Capítulo 4
Darío
Abrió el grifo antes de cerrar con pestillo.
Lo hizo sin pensar, por instinto, como quien se tapa la boca para toser en una iglesia. El agua cayó con fuerza en el lavabo de piedra y llenó el baño pequeño de la casa con un ruido blanco que, esperaba, taparía cualquier otro.
Se apoyó con las dos manos en el borde del lavabo y se miró en el espejo.
Tenía la cara encendida y los ojos de alguien que acaba de bajarse de una montaña rusa.
Bajo el chándal, la erección le tiraba de la tela hacia delante de una manera obscena.
No se le había bajado ni un segundo en veinte minutos.
Ni en el primer ensayo ni en los tres siguientes.
Ni siquiera cuando el director de fotografía se había puesto a hablar de gasas y de temperatura de color, que normalmente bastaba para apagar cualquier cosa.
—Joder —dijo en voz baja, al espejo.
Veinte años de oficio. Decenas de actrices, de dobles, de figurantes.
Escenas en la nieve, en el barro, en camas de hotel, en coches, en mesas de cocina.
Se le había puesto dura otras veces, claro.
Era lo normal y todo el mundo lo sabía. Pero se le pasaba.
Una respiración, un pensamiento cualquiera, el peso de una cámara a medio metro, y se le pasaba. Hoy no.
Hoy había seguido encima de ella con la polla apretada contra su muslo, notando cómo latía contra la tela de su vaquero, y ella le había dicho, con esa voz de quien lee un prospecto, «es una reacción física, es normal, ¿necesitas un momento?».
Y él había preguntado «¿y tú?».
Ni siquiera sabía por qué lo había hecho.
Le había salido de dentro, de algún sitio que no controlaba.
Y ella había tardado en contestar. Un segundo.
Dos. Él había estado a un palmo de su cara y había visto cómo se le dilataban las pupilas, cómo tragaba saliva, cómo apretaba un poco la mandíbula antes de decir «yo estoy bien».
Podía no significar nada. Podía ser que la pregunta la hubiera pillado por sorpresa, porque nadie le preguntaba nunca a la coordinadora cómo estaba. O podía ser otra cosa.
No aguantó más.
Se bajó el chándal y los calzoncillos de un tirón y se la cogió con la mano. Estaba tan dura que le dolía, caliente, con las venas marcadas, la piel tirante sobre el glande. Cerró los dedos alrededor y empezó a mover la mano sin prisa, con la otra apoyada en el lavabo, mirando el agua caer.
Pensó en ella.
Primero en lo evidente: el cuerpo bajo el suyo.
La cintura estrecha bajo la camiseta cuando la giró.
Los rizos entre los dedos al sujetarle la nuca, más suaves de lo que esperaba, y el calor de su cuello debajo.
El hundimiento del colchón al tumbarla. Las caderas de ella, anchas y blandas bajo las suyas, el hueco exacto en que su pelvis había encajado como si lo hubieran medido.
El pecho subiendo y bajando a dos centímetros del suyo, sin tocarlo.
Aceleró la mano.
Después pensó en lo que no había visto, en lo que se había prohibido mirar.
Lo que habría pasado si ella, en vez de decir «diez», hubiera levantado la cadera un centímetro.
Si lo hubiera buscado. Si hubiera abierto un poco más las piernas bajo él y le hubiera dejado notar, a través del vaquero, el calor que él estaba convencido de haber sentido y que no podía ser, que tenía que ser suyo propio.
Imaginó desabrocharle aquel vaquero. Bajárselo con la misma calma con la que ella le había pedido todo.
Imaginó lo que encontraría debajo. Imaginó que estaba mojada, empapada por él, y que ella lo miraba con esos ojos oscuros y le decía, con la voz del protocolo: «Es una reacción física. Es normal».
Tuvo que apretar los dientes.
El ritmo se le fue de las manos. La cadera se le movía sola, empujando contra el puño, y el mueble del lavabo golpeaba la pared con un ruido sordo que intentó controlar sin conseguirlo.
La respiración se le rompió. Pensó en sus labios cortados por el viento en el Mirador, en el centímetro que no había cerrado, en la forma en que ella se había dado la vuelta y su pelo le había azotado la cara.
Se corrió con un gemido que ahogó contra el antebrazo, con la frente apoyada en el espejo, en tres sacudidas que le dejaron las piernas flojas.
Aguantó así un rato. El agua seguía corriendo.
Cuando abrió los ojos y se vio en el espejo, con la frente marcada por el cristal y la mano todavía pegajosa, se sintió ridículo. Cuarenta y un años, encerrado en el baño de una casa de rodaje como un adolescente en el de su instituto. Por una mujer que no le había dado ni una sola señal clara.
Se lavó con agua fría y se mojó la cara. Esperó a que se le bajara del todo. Luego cerró el grifo.
Antes de salir, por la ventana del baño, la vio en el jardín, al sol, hablando con Elena. Movía las manos y se reía de algo. Llevaba otra vez las sandalias y el pelo recogido en un moño que el viento empezaba a deshacer. Parecía exactamente igual que antes del ensayo, tranquila.
Darío pensó que, sin ninguna duda, para ella no había significado nada.
* * *
En el hotel, a esas horas, solo se oía el viento.
Darío cenó tarde, solo, un plato de papas arrugadas y queso en el comedor medio vacío, y después, en vez de subir a la habitación, salió a la zona de la piscina. Necesitaba aire, o algo que se le pareciera.
La piscina estaba vacía. No sin gente, sino vacía de verdad: un rectángulo de azulejos azules sin una gota de agua, con hojas secas de palmera en el fondo y una escalerilla metálica que bajaba a ninguna parte.
Las luces de dentro, que alguien había olvidado apagar, la iluminaban desde abajo y le daban un aspecto de escenario abandonado.
Alrededor, las tumbonas seguían apiladas y atadas con cuerdas para que el viento no se las llevara.
Darío bajó por la escalerilla y se sentó en el fondo, en la parte honda, con la espalda contra la pared de azulejos. Allí abajo el viento apenas llegaba. Se veía un rectángulo de cielo negro lleno de estrellas.
Llevaba un rato allí cuando oyó pasos arriba.
—¿Darío?
Levantó la cabeza. Vera estaba en el borde de la piscina, con una chaqueta de punto larga sobre un vestido fino y los brazos cruzados contra el pecho por el viento. El pelo suelto se le movía alrededor de la cabeza como algo vivo.
—¿Qué haces ahí abajo?
—Esconderme del viento.
—¿Funciona?
—Bastante.
Ella miró la escalerilla. Luego lo miró a él. Bajó.
Lo hizo con cuidado, de espaldas, sujetándose a los pasamanos, y él vio cómo el vestido se le pegaba a las caderas con cada peldaño.
Apartó la vista hacia el cielo. Cuando volvió a mirarla, ella ya estaba abajo y cruzaba el fondo inclinado de la piscina, descalza, con las sandalias en la mano, como había cruzado la casa de lava aquella tarde.
Se sentó a un metro y medio de él, con la espalda contra los azulejos.
Un metro y medio. La distancia de dos compañeros de trabajo.
—Tienes razón —dijo ella—. Aquí abajo no hace viento.
—Te lo dije.
Callaron. Arriba, el viento silbaba entre las tumbonas atadas.
—No podía dormir —dijo ella al cabo de un rato, como si le debiera una explicación.
—Ni yo.
—¿Por el viento?
Darío la miró de lado. Ella seguía mirando el cielo.
—Por el viento —dijo.
Hablaron durante casi una hora y no dijeron nada importante.
Hablaron del hotel, de lo raro que era vivir en un sitio construido para cuatrocientas personas y ocupado por sesenta.
Ella le contó que en su planta había un pasillo entero en el que todas las puertas daban golpes al mismo tiempo cuando entraba una ráfaga, como si alguien llamara.
Él le contó que el primer día había confundido el comedor del personal con una sala de calderas.
Hablaron de la isla, de la calima que, según el conductor de la furgoneta, iba a llegar cualquier semana, de que en Lanzarote nadie parecía tener prisa por nada.
Ella le preguntó cuánto tiempo llevaba siendo especialista y él le dijo que veinte años, que había empezado de chaval porque escalaba y alguien de una productora necesitaba a uno que no tuviera miedo de colgarse de un acantilado.
Ella le preguntó si seguía escalando y él dijo que ya no, y oyó cómo le salía la voz, más seca de lo que quería. Ella no preguntó más.
Él le preguntó cómo se llegaba a ser coordinadora de intimidad y Vera le contó que había empezado casi por casualidad.
El oficio le llamó la atención en cuanto supo que existía y, en una fiesta de rodaje a la que la había invitado un amigo guionista, conoció a una mujer que ya se dedicaba a ello.
Empezaron a hablar, siguieron en contacto y fue ella quien la metió poco a poco en ese mundo, le explicó cómo funcionaba y la orientó para formarse.
Vera descubrió que se le daba bien y acabó convirtiéndolo en su oficio.
No hablaron de la tarde. Ni una palabra. El ensayo estaba allí, entre los dos, en aquel metro y medio de azulejo azul, y ninguno lo tocó.
A Darío le gustaba oírla hablar. Tenía una forma de contar las cosas en la que de repente, en mitad de una frase, se le escapaba una palabra muy precisa y muy inesperada, y después se reía de sí misma por haberla dicho.
Le gustaba cómo se movía mientras hablaba, cómo cambiaba de postura, cómo estiraba las piernas sobre los azulejos y se pasaba una mano por la cadera izquierda sin darse cuenta, como quien acaricia a un animal que conoce.
—¿Te duele? —preguntó él, señalando la cadera.
Ella apartó la mano como si la hubiera pillado haciendo algo.
—A veces. Una lesión vieja. Bailaba.
—Lo sé. Me lo dijo Elena.
—Elena habla mucho.
—Me dijo que bailabas muy bien.
Vera no contestó. Clavó los ojos en el rectángulo de cielo y Darío vio que algo se le cerraba en la cara, como una puerta. No insistió.
Al cabo de un rato, ella se levantó y se sacudió el vestido.
—Me voy a dormir. O a intentarlo.
—Buenas noches.
Ella dio dos pasos hacia la escalerilla y se detuvo. Se volvió.
—Darío.
—Dime.
—¿Estabas bien esta tarde? —Lo dijo con la voz de siempre, profesional, neutra—. Después del ensayo. Tardaste un rato en bajar.
A Darío se le heló la nuca.
Ella le sostenía la mirada desde la pendiente del fondo, iluminada desde abajo por las luces olvidadas, con la cara medio en sombra. No había nada en su expresión. Nada. Una coordinadora preguntando por el estado de un intérprete, como ella misma le había explicado el primer día que hacía siempre.
¿Lo sabía?
Imposible. El grifo estaba abierto. Había cerrado con pestillo. Ella estaba en el jardín cuando él salió.
—Estaba bien —dijo—. Necesitaba un momento. Como dijiste tú.
Ella asintió despacio.
—Me alegro de que te lo tomaras.
Y subió por la escalerilla sin mirar atrás.
Darío siguió en el fondo de la piscina mucho tiempo después de que ella se marchara, con la espalda contra los azulejos fríos, preguntándose qué demonios había querido decir.
* * *
En su habitación, con las persianas golpeando, no consiguió dormir.
Se tumbó boca arriba, desnudo, encima de las sábanas, con la ventana entreabierta para que entrara algo de aire, y el viento le movía la cortina sobre las piernas.
Pensó en el fondo de la piscina. En «me alegro de que te lo tomaras».
En la cadera izquierda que ella acariciaba sin darse cuenta.
En la puerta que se le había cerrado en la cara al hablar de baile.
Y sin decidirlo, empezó a imaginar.
Imaginó la cama redonda de la casa de lava, con la luz de la claraboya cayendo encima. Pero esta vez no era él quien estaba encima. Era ella.
Vera, sentada a horcajadas sobre él, con el vestido fino de esa noche subido hasta la cintura y nada debajo.
El pelo suelto cayéndole por los hombros y por la cara, rizos negros que le rozaban el pecho cada vez que se inclinaba.
Él tumbado bajo ella, con las manos abiertas sobre la sábana, a los costados, como ella le había enseñado en el Mirador.
Sin tocarla. Porque ella no le había dado permiso.
Y ella dirigiendo.
—Quieto —le decía, con su voz de protocolo, mientras bajaba sobre él—. No te muevas.
Él no se movía. Sentía cómo ella se lo metía dentro poco a poco, caliente y apretada y empapada, y tenía que agarrarse a la sábana para no levantar las caderas, porque ella había dicho quieto.
—Diez segundos —decía Vera—. Uno. Dos.
Y contaba. Contaba mientras empezaba a moverse sobre él, lenta, adelante y atrás, con las manos apoyadas en su pecho y los ojos fijos en los suyos.
Contaba con la voz un poco más rota en cada número.
Tres. Cuatro. Le clavaba las uñas en el pecho en el cinco.
En el seis echaba la cabeza hacia atrás y la luz de la claraboya le caía sobre el cuello y sobre los pechos, que se movían bajo el vestido.
Darío tenía la mano cerrada otra vez. Se dio cuenta de que se estaba tocando cuando ya llevaba un rato haciéndolo.
—Más despacio —le ordenaba la Vera de su cabeza, aunque era ella la que se movía—. Así. Ahí. No, no te muevas. Ahí.
Él obedecía. Siempre obedecía. Y ella se lo agradecía montándolo más hondo, más lento, haciéndolo entrar entero y quedándose quieta con él dentro, mirándolo, con la boca entreabierta.
—¿Necesitas un momento? —le preguntaba, con una sonrisa que la Vera real nunca le había dedicado.
—No —contestaba él—. ¿Y tú?
Y ella no contestaba. Empezaba a moverse más deprisa.
Dejaba de contar. Se le olvidaban los números, las normas, el protocolo, el cronómetro, y lo cabalgaba con las manos en su pecho y el pelo en la cara, gimiendo con esa voz a la que él solo había oído explicar posiciones, hasta que se le rompía en un grito y él sentía cómo se contraía alrededor de su polla, una vez, y otra, y otra.
Darío se corrió con los dientes apretados y la cara vuelta hacia la ventana, mientras el viento le movía la cortina sobre las piernas.
Siguió tumbado, respirando hondo, con el pecho manchado y la sensación absurda de haber hecho algo indebido.
En la fantasía, ella lo había dirigido todo. Hasta su orgasmo. Y él se había dejado.
Pensó que, si de verdad ocurriera algo así, sería exactamente igual. Ella mandaría. Y a él no le importaría en absoluto.
Luego pensó en «me alegro de que te lo tomaras», y en la cara sin expresión iluminada desde el fondo de la piscina, y se dio cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que pasaba por la cabeza de esa mujer.
Fuera, en el pasillo de la tercera planta, una ráfaga hizo golpear todas las puertas a la vez, como si alguien llamara.