Fuera de plano Capítulo 8
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Capítulo 8

Darío

Se movía.

Darío llevaba dos días con esa frase en la cabeza y no conseguía decidir si era verdad.

En el agua de Papagayo, con las piernas de Vera alrededor del cuerpo y las manos en su cintura, hubo algo.

Un vaivén. Un roce largo de su cuerpo contra el suyo, arriba y abajo, que podía haber sido la ola.

Y otro. Y otro. Y había sentido también, o había creído sentir, a través de dos bañadores mojados que ya no eran casi nada, el calor de su sexo apretándose contra él.

Un calor que el mar helado no podía explicar.

Había apretado los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

No se había movido ni un milímetro, porque sabía que si se movía uno solo, si apretaba las manos en su cintura, si empujaba la cadera hacia ella aunque fuera una vez, no iba a poder parar.

Y había un jefe de seguridad a cinco metros y un operador en una lancha a veinte.

Luego ella dijo «pausa». Y luego dijo que le había dado un tirón en la cadera.

La cadera. La lesión. La había visto acariciársela en el fondo de la piscina sin darse cuenta. Era perfectamente posible. Diecinueve grados, una articulación operada, un giro brusco en el agua. Era la explicación más razonable.

Y él llevaba dos días sin creérsela y sin atreverse a no creérsela.

Porque si no era la cadera, si lo que había sentido era real, entonces ella se había frotado contra él en el agua delante de todo el equipo, y había parado cuando estaba a punto de…

No. No podía terminar la frase. Era demasiado.

Era el tipo de cosa que un hombre se inventa cuando lleva dos semanas empalmado por una mujer que no le ha dado ni una sola señal clara.

Y la otra posibilidad era peor. Que hubiera sido solo el agua.

Que ella hubiera notado lo que él tenía contra ella, durísimo, sin ninguna tela que lo disimulara, y que le hubiera dado vergüenza o asco o simplemente pereza profesional, y que hubiera cortado el ensayo con la primera excusa que encontró.

Que la mirada fija a la cara en la orilla, cuando le dio la toalla, fuera la de una profesional ignorando con elegancia la erección de un doble delante del equipo.

La eléctrica joven lo había mirado. El foquista, también. Hasta el chaval de la gorra, el que no soltaba el móvil. Ella no.

Ni un segundo.

* * *

La fiesta la organizó producción el sábado por la noche, para celebrar el final de la segunda semana de rodaje.

Alquilaron una terraza entera en El Golfo, un pueblo de pescadores en la costa oeste, con una docena de casas blancas y azules agarradas a las rocas negras y el mar rompiendo justo debajo.

Darío llegó con el sol todavía en el horizonte.

La terraza estaba construida sobre la lava, con una barandilla de madera azul y mesas largas con manteles de cuadros que el viento intentaba levantar.

Detrás del pueblo, a un paseo de distancia, se veía la laguna.

Era un charco enorme, de un verde tan intenso que parecía pintado, encajado entre una playa de arena negra y una montaña de roca rojiza cortada a pico.

Le habían dicho que el color se lo daban unas algas y que estaba prohibido bajar hasta ella.

Al atardecer, con la luz rasante, el verde brillaba como si tuviera luz propia.

Había vino blanco de La Geria en jarras, cervezas, lapas a la plancha con mojo verde, pescado del día. Alguien había traído un altavoz. El equipo entero estaba allí, sesenta personas que llevaban dos semanas trabajando doce horas al día y tenían ganas de no pensar en nada.

Darío se sentó con los de su departamento, los especialistas y los de maquinaria. Bebió una cerveza, luego otra. Habló de escalada con un gruista que había subido el Teide por la cara norte. Se rio de algo. Intentó no buscarla.

La buscó de todos modos.

La encontró en el otro extremo de la terraza, sentada con Elena e Inés, de espaldas al mar. Llevaba un vestido rojo.

Darío la miró más de lo que debía.

Era un vestido sencillo, de tirantes finos, de una tela que se movía con el viento y se le pegaba al cuerpo con cada ráfaga.

Escote en pico, no muy profundo, pero bastaba para que se viera el nacimiento de los pechos, redondos, altos, morenos de sol.

La falda le llegaba a media pierna y, sentada, se le subía hasta las rodillas.

Llevaba el pelo suelto, una masa enorme de rizos negros que el viento le movía alrededor de la cara, y unos pendientes largos de plata que le brillaban cada vez que giraba la cabeza.

Medio equipo la miraba. El gruista que había subido el Teide la miraba. Uno de los foquistas, sin ningún disimulo, la miraba. Darío vio cómo un eléctrico le daba un codazo a otro y cómo el otro asentía.

Ella no miraba a nadie. Y desde luego no lo miraba a él.

—¿Puedo?

Darío levantó la vista. Irene estaba de pie junto a su silla, con una copa de vino en la mano y una sonrisa un poco torcida.

—Claro.

Irene se sentó a su lado. Muy a su lado. Llevaba una camiseta corta y una falda vaquera, y había bebido lo justo para que se le hubieran encendido las mejillas.

—Quería darte las gracias otra vez —dijo—. Por lo del sofá.

—Ya me las diste.

—Pues te las doy otra vez. —Irene le dio un golpecito con el hombro—. ¿Sabes que en la última película que hice, el actor me metió la lengua en una escena que era con boca cerrada? Delante de todo el mundo. Y nadie dijo nada. Ni el director, ni nadie. Me pasé dos semanas sin poder dormir.

—Lo siento.

—Contigo es distinto. —Irene lo miró por encima de la copa—. Contigo me siento… no sé. Tranquila. Como si no fuera a pasar nada que yo no quiera.

—Es lo que tiene que pasar.

—Ya, pero no pasa casi nunca.

Darío asintió. Era verdad. Pensó en Vera, que era la razón de que esta vez sí pasara, y miró hacia el otro extremo de la terraza. Ella se estaba riendo de algo que había dicho Elena, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello estirado.

No miraba hacia allí.

Irene siguió hablando. De su familia, de Valladolid, de la escuela de interpretación, de lo nerviosa que estaba antes de cada escena íntima y de lo poco que se lo notaban los demás.

Le puso la mano en el brazo una vez para subrayar algo.

Luego otra. Luego la dejó allí. Era una mano pequeña, cálida, con las uñas pintadas de un rosa pálido.

Darío no la apartó. Tampoco hizo nada con ella.

Era guapa. Era dulce. Le estaba dejando claro, de la manera más amable del mundo, que si él quería, ella también.

Y Darío no sentía absolutamente nada.

Bueno, no exactamente nada. Sentía ternura. Era una chica de veintiséis años asustada a la que había que cuidar. Lo que no sentía era nada parecido a lo que le había provocado una mano en el antebrazo, junto a una bandeja de platos sucios, unos días antes. Una mano que había sentido durante horas.

Volvió a mirar hacia el otro extremo.

Vera no estaba en su silla.

* * *

Alguien había subido el volumen del altavoz y había empezado a sonar una rumba. La gente se levantaba de las mesas. Se formaba un círculo irregular en el centro de la terraza, en el hueco libre, sobre los tablones de madera.

Vera estaba en el centro. Bailando con Elena.

Darío se paró con la cerveza a medio camino de la boca.

Nunca había visto bailar a nadie así. No eran los pasos, que eran sencillos, los de cualquiera en una fiesta.

Era cómo los hacía. Cómo se movía cada parte de su cuerpo por separado y a la vez: las caderas anchas trazando círculos lentos, la cintura girando en sentido contrario, los hombros, los brazos levantados por encima de la cabeza con los rizos cayéndole por la espalda.

El vestido rojo pegado a los muslos y soltándose, pegado y soltándose, al ritmo del viento y de la música.

Los pies descalzos sobre la madera, porque en algún momento se había quitado las sandalias.

Se movía como si la música le saliera de dentro y no del altavoz.

Elena se reía, intentando seguirla, y no podía.

Se fueron sumando otros. El gruista. Dos chicas de maquillaje.

El director de fotografía, torpe y feliz.

Hasta Inés, la productora, se levantó de la mesa y dio un par de vueltas antes de volver a sentarse riéndose.

Pero el círculo se formaba alrededor de Vera, aunque nadie lo hubiera decidido, y todos la miraban a ella.

Darío la miró desde su silla con la cerveza calentándose en la mano.

Ahora entendía a Elena. «Se pasó media vida bailando delante de miles de personas». También entendía por qué Vera se había cerrado en el fondo de la piscina cuando él le dijo que bailaba muy bien. Decir que bailaba muy bien se quedaba corto.

Y ella no lo miró.

Bailó durante cuatro canciones. Giró, se rio, echó la cabeza hacia atrás, le cogió las manos a Elena y la hizo dar vueltas, bailó con el gruista y luego con una chica de maquillaje.

En cada giro, la cara de Vera pasaba por todos los puntos de la terraza: por el mar, por las mesas, por la barandilla azul, por la laguna verde, ya oscura, al fondo.

Por la mesa de los especialistas no pasó ni una vez.

Darío no era idiota. Se dio cuenta en la segunda canción y lo confirmó en la tercera.

No era casualidad. En una terraza de veinte metros, con sesenta personas alrededor, girando sobre sí misma una y otra vez, ella conseguía que la mirada no llegara nunca a donde estaba él.

Como si en ese lado de la terraza hubiera un muro.

Lo estaba evitando.

Y la única explicación que se le ocurría a Darío era la de Papagayo.

Que lo del agua le había dado vergüenza.

Que se había sentido incómoda con lo que había notado entre las piernas, con lo que el equipo había visto al salir, con la mirada que él le había echado a su camisa mojada.

Que se arrepentía de haberle puesto la mano en el brazo.

Que había decidido, con toda la profesionalidad del mundo, volver a poner la distancia en su sitio.