Capítulo 5
Vera
El paquete llegó a las ocho de la mañana, por mensajería urgente desde Madrid, en una caja blanca sin logotipo que Toni dejó sobre la mesa de vestuario con la solemnidad de quien deposita una reliquia.
—Lo que pediste —dijo—. Talla especial. Me ha costado tres llamadas.
Vera abrió la caja. Dentro, envuelto en papel de seda, había un cubresexos de color carne: una pieza de tela técnica con forma de bolsa, una banda elástica y dos tiras adhesivas para sujetarlo a la piel.
Lo había visto cientos de veces. Formaba parte de su trabajo tanto como el cuestionario de límites o el cronómetro.
Lo sacó, comprobó las costuras, el tamaño de la bolsa, el grosor del tejido, como hacía siempre.
Y por un momento, con la tela en la mano, pensó en lo que iba a contener.
Lo volvió a meter en la caja con más prisa de la necesaria.
—Perfecto —dijo—. Se lo llevo yo.
* * *
Darío estaba en la burbuja que hacía de camerino, sentado en una banqueta con un albornoz azul marino y los pies descalzos sobre la roca. Leía el guion. Cuando Vera entró, levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días. —Ella le tendió la caja—. Ha llegado esto.
Darío la cogió y miró dentro. Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. Él sacó la pieza, la examinó con la misma atención técnica con la que ella la había revisado diez minutos antes, comprobó la banda elástica con los dedos.
—¿Talla especial? —preguntó, sin levantar los ojos.
—Es lo que pedí.
—Lo sé. Estaba delante.
La miró entonces. Tenía esa expresión suya imposible de leer, la boca seria y los ojos verdes muy quietos. Vera sostuvo la mirada.
—Si no te queda bien, me lo dices y buscamos otra solución antes de la toma. No quiero que estés incómodo.
—Me quedará bien.
—Tienes que probártelo.
—Ahora.
—Cuando quieras. Me voy.
—No hace falta que te vayas. —Hizo una pausa, una de sus pausas—. Hay un biombo.
A Vera se le encendió la cara.
—Me voy —repitió.
Y se fue. En el túnel encalado que comunicaba el camerino con el resto de la casa se detuvo un momento con la mano apoyada en la roca. Respiró. Detrás de ella, a través de la piedra, oyó el roce del albornoz al caer.
Siguió andando.
* * *
A las diez, el set estaba cerrado.
Vera lo había preparado con la precisión de siempre.
En la burbuja del dormitorio solo podían estar las personas imprescindibles: Gonzalo, el director de fotografía, el operador, el foquista, el técnico de sonido, que trabajaba con la pértiga desde el túnel, y ella.
Nadie más. Ni producción, ni maquillaje, salvo para retoques entre tomas.
Los monitores, fuera, en la burbuja de al lado, con la imagen restringida.
La claraboya, cubierta con una gasa para que la luz cayera suave y blanca sobre la cama.
Irene llegó con un albornoz y la cara pálida. Debajo llevaba el conjunto de prendas de barrera que habían pactado y, encima, la camisa de la película. Ya no era transparente; Toni se había pasado la noche cosiéndole un forro.
—Estoy bien —dijo antes de que Vera preguntara nada.
—Ya lo sé. Repasamos una vez y entramos.
Lo repasaron. Las posiciones, los tiempos, la palabra de parada. Vera se lo fue marcando como una coreografía, paso a paso, con la voz baja y tranquila, y vio cómo los hombros de Irene iban bajando a medida que escuchaba.
—Él te gira desde atrás. Mano en la cintura, solo apoyada. Te tumba sujetándote la nuca. Se coloca encima, con el peso en los antebrazos. Baja por el cuello. Tú le coges de la nuca y le guías. En ningún momento te va a tocar donde no está pactado. Si algo no está bien, «Sal» y paramos.
—¿Y lo has ensayado tú? —preguntó Irene—. ¿Así, exactamente?
Vera tardó un segundo.
—Exactamente así.
—¿Y es…? —Irene buscó la palabra—. ¿Cómo es estar debajo?
Vera pensó en el peso tibio, en el olor a jabón y a piedra caliente, en la dureza contra el muslo, en los diez segundos que no terminaban nunca.
—Seguro —dijo—. Te sientes segura.
No era mentira. Era la parte de la verdad que se le podía contar a una actriz de veintiséis años a diez minutos de su primera escena de sexo.
* * *
Darío entró en el set con el albornoz y se lo quitó junto a la cama con la naturalidad de quien se quita un abrigo.
Llevaba solo el cubresexos. Le quedaba bien.
Vera lo comprobó con un vistazo rápido, técnico, y apartó los ojos.
La tela de color carne, ajustada a la piel con las tiras adhesivas en las caderas, ocultaba lo que tenía que ocultar y dejaba ver todo lo demás: el vientre plano, el vello oscuro que bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo la banda elástica, las ingles marcadas, los muslos.
En la espalda, bajo el omóplato derecho, la maquilladora le había vuelto a pintar el lunar de Marc.
Era el cuerpo que ella había tenido encima dos días antes. Ahora casi desnudo, a tres metros, bajo la luz blanca.
Vera se colocó detrás del monitor de cámara, el pequeño, el que estaba dentro del set, y se puso los auriculares.
—Cuando queráis.
—Motor —dijo Gonzalo.
—Corriendo.
—Acción.
Darío se acercó a Irene por detrás. Le puso la mano derecha en la cintura, solo apoyada, exactamente como Vera le había enseñado. La giró con calma. Quedaron frente a frente.
Vera los miraba por el monitor y los veía también, a la vez, por encima de la pantalla, en carne y hueso.
Dos imágenes de lo mismo, una en color pequeño y otra real.
Y había una tercera imagen que se le superponía a las dos, que no venía de ningún sitio más que de ella: ella misma, en esa cama, dos días antes, con esa mano en la cintura.
Darío sujetó la nuca de Irene. Hundió los dedos en su pelo, que era liso y rubio oscuro y no tenía nada que ver con el de Vera. La inclinó hacia atrás y la acompañó en la caída hasta el colchón. Se colocó encima, apoyando el peso en los antebrazos. Bajó la cara hacia su cuello.
—Bien —dijo Vera por el auricular de Irene, en voz muy baja—. Respira. Lo estás haciendo muy bien.
Irene respiró. En el monitor se le veía el pecho subir y bajar bajo la camisa. Darío le rozó el cuello con la boca, sin besarla todavía, como estaba pactado. Bajó un poco más. Ella le cogió la nuca.
—Darío —dijo Vera, ahora por el auricular de él—. Más despacio.
Él obedeció.
Lo vio obedecer. Vio cómo frenaba el movimiento de la cabeza, cómo la boca se detenía sobre la clavícula de Irene, cómo los músculos de la espalda se tensaban bajo la piel para contener el peso. Vio el lunar falso moverse con cada respiración.
—Ahí —dijo—. Quédate ahí.
Él se quedó ahí. Tres segundos, como ella había marcado. La boca sobre la piel de otra mujer. Su orden.
Tenía la boca seca y la mano apretada sobre el borde del monitor.
Había diseñado aquello. Cada gesto. Cada segundo.
Se había tumbado bajo ese cuerpo para medirlo y ahora estaba mirando el resultado, como una coreógrafa que ve su pieza bailada por otros.
Lo había hecho cientos de veces. Era su oficio.
Siempre había sentido algo parecido al orgullo técnico, la satisfacción de una pieza que encaja.
Esto no era orgullo técnico.
Era el pulso entre las piernas, que había empezado en cuanto él se quitó el albornoz y que no se le había ido.
Era la humedad que le crecía bajo el pantalón de lino.
Era una punzada que le subía desde el estómago cada vez que la boca de Darío se acercaba a la piel de Irene, una punzada que no se parecía en nada al orgullo y mucho a otra cosa que no quiso nombrar.
—Ahora baja —dijo por el auricular.
Él bajó.
—Mano en la cadera. Abierta.
Él abrió la mano sobre la cadera de Irene.
Era ella quien movía ese cuerpo. Con la voz.
Le decía «baja» y él bajaba. Le decía «quieto» y se quedaba quieto.
Le decía «más despacio» y él frenaba. Y Vera entendió, con una claridad que le dio vértigo, que no la excitaba ver a Darío sobre Irene.
La excitaba que obedeciera. Que cada movimiento de aquel cuerpo enorme y tranquilo saliera de su boca.
—Corten —dijo Gonzalo.
Darío se apartó de Irene en el acto. Se incorporó sobre los brazos, le preguntó algo en voz baja, ella asintió y se rio. Él la ayudó a incorporarse.
En la boca del túnel, sin pisar la burbuja, con las gafas de sol puestas, Marc Ribas miraba cómo otro hombre ocupaba su lugar en los planos de espalda. No se había ido al camerino, como todos los actores doblados que Vera había conocido. Se había quedado a verlo hasta el final.
Después, con Irene todavía sentada en la cama, Darío volvió la cabeza. No hacia Gonzalo. No hacia la cámara.
Hacia ella.
La miró por encima del monitor. Fue un segundo, una de sus miradas sin expresión, de las que no decían nada, y aun así a Vera la atravesó de parte a parte. Como si él supiera que había sido su voz la que tenía en la oreja mientras rozaba el cuello de otra.
—Otra —dijo Gonzalo.
Se levantó, fue hasta la cama y se agachó junto a Irene.
—No lo mires cuando te gira. Mira la ventana. Tú todavía no sabes que lo quieres. La que lo sabe es tu espalda.
Irene fue asintiendo, como si le hubieran abierto una puerta.
Vera lo oyó y tuvo que reconocerlo, con rabia: era una nota buena.
Era la nota que hacía falta. Aquel hombre veía.
Por eso era peligroso. No era un inútil con poder, sino alguien con ojo que había decidido que el ojo le daba derecho a todo.
—Y esta vez quiero que la bese de verdad —añadió, ya de vuelta en su silla—. Al final, cuando baja.
Vera se quitó los auriculares.
—No está pactado.
—Lo pacto ahora.
—Lo pactan ellos. Antes de la toma, conmigo, sin cámara. —Se volvió hacia la cama—. Irene, ¿quieres un beso real en la clavícula al final del recorrido?
Irene miró a Darío y después a Vera.
—Me da igual. Sí. Está bien.
—«Me da igual» no es sí.
Irene lo pensó. Vera la vio pensarlo de verdad, como le había enseñado.
—Sí —dijo al fin—. En la clavícula, sí.
—¿Darío?
Él la miró a ella al responder. No a Irene.
—Sí. Lo que decida la coordinación.