Capítulo 3
Vera
El primer beso de la película se rodó al día siguiente, en el Mirador del Río, con Irene y Marc, y salió a la tercera toma.
Vera lo coordinó desde detrás del monitor con el abrigo abrochado hasta el cuello.
Le dijo a Marc dónde poner las manos, cuántos pasos dar, cuándo detenerse.
Le recordó a Irene que respirara. Marc se paró a un centímetro de la boca de su compañera con la precisión de un profesional y la mirada de un hombre que está pensando en su perfil bueno.
Irene se dio la vuelta y se marchó hacia el muro con una tristeza que no era del todo de actriz.
Gonzalo dijo «corten» y después dijo «bien», que en su boca era casi un elogio.
Vera se pasó toda la mañana sin pensar en el ensayo del día anterior. Lo consiguió a base de no mirar la marca azul del suelo, que nadie había despegado y que el viento iba levantando por una esquina.
* * *
Por la tarde, el equipo se trasladó a la casa.
La productora la había alquilado a una familia de Madrid que la usaba dos semanas al año, y desde que se supo que Sal se rodaría allí, en la isla no se hablaba de otra cosa.
Estaba excavada en el interior de cinco burbujas de lava, enormes cavidades que el volcán había dejado al enfriarse, comunicadas por túneles estrechos encalados de blanco.
Arriba, a ras de suelo, solo asomaba una casa normal, de líneas bajas y paredes blancas.
Pero al bajar por la escalera de caracol se entraba en otro mundo: paredes de roca negra y rugosa, techos curvos, una palmera que crecía desde una de las burbujas y salía al exterior por un agujero abierto en el techo.
No había una sola esquina. Todo era redondo, como si la casa entera fuera el interior de un cuerpo.
Y todo se oía. Un susurro en la burbuja del fondo llegaba nítido hasta la escalera.
La primera escena íntima de la película estaba prevista en la burbuja más pequeña, la que hacía de dormitorio. En el centro había una cama redonda, enorme, con sábanas de lino crudo, y sobre ella una claraboya por la que entraba una luz blanca que caía sobre el colchón como un foco natural.
—Gonzalo quiere rodarla pasado mañana —le dijo Elena a Vera en la escalera—. Y quiere el ensayo de posiciones hoy, para que fotografía tenga tiempo de iluminar.
—Irene está citada a las cinco.
—Irene sigue en vestuario con Toni. Hay un problema con una prenda y no sale hasta que esté resuelto. —Elena bajó la voz—. Y creo que tiene un ataque de pánico pequeñito en el probador. Toni dice que no la presionemos.
—Que no la presione nadie. Voy a verla.
—Gonzalo dice que no puede esperar. Que si no hay ensayo hoy, mañana no hay luz.
Vera miró hacia la burbuja del dormitorio. Desde la escalera veía a Gonzalo hablando con el director de fotografía junto a la cama, moviendo las manos enormes. Y un poco más allá, apoyado en la pared de roca negra, con los brazos cruzados y la misma sudadera gris de siempre, estaba Darío.
—¿Marc?
—Marc no ensaya posiciones. Para eso tiene doble.
Vera respiró hondo.
—Dile a Toni que voy a ver a Irene en media hora. Y que nadie entre en ese probador hasta que yo llegue.
Bajó.
* * *
—No podemos perder la tarde —dijo Gonzalo en cuanto la vio aparecer—. La actriz no está. Pongo a alguien en su lugar y avanzamos.
—¿A quién?
Gonzalo sonrió.
—Ayer lo hiciste muy bien.
Vera no le dio el gusto de responder enseguida.
Ayer él había querido humillarla y ella le había dado la vuelta a la jugada.
Hoy, si se negaba, Gonzalo pondría en esa cama a una chica de producción a la que nadie había preguntado nada, y ella tendría que coordinar la incomodidad de una tercera persona.
Si aceptaba, lo hacía con sus normas, con la ropa puesta y con el control.
Y había una tercera razón que Vera no se permitió formular.
—Lo hago yo —dijo—. Vestida. Solo posiciones. Y en cuanto Irene esté lista, sale.
—Por supuesto.
—Y tú esperas fuera.
Gonzalo levantó las cejas.
—¿Perdona?
—Es un ensayo de posiciones. Para fotografía. Lo necesitan el director de fotografía, el foquista y el operador. Tú no.
Hubo un silencio en la burbuja. El foquista se puso a revisar algo en su objetivo con muchísimo interés.
—Es mi película —dijo Gonzalo.
—Y pasado mañana, cuando Irene se tumbe en esta cama, va a saber exactamente quién había en la sala cuando se marcó su escena. Si le digo que estuviste tú mirando cómo me ponía yo en su sitio, no se va a relajar en tres semanas.
Gonzalo le sostuvo la mirada unos segundos. Después se encogió de hombros con un desprecio muy estudiado.
—Diez minutos.
—Veinte.
Salió por el túnel. Su voz llegó desde la burbuja de al lado, perfectamente audible, preguntando a alguien si quedaba café.
Vera se volvió.
Darío no se había movido de la pared. La estaba mirando con una expresión que ella no supo leer. No era una sonrisa. Era algo parecido al respeto, o quizá solo a la curiosidad.
—¿Siempre es así? —preguntó él.
—¿Gonzalo?
—Tú.
—Siempre.
Vera se quitó las sandalias, dejó la carpeta sobre una silla y caminó descalza hasta la cama.
* * *
La escena era sencilla sobre el papel. Él la tumbaba, se colocaba encima, la besaba en el cuello y bajaba poco a poco por su cuerpo mientras ella le sujetaba la nuca.
La cámara iba a verlo todo desde arriba, a través de la claraboya, y luego en planos cortos desde los lados.
Para fotografía era una pesadilla: dos cuerpos en movimiento sobre una superficie blanca, con una única luz cenital que había que controlar al milímetro.
—Empezamos de pie —dijo Vera—. Aquí. Él viene por detrás y me gira. Darío.
Darío se acercó y se colocó detrás de ella. El calor de su cuerpo le llegó a la espalda antes de que la tocara.
—Mano derecha en mi cintura. Solo apoyada. Y me giras hacia ti.
La mano llegó. Grande, caliente a través de la camiseta. Siguió apoyada en su cintura, sin apretar, exactamente como ella había dicho. La giró con suavidad.
Quedaron frente a frente. Un poco más lejos que en el Mirador. Un poco más cerca de lo cómodo.
—Ahora la cama. Me tumbas. Yo caigo de espaldas y tú me acompañas con la mano en la nuca para que no me golpee la cabeza. Irene tiene que sentir que la sostienes.
—¿Así?
La mano izquierda de Darío subió por su espalda, se le metió bajo el pelo y se cerró sobre la nuca. Los dedos se hundieron entre los rizos. Vera dejó de oír por un instante el ruido de la claraboya.
—Así —dijo.
Él la inclinó hacia atrás. Despacio. El colchón la recibió con un hundimiento blando y Darío la acompañó en la caída sin soltarle la nuca, apoyando la otra mano junto a su cabeza para no dejar caer su peso.
Quedó suspendido sobre ella, a un brazo de distancia, con la luz de la claraboya cayéndole sobre la espalda y la cara en sombra.
Vera vio sus ojos verdes desde abajo. Desde abajo era otra cosa.
—Bien —dijo el director de fotografía—. Mantened eso. ¿Así es como queda?
—No —dijo Vera—. Ahora él baja. Y se apoya.
—¿Cuánto? —preguntó Darío.
—Todo el peso en los antebrazos. Las caderas sobre las mías. Irene tiene que sentir que estás ahí, pero que no la aplastas. —Se oyó a sí misma decirlo con una voz perfectamente tranquila—. Si en algún momento algo no está bien, dímelo.
Darío bajó.
Lo hizo sin prisa, como lo hacía todo. Apoyó los antebrazos a ambos lados de su cabeza y fue cediendo el peso hasta que su pecho quedó a un par de centímetros del de ella y las caderas de los dos se encontraron.
Vera recibió la presión de su pelvis a través de dos capas de tela, el chándal de él y sus vaqueros, y el peso tibio de un cuerpo de hombre que no había tenido encima desde hacía semanas.
Él olía a jabón y a la piedra caliente de la casa.
—Así —dijo—. Diez segundos. Para luz.
El director de fotografía empezó a dar instrucciones a sus técnicos.
Alguien movió una gasa en la claraboya. La luz se volvió un poco más suave.
Darío respiraba despacio, por la nariz, con los ojos fijos en algún punto de la almohada junto a la cabeza de Vera, como un profesional que no mira a la compañera para no incomodarla.
Vera contó mentalmente. Uno. Dos. Tres.
En el cuatro lo notó.
Primero fue un cambio de presión, un endurecimiento contra la cara interna de su muslo izquierdo, justo donde el vaquero era más fino.
Luego fue inconfundible. Creció contra ella en un par de segundos, a través de la ropa de los dos, y allí siguió, grueso y duro, de un tamaño que la prueba de cuerpo del primer día le había anunciado y que ahora le confirmaba la pierna entera.
Darío no se movió. No hizo ningún gesto para apartarse ni para disimular. Siguió con los ojos clavados en la almohada y la respiración contenida.
A Vera se le secó la boca.
En cuatro años había vivido esa situación decenas de veces.
Era lo más normal del mundo: dos cuerpos jóvenes, piel, roce, una postura sugerente.
Los hombres se excitaban en los ensayos y en las tomas, y las mujeres también, aunque se notara menos.
Era una reacción física y no significaba nada.
Ella tenía una frase para eso, una frase neutra, ensayada, que había pronunciado muchas veces sin que le temblara la voz y que estaba en todos los manuales de su oficio, porque lo peor que se podía hacer era convertir la reacción en un problema.
La dijo.
—Es una reacción física. Es normal. ¿Necesitas un momento?
Darío bajó los ojos de la almohada a su cara.
Los tenía muy cerca. La luz de la claraboya, que le caía por detrás, le dejaba la mirada en sombra, pero Vera vio la veta oscura alrededor de la pupila y algo más, algo que no fue capaz de descifrar. No era vergüenza. Tampoco era descaro.
—No —dijo él, en voz baja—. ¿Y tú?
Vera tardó demasiado en contestar. Un segundo, quizá dos. Lo suficiente para que él lo notara.
—Yo estoy bien.
—Vale.
Lo dijo sin ironía y sin peso, como quien acepta una hora de llamada. A Vera le molestó la palabra más de lo razonable. No supo por qué.