Capítulo 7
Vera
Las playas de Papagayo estaban al final de una pista de tierra que el conductor de la furgoneta recorrió con cuidado, esquivando baches y maldiciendo en voz baja cada vez que una piedra golpeaba los bajos.
Al otro lado de la ventanilla no había nada: tierra roja y ocre, matorrales secos, el mar a lo lejos y el viento levantando polvo en remolinos pequeños que se deshacían enseguida.
Y entonces, al coronar una loma, apareció la cala.
Vera había visto fotos, pero ninguna se parecía.
Una media luna de arena dorada, perfecta, encajada entre dos acantilados de piedra amarilla y rojiza que parecían esculpidos a cuchillo.
Y el agua. Un agua de un turquesa tan intenso, tan transparente, que desde arriba se veían las piedras del fondo como si no hubiera agua entre medias.
Más allá, sobre el mar, la silueta de Fuerteventura, larga y dorada.
—Joder —dijo Elena, a su lado.
—Sí —dijo Vera.
La cala estaba cerrada para el rodaje hasta la puesta de sol.
En la arena, el equipo montaba ya la cámara principal sobre una plataforma de madera, y en el agua flotaba una lancha pequeña con un segundo operador y una carcasa sumergible.
La escena era una de las más bellas del guion: los dos amantes se bañaban al atardecer, solos, en una cala desierta.
Ella nadaba hacia el centro, él la seguía, la alcanzaba y la abrazaba por detrás en el agua.
Ella se volvía, le rodeaba la cintura con las piernas y se besaban mientras el sol se hundía detrás de ellos.
No había desnudo. Había bañadores, agua y piel mojada.
En el papel era la escena más inocente de la película. A Vera le había quitado el sueño desde el principio.
—El agua está fría —dijo Domingo, el jefe de seguridad marítima, un hombre de la isla con la cara curtida y un neopreno a medio poner—.
Diecinueve grados. Y en el centro de la cala hay una corriente que tira hacia fuera cuando baja la marea.
No es peligrosa si se sabe, pero la actriz tiene que saber dónde hace pie y dónde no.
—¿Dónde hace pie?
—Hasta las piedras grandes, ¿las ves? Ahí cubre por el pecho. Más allá, no.
Vera miró la marca de las piedras bajo el agua. Después consultó el plan de rodaje. Irene llegaba en una hora; estaba todavía en la casa de lava, terminando una escena de diálogo con Marc. El sol se ponía en dos horas y media.
—Quiero ensayarlo antes de que llegue —dijo—. En el agua. Las posiciones, la profundidad, dónde hace pie, cuánto tarda en llegar al centro. No pienso meter a Irene en un sitio que no conozca.
Domingo asintió.
—Me parece bien. Voy con vosotros.
—¿Con nosotros? —preguntó Elena.
Vera ya estaba buscando con la mirada por la arena.
Darío estaba sentado en una roca junto al acantilado, apartado del equipo, con las piernas estiradas y la cara vuelta hacia el sol.
Llevaba un bañador negro y una camiseta gris.
Iba a doblar a Marc en los planos de espalda y en los de agua.
Marc no se mojaba. Marc hacía las caras desde la orilla, con el pelo húmedo de un pulverizador.
Vera sabía lo que iba a hacer antes de hacerlo. Sabía que había otras opciones: podía meterse con Domingo, podía hacerlo con Elena, podía marcar las posiciones desde la orilla con un plano dibujado. Lo sabía y fue igual hacia la roca.
Se dijo que era lo profesional. Que tenía que comprobar los movimientos con el cuerpo que iba a hacerlos. Que el agua cambiaba los pesos y los equilibrios y que solo el doble podía decirle cuánto le costaba sostener a una mujer en una corriente.
Todo era verdad. Y no era la razón.
—Darío.
Él abrió los ojos y la miró desde la roca, con la mano haciéndose visera.
—¿Nos metemos?
* * *
Vera llevaba un bañador negro de una pieza, de los de natación, con la espalda cruzada. Encima se puso una camisa blanca de lino de manga larga, para el sol. Se recogió el pelo en un moño alto que sabía que el agua iba a deshacer en dos minutos.
Darío se quitó la camiseta en la orilla. Vera no lo miró. Lo vio de todos modos, con el rabillo del ojo, mientras se remangaba la camisa: la espalda ancha, el bañador negro bajo de cadera, la cicatriz pálida de las costillas que hoy nadie había maquillado porque en el agua no se iba a ver.
Domingo entró primero, con su neopreno, y se colocó en el límite de las piedras grandes.
—Hasta aquí hacéis pie. Más allá, tranquilos, yo estoy aquí.
Vera entró en el agua.
Estaba helada. No diecinueve grados: helada.
El frío le subió por los tobillos, por las pantorrillas, por los muslos, y le cortó la respiración cuando le llegó a la cintura y se le metió por dentro del bañador.
Soltó una exclamación que se convirtió en risa.
A su lado, Darío entró sin un solo gesto, como si el agua estuviera tibia.
—¿No tienes frío? —le preguntó.
—Mucho. —Él la miró de lado—. Pero si lo digo, me meto menos.
Vera se rio y se sumergió del todo para acabar con el sufrimiento de una vez.
Bajo el agua, el mundo era verde y silencioso. Abrió los ojos y vio las piedras del fondo, la arena dorada, los pies de él a dos metros, bien plantados. Las piernas largas. El bañador negro. Salió a la superficie con el moño ya deshecho y el pelo pegado a la cara.
La camisa de lino se le había empapado y se le pegaba al bañador, transparente.
—Vale —dijo, apartándose el pelo de los ojos—. Repasamos. Ella nada hasta aquí, hasta las piedras. Tú la sigues. La alcanzas por detrás. Yo hago de Irene.
—Vale.
Vera nadó hacia el límite de las piedras. Diez brazadas. El frío ya no dolía tanto. Se detuvo donde Domingo le indicó y esperó de pie, con el agua por el pecho, de espaldas a la orilla, mirando hacia Fuerteventura.
Lo oyó llegar. El chapoteo de sus brazadas, más largas y más lentas que las suyas. Después, nada. Después, el agua moviéndose detrás de ella.
—Ahora me abrazas por detrás —dijo, sin volverse—. Los brazos alrededor de mi cintura. No del pecho. De la cintura.
Los brazos llegaron.
Le rodearon la cintura bajo el agua, por encima de la camisa mojada, y la atrajeron hacia atrás hasta que su espalda chocó contra el pecho de él. El contraste fue brusco: el agua helada por todas partes y, detrás, un cuerpo caliente, sólido, inmóvil, como una pared de piedra al sol.
—Así —dijo. Le salió la voz más baja de lo que quería.
En el guion él le besaba el hombro.
—En el guion le besas el hombro —dijo Vera—. No hace falta que lo hagas. Solo inclina la cabeza para ver dónde queda tu cara respecto a la cámara.
Darío inclinó la cabeza. Su barbilla le rozó el hombro mojado. Su aliento le llegó a la piel, caliente sobre el frío, y a Vera se le erizó todo el cuerpo, de la nuca a los tobillos.
—¿Así?
—Así.
Desde la lancha, el operador gritó algo sobre el encuadre. Vera no lo oyó bien. Le contestó con la mano, levantándola fuera del agua, sin saber qué le estaba contestando.
—Ahora ella se vuelve —dijo—. Se vuelve dentro de tus brazos, de cara a ti. Y te rodea la cintura con las piernas.
Darío aflojó un poco los brazos para dejarla girar.
Vera giró sobre su eje, poco a poco, dentro del círculo de sus brazos, hasta quedar frente a él.
El agua les llegaba por el pecho. Él tenía el pelo mojado pegado a la frente, las pestañas oscuras de agua, y en sus ojos verdes se reflejaba el turquesa de la cala de una manera que no parecía real.
Gotas en los labios. Gotas en el cuello.
Una gota resbalándole por la nuez cuando tragó saliva.
—Ahora las piernas —dijo Vera.
Él la sujetó por la cintura con las dos manos. Ella se apoyó en sus hombros, se impulsó en el fondo de arena y le rodeó la cintura con las piernas.
Y entonces lo sintió.
No a través de un vaquero y un chándal. No a través de dos capas de tela gruesa, como en la cama redonda.
Solo había dos bañadores finos, empapados, entre ellos dos.
Y él estaba duro. Completamente. Desde antes, quizá, desde que la abrazó por detrás, desde que su barbilla le rozó el hombro.
Vera lo tenía apretado contra su sexo, grande, caliente, una presión dura y clara exactamente donde ella más lo sentía, separada de su piel por una lycra que el agua había vuelto casi inexistente.
Dejó de respirar.
Él no se movió. Siguió en el agua, con las manos en su cintura, sosteniéndola. No se apartó. No se acercó. Solo la miraba. Con esa cara sin expresión, con esos ojos verdes que no decían nada y que estaban, a la vez, demasiado cerca para no decir nada.
—Diez segundos —dijo Vera—. Para el encuadre.
No supo de dónde había sacado la voz.
Contó por dentro. Uno. Dos.
Una ola pequeña entró en la cala. Nada, una ondulación suave que levantó el agua unos centímetros y la dejó caer.
Pero los movió. Los levantó a los dos y los bajó, y en esa subida y bajada la pelvis de Vera se deslizó contra él.
Arriba. Abajo. Un roce lento y largo, de toda su longitud, contra su clítoris hinchado bajo el bañador.
A Vera se le escapó el aire.
Tres. Cuatro.
Otra ola. Otra subida. Otro roce. Esta vez él cerró los dedos un poco más en su cintura, apenas, un gesto mínimo, como para sujetarla mejor contra el vaivén. Y al sujetarla mejor la apretó más contra él.
A Vera se le contrajo el vientre. Se mojaba bajo el agua helada, con una humedad caliente y espesa que el mar no podía llevarse. El latido entre las piernas se le volvía un pulso rápido, urgente, de los que solo conocía a solas, en su cama, con la mano entre los muslos, segundos antes de correrse.
Cinco.
Se dio cuenta de que estaba moviendo las caderas.
No mucho. Casi nada. Un balanceo mínimo que podía ser del agua, que podía ser de las olas, que nadie en la orilla ni en la lancha habría distinguido del movimiento natural del mar.
Pero ella sabía que no era el mar. Era ella, buscándolo.
Frotándose contra él. Persiguiendo con la cadera esa presión dura que le subía por dentro como una corriente.
Él tenía que notarlo. Tenía que notarlo.
Seis.