Fuera de plano Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Y él siguió donde estaba, con todo el peso en los antebrazos, la cadera sobre la suya y aquella dureza apretada contra su muslo, porque ella le había dicho diez segundos y todavía no habían pasado.

Siete. Ocho.

El calor le subió desde el vientre. Un latido sordo entre las piernas, al compás del de él, como si su cuerpo hubiera decidido responder sin pedirle permiso.

Y entonces lo notó: se estaba mojando. No un poco.

La humedad le empapaba las bragas y se volvía caliente contra la costura del vaquero, y el sexo se le hinchaba bajo la tela, apretado contra la ropa y a pocos centímetros de él.

Apretó los dientes. Era imposible que él lo notara a través de dos capas de tela.

Y aun así tuvo miedo de que lo notara. Tenía la cara de él a un palmo.

Si giraba un poco la cadera, él lo sentiría todo.

Si levantaba la pelvis un centímetro, solo uno, dejaría de ser una reacción física y pasaría a ser otra cosa.

Nueve.

No se movió.

—Diez —dijo en voz alta—. Gracias.

Darío se apartó. Se incorporó primero sobre los brazos, después sobre las rodillas, y se puso de pie junto a la cama dándole la espalda, con una mano apoyada en la pared de roca. Ella siguió un instante tumbada, mirando la claraboya. El cielo estaba de un azul que dolía.

—¿Repetimos desde el giro? —preguntó el director de fotografía—. Necesito ver el movimiento entero con la gasa nueva.

—Sí —dijo Vera, y se levantó—. Desde el giro.

Lo repitieron tres veces. Las tres veces él la giró con la mano en la cintura, le sujetó la nuca, la tumbó y se dejó caer encima.

Las tres veces, cuando sus caderas se encontraron, Vera comprobó que seguía duro, que no se le había bajado en ningún momento.

Ninguno de los dos volvió a decir nada sobre ello.

Vera contaba en voz alta. Él obedecía cada número.

En la tercera, al bajar, la boca de Darío quedó junto a su oreja. No la tocó. Pero Vera sintió su aliento en el cuello cuando él soltó el aire y lo oyó tragar saliva.

—Ya está —dijo el director de fotografía—. Lo tengo. Gracias a los dos.

Vera se levantó de la cama, se recogió el pelo con las dos manos y buscó sus sandalias.

Le temblaban las piernas. Ya de pie, notó la tela empapada pegada a la piel, enfriándose, y tuvo que parar un instante para que nadie le viera la cara.

Lo atribuyó, para quien quisiera mirarla, a la cadera, que siempre protestaba después de estar tumbada mucho rato en una superficie blanda.

—Gracias, Darío. Muy bien.

Él la miró desde el otro lado de la cama.

—Gracias a ti.

Se miraron un momento todavía. Luego él salió por el túnel sin decir nada más. Vera oyó sus pasos alejarse por la escalera de caracol y después, nítida, desde arriba, la puerta del baño de la casa al cerrarse.

El equipo de fotografía salió detrás, cargando focos y gasas hacia la burbuja de al lado. Vera se quedó sola en el dormitorio, con las sandalias en la mano.

En aquella casa todo se oía.

Primero, el grifo. Un chorro de agua cayendo en el lavabo, justo encima de su cabeza, transmitido por la roca como si el baño estuviera dentro de la propia burbuja.

Y debajo del agua, cuando aprendió a escucharlo, otra cosa.

Una respiración. Lenta al principio, profunda, contenida.

Luego más rápida. Un ritmo que Vera reconoció antes de que su cabeza quisiera ponerle nombre, porque lo había oído en sí misma muchas noches.

El golpe sordo de un mueble contra la pared, una vez, otra, otra. La respiración rompiéndose.

Vera no se movió. Ni siquiera para irse, que era lo que tenía que hacer.

Siguió quieta junto a la cama redonda, con la luz blanca de la claraboya cayéndole encima y las bragas empapadas pegadas a la piel, escuchando cómo un hombre se masturbaba en el piso de arriba, a cinco metros de roca de distancia, con la misma prisa con la que se había quitado de encima de ella.

Se imaginó su mano. Se imaginó el tamaño de lo que había sentido contra el muslo, ahora sin tela.

Se imaginó su cara, la mandíbula apretada, los ojos verdes cerrados.

Oyó un gemido ahogado. Grave, corto, sofocado contra algo, quizá contra el antebrazo. Y luego nada más que el agua.

El grifo siguió corriendo un rato largo.

Vera se dio cuenta de que tenía la mano apretada contra el vientre, justo encima del botón del vaquero, y no recordaba haberla puesto allí.

No sabía si él lo había hecho pensando en ella o simplemente para poder seguir trabajando. Sabía, eso sí, que ella había sido la causa. Y que él no tenía ni idea de que lo había oído.

Cuando el grifo se cerró, Vera ya había subido la escalera y estaba en el jardín, al sol, hablando con Elena de una camisa transparente como si nada.

* * *

Irene seguía en el probador.

Vera la encontró sentada en una banqueta, con un albornoz encima de la ropa interior de la película y los ojos enrojecidos. Toni le había dejado una botella de agua al lado y esperaba fuera, guardando la puerta como un perro fiel.

—Lo siento —dijo Irene en cuanto la vio—. Lo siento muchísimo. Me han enseñado la camisa que llevo en la escena y era transparente, y yo había entendido que no lo iba a ser, y de repente no podía respirar.

Vera se sentó en el suelo, frente a ella. Era más baja así y quería que Irene la viera desde arriba.

—No tienes que pedir perdón. Si en el contrato no pone que es transparente, no es transparente. Mañana lo hablo con Toni y lo cambiamos.

—¿De verdad?

—De verdad. Para eso estoy.

Irene soltó el aire. Tenía veintiséis años y una cara que la cámara adoraba, de esas que parecen estar a punto de llorar incluso cuando sonríen. Era su primera película importante. Vera había leído su cuestionario de límites tres veces y lo conocía mejor que ella misma.

—¿Hacemos los límites otra vez? —preguntó Vera—. Uno por uno. Aunque ya los tengamos firmados. A veces ayuda escucharlos en voz alta.

Irene asintió.

Los repasaron todos. Qué podía tocar Darío y qué no.

Dónde estaba la barrera. Qué vería la cámara.

Cuál era la palabra de parada, que en aquel rodaje Vera había decidido que fuera «Sal», como la película, porque era corta y nadie la decía por casualidad en mitad de una escena de amor.

Irene escuchó con los ojos cerrados y contestó a cada pregunta con más firmeza que la anterior.

Al terminar, calló un momento.

—¿Lo has marcado tú? —preguntó—. Esta tarde. Toni me ha dicho que te has puesto tú en mi sitio.

—Sí. Solo posiciones, para la luz.

—¿Y qué tal?

Vera le sostuvo la mirada.

—Bien. Es muy profesional. Te va a cuidar.

—¿Es guapo? —Irene sonrió por primera vez, una sonrisa de colegiala—. Lo he visto en el pasillo y no sé decir si es guapo o no. Es raro.

Vera pensó en los ojos verdes vistos desde abajo, en la sombra de la claraboya, en la voz preguntándole «¿y tú?».

—No es guapo —dijo—. Es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Ya lo verás pasado mañana.

* * *

Esa noche, en su habitación del hotel, con las persianas temblando por el viento, Vera se desnudó para meterse en la ducha y se detuvo delante del espejo.

Pensó en lo mucho que se había mojado aquella tarde, tumbada bajo él, sin que él la hubiera tocado más que para colocarla.

Con ningún hombre le había pasado así, tan deprisa, solo con un peso y una respiración.

Ni siquiera con los que se habían pasado una noche entera intentando conseguirlo.

Solo con recordarlo volvía a sentir el latido entre las piernas.

Le excitaba. Le excitaba muchísimo, y esa era la verdad que llevaba toda la tarde esquivando. No su cuerpo, o no solo. La calma con la que la había obedecido. Que no se apartara. Que le preguntara «¿y tú?» con esa voz, sabiendo, o no sabiendo, lo que le estaba preguntando.

En la cara interna del muslo izquierdo, justo donde el vaquero era más fino, no había ninguna marca. Ningún enrojecimiento, ninguna huella. Nada que demostrara que allí, durante diez segundos multiplicados por cuatro, había estado apretado aquel cuerpo.

Pasó los dedos por ese sitio, muy despacio. Y oyó otra vez, en la memoria, el grifo, la respiración rompiéndose, el gemido contra el antebrazo.

Después se metió en la ducha, abrió el agua fría del todo y aguantó debajo hasta que dejó de sentir nada.