Capítulo 9 #2
Detrás de ella, Irene esperaba la siguiente instrucción. Desde su ángulo, sentada en el borde de la cama, solo podía ver la espalda de Vera, su pelo, sus manos sobre el pecho de él. No lo que pasaba entre sus piernas.
Pero Vera lo sentía todo. Lo sentía latir contra ella.
Y tenía que seguir hablando.
—Si notas que se excita —dijo, levantando la cara de la clavícula, con una voz que ni ella misma reconoció de tan neutra—, es normal. Es una reacción física. No significa nada. Si tú estás cómoda, no tienes que cambiar nada. Sigues exactamente igual. Y si necesitas parar, paras.
Silencio detrás de ella. Luego:
—¿Le está pasando?
Vera cerró los ojos un momento.
—Le puede pasar. A cualquiera. Por eso te lo digo.
Abrió los ojos. Darío la estaba mirando desde la almohada. Tenía la mandíbula apretada, el músculo junto a la oreja marcado igual que en el agua. Y en los ojos verdes había algo que no había visto nunca. No era indescifrable. Era una pregunta.
Ella no la contestó.
—Ahora —dijo, apartando la mirada hacia el pecho de él, como quien repasa el siguiente paso de una coreografía— la parte que te cuesta. En la escena, ella mueve las caderas. Dos veces. Tú me has preguntado cuánto. Te lo enseño.
Y movió las caderas.
Una vez. Hacia delante y hacia atrás, sobre él. Un balanceo largo, lento, de toda la pelvis, con el eje quieto, como le habían enseñado en la danza a mover el centro del cuerpo. Y en ese movimiento su sexo se deslizó a lo largo de él, a través del lino, de un extremo a otro.
Lo sintió entero: la longitud, el grosor, la dureza, la forma exacta, dibujada contra ella a través de dos telas finas. Más grande de lo que había sentido en el agua. Más grande de lo que había imaginado oyendo el grifo a través de la roca.
Se le escapó el aire entre los labios. Lo convirtió en una frase.
—Así. ¿Lo ves? No es rápido. Es largo.
—Sí —dijo Irene, en voz muy baja.
Debajo de ella, Darío había cerrado los puños sobre la sábana, con los nudillos blancos. No movía nada. Solo respiraba, por la nariz, lento, demasiado lento, y la miraba.
—Otra vez —dijo Vera.
Y se movió otra vez. Más lento todavía. Toda su longitud.
Arriba y abajo. Sintió la presión contra el clítoris, cómo se le hinchaba, la humedad empapándole las bragas bajo el lino negro, tanta que tuvo miedo de que traspasara las dos telas y él la notara.
Tuvo miedo de que la notara y deseó, con la misma fuerza, que la notara.
Por un instante creyó que la había notado.
Al final del segundo movimiento, cuando su pelvis volvía hacia atrás, él empujó.
Apenas. Un milímetro. Una contracción de la cadera hacia arriba, hacia ella, que no habría visto nadie, que podía ser un reflejo, un espasmo involuntario.
Pero ella sintió aquella mínima presión justo entre las piernas, y le subió por dentro como una descarga.
Se quedó quieta.
Dos movimientos. Lo que decía el guion. No había más.
—Y aquí —dijo, con la voz rota en algún sitio que esperaba que Irene no oyera— se acaba. Ella se queda quieta. Encima. Mirándolo.
Lo miró.
Él la miraba también. Muy quieto. Con los puños cerrados sobre la sábana y la misma pregunta en los ojos.
Tres segundos. Cuatro.
Vera se bajó de la cama.
Lo hizo rápido, con un giro limpio, y acabó de pie en el suelo de roca, descalza, dándole la espalda a la cama.
Le temblaban las piernas. Tenía las bragas empapadas, pegadas a la piel bajo el lino, y el latido entre los muslos era tan fuerte que le parecía que se tenía que oír en toda la burbuja.
Se recogió el pelo con las dos manos. Se lo soltó. Se lo volvió a recoger.
—¿Ves? —le dijo a Irene. Le salió una sonrisa que no supo de dónde sacó—. No es tan difícil.
Irene la estaba mirando con los ojos muy abiertos.
—Parecía de verdad —dijo.
—Esa es la idea.
—No, quiero decir… —Irene dudó—. Parecía que lo conocías.
Vera se agachó a recoger las sandalias para no tener que contestar.
* * *
Irene lo hizo a la primera.
Cuando volvió a entrar el equipo y Gonzalo dijo «acción», Irene se sentó sobre Darío, aguantó quieta tres segundos, le recorrió los brazos y los hombros sin prisa, abrió las palmas sobre su pecho.
Se detuvo un instante en algo, en el hueco de la clavícula, como Vera le había dicho, y la cámara lo recogió como un descubrimiento.
Le apoyó la boca en el cuello y se quedó.
Movió las caderas dos veces, largas y lentas.
—Corten —dijo Gonzalo. Calló un momento detrás de la cámara—. Perfecta. Nos la quedamos.
El equipo aplaudió. Irene se tapó la cara riéndose, esta vez de alivio.
Vera lo había visto todo por el monitor. Había visto las manos de Irene donde habían estado las suyas, la boca de Irene donde había estado la suya, las caderas de Irene donde habían estado las suyas un cuarto de hora antes.
Y había visto la cara de Darío.
Profesional. Tranquila. Mirando a Irene con la expresión del personaje, la mezcla de sorpresa y entrega que pedía el guion. Las manos abiertas sobre la sábana, relajadas. La mandíbula suelta.
Sin puños cerrados.
* * *
Se lo encontró a la salida, en el túnel encalado que llevaba a la escalera. Él volvía del camerino, ya vestido, con la sudadera gris. Ella bajaba con la carpeta. El túnel era estrecho, de un metro escaso, y blanco, curvo, sin esquinas, como toda la casa.
Ninguno de los dos se apartó. Se detuvieron frente a frente, a medio metro, en mitad del túnel.
—Gracias —dijo ella—. Por dejar que hiciera eso.
—Lo que decida la coordinación.
—Deja de decir eso.
Lo dijo más bajo de lo que pretendía. Más ronco. Él la miró.
—¿Por qué?
Vera no contestó. Él esperó. Uno de sus silencios, largos, que obligaban a llenarlos.
—Te has parado en la cicatriz —dijo él al fin.
A Vera se le encendió la cara.
—Era para Irene. Para enseñarle que se puede parar en algo.
—Ya.
—Era una demostración.
—Lo sé. —Él dio medio paso. Ahora estaban a un palmo. En el túnel no había escapatoria hacia ningún lado—. Lo he notado.
—¿El qué?
Él bajó la vista. No a su escote. Más abajo. A sus caderas, al lino negro de su pantalón. Un instante. Volvió a subir.
—La demostración.
A Vera le dio un vuelco el estómago. ¿Lo había notado? ¿Lo húmeda que estaba? ¿O hablaba de él mismo, de lo que le había pasado a él debajo de ella, de aquel milímetro de cadera que podía haber sido un reflejo? ¿O de nada, de la escena, de la técnica, de una demostración de coordinadora?
No lo sabía. Con él no sabía nunca nada.
Desde arriba, desde la escalera, llegó la voz de Elena llamándola.
—Vera, Gonzalo quiere verte. Ya.
—Voy.
Darío se apartó contra la pared curva del túnel para dejarla pasar. Era tan estrecho que, al pasar, el hombro de ella le rozó el pecho. El calor le llegó a través de la sudadera. Siguió andando sin volverse.
En la escalera se detuvo, con la mano en la barandilla de hierro.
Se llevó la otra mano a la cara, como para apartarse el pelo, y entonces lo notó: los dedos le olían a él. A la piel de su pecho, a la cicatriz, a jabón y a sal. El olor se le había quedado en las yemas.
No se las lavó en toda la tarde.