Capítulo 8 #2
Para ella, él era trabajo. Un cuerpo que medir, un problema técnico que resolver. Y el problema técnico se había empalmado más de la cuenta y ella lo estaba resolviendo de la única manera elegante posible: haciendo como si él no existiera.
—¿Bailas? —preguntó Irene, tendiéndole la mano.
—No sé bailar.
—Mentira.
—De verdad. Soy un desastre.
Irene se rio y se fue sola al círculo. Darío la vio llegar junto a Vera, y vio a Vera recibirla con los brazos abiertos y hacerla girar como había hecho girar a Elena. Las dos riéndose bajo la luz amarilla de las bombillas que colgaban sobre la terraza. La rubia pequeña y la morena de rojo.
Se terminó la cerveza y pidió otra.
* * *
Volvieron al hotel pasada la una, en tres furgonetas. Darío subió a la última. Vera, a la primera.
En el vestíbulo vacío había todavía algunos rezagados con ganas de seguir. Darío pasó de largo y subió por la escalera, porque el ascensor tardaba una eternidad y él necesitaba moverse.
Su habitación estaba en la tercera planta. Al llegar al rellano, se detuvo.
Al fondo del pasillo, a la luz de los apliques de emergencia, había una puerta abierta. No del todo. Entornada, con una franja de luz cálida saliendo hacia la moqueta. Y en la franja de luz, en el suelo, dos sandalias tiradas de cualquier manera.
Las sandalias de Vera. Las mismas que se había quitado para bailar.
Darío no pasó del rellano. No sabía que dormía en la misma planta. Siete puertas más allá de la suya. Llevaba dos semanas durmiendo a siete puertas de ella sin saberlo.
Una ráfaga de viento entró por alguna ventana del pasillo y todas las puertas cerradas dieron un golpe a la vez, como si alguien llamara. La de Vera, que estaba entornada, se movió un poco más hacia dentro. La franja de luz se estrechó.
Desde dentro le llegó música. Muy baja. La misma rumba de la terraza.
Darío caminó hasta su puerta, la abrió, entró y la cerró sin hacer ruido.
* * *
No se acostó. Se sentó en el borde de la cama, a oscuras, con la ventana abierta y el viento entrando. A siete puertas de allí, ella estaba despierta, escuchando esa música.
Cerró los ojos.
Y se la imaginó entrando.
No llamaba. Abría la puerta, que él había dejado sin pestillo, y entraba descalza con el vestido rojo, despeinada por el viento de la terraza, con los pendientes de plata balanceándose.
Cerraba la puerta detrás de ella con la espalda.
Y no decía nada. Ni una palabra. Lo miraba a los ojos, por fin, como no lo había mirado en toda la noche.
Y empezaba a bailar.
Para él. Solo para él. En el espacio estrecho entre la cama y la ventana, con la rumba sonando muy baja desde algún sitio, la luz de una farola entrando de lado y el viento levantándole el vestido.
Las caderas en círculos lentos, como en la terraza, pero más lentos todavía.
Los brazos por encima de la cabeza. La mirada clavada en la suya.
Darío se desabrochó el pantalón.
En su cabeza, ella se acercaba bailando.
Se detenía delante de él, entre sus rodillas abiertas, tan cerca que él podía oler la sal del mar en su piel y el vino blanco en su aliento.
Se llevaba las manos a los hombros y bajaba un tirante del vestido.
Despacio. Después el otro. El vestido rojo se le deslizaba por el cuerpo y se le quedaba un momento enganchado en las caderas, y ella movía las caderas una vez, dos, sin dejar de bailar, hasta que la tela caía al suelo.
No llevaba nada debajo. Nada. Había estado sin nada toda la noche, en la terraza, delante de sesenta personas, mientras el viento le pegaba el vestido a los muslos. Y él lo descubría ahora.
Darío se la sacó y se la cogió con la mano. Estaba dura desde que había visto las sandalias en el pasillo.
La Vera de su cabeza seguía bailando, desnuda, delante de él.
Los pechos se le movían con cada giro de cadera.
Tenía los pezones oscuros y duros. El vientre suave, las caderas anchas, el sexo depilado y brillante a la luz de la farola, a un palmo de su cara.
Le apoyaba las manos en los hombros y lo empujaba hacia atrás, sobre la cama.
Y se subía encima. A horcajadas. Sin dejar de moverse al ritmo de la música.
—No te muevas —le decía.
Él no se movía.
Ella se frotaba contra él. Exactamente como en el agua de Papagayo, pero sin bañadores, sin agua, sin nada. Su sexo mojado y abierto deslizándose arriba y abajo por toda su polla, lento, una vez, otra, otra, mientras le apretaba los hombros contra el colchón y lo miraba a los ojos.
—Esto es lo que te hice en el mar —le decía, en un susurro—. ¿Lo notaste?
—Lo noté.
—¿Y por qué no hiciste nada?
—Porque dijiste pausa.
Ella se reía. Una risa baja, ronca, que él no le había oído nunca.
—Ahora no digo nada.
Y se levantaba sobre las rodillas, lo cogía con la mano y se lo metía dentro. Despacio. Muy despacio. Toda su longitud, hasta el fondo, con un gemido largo que se le escapaba entre los dientes. Y ahí se detenía, con él entero dentro, apretado, caliente, mirándolo con los ojos medio cerrados.
Darío movía la mano más deprisa. Le temblaba el muslo.
Ella empezaba a moverse. Bailando. Era la única forma de describirlo: lo montaba como había bailado en la terraza, con los mismos círculos lentos de cadera, con la cintura girando, con los brazos levantados por encima de la cabeza y el pelo cayéndole por la espalda.
Lo usaba para bailar. Y él la sentía apretarse a su alrededor en cada giro, en cada círculo, hasta que los círculos se hacían más rápidos y más cortos y ella bajaba los brazos y le clavaba las uñas en el pecho y echaba la cabeza hacia atrás.
—Mírame —le decía él—. Esta vez mírame.
Y ella lo miraba. En toda la noche no lo había mirado ni una vez, y ahora no apartaba los ojos de él. Lo miraba mientras se corría, con la boca abierta y los ojos fijos en los suyos, con todo el cuerpo sacudido sobre él.
Darío se corrió en la oscuridad de su habitación con un gemido que ahogó mordiéndose el puño, encorvado sobre el borde de la cama, en un orgasmo que le vació los pulmones.
Se quedó así, respirando, mucho rato.
El viento seguía entrando por la ventana. Fuera, en el pasillo, las puertas volvieron a golpear todas a la vez.
Darío se dejó caer de espaldas sobre la cama, con el pantalón desabrochado y la mano todavía manchada, y miró el techo.
Lo peor de la fantasía no había sido lo que ella le hacía. Lo peor había sido lo único que él le pedía.
Que lo mirara.
Y a siete puertas de distancia, con la música muy baja y la puerta entornada, Vera Solís llevaba toda la noche asegurándose de no hacerlo.