Fuera de plano Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Darío seguía sin moverse. Pero ya no la miraba a los ojos. Miraba un punto en su boca, y tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba un músculo junto a la oreja. Respiraba por la nariz, despacio, demasiado despacio, como quien está conteniendo algo con todas sus fuerzas.

Siete.

Una tercera ola. Vera se deslizó contra él una vez más y sintió que estaba al borde, al borde de verdad, a dos o tres roces de correrse allí mismo, en mitad de una cala de Lanzarote, en el agua, con el equipo en la orilla, con el operador de la lancha a veinte metros y el jefe de seguridad a cinco, con las piernas enroscadas a la cintura de un hombre al que coordinaba.

—Pausa —dijo.

Lo dijo en voz alta. Clara. Su palabra.

Darío la soltó al instante. Le apartó las manos de la cintura como si quemaran y la ayudó a deshacer el abrazo de las piernas. Vera puso los pies en la arena del fondo. Le temblaban. Retrocedió un paso en el agua, luego otro, hasta que hubo un metro de mar entre los dos.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Su voz sonaba rara. Más grave que de costumbre. Rota en algún sitio.

—Sí. —Vera se pasó las manos por la cara, apartándose el pelo empapado—. Sí. Me ha dado un tirón. En la cadera. Con el frío.

Era mentira. Era la primera vez en cuatro años de oficio que decía «pausa» por ella misma, no por un actor. Y él lo sabía. Tenía que saberlo. O tenía que creer lo de la cadera.

Darío tardó en asentir, sin apartar la mirada de su cara.

—¿Quieres salir?

—Sí. Ya tengo las posiciones.

Salieron del agua uno detrás del otro. Vera delante, sin volverse, caminando contra el peso del agua hasta la orilla.

Al salir, el viento le dio en la piel mojada y le arrancó un escalofrío que la sacudió de arriba abajo.

La camisa de lino transparente se le pegaba al bañador negro y se le marcaban los pezones, duros como piedras, no sabía ya si por el frío o por lo que acababa de pasar.

Toni la esperaba con una toalla. Vera se envolvió en ella. Cogió otra del montón y se volvió para dársela a Darío.

Y lo vio.

Salía del agua despacio, como hacía todo, con el pelo goteando y el sol bajo dándole en el pecho. El bañador negro, empapado, se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Y no escondía nada.

Seguía empalmado. No un poco. Completamente.

Tanto que la lycra negra se tensaba hacia delante en una forma larga, gruesa, dibujada al detalle por el agua, imposible de confundir con otra cosa.

El frío del mar no había podido con ello.

Vera lo vio y vio también, por el rabillo del ojo, cómo el foquista que estaba junto a la cámara apartaba la vista hacia el horizonte.

Cómo una eléctrica joven que enrollaba un cable se detenía un segundo, con la boca entreabierta, y luego se ponía colorada y se agachaba sobre el cable con mucha concentración.

Y cómo, un poco más atrás, un chaval de eléctricos con la gorra hacia atrás ni apartaba la vista ni se ponía colorado: miraba a Darío, la miraba a ella y sonreía, con el móvil en la mano.

Darío no hizo nada por taparse. No aceleró el paso ni se volvió de lado.

Siguió caminando hacia ella con la misma calma de siempre, como si no ocurriera nada, como si eso fuera una parte más del oficio.

Y en cierto modo lo era. Pero Vera sabía de qué era aquello.

Lo había sentido contra ella hacía un minuto.

Le tendió la toalla.

No bajó los ojos. Ni un segundo. Lo miró a la cara, solo a la cara, obligándose a no mirar más abajo.

—Toma.

Él cogió la toalla. Sus dedos rozaron los de ella. Estaban helados.

—Gracias.

Se envolvió la cintura con la toalla, sin prisa. Y entonces, mientras se la anudaba, la miró a ella. No a la cara. Bajó los ojos un instante, apenas, hacia la camisa transparente pegada al bañador. Hacia los pezones marcados bajo el lino empapado.

Volvió a subir la mirada.

Ninguno dijo nada. No había nada que se pudiera decir allí, con el equipo alrededor, con el foquista mirando el horizonte y la eléctrica enrollando un cable que ya estaba enrollado.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Elena, llegando por detrás con la tableta.

—Bien —dijo Vera, sin apartar los ojos de Darío—. Ya sé dónde hace pie.

* * *

Irene llegó media hora después y rodaron la escena con el sol hundiéndose en el mar, más allá de la punta.

Vera la coordinó desde la orilla, con los pies en el agua y los auriculares puestos, con la toalla todavía sobre los hombros porque no había conseguido entrar en calor.

Le dijo a Irene dónde hacía pie. Le dijo a Darío cuándo abrazarla, cuándo inclinar la cabeza, cuándo dejar que se volviera.

Le dijo a Irene que le rodeara la cintura con las piernas.

Irene lo hizo. Desde la orilla, por el monitor, Vera la vio subir y enroscarse a él, la vio echarse a reír por el frío, la vio apoyar los brazos en sus hombros. Vio a Darío sostenerla por la cintura con las dos manos, exactamente igual que la había sostenido a ella.

Se preguntó si a Irene le estaba pasando lo mismo. Si sentía lo que ella había sentido.

Después se fijó en la cara de Darío en el monitor. Profesional. Tranquila. Los ojos en Irene, la mandíbula relajada. El músculo junto a la oreja no se marcaba.

Se dio cuenta de que con Irene él no apretaba los dientes.

* * *

En la furgoneta de vuelta, ya de noche, ella se sentó en la última fila, junto a la ventanilla, con la toalla todavía sobre las piernas y el pelo salado y enredado. Darío subió de los últimos. Había un sitio libre a su lado y otro dos filas más adelante.

Él se sentó dos filas más adelante.

Vera miró su nuca durante todo el trayecto por la pista de tierra. El pelo seco ya, revuelto por el viento. El cuello moreno. Un poco de arena en la oreja.

Se preguntó si él pensaba en lo del agua. Si se había creído lo del tirón en la cadera. Si se había dado cuenta de que ella se movía. Si había sentido lo cerca que estuvo.

Se preguntó qué habría pasado si no hubiera dicho «pausa».

Bajo la toalla, apretó los muslos. Todavía estaba hinchada. Todavía sentía, si cerraba los ojos, el roce largo de la ola, la presión dura contra el clítoris, el vaivén del agua levantándola y dejándola caer contra él. Tres roces más. Solo tres. Habría bastado con no decir nada.

La furgoneta dio un bote en un bache y la cabeza de Darío se movió delante de ella. No se volvió.

Vera apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla y cerró los ojos.

Había dicho «pausa» para salvarse.

Y no estaba segura de haberse salvado de nada.