Fuera de plano Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Rodaron lo pactado. Tres tomas, con las manos en la cadera, por encima de la seda. El rayo de luz se fue a mitad de la tercera, como Gonzalo había anunciado, y se fue sin que nadie dijera nada.

* * *

Al terminar, Irene lo abrazó. Fue un abrazo rápido, de agradecimiento, todavía con la camisa de él sobre los hombros.

—Gracias —le dijo al oído—. De verdad.

—No he hecho nada.

—Exacto —dijo Irene, y se rio, nerviosa, y se fue hacia vestuario.

Darío tardó un momento junto al sofá, solo, abrochándose el pantalón de lino. Notó que alguien lo miraba y levantó la cabeza.

Vera estaba al otro lado de la burbuja, junto al monitor, enrollando el cable de los auriculares.

No se acercó. No dijo nada. Lo miró, solo eso, durante tres o cuatro segundos, por encima del ir y venir de los eléctricos que recogían los focos.

Fue una mirada distinta de las otras. No era la de la coordinadora que pregunta si un intérprete está bien. No era indescifrable.

Era gratitud, pero la mirada duró demasiado para ser solo eso.

Después ella bajó la vista al cable y siguió enrollándolo.

* * *

Gonzalo lo encontró a la salida, en la escalera de caracol, cuando ya había anochecido.

—Darío.

Darío se detuvo dos peldaños más arriba. Por una vez, desde allí, tenía los ojos a la altura de los del director.

—Dime.

—Buen trabajo hoy. —Gonzalo sonrió—. De verdad. Tienes muy buena presencia. Tranquilo, profesional. Eso se valora.

—Gracias.

—Por eso te voy a dar un consejo, porque me caes bien.

—Gonzalo apoyó una mano en la barandilla—.

En esta profesión es muy importante saber a quién obedeces.

Los coordinadores vienen y van, ¿sabes? Hoy están de moda, mañana no.

Las productoras cambian de criterio. Pero los directores contratamos dobles toda la vida.

Y nos acordamos de quién nos ha facilitado las cosas.

Darío no contestó. Gonzalo esperó un momento, le dio una palmada en el hombro y siguió bajando.

—Que descanses —dijo, desde abajo, sin volverse.

* * *

La cena era a las nueve, en la terraza del hotel, en unas mesas largas que producción había colocado al abrigo de un muro de piedra para que el viento no se llevara los platos.

Había papas arrugadas, mojo rojo y verde, pescado a la plancha, vino blanco de La Geria en jarras de cristal.

La mitad del equipo hablaba ya de lo que había pasado en la burbuja de la palmera.

Los rodajes eran así: un pueblo pequeño en el que todo se sabía antes de que terminara de ocurrir.

Darío se sentó en una punta, con los dos foquistas y un eléctrico que le preguntaron por una película de acción en la que había saltado de un tren. Contestó lo justo. No tenía ganas de hablar.

Vera estaba en la otra punta, con Elena e Irene.

Se había soltado la trenza y el pelo le caía en rizos sueltos por la espalda.

Llevaba todavía la camisa blanca de hombre, ahora con un botón más desabrochado.

Darío la vio reírse de algo que decía Irene y echar la cabeza hacia atrás, y vio también la curva del cuello, la clavícula, la sombra entre los pechos que dejaba ver la camisa abierta.

Apartó la vista hacia las jarras de vino.

Cuando la cena terminó, el equipo empezó a dispersarse hacia las habitaciones o hacia el bar del hotel, donde alguien había conseguido poner música. Darío se levantó para dejar su plato en la bandeja de recogida, junto a la puerta de la cocina.

Vera estaba allí, dejando el suyo.

Coincidieron frente a la bandeja. Un pasillo estrecho, iluminado por una bombilla desnuda, con el ruido de los platos dentro y el viento fuera. Él se apartó para dejarle sitio. Ella dejó el plato y no se fue.

—Gracias —dijo.

—No he hecho nada.

—Eso dice Irene que le has dicho a ella. —Vera lo miró. De cerca, a la luz amarilla de la bombilla, tenía los ojos muy oscuros y la piel del escote todavía rosada de sol—. No es verdad. Has hecho algo que no hace casi nadie.

—Me he sentado.

—Te has sentado cuando un director de cincuenta y ocho años con tres premios te ha dicho que no te sentaras. Delante de todo el equipo. Sin saber si mañana te iba a seguir contratando.

Darío se encogió de hombros.

—Ya me ha dicho que me acordaré.

Vera frunció el ceño.

—¿Qué te ha dicho?

—Que los coordinadores vienen y van. Y que los directores contratan dobles toda la vida.

Vera calló un momento. Darío vio cómo se le tensaba la mandíbula.

—Lo siento —dijo ella.

—No lo sientas. Tenías razón tú.

—Lo sé. Pero el que se juega el trabajo eres tú.

—Lo decidí yo.

Ella le sostuvo la mirada. Y entonces hizo algo que no había hecho nunca, en ninguno de los días que llevaban en la isla.

Le puso la mano en el brazo.

No fue un gesto de trabajo. No estaba colocándolo en una marca ni corrigiendo una postura. Le puso la mano en el antebrazo desnudo, justo por encima de la muñeca, y la dejó allí. La palma caliente, los dedos finos, la presión leve. Dos segundos. Tres.

—Gracias, Darío —repitió ella, en voz más baja.

Él no dijo nada. No pudo. Tenía todo el cuerpo concentrado en esos tres centímetros de piel.

Ella retiró la mano. Se dio la vuelta. Se fue por el pasillo hacia la terraza, con la camisa blanca moviéndose con el viento y los rizos sueltos por la espalda, y no se volvió.

Darío se quedó junto a la bandeja de platos sucios con el brazo encendido.

Era lo primero que ella hacía que no tenía ninguna excusa. Lo primero que no podía explicarse con un protocolo, con un ensayo, con una frase del manual. Una mano en el brazo. Nada. Lo que cualquier compañera le habría dado a cualquier compañero.

Y él la sintió durante horas.

La sentía cuando subió a la habitación. La sentía cuando se duchó y el agua caliente le cayó encima del brazo exactamente en ese sitio.

La sentía tumbado en la cama, a oscuras, con la ventana entreabierta y el viento entrando, y la sentía tanto que llegó a pensar que, si encendía la luz, vería en la piel la marca de sus dedos.

No la encendió.

Siguió a oscuras, con la mano derecha apoyada sobre el antebrazo izquierdo, cubriendo el sitio exacto donde ella lo había tocado, como si así pudiera guardarlo.