Fuera de plano Capítulo 2
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Capítulo 2

Darío

A las cinco y media de la mañana el Mirador del Río era una sombra recortada contra un cielo que todavía no había decidido ser azul.

Darío llegó en la segunda furgoneta, con los ojos pegados y un café de máquina que sabía a cartón, y lo primero que notó al bajar fue el frío.

Nadie le había dicho que en Lanzarote pudiera hacer frío.

A casi quinientos metros sobre el mar, con el alisio entrando sin nada que lo frenara, el viento le atravesó la sudadera como si no llevara nada.

El equipo de luz ya estaba montando. Una docena de personas se movía en silencio entre cajas y trípodes, con linternas frontales, sobre el muro de piedra volcánica que Manrique había levantado para que el edificio pareciera brotar del risco.

Abajo, en la oscuridad, se adivinaba el brazo de mar que los de la isla llamaban el Río, y al otro lado, apenas una mancha más clara, La Graciosa.

Darío se apoyó en el muro y miró hacia allí.

Le gustaban esas horas. Llevaba veinte años trabajando en rodajes y seguía pensando que lo mejor era lo que nunca salía en la película: el equipo moviéndose a oscuras, el silencio antes de que alguien empezara a gritar, la luz que todavía no era de nadie.

—¿No duermes nunca? —preguntó una voz a su lado.

Era Elena, la ayudante de dirección, con un walkie en una mano y una tableta en la otra.

—He dormido. Mal, pero he dormido.

—Bienvenido al club. —Elena miró la tableta—. Cambio de planes. El vuelo de Irene no ha podido salir de Madrid por el viento; no llega hasta mediodía. Y Marc ha dicho que a estas horas no se levanta para una prueba de luz.

—¿Entonces qué hago aquí?

—Hacer de Marc. Gonzalo quiere ver la luz del amanecer sobre el beso antes de rodarlo mañana. Solo amanece una vez al día.

Darío asintió. Era su trabajo, o una parte de él: ponerse donde se iba a poner otro para que el director de fotografía midiera la luz sobre un cuerpo de la misma altura. Lo había hecho cien veces. En el oficio lo llamaban ser el stand-in, y nadie miraba nunca al stand-in. Miraban la luz sobre él.

—¿Y en el lugar de Irene?

Elena tardó en contestar.

—Eso está por ver.

* * *

Vera llegó diez minutos después.

Darío la vio bajar de la furgoneta y no pudo seguir mirando el mar.

Llevaba un abrigo largo de paño gris abierto sobre un jersey negro de cuello alto, vaqueros y botas, y el pelo suelto.

El viento se lo levantó todo en cuanto puso un pie en el suelo, una masa de rizos negros que le tapó la cara y que ella intentó sujetar con las dos manos, riéndose de algo que le decía el conductor.

Darío apartó la vista antes de que ella pudiera verlo.

No había dormido mal por el viento. Había dormido mal porque la tarde anterior, en el salón de juegos de un hotel vacío, una mujer con un vestido negro ajustado se había sentado en el borde de una mesa de billar, había cruzado las piernas y lo había mirado como nadie lo había mirado nunca en una prueba de cuerpo.

No como lo miraban los figurinistas, comparándolo con otro.

No como lo miraban las maquilladoras, buscando dónde poner base.

Lo había mirado como se lee una vía antes de escalarla.

Y después, cuando le bajó la vista a la entrepierna y la dejó allí un segundo más de lo necesario, había dicho «vamos a necesitar un cubresexos de otra talla» con la misma voz con la que habría pedido un café. Ni una sonrisa. Ni un rubor. Nada.

Darío había tenido que concentrarse muchísimo en la maquilladora y en el frío del pincel en la espalda para no reaccionar allí mismo.

Le había pasado muchas veces que lo miraran así: mujeres en un bar, en un gimnasio, en el pasillo de un rodaje.

Sabía lo que provocaba y había aprendido hacía mucho a no darle importancia.

Lo que no le había pasado nunca era que la que lo midiera fuera la persona encargada de que, durante nueve semanas, su cuerpo hiciera exactamente lo que ella dijera.

Y lo que le había quitado el sueño, más que el vestido o las piernas cruzadas, era otra cosa: en un momento, mientras estaba boca arriba en el sofá de pruebas, ella le había sostenido la mirada sin apartarla. Y él había visto cómo se le endurecían los pezones bajo el punto fino del vestido.

Podía haber sido el frío del salón. Podía haber sido cualquier cosa. Darío llevaba toda la noche diciéndose que había sido el frío.

—Buenos días —dijo ella al pasar a su lado.

—Buenos días.

Vera no se detuvo. Fue directa hacia donde estaban Gonzalo y el director de fotografía, con la carpeta bajo el brazo y el abrigo abriéndose con el viento.

Darío la siguió con los ojos un instante, la curva de la cadera bajo el vaquero, la forma en que caminaba, larga y suelta, como si bailara sin música, y luego se volvió otra vez hacia el mar.

Iban a ser nueve semanas muy largas.

* * *

El plano estaba marcado en el borde de la terraza más alta, donde el muro bajaba lo suficiente para que detrás de los actores solo quedara el vacío, el mar y la isla al fondo. El director de fotografía había colocado dos marcas de cinta en el suelo, una naranja y una azul.

—Naranja Marc, azul Irene —dijo—. Darío, a la naranja.

Darío se colocó. Gonzalo se paseaba por detrás de la cámara con las manos en los bolsillos de un abrigo de borrego que lo hacía parecer todavía más grande.

—¿Y en la azul quién se pone? —preguntó el director de fotografía—. Necesito dos cuerpos para medir cómo les cae la luz.

—Que se ponga alguien de producción —dijo Elena.

—No. —Gonzalo sacó una mano del bolsillo y señaló hacia Vera, que estaba revisando algo en su carpeta junto a la cámara—. Que se ponga ella.

Vera levantó la cabeza.

—Yo no soy actriz.

—Tampoco lo es la de producción. —Gonzalo sonrió—.

Pero tú vas a dirigir este beso, ¿no? Vas a decirles a mis actores cuánto se acercan, cuánto tardan, cuánto respiran.

Me parece justo que sepas lo que se siente ahí arriba, con el viento y el vacío detrás.

—Hizo una pausa—. Salvo que te dé reparo, claro. Entendería que te diera reparo.

Darío vio a Vera cerrar la carpeta muy despacio.

Conocía ese tipo de provocación. La había visto en otros directores, en otros rodajes.

No era una petición. Era una prueba, y cualquier respuesta perdía algo: si se negaba, Gonzalo tendría su anécdota sobre la coordinadora que exigía a los actores lo que ella no se atrevía a hacer; si aceptaba, lo hacía porque él la había empujado.

Vera dejó la carpeta en manos de Elena, se quitó el abrigo y se lo tendió también.

—Reparo ninguno —dijo—. Pero lo hacemos como lo haríamos con Irene. Con mis normas.

—Por supuesto. —Gonzalo volvió a meter la mano en el bolsillo—. Tus normas.

Vera caminó hasta la marca azul y se colocó frente a Darío.

Sin el abrigo, el viento le pegaba el jersey negro al cuerpo y le dibujaba todo: los hombros, la cintura, el pecho alto y redondo, los pezones que el frío marcaba bajo la lana.

Darío fijó la vista en un punto por encima de su cabeza, en la línea oscura del horizonte, donde empezaba a aparecer una franja naranja.

—Darío. —La voz de ella era exactamente la de la tarde anterior. Profesional, tranquila—. Mírame a mí, no al mar. Irene necesita que Marc la mire.

Darío bajó los ojos y la miró.

De cerca, los ojos de Vera eran muy oscuros, casi negros con esa luz, y tenía una peca diminuta en el pómulo izquierdo que no se veía a más de un metro. El viento le metía mechones de pelo en la cara y ella no se los apartaba.

—Te explico cómo es la escena —dijo, en voz lo bastante alta para que la oyeran Gonzalo y el director de fotografía—.

En la novela es el primer beso, y no llega a ser beso.

Se acercan, se quedan a un centímetro y no se tocan.

Ella se da la vuelta y se va. Es el momento en que los dos saben que se desean y deciden no hacer nada.

Todo lo que vendrá después en la película sale de este centímetro.

Darío asintió. Había leído el guion. No había leído la novela.

—Para la luz no hace falta que actuemos —dijo el director de fotografía desde detrás de la cámara—. Solo necesito las posiciones.

—Las posiciones dependen de cómo se haga —respondió Vera sin volverse—. Si él se acerca torcido, la luz te entra por otro lado. Lo hacemos como se va a rodar.

Gonzalo no dijo nada. Darío vio, por el rabillo del ojo, que sonreía.

—Primero —dijo Vera, ahora en voz más baja, solo para él—. No me toques todavía. Las manos abiertas, a los costados. Que la cámara vea que no las usas.

Darío abrió las manos.

—Ahora acércate. Despacio. Para a un centímetro.

Darío dio un paso. Luego otro, más corto. Se detuvo cuando tuvo el aliento de ella en la boca.

No tocaba nada. Ni su ropa, ni su piel, ni un mechón de pelo.

Y sin embargo la sentía: el calor que desprendía su cuerpo a pesar del viento, el olor de su pelo, algo de jabón y algo más debajo que no supo nombrar, el roce del aire que ella desplazaba al respirar.

Tenía la boca entreabierta y él podía ver el brillo del labio inferior, la punta de los dientes.

—Ahí —dijo Vera. Su aliento le acarició la boca al pronunciar la palabra—. Quieto ahí.

Darío se quedó quieto.

Era un ejercicio. Lo sabía. Lo había hecho con veinte actrices distintas, con figurantes, con dobles de otras actrices, una vez incluso con un maniquí sujeto a un trípode.

Se trataba de colocar el cuerpo para que la cámara leyera un beso que no iba a existir.

En veinte años de oficio nunca le había costado nada.

Pero nunca había sido así: ella dirigiendo con la voz el mismo momento que estaba viviendo con el cuerpo, a un centímetro, mientras le decía cuánto acercarse y cuándo parar.

—Respira —dijo Vera—. Que se note que quieres y que no puedes.

No le hizo falta actuar.

La sangre le bajó de golpe y empezó a ponérsele dura. No poco a poco, como otras veces, sino de una vez, con una urgencia que le subió hasta la garganta. Bajo el pantalón de chándal no había nada que disimulara, y él sabía de sobra lo poco que su cuerpo tardaba en notarse.

No se movió. No podía moverse sin rozarla. Tensó las manos, abiertas, a los costados, y siguió respirando contra su boca.

—Bien —dijo Vera—. Ahora mírame la boca. Solo un segundo. Luego vuelve a los ojos.

Él bajó la mirada a su boca. Labios gruesos, un poco cortados por el viento.

Durante ese segundo imaginó lo que sería cerrar el centímetro.

Morderle el labio de abajo sin prisa, meterle la lengua, enredarle la mano en esos rizos y tirar un poco hacia atrás para dejarle el cuello al descubierto. Imaginó el sonido que haría ella.

Volvió a sus ojos. Ella lo estaba mirando. Muy fija. Muy quieta.

¿Lo había notado?

Imposible saberlo. Su cara era la de una mujer contando segundos. Pero respiraba más deprisa que antes. O quizá era él, que ya no sabía qué aire era de quién.

—Cinco segundos más —dijo ella—. Y en la película, al llegar aquí, ella se da la vuelta.

—¿Y él?

La pregunta se le escapó. No estaba en el guion.

Vera tardó en responder. Un segundo. Dos. El aliento de ella cambió de ritmo contra sus labios.

—Él no hace nada —dijo ella—. Se queda mirando cómo se va. Por eso duele.

Y se dio la vuelta.

Fue un movimiento limpio, de bailarina, un giro sobre un pie con el que su pelo le rozó a Darío la cara al pasar. Un latigazo de rizos que olía a jabón y a viento. Ella dio tres pasos, se detuvo junto al muro, de espaldas, mirando el mar.

—¿Así te vale? —le preguntó al director de fotografía, sin volverse.

—Perfecto. Repetidlo dos veces más con la luz que sube.

* * *

Lo repitieron dos veces más.

En la segunda, el sol ya asomaba por encima del risco, a su derecha, y la luz lateral se fue convirtiendo en una franja dorada que le encendió a Vera un lado de la cara y le volvió los rizos casi rojos. En la tercera, ya era de día.

Las tres veces Darío se acercó a un centímetro. Las tres veces ella le dijo «quieto ahí» con el aliento contra su boca. Las tres veces se le puso dura y las tres veces ella se dio la vuelta sin mirar hacia abajo.

O sin que él la viera mirar.

Cuando el director de fotografía dio la prueba por buena, Darío se apartó a la parte de atrás del mirador, donde estaban las cajas de material, y se apoyó contra el muro, de espaldas al equipo.

Respiró hondo un par de veces. El viento ayudaba.

Bajó una mano y se colocó la erección contra el vientre, bajo el elástico del pantalón, para que la sudadera la tapara.

Le temblaban un poco los dedos. Hacía muchos años que no le pasaba.

—¿Estás bien?

Se volvió. Era Elena, con el abrigo de Vera todavía doblado sobre el brazo.

—Frío —dijo él.

—Ya. —Elena lo miró un poco más de la cuenta y luego miró hacia la terraza, donde Vera hablaba con Gonzalo. Desde lejos parecían discutir; Vera hacía gestos cortos y precisos con una mano y Gonzalo se reía—. Le ha encantado ponerla ahí.

—¿A Gonzalo?

—A Gonzalo. Cree que la ha humillado. —Elena se encogió de hombros—. Lo que no sabe es que ella se pasó media vida bailando en escenarios delante de miles de personas. A Vera no la humilla un beso de mentira a las seis de la mañana.

Darío no contestó. Pensó que un beso de mentira a las seis de la mañana le había hecho a él bastante más de lo que se atrevía a reconocer.

Elena se fue a devolverle el abrigo a Vera. Darío la vio ponérselo, abrochárselo hasta arriba, recogerse el pelo en la mano para meterlo dentro del cuello. Un gesto pequeño, práctico, que no tenía nada de seductor y que a él le pareció lo más erótico que había visto en semanas.

Después ella se volvió, buscó algo con la mirada y lo encontró a él.

Vera cruzó la terraza hacia donde estaba. Se detuvo a dos metros, la distancia exacta de una conversación de trabajo.

—Gracias —dijo—. Lo has hecho muy bien.

—Era fácil.

—No. —Ella negó con la cabeza—. Casi todos los hombres se ponen nerviosos en ese ejercicio. Mueven las manos, se ríen, buscan la boca antes de tiempo. Tú no te has movido ni un milímetro.

Darío no supo si aquello era un elogio profesional o si ella sabía perfectamente por qué no se había movido.

—Me dijiste que me quedara quieto.

—Lo sé. —Ella le sostuvo la mirada y esta vez la apartó antes que él. Miró el mar—. Mañana lo rodamos con Irene y Marc. Tú no tienes que venir. Este es un plano de caras.

—Ya.

—Lo digo para que descanses.

—Lo he entendido.

Vera asintió. Pareció ir a decir algo más. No lo dijo.

—Hasta luego, Darío.

—Hasta luego.

La vio alejarse hacia las furgonetas. El viento le levantaba el abrigo y le pegaba los vaqueros a las piernas. Antes de subir, se pasó una mano por la nuca, por debajo del pelo, un gesto rápido que Darío no supo interpretar.

Se quedó solo en el muro mientras el equipo recogía. El sol ya estaba alto, la isla de enfrente se había vuelto dorada y el mar brillaba. Era de una belleza que daba rabia.

Pensó en lo que había dicho ella sobre la escena: que era el momento en que los dos personajes sabían que se deseaban y decidían no hacer nada.

Pensó que, en la película, al menos, los dos lo sabían.