Capítulo 6
Darío
La escena del sofá se rodaba en la burbuja de la palmera.
Era la más grande de la casa, una cavidad de roca negra de techo altísimo por cuyo centro subía el tronco de una palmera que salía al exterior por un agujero abierto en lo alto.
Por ese agujero entraba la luz de media tarde en un chorro oblicuo que iba barriendo las paredes a medida que pasaban las horas.
El director de fotografía llevaba toda la mañana persiguiéndolo como un perro persigue un rayo de sol en el suelo.
Debajo de la palmera había un sofá bajo, largo, tapizado de lino blanco. En la novela era el sitio donde la pareja hacía el amor la segunda vez, una tarde de calor, sin desnudarse del todo, con prisa, como si la casa los fuera a descubrir.
—Sin desnudarse del todo —repitió Vera en la reunión de la mañana, con el guion abierto sobre las rodillas—.
Ella lleva una camisa. Él, el pantalón de lino desabrochado.
Se ve la espalda de él, se ven las piernas de ella.
Las manos de él suben por los muslos de ella hasta la cadera, por encima de la camisa. No más arriba. No por dentro.
—En la novela le mete la mano por dentro —dijo Gonzalo.
—En la novela, sí. En el contrato de Irene, no.
Gonzalo no contestó. Darío, sentado al fondo de la mesa con un café, lo vio tamborilear con los dedos un rato largo y pasar después a otro tema. No era de los que discutían en las reuniones. Era de los que esperaban.
Antes de levantarse sacó otra cosa.
—Y que alguien me mire Los Hervideros para la semana siete. De noche.
—No está en el guion, no está en ningún contrato y nadie de seguridad ha pisado esas rocas —dijo Vera—. No.
—Solo he dicho que alguien lo mire.
—Y yo solo he dicho que no.
Inés, en la cabecera, no levantó la vista del portátil. Apuntó algo. Darío no supo de parte de quién.
Irene había llegado tarde a la reunión y se había sentado junto a la puerta, con el guion contra el pecho.
—¿Estás bien con lo del sofá, Irene? —preguntó Gonzalo, ya de pie, con el tono de quien pregunta la hora.
—Vale —dijo Irene.
Lo dijo mirando la mesa. Darío vio que Vera levantaba la cabeza, como quien oye un ruido en otra habitación, y que miraba a la actriz un momento más de lo necesario. Sintió una punzada en el costado izquierdo. No quiso preguntarse por qué.
* * *
Darío llevaba el cubresexos debajo del pantalón de lino. Se lo había colocado él mismo en el camerino, sin ayuda, sujetando las tiras adhesivas a las caderas, y había pensado otra vez en que esa tela había pasado por las manos de ella antes que por las suyas.
Desde la prueba de cuerpo no había conseguido quitarse a Vera Solís de la cabeza.
Lo de la piscina seguía sin descifrar. «Me alegro de que te lo tomaras».
Lo había repasado tantas veces que había perdido el sentido, como una palabra repetida hasta que suena a nada.
Lo del set del día anterior tampoco. Lo había vivido con el auricular en la oreja y la voz de ella dentro, diciéndole «más despacio», «ahí», «quieto», mientras tenía la boca sobre el cuello de Irene.
Y le había pasado algo que no le había pasado nunca en veinte años de oficio: se había empalmado con una actriz debajo y no por la actriz.
Irene no tenía la culpa. Irene era preciosa, era amable, olía a crema de almendras y se reía bajito cuando se ponía nerviosa.
Pero cada vez que la voz de Vera le decía «baja» y él bajaba, cada vez que le decía «quieto» y él se quedaba quieto, era a Vera a quien obedecía con todo el cuerpo.
Era su boca la que movía la suya. Y el cubresexos, por muy talla especial que fuera, había tenido que trabajar bastante.
Al terminar, se había vuelto a mirarla por encima del monitor. No pudo evitarlo. Ella tenía los auriculares puestos y la mano apretada en el borde de la pantalla, los nudillos blancos. Le sostuvo la mirada un segundo. Después bajó la vista.
Y después, delante de todo el equipo, cuando le preguntó si aceptaba el beso en la clavícula, él le contestó con la frase del cuestionario.
No lo había planeado. Le salió. Vio cómo a ella se le subía el color al cuello, una mancha rosada que le bajaba hacia el escote del jersey, y se arrepintió y no se arrepintió al mismo tiempo.
—Darío, a tu marca —dijo Elena.
Él se levantó del rincón donde esperaba y se acercó al sofá.
* * *
Irene ya estaba tumbada, con la camisa de seda clara y las piernas desnudas sobre el lino. Le sonrió.
—¿Listo?
—Listo.
Vera estaba de pie junto al monitor pequeño, a dos metros del sofá, con los auriculares colgados del cuello.
Llevaba el pelo recogido en una trenza gruesa que le caía sobre el pecho y una camisa blanca de hombre, demasiado grande, remangada hasta los codos y abierta en el cuello. Darío fijó la vista en la palmera.
—Repasamos —dijo Vera—. Darío, empiezas de rodillas en el suelo, junto al sofá.
Le besas la rodilla. Subes con las manos por los muslos, por fuera, por encima de la camisa, hasta la cadera.
Te incorporas y te colocas encima. El pantalón desabrochado.
Ella te quita la camisa. Os besáis. Boca cerrada, lo pactado.
Tus manos se quedan en su cadera todo el tiempo.
Irene, tú mueves la pelvis contra él dos veces cuando yo te diga. Nada más.
—Entendido —dijo Irene.
—Entendido —dijo Darío.
—Motor.
—Corriendo.
—Acción.
Darío se arrodilló junto al sofá. El suelo de roca estaba frío a través del lino del pantalón. Besó la rodilla de Irene, sin prisa, y a ella se le erizó la piel. Puso las manos en sus tobillos y empezó a subir.
—Bien —dijo Vera en su oído—. Despacio. Disfruta del camino.
Él subió. Pantorrillas, rodillas, el exterior de los muslos. La piel de Irene era fina y caliente. El rayo de luz de la palmera le cayó encima justo en ese momento, un chorro blanco que le encendió la espalda, y oyó al director de fotografía soltar un «sí» ahogado detrás de la cámara.
Llegó a la cadera. Se detuvo. Se incorporó y se colocó sobre ella.
Irene le desabrochó la camisa. La deslizó por sus hombros. Él la besó, boca cerrada, y ella sonrió contra sus labios, nerviosa.
—Ahora, Irene —dijo Vera—. Mueve la pelvis.
Irene se movió contra él. Una vez. Dos.
Fue entonces cuando Gonzalo habló.
No dijo «corten». No dijo nada a Vera ni al operador. Habló directamente a Darío, desde detrás de la cámara, en voz alta, con el mismo tono tranquilo con el que pedía un café.
—Darío, sube la mano. Por dentro de la camisa. Hasta el pecho.
Darío se clavó en el sitio.
Tenía las manos en la cadera de Irene, por encima de la seda. Debajo de él, Irene había dejado de moverse. Se le había tensado todo el cuerpo y contenía la respiración. La cámara seguía corriendo. Nadie había cortado.
—Sube la mano —repitió Gonzalo—. Es lo que hace él en la novela. Venga, que se nos va la luz.
Darío conocía la situación. La había visto muchas veces en veinte años.
Un director que cambia algo en mitad de una toma, cuando ya nadie puede pararse a pensar, cuando la actriz está tumbada y medio desnuda y el especialista es el último mono del rodaje, el que más fácil se sustituye.
Había visto a compañeros obedecer. Había obedecido él mismo, alguna vez, cuando era más joven y tenía miedo de no volver a trabajar.
—Corten.
La voz de Vera no fue alta. Fue clara.
—No he dicho corten —dijo Gonzalo.
—Lo he dicho yo. —Vera ya estaba junto al sofá. Darío no la había visto moverse—. Irene, ¿estás bien?
Irene asintió sin hablar. Tenía los ojos muy abiertos.
—Gonzalo, la mano por dentro de la camisa no está en el contrato de Irene, ni en el de Darío, ni en la planificación que firmaste esta mañana.
No se puede pedir con la cámara en marcha.
Si quieres plantearlo, lo planteas antes de la toma, a ellos dos, conmigo delante, y ellos deciden.
No se decide con una actriz tumbada debajo de un hombre.
Hubo un silencio en la burbuja. El rayo de luz seguía su camino por la pared de roca. El técnico de sonido bajó la pértiga.
Gonzalo se levantó de detrás de la cámara.
Era más grande que Darío y lo sabía. Se acercó al sofá sin prisa y se detuvo a un paso, mirando a Vera desde arriba.
—Lo planteo ahora. Irene, ¿te importa que te toque el pecho? Por encima de la ropa interior. Es un segundo. La escena lo necesita.
Irene miró a Vera. Después a Gonzalo. Después a Darío, que seguía encima de ella, apoyado en los brazos.
—Yo… —empezó.
—No tienes que contestar ahora —dijo Vera—. Ni aquí. Ni tumbada.
—La luz se va —dijo Gonzalo—. Tenemos diez minutos de este rayo, Vera. Diez. Cuando se acabe, se acabó hasta mañana. Y mañana me cuesta veinte mil euros. ¿Quieres explicárselo tú a la productora?
Inés estaba al fondo de la burbuja, junto al combo, con los brazos cruzados. No dijo ni que sí ni que no. Miraba.
Vera abrió la boca para contestar.
Darío se adelantó. No dijo nada. Ni una palabra.
Se apartó de Irene. Despacio, como hacía todo, se incorporó sobre las rodillas, quitó las manos de su cadera y se sentó en el borde del sofá.
Recogió la camisa del suelo y se la tendió a Irene para que se tapara con ella.
Después esperó allí sentado, con los antebrazos sobre las rodillas, mirando a Gonzalo.
Gonzalo lo miró a él.
—¿Qué haces?
Darío no respondió.
—Vuelve a la posición.
Darío siguió sin moverse.
No hacía falta decir nada. Cualquiera en la burbuja podía entenderlo.
El especialista, el doble, el último mono del rodaje, el que no tenía cara ni nombre en los créditos, no iba a volver a ponerse encima de la actriz mientras hubiera algo sin pactar.
Ni con diez minutos de luz ni con veinte mil euros.
Gonzalo sostuvo la mirada de Darío durante unos segundos largos. Su expresión cambió. No era rabia. Era más fría, más atenta. Como si acabara de apuntar un nombre en una lista.
Después Gonzalo sonrió.
—Muy bien. Como queráis. Rodamos lo pactado. —Se volvió hacia la cámara—. Y rápido, que la luz no espera a nadie.