
Él no sabía si iba a preguntarlo hasta que lo preguntó.
—En Papagayo. En el agua. —Tragó saliva—. ¿Fue la cadera?
Ella no contestó enseguida.
Lo miró largo, con la cabeza apoyada en el reposacabezas, con el brillo del sudor en la piel y los labios entreabiertos.
Darío vio cómo se le movía la garganta al tragar.
Vio cómo le subía y le bajaba el pecho bajo el algodón mojado, más deprisa que antes.
Vio cómo se pasaba la lengua por el labio inferior, despacio, sin darse cuenta.
—No —dijo ella.
Fue apenas un susurro. Una palabra. Y a Darío le dio en el pecho como un golpe.
No fue la cadera.
La excusa había sido una mentira. Eso era lo único seguro. Todas las posibilidades que llevaba días intentando descartar volvieron de golpe.
—Vera…
—No digas nada.
Él se inclinó hacia ella.
No lo decidió. Su cuerpo se movió solo, por encima de la palanca de cambios, igual que en el Mirador cuando ella le dijo «acércate» y él se acercó. Pero esta vez ella no le había dicho nada. Ella lo miraba venir. No se apartaba. No decía «quieto». No decía «pausa».
Se detuvo a un centímetro.
El mismo centímetro. Exactamente. El aliento de ella en la boca, caliente, con sabor a agua y a polvo.
Los ojos de ella muy abiertos, a esa distancia casi negros del todo, con las pupilas enormes.
El olor de su piel sudada, que era sal y era algo más, algo que le bajó directo entre las piernas y lo puso duro al instante, más duro de lo que lo había estado nunca, apretado contra la costura del vaquero.
Ella respiraba deprisa. Él la oía.
—Te deseo —dijo él. Muy bajo. Contra su boca—. Desde el primer día. Desde que te sentaste en aquella mesa de billar.
Ella cerró los ojos.
Él esperó. Un segundo. Dos. Si ella movía la cabeza un milímetro, solo uno, el centímetro desaparecería.
Sintió la mano de ella en el pecho.
Abierta. Con la palma entera, como le había enseñado a Irene. Apoyada sobre su corazón, que golpeaba como un loco. Y durante un instante pensó que lo estaba atrayendo hacia ella.
No lo atraía.
Lo detenía.
—Te coordino —dijo Vera, sin abrir los ojos. La voz le temblaba—. No puedo.
Darío se quedó quieto. A un centímetro. Con la mano de ella en el pecho.
—Vera…
—Te coordino, Darío. —Abrió los ojos—. Coordino tus escenas.
Decido dónde te tocan, quién te toca, cuánto tiempo.
Decido lo que te pasa en esa cama con Irene delante de cuarenta personas.
Si hago esto, ya no puedo hacer mi trabajo.
Si hago esto, todo lo que he dicho en esos sets, todo, cada vez que he echado a Gonzalo, cada vez que he parado una toma, deja de valer.
Porque entonces soy la coordinadora que se acuesta con el doble. Y entonces Gonzalo tiene razón.
—Gonzalo no tiene razón.
—Lo sé. Pero así es como lo van a contar.
La mano de ella seguía en su pecho. No lo empujaba. Tampoco lo dejaba avanzar. Solo estaba ahí, abierta, temblando un poco.
—No puedo —repitió ella. Más bajo—. Aunque quiera.
Aunque quiera.
Darío cerró los ojos. Respiró hondo, una vez, el aire caliente y naranja del coche, el olor de ella. Después retrocedió. Despacio, como hacía todo. Hasta su asiento. Hasta que hubo de nuevo una palanca de cambios y un metro de aire espeso entre los dos.
La mano de ella siguió un instante en el aire, donde había estado su pecho. Luego volvió a su regazo.
Ninguno de los dos dijo nada.
Fuera, el naranja empezaba a aclararse.
* * *
La calima levantó una hora después. No del todo, pero lo suficiente. Las siluetas de los volcanes fueron apareciendo poco a poco a través del polvo, primero grises, luego rojizas, como fotografías revelándose. La carretera volvió a tener bordes.
Darío arrancó el motor. El aire acondicionado les escupió una ráfaga de aire tibio a la cara. Vera se volvió a poner la camisa blanca encima de la camiseta, aunque hacía calor. Se la abrochó hasta el cuello.
No fueron a ver la localización. Ninguno lo propuso.
Hicieron el camino de vuelta en silencio, con la isla apareciendo a ambos lados entre el polvo que se iba posando, naranja sobre negro, como óxido espolvoreado sobre la lava. Darío conducía con las dos manos en el volante. No la miró ni una vez. Ella tampoco.
Pero en un cruce, al detenerse en un stop, la mano de ella se movió en el asiento hasta quedar a un centímetro de su muslo. No lo tocó. Se quedó allí, en el borde del asiento del copiloto, con la palma hacia abajo sobre la tapicería, durante los diez segundos que él tardó en ver que no venía nadie.
Luego él arrancó y ella la retiró.
En el aparcamiento del hotel, cuando él apagó el motor, ella habló por primera vez en cuarenta minutos.
—Esto no ha pasado.
Él miró al frente. Al muro blanco del hotel, cubierto de una capa fina de polvo naranja.
—No ha pasado nada.
—Por eso.
Ella abrió la puerta y bajó. Él la vio cruzar el aparcamiento hacia la entrada, con la camisa blanca abrochada hasta el cuello y los rizos llenos de polvo del desierto. No se volvió.
Darío tardó en salir del coche, con las llaves en la mano y el motor apagado.
No había pasado nada. Era verdad. Ni un beso. Ni una caricia. Solo un centímetro de aire caliente y una mano abierta en su pecho.
Pero ella había dicho «no» a la pregunta de la cadera. Y había dicho «aunque quiera».
Por primera vez desde la mesa de billar, Darío Quintana sabía exactamente lo que pasaba por la cabeza de Vera Solís.
Y no sabía si eso era mejor o muchísimo peor.