Fuera de plano Capítulo 10
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Capítulo 10

Darío

Elena los mandó a Timanfaya un jueves por la mañana porque Gonzalo había tenido una idea.

—Quiere un plano en el parque —dijo, con la tableta pegada al pecho y cara de no haber dormido—. Ella caminando sola por la lava, de espaldas, en mitad de la nada. No está en el guion. Se le ocurrió anoche a las dos de la mañana y me mandó un audio de cuatro minutos.

—¿Y qué pinto yo? —preguntó Darío.

—Que en la idea de Gonzalo, él la sigue.

De lejos. Y luego la alcanza. Y luego, según el audio, «pasa algo».

—Elena se frotó los ojos—. No sé qué es «algo».

Vera tiene que ir a ver el sitio para decidir qué se puede hacer y qué no.

El parque tiene unas normas de protección brutales: no se puede salir de la carretera, no se puede pisar la lava, hace un calor del demonio en algunos puntos y Gonzalo quiere a Irene descalza.

Y tú vas con ella porque eres el que va a hacer el «algo», y porque sabes conducir por pistas y nadie más del equipo está libre.

Darío miró hacia el fondo del comedor, donde Vera desayunaba con un café y un cruasán, leyendo algo en el móvil. Llevaba unos pantalones de lino claros y una camisa blanca anudada a la cintura, y el pelo recogido en lo alto de la cabeza, con rizos que se le escapaban por todas partes.

Desde el túnel encalado, tres días antes, no habían vuelto a cruzar más de dos frases.

—¿Ella lo sabe?

—Se lo he dicho hace diez minutos. —Elena le tendió unas llaves—. El coche gris de producción. Salís en media hora. Y llevaos agua, que dicen que puede venir calima.

* * *

La calima llegó a mitad de camino.

Al principio fue solo un cambio en la luz.

El sol de la mañana se volvió más amarillo, luego más pálido, como a través de un filtro.

El azul del cielo se fue apagando hacia un blanco sucio.

Después el horizonte desapareció. Las montañas que se veían a lo lejos, los conos rojizos y negros que rodeaban la carretera, se volvieron siluetas grises, luego manchas, luego nada.

—¿Eso es la calima? —preguntó Vera.

Eran las primeras palabras que decía desde que habían salido del hotel. Había pasado los primeros veinte minutos mirando por la ventanilla y los diez siguientes con los ojos cerrados, fingiendo dormir. Darío lo sabía porque los que fingen dormir respiran demasiado regular.

—Eso es la calima.

—¿Qué es exactamente?

—Polvo del Sáhara. El viento sopla desde África y trae la arena del desierto en el aire. A veces dura unas horas. A veces días.

—¿Cómo sabes tanto?

—Rodé en Fuerteventura hace años. Nos tuvo parados una semana.

Entraron en el parque. La carretera se convirtió en una cinta de asfalto negro que serpenteaba entre ríos de lava petrificada, retorcida en formas que no parecían de este mundo: olas congeladas, tripas de piedra, costras rotas como pan quemado.

A los lados, carteles prohibiendo salir de la carretera, prohibiendo detenerse, prohibiendo pisar el suelo.

Y por encima de todo, cada vez más espeso, el polvo.

Ahora ya no era blanco. Era naranja.

Darío redujo la velocidad. Luego la redujo más. A cien metros ya no se veía nada. A cincuenta, tampoco. Delante del parabrisas, el aire era una pared de color ocre. La luz del sol la atravesaba desde ninguna parte, sin sombras, sin dirección, y lo teñía todo del mismo tono de óxido.

—No veo la carretera —dijo Vera.

—Yo tampoco.

—¿Qué hacemos?

Darío buscó con la vista. A su derecha, una ampliación del arcén, un apartadero de tierra para emergencias. Puso el intermitente, aunque no había nadie para verlo, y metió el coche al paso en el apartadero hasta que las ruedas tocaron el borde de la lava. Apagó el motor.

—Esperar.

* * *

El silencio fue lo primero.

Sin el motor, sin la radio, sin el viento, que había caído por completo, el silencio dentro del coche pesaba. Darío oía la respiración de ella. Oía el tic tic del motor enfriándose. Oía, muy lejos, nada.

Fuera, el mundo había dejado de existir. Las ventanillas eran rectángulos de color naranja opaco. Podían estar en Marte. Podían estar en el fondo del mar. Podían estar en ninguna parte.

Lo segundo fue el calor.

Con el motor apagado, el aire acondicionado se paró.

En cinco minutos, el interior del coche empezó a cargarse.

En diez, Darío tenía la camiseta pegada a la espalda.

La calima no solo traía polvo; traía el aliento del desierto, un aire caliente y espeso que se colaba por las rendijas y se estancaba dentro.

—Abre un poco —dijo Vera.

—Si abro entra el polvo.

—Me da igual.

Darío bajó un par de centímetros su ventanilla. Entró un soplo de aire más caliente todavía y un olor a tierra y a piedra quemada. La volvió a subir.

—Peor —dijo.

—Peor —admitió ella.

Vera se quitó la camisa.

Lo hizo sin mirarlo, deshaciendo el nudo de la cintura y sacando los brazos de las mangas, retorciéndose en el asiento del copiloto.

Debajo llevaba una camiseta de tirantes blanca, fina, de algodón.

Se le pegaba a la piel por el sudor. Se transparentaba el sujetador, blanco también, de encaje, y la sombra oscura de los pezones debajo.

Darío miró al frente. A la pared naranja del parabrisas.

—¿Cuánto puede durar? —preguntó ella.

—No lo sé. Elena ha escrito antes de que se fuera la cobertura. Dice que en el hotel está igual. Que nadie se mueve. Que esperemos a que levante un poco.

—¿Y si no levanta?

—Levanta. Siempre levanta.

Vera se soltó el pelo. Llevaba los rizos recogidos y el calor se los había aplastado contra la nuca.

Se los sacudió con las dos manos, se los echó hacia delante, se los volvió a recoger, más alto, dejando el cuello al descubierto.

Por la nuca le bajaba una gota de sudor.

Darío la vio rodar desde el nacimiento del pelo, por la columna, hasta perderse bajo el tirante de la camiseta.

Se imaginó siguiendo esa gota con la lengua.

Miró al frente.

—Bueno —dijo ella—. Parece que vamos a estar aquí un rato.

—Parece.

—¿Tienes agua?

Darío alargó el brazo hacia el asiento de atrás, cogió una botella y se la tendió. Ella bebió. Le cayó un hilo por la barbilla, por el cuello, hasta el escote, y no se lo limpió.

* * *

Hablaron porque no había nada más que hacer.

Al principio de cosas fáciles. Del calor, del polvo, de lo que iba a decir Gonzalo cuando supiera que su plano de lava había quedado enterrado en la calima.

Ella le preguntó por la semana en Fuerteventura y él le contó lo de la cámara que se había llenado de arena por dentro, y ella se rio.

Él le preguntó por Elena, y ella le contó lo de Asturias, cuando tenía veinticuatro años y era una bailarina más en una escena de grupo de una película de época, y Elena la había salvado de un ayudante de dirección que no paraba de pedirle «más escote».

—Ya entonces me hacía falta una coordinadora —dijo Vera—. Lo que pasa es que no existían.

—Y te hiciste una.

—Y me hice una.

Callaron un rato. El naranja de fuera era cada vez más espeso. La luz dentro del coche era rara, sin sombras, como de sueño.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo él.

—Depende.

—En la piscina. Cuando te dije que me habían contado que bailabas muy bien. Se te cerró la cara.

Vera tardó en contestar. Tenía la cabeza apoyada en el reposacabezas y miraba hacia el techo del coche.

—No bailaba muy bien —dijo al fin—. Bailaba muy bien hasta que dejé de bailar. Que es distinto.

—¿La cadera?

—La cadera. —Se tocó el costado izquierdo con la mano, el gesto que él ya le había visto otras veces—.

Tenía veintinueve años. Estábamos estrenando una pieza en el Mercat de les Flors, en Barcelona.

Un salto que había hecho mil veces. Caí mal.

Oí el ruido antes de sentir nada. Como una rama que se parte.

Darío no dijo nada. Esperó.

—Me operaron dos veces. Entre una y otra se me acabó también el matrimonio: él se había casado con una bailarina y no supo qué hacer con lo que quedó.

Me dijeron que podría andar perfectamente, que podría hacer vida normal.

Y es verdad. Ando perfectamente. Hago vida normal.

Lo único que no puedo hacer es lo único que había hecho desde los ocho años.

—Hizo una pausa—. El cuerpo era mi instrumento, ¿entiendes?

Como el violín de un violinista. Y un día se rompió y ya no servía para eso.

Así que aprendí a usarlo para otras cosas.

—¿Como qué?

—Como saber dónde poner las manos de otros.

—Vera giró la cabeza hacia él—. Me pasé veinte años aprendiendo cómo se mueve un cuerpo, qué transmite, qué cuenta sin palabras.

Y luego descubrí que había gente en los rodajes que lo pasaba fatal porque nadie sabía explicarles eso.

Que había actrices como Irene que sabían llorar pero no sabían tocar. Y pensé: eso lo sé hacer yo.

—Lo sabes hacer muy bien.

Ella sonrió apenas.

—Lo sé.

Se sostuvieron la mirada. En la luz naranja, los ojos de ella eran casi negros.

—Te toca —dijo Vera.

—¿El qué?

—Algo tuyo. Te acabo de contar lo peor que me ha pasado en la vida en un coche en mitad de un desierto. Me debes una.

Darío miró hacia el parabrisas.

Tenía dos cosas. Una la llevaba en el costado izquierdo: una pared, una cinta naranja, un papel firmado en una cama de hospital. La tuvo en la boca. Notó el sabor.

No pudo.

—No tengo nada tan bueno.

—Mentira.

Él tardó. Mucho. Luego dijo:

—Nunca he sabido quién era mi padre.

Vera no dijo nada. Esperó, como había esperado él.

—Mi madre limpiaba casas en Málaga. Nunca me dijo quién era.

Ni de dónde. Ni cómo se llamaba. Cuando le preguntaba, cambiaba de tema.

Cuando insistía, se enfadaba. Murió hace seis años y no me lo dijo nunca.

—Se encogió de hombros—. Por eso tengo esta cara.

Nadie sabe de dónde es. Yo tampoco. La gente me pregunta si soy árabe, si soy brasileño, si soy gitano, si soy medio italiano.

No lo sé. Me miro al espejo y veo la cara de alguien a quien no conozco.

—Darío…