Fuera de plano Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

A Vera le subió el calor por el cuello. Era la frase del cuestionario, la que llevaba días leyendo y releyendo. Delante de todo el equipo, con su voz grave y sin ninguna intención aparente.

—Un beso en la clavícula, boca cerrada, dos segundos —dijo—. Nada más.

Gonzalo sonrió como si hubiera ganado algo.

Rodaron cuatro tomas más. En cada una, Darío bajó por el cuello de Irene, se detuvo en la clavícula y la besó. Boca cerrada. Dos segundos. Vera contó en voz baja los dos segundos de cada beso como si contara los suyos.

* * *

Esa noche no bajó a cenar.

Pidió algo al servicio que la productora había montado en la cocina del hotel y se lo comió a medias, sentada frente a la terraza de su habitación, con la puerta de cristal cerrada y el viento golpeándola desde fuera.

Desde allí veía la piscina vacía, iluminada desde abajo. No había nadie en el fondo.

Se dio una ducha caliente y larga. Se puso una camiseta vieja de dormir, de algodón gastado, y nada más. Se metió en la cama con el pelo húmedo esparciéndose por la almohada.

No quería pensar en el set. Así que pensó en el Mirador.

Al principio lo hizo sin intención, como quien repasa un día. El frío del amanecer. El muro de piedra de Manrique. La marca azul en el suelo. Él frente a ella, con las manos abiertas a los costados. El aliento contra la boca. «Quieto ahí».

Pero esta vez, en su cabeza, él no se quedó quieto.

Esta vez, cuando ella dijo «quieto ahí», Darío cerró el centímetro.

La besó sin pedir permiso. Una boca caliente, abierta, que se tragó la orden antes de que terminara de pronunciarla. Ella intentó decir algo y él le metió la lengua, lento y hondo, como si llevara días esperando, y Vera, en la cama, abrió las piernas bajo la sábana sin darse cuenta.

En el Mirador de su cabeza no había equipo. No había cámara ni Gonzalo ni Elena con el abrigo en la mano. Solo el viento, el amanecer naranja sobre el risco y el vacío a su espalda, casi quinientos metros de nada hasta el mar.

Darío la empujaba hacia el muro.

Despacio. Paso a paso, sin dejar de besarla, hasta que la espalda de Vera chocaba contra la piedra volcánica, áspera, todavía fría de la noche. Y entonces le cogía las muñecas con una sola mano y se las sujetaba por encima de la cabeza, contra el muro, y con la otra le subía el jersey negro.

Vera se pasó la mano por el vientre, bajo la camiseta de dormir. La piel estaba caliente.

En el Mirador, el viento le entraba por debajo del jersey levantado y le endurecía los pezones antes de que él los tocara.

Pero él los tocaba. Le metía la mano bajo el sujetador y le cogía el pecho entero, lo apretaba, le rozaba el pezón con el pulgar hasta que ella arqueaba la espalda contra la piedra.

Bajaba la cabeza y se lo metía en la boca.

Lo chupaba despacio, con la lengua plana, después más fuerte, y ella gemía y el viento se llevaba el gemido hacia el mar.

Vera tenía ya la mano entre las piernas. Estaba empapada. Se acarició sin prisa, con dos dedos, en círculos, como en el Mirador le habría gustado que lo hiciera él.

Él le soltaba las muñecas para desabrocharle el vaquero.

Se lo bajaba hasta las rodillas, con las bragas, de un tirón, y el aire helado del amanecer le daba de golpe en el sexo mojado.

Ella jadeaba. Él la miraba. No decía nada.

No pedía permiso. Ella no se lo habría dado y él lo sabía, y por eso no preguntaba.

—¿Necesitas un momento? —le decía él al oído, con su voz grave y lenta, burlándose de ella con su propia frase.

—No —contestaba ella—. No.

Y él la levantaba.

La cogía por los muslos y la levantaba contra el muro como si no pesara nada, con esos brazos que ella había visto sostener todo el peso de un cuerpo sin temblar.

Ella le rodeaba la cintura con las piernas, con el vaquero todavía enredado en un tobillo.

Tenía la piedra áspera en la espalda, el vacío detrás, y delante, contra ella, él.

Desabrochado. Enorme. Tal como lo había imaginado al oír el grifo y la respiración rota a través de la roca.

Se lo metía de una vez.

Vera, en la cama, ahogó un gemido contra la almohada y metió dos dedos dentro de sí misma, hondos, imaginando que eran él. No le bastaba. Ni de lejos. Él la llenaba, la abría, la empujaba contra el muro con cada embestida, lenta, profunda, y ella sentía el tamaño de él hasta el estómago.

—Quieta —le decía él—. Quieta ahí.

Su frase. Su voz de protocolo en la boca de él. Y esta vez era ella la que obedecía.

Se quedaba quieta mientras él la follaba contra el muro de Manrique con el sol saliendo detrás de él y el viento revolviéndole el pelo, con La Graciosa abajo, dorada, indiferente.

No había cronómetro. No había normas. No había nada que pactar.

Solo el ritmo de él, cada vez más rápido, sus manos clavadas en sus muslos, su boca en el cuello, su respiración rompiéndose exactamente como la había oído romperse a través de cinco metros de roca.

Vera se corrió en la cama del hotel con la cara hundida en la almohada, las piernas temblando y los dedos dentro, en una sacudida larga que le arqueó la espalda y le arrancó un gemido que no consiguió ahogar del todo.

Le duró mucho. Más que nunca. Acabó encogida de lado, con la mano todavía entre los muslos y el corazón golpeándole en los oídos.

Fuera, el viento seguía sacudiendo la puerta de cristal.

Tardó en abrir los ojos. Cuando lo hizo, la habitación estaba exactamente igual: la luz de la mesilla, la bandeja con la cena a medias, la camiseta vieja subida hasta las costillas.

Se dio cuenta de algo que la asustó más que el orgasmo.

En su fantasía, ella no había dirigido nada.

Llevaba cuatro años convencida de que lo que la excitaba de su trabajo era el control. Que la voz con la que decía «baja», «quieto», «más despacio» era la que le encendía la sangre. Aquella misma mañana, en el set, lo había pensado con toda claridad: que la excitaba que él obedeciera.

Y sin embargo, sola en su cama, con los ojos cerrados y la mano entre las piernas, había imaginado exactamente lo contrario. Que él no obedecía. Que le quitaba las palabras de la boca y se las devolvía. Que la sujetaba contra un muro y era ella la que se quedaba quieta.

Vera se tapó la cara con el brazo.

No sabía qué la asustaba más: desearlo así o haber descubierto que, con él, no quería mandar.