Fuera de plano Capítulo 9
29%

Capítulo 9

Vera

No lo había mirado ni una vez.

Lo había conseguido durante toda la noche de El Golfo, durante cuatro canciones y dos horas de cena, girando sobre los tablones de madera de la terraza con el vestido rojo pegado a los muslos, y le había costado más que cualquier otra cosa que hubiera hecho en su vida.

Más que la última función con la cadera rota. Más que el quirófano.

Porque sabía dónde estaba. Lo había sabido desde que se sentó: en la mesa de los especialistas, al fondo, junto a la barandilla azul, con una camisa de lino oscura remangada y una cerveza en la mano.

Sabía que Irene se había sentado a su lado y le había puesto la mano en el brazo.

Lo sabía sin mirar, de la misma forma en que sabía, bailando, dónde estaba el borde del escenario sin verlo.

Y sabía, con una certeza que la aterraba, que si lo miraba una sola vez no iba a poder dejar de mirarlo. Que él estaría mirándola. Que se encontrarían en mitad de la terraza, delante de sesenta personas, con lo de Papagayo todavía entre los dos. Y que entonces ella habría ido hacia él.

Así que no lo miró.

Y por la noche, en su habitación, con la puerta entornada porque hacía calor y la rumba sonando en el móvil, siguió sentada en la cama con el vestido rojo todavía puesto, pendiente de los ruidos del pasillo sin querer preguntarse por qué.

Oyó pasos en el pasillo. Unos pasos que se detuvieron en el rellano, un rato largo, y luego siguieron.

Una puerta que se abría y se cerraba, varias habitaciones más allá.

No supo de quién eran. No quiso saberlo.

* * *

El lunes, la escena atascada era la del desván.

En la casa de lava no había desván, pero el decorador había convertido la burbuja más alta, una cavidad estrecha y abovedada bajo el jardín, en un dormitorio de servicio con una cama de hierro y una ventana redonda por la que entraba la luz de lado.

En la novela era donde ella lo llevaba por primera vez.

Era la escena en la que ella tomaba la iniciativa.

Él tumbado en la cama de hierro, con el torso desnudo y el pantalón puesto.

Ella sentada encima, todavía vestida, explorándole el cuerpo con las manos y con la boca, desabrochándolo poco a poco, como quien abre un regalo que lleva mucho tiempo esperando.

Irene no podía.

Lo intentaron cuatro veces. En las cuatro, Irene se sentó a horcajadas sobre Darío, le puso las manos en el pecho y se agarrotó.

Las movía por su torso como quien limpia una mesa.

Rígidas, rápidas, sin ninguna intención.

Le besaba el cuello como si picoteara. Se reía nerviosa.

En la tercera toma se tapó la cara con las manos y dijo «perdón, perdón, perdón».

—Corten —dijo Gonzalo, por cuarta vez. Se levantó de detrás de la cámara con un suspiro teatral—. Diez minutos. Alguien que me explique por qué una mujer de veintiséis años no sabe tocar a un hombre.

Irene se puso roja hasta las orejas.

—Fuera —dijo Vera.

Gonzalo se volvió hacia ella.

—¿Perdona?

—Fuera todos. Diez minutos. Me quedo con ellos dos.

—No me vas a echar de mi propio set cada vez que…

—Gonzalo —dijo Vera, sin levantar la voz—, acabas de humillar a tu actriz delante de seis personas. Si quieres esta escena hoy, sales y me dejas trabajar. Si quieres seguir hablando, la ruedas la semana que viene, con ella llorando en el camerino y la productora preguntándome por qué.

Gonzalo le sostuvo la mirada un rato largo.

—Tú y yo tenemos pendiente lo de Los Hervideros —dijo.

—Lo tenemos contestado.

—Ya.

Después salió. El equipo salió detrás, en silencio, por el túnel encalado.

Elena se demoró en la puerta.

—¿Quieres que me quede?

—No. Gracias.

Elena se fue.

En la burbuja quedaron los tres. La luz de la ventana redonda caía en una franja dorada sobre la cama de hierro.

Darío seguía tumbado, con el torso desnudo, un brazo detrás de la cabeza, mirando el techo abovedado con la paciencia de quien ha esperado en mil platós.

Irene se había sentado en el borde de la cama, encogida, con la camisa de la escena y los brazos alrededor de las rodillas.

—Lo siento —dijo—. Lo siento mucho. No sé qué me pasa. Con el sofá estuvo bien. Con el agua estuvo bien. Pero aquí… —Señaló a Darío sin mirarlo—. Aquí soy yo la que tiene que hacerlo. Y no sé cómo se hace delante de una cámara sin parecer una idiota.

—No pareces una idiota —dijo Darío desde la almohada.

—Parezco una niña tocando a su primer novio.

—Un poco —dijo Vera.

Irene levantó la cabeza.

—Gracias.

—Es verdad. Pero se arregla. —Vera se sentó en la única silla que había, frente a la cama—. ¿Qué es lo que te bloquea? ¿Tocarle a él? ¿Que te miren? ¿No saber qué hacer con las manos?

Irene lo pensó.

—No saber cuánto. Si voy despacio, me parece que es de verdad, y me da vergüenza. Si voy deprisa, parece de mentira. Y no sé dónde está el punto en el que parece que lo deseo sin que yo tenga que… —Se calló.

—¿Sin que tengas que desearlo?

—Sí.

Vera asintió. Era lo más habitual del mundo.

Lo había visto decenas de veces: actrices y actores muy buenos que sabían llorar, gritar, morir delante de una cámara, y que se paralizaban cuando tenían que fingir el deseo con el cuerpo.

Porque el deseo era lo único que no se podía fingir solo con la cara.

Y conocía la solución. La había usado alguna vez, siempre como último recurso.

—Te lo enseño —dijo—. Te lo hago yo una vez, sobre él, para que veas el ritmo. Tú miras. Luego lo haces tú. —Se volvió hacia Darío—. Si te parece bien.

Darío bajó el brazo de detrás de la cabeza y la miró por primera vez desde que había empezado la conversación.

Era la primera vez que le veía los ojos desde Papagayo.

En los cuatro días transcurridos desde la cala, en El Golfo, en el desayuno del domingo, en el pasillo, Vera había conseguido no encontrarse con ellos.

Ahora estaban ahí, en la franja de luz dorada, y eran tal como los recordaba en el agua: verdes, quietos, imposibles de leer.

—Sí. Lo que decida la coordinación —dijo él.

* * *

Vera se quitó las sandalias. Se subió a la cama.

Llevaba unos pantalones anchos de lino negro y una camiseta de tirantes también negra, ajustada. Pasó una pierna por encima de él y se sentó a horcajadas sobre su cadera, sobre el pantalón de lino de él, con las rodillas hundidas en el colchón a ambos lados de su cuerpo.

Era la posición exacta en la que se había imaginado más de una noche, sola en su cama, con la mano entre los muslos. Vera se dijo que no pensara en eso.

—Mira, Irene —dijo, sin volverse, con la voz del protocolo—. Primero no hagas nada. Siéntate y quédate quieta. Que él te sienta. Que tú le sientas a él. Tres segundos. Respira.

Respiró.

Debajo de ella, Darío estaba caliente. El lino de su pantalón y el lino del de ella eran dos telas finas, ligeras, y a través de ellas a Vera le llegaba el calor de su cuerpo como si estuviera sentada sobre una piedra al sol.

Tenía sus caderas entre los muslos, y la respiración de él subía y bajaba bajo su peso.

Y no sentía otra cosa. Todavía no.

—Ahora las manos —dijo—. No vayas directamente al pecho. Empieza por algo que no sea erótico. Los brazos. Los hombros. Como si te estuvieras presentando.

Le puso las manos en los antebrazos. Subió sin prisa por los bíceps, por los hombros, con el músculo duro bajo la piel caliente. Él no se movía. La miraba.

—¿Ves la velocidad? —preguntó Vera.

—Sí —dijo Irene, a su espalda.

—Es la velocidad de alguien que tiene tiempo.

Que no tiene miedo de que se le acabe. —Vera bajó las manos desde los hombros al pecho.

Las abrió sobre los pectorales. Tenía el vello escaso bajo las palmas y, debajo, el latido, más rápido de lo que su cara dejaba suponer—.

Ahora sí, el pecho. Abre las manos. No toques con la punta de los dedos, que parece que te da miedo. Toca con la palma entera. Así.

Bajó las manos por el pecho hacia el abdomen, a un compás muy lento, contando cada músculo, cada surco. Llegó a las costillas del lado izquierdo y sus dedos encontraron la cicatriz. Una línea de piel más lisa, más fría, larga, en diagonal.

Y se quedó ahí.

No lo decidió. Los dedos se detuvieron solos sobre la cicatriz y la recorrieron, de un extremo a otro, con una atención que no tenía nada de técnico. Como si quisieran aprendérsela.

Debajo de ella, Darío dejó de respirar un instante.

Vera retiró los dedos y siguió bajando hacia el vientre como si no hubiera pasado nada.

—No hace falta que vayas en línea recta —dijo, y la voz le salió apenas un poco más baja—. Puedes detenerte en algo que te llame la atención. Eso es lo que hace que parezca verdad. Que te pares en algo.

—Vale —dijo Irene.

—Ahora la boca.

Vera se inclinó hacia delante. El pelo le cayó a un lado, una cascada de rizos que le cubrió a Darío el hombro y el cuello. Bajó la cara hacia su garganta.

—No le beses el cuello como si picotearas —dijo, y su aliento le dio a él en la piel—. Apoya la boca. Y quédate. Luego te mueves. Despacio. Hacia abajo.

Apoyó la boca en el cuello de Darío.

No era un beso. Era la boca cerrada, quieta, apoyada en la piel bajo la mandíbula, exactamente como se lo estaba explicando a Irene.

Una demostración técnica. Pero el pulso de él le golpeaba los labios, rápido.

Olió su piel, jabón y sal y algo más caliente, algo que era solo de él.

Y a él se le erizó la piel del cuello bajo su boca, una carne de gallina que le bajó por el hombro y por el brazo hasta la mano que tenía sobre la sábana.

Bajó la boca por el cuello. Hacia la clavícula.

Y entonces lo sintió.

Debajo de ella. Entre sus muslos. A través de dos capas de lino.

Fue rápido. Creció contra ella, contra el centro exacto de su cuerpo, duro, enorme, empujando hacia arriba la tela fina de los dos pantalones hasta apretarse contra su sexo. No como en la cama redonda, contra el muslo, de lado. Esta vez estaba justo debajo. Justo donde ella estaba sentada.

Vera no movió la boca de su clavícula.