Capítulo 1 #3
—Marc tiene un lunar aquí —dijo Toni, tocando con el dedo un punto bajo el omóplato derecho de Darío—. Grande. Se ve en todos los planos de espalda. Hay que pintárselo.
La maquilladora, que había entrado en algún momento sin que Vera la viera, se acercó con un pincel fino.
Darío no se movió mientras le dibujaban en la piel el lunar de otro hombre.
Vera observó cómo la punta del pincel giraba sobre ese punto concreto de su espalda, cómo la piel se le erizaba con el frío del maquillaje, y pensó, sin quererlo, que ese hombre llevaba años convirtiéndose en otro para que nadie le viera la cara.
—Ya está —dijo la maquilladora—. Ahora eres Marc.
—De espaldas —contestó Darío.
Toni hizo fotos desde todos los ángulos y le pidió que levantara los brazos, que se girara, que se tumbara en el sofá de pruebas boca abajo y luego boca arriba.
Darío lo hizo todo sin prisa y sin pudor, con la naturalidad de quien está acostumbrado a que su cuerpo sea un objeto de trabajo para los demás.
Boca arriba en el sofá, con un brazo detrás de la cabeza y la luz cayéndole sobre el vientre, levantó la mirada y la encontró a ella.
Vera no apartó los ojos. Hacerlo habría sido peor.
Él tampoco. La miró a la cara con la misma calma con la que ella lo había medido a él, sin sonreír, como si fuera él quien estuviera haciendo la prueba.
A Vera la recorrió un escalofrío que le subió por la nuca y le bajó por la espalda, vértebra a vértebra, hasta instalarse entre las piernas.
Se le endurecieron los pezones bajo el punto fino.
No supo si él lo había notado. No supo si quería que lo hubiera notado.
—¿Algo más? —preguntó Darío, sin apartar la vista.
—No —dijo Toni—. Por mí está.
—Por mí también —dijo Vera, y le sorprendió que la voz le saliera tan normal.
Darío se levantó y volvió detrás del biombo. Vera escuchó otra vez la ropa, esta vez al revés. Toni recogía las fotos y comentaba en voz alta lo bien que encajaban las proporciones. El operador apagó los focos. La sala se quedó de repente más oscura y más fría.
Cuando Darío salió vestido, el figurinista y el operador ya se estaban marchando. Vera seguía sentada en el borde de la mesa de billar con el cuestionario en la mano.
—¿Hacemos esto? —preguntó él, señalando el papel.
—Sí.
Darío se sentó en una silla frente a ella, con las piernas abiertas y los antebrazos sobre las rodillas. Desde allí, sentado más bajo, tenía los ojos a la altura de su pecho. Vera no se movió. Le tendió el cuestionario y el bolígrafo.
—Vamos por partes. Primero: zonas del cuerpo que los otros intérpretes pueden tocar y cuáles no.
Luego, qué puede ver la cámara. Después, besos: con boca abierta, cerrada o simulados.
Y al final, si aceptas simulación de coito con barrera, que es lo que vas a hacer casi todos los días.
Para cada cosa me dices sí, no o depende.
Lo que diga «depende» lo hablamos antes de cada escena.
—¿Y si me da igual?
—No te puede dar igual.
—¿Por qué no?
Vera se inclinó un poco hacia él.
—Porque dentro de unos días vas a estar desnudo en una cama, con Irene encima, con cuarenta personas mirando y un director que va a pedir más. Si no sabes ahora dónde está tu límite, ese día no lo vas a encontrar.
Darío le sostuvo la mirada. Desde tan cerca, los ojos verdes tenían una veta más oscura alrededor de la pupila.
—Tú sabes dónde está el tuyo —dijo. No era una pregunta.
—Siempre.
Él asintió y destapó el bolígrafo.
Vera le fue leyendo las preguntas una a una y él contestó a casi todas con su voz grave, sin apresurarse, como si cada respuesta mereciera pensarse: que los besos con boca cerrada, sí; con boca abierta, depende de la actriz, y que preguntaran a Irene antes que a él; que la cámara podía ver todo lo que había visto el figurinista y nada más; que no le importaba que Irene le tocara el pecho, la espalda o las piernas; que la simulación con barrera era su trabajo y que lo haría.
Al llegar a la última pregunta, la de los límites adicionales, Darío sostuvo un momento el bolígrafo suspendido sobre el papel.
—Aquí pongo lo que no quiero que pase.
—Sí.
—¿Y si no hay nada?
—Siempre hay algo.
Darío escribió algo, rápido, y le devolvió el cuestionario. Al cogerlo, sus dedos rozaron los de ella. Fue un roce mínimo, de los que pasan cien veces al día en un rodaje. Vera lo sintió hasta el codo.
—Ya está.
Se levantó, cogió la sudadera que había dejado sobre una silla y se dirigió a la puerta.
—Hasta mañana, Vera.
Lo dijo como lo habría dicho a cualquiera. Y aun así, Vera siguió escuchando sus pasos en el pasillo hasta que dejaron de oírse.
Ya sola, bajó la vista al papel.
En la casilla de límites adicionales había una sola frase, con una letra pequeña e inclinada:
Lo que decida la coordinación.
Vera la miró un rato largo. Fuera, el viento seguía golpeando las persianas de las habitaciones vacías.
Llevaba cuatro años pidiendo a la gente que pusiera límites. Nunca nadie se los había entregado a ella.
Y nunca, hasta aquella tarde, se le había ocurrido pensar en los suyos.