Fuera de plano Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Repasaron el plan: nueve semanas, catorce escenas íntimas repartidas por toda la isla, rodaje en interiores en una casa excavada en burbujas de lava que la productora había conseguido alquilar a un precio que nadie quiso decir en voz alta, y exteriores en el Mirador del Río, en las playas de Papagayo, en los Jameos del Agua y en Famara.

Irene Alcázar, la protagonista, llegaba al día siguiente.

Marc Ribas, el actor principal, estaba sentado al otro extremo de la mesa, con gafas de sol aunque estuviera en un interior, y no había abierto la boca.

—Lo de Marc ya lo sabéis —dijo Inés—. No hace desnudos. Lo tiene en contrato. Todas sus escenas de sexo las dobla un especialista.

Marc se quitó las gafas por primera vez.

—Hago las caras —dijo—. Los planos cortos, los primeros planos, todo lo que transmite emoción. El cuerpo, para quien lo quiera.

Vera conocía bien ese tipo de actor. Lo había visto muchas veces: hombres que habían construido su carrera sobre un rostro y que, al llegar a los cuarenta, empezaban a tener miedo de que el resto no estuviera a la altura.

—¿Y el especialista? —preguntó.

—Darío Quintana —respondió Inés—. Ha hecho acción en tres de nuestras películas. Es buenísimo. Y, según vestuario, de espaldas es idéntico a Marc.

Marc volvió a ponerse las gafas.

—De espaldas —repitió—. Esa es la idea.

—Tienes la prueba de cuerpo con él esta tarde —le dijo Elena a Vera en voz baja—. A las seis, en vestuario.

* * *

El departamento de vestuario ocupaba lo que había sido el salón de juegos del hotel.

Había percheros con ropa de los años ochenta, dos máquinas de coser, un biombo de tela, focos de prueba y, en una esquina, un cartel antiguo que todavía anunciaba bingo los jueves.

Toni, el figurinista, revisaba una camisa de lino a contraluz.

A su lado, el operador de cámara de pruebas ajustaba un trípode.

Vera llegó cinco minutos antes, como siempre. Sacó la carpeta, el cuestionario de límites y un bolígrafo, y se sentó en el borde de una mesa de billar cubierta con una tabla, con las piernas cruzadas.

Oyó a Darío Quintana antes de verlo.

Estaba hablando con alguien en el pasillo y su voz llegó a través de la puerta entreabierta: grave, sin prisa, con pausas que parecían pensadas para que el otro tuviera que esperar la siguiente palabra. No entendió lo que decía. Solo el tono, que se le metió por algún sitio que no supo localizar.

Después entró.

No era guapo, o no de la manera en que lo era Marc.

Era otra cosa. Castaño, con el pelo corto revuelto por el viento, la piel tostada de quien vive al aire libre y una cara de rasgos difíciles de situar, que lo mismo podía ser de Cádiz que de Beirut o de Salvador de Bahía.

Tenía la nariz algo torcida, como si se la hubiera roto alguna vez, y unos ojos verdes, de un verde tan claro en esa cara morena que parecían encendidos por dentro. Toni dejó de mirar la camisa.

Pero lo que la desconcertó fue cómo se movía.

Cruzó la sala sin ningún apresuramiento, con una economía de gestos que solo tienen los que han pasado años usando el cuerpo para trabajar: ni un movimiento de más, cada apoyo calculado y, al mismo tiempo, sin esfuerzo aparente.

Llevaba una camiseta gris desteñida, un pantalón de chándal y unas zapatillas viejas, y parecía más vestido que cualquiera de los que estaban en la sala.

Sus ojos se detuvieron en ella un segundo más que en los demás. O eso le pareció.

—Darío —dijo, tendiéndole la mano.

—Vera Solís. Coordinadora de intimidad.

—Lo sé. Me lo ha dicho Elena. Y Gonzalo también. —Una sonrisa breve, torcida hacia un lado—. Aunque él no lo ha dicho exactamente con esas palabras.

—Me imagino cuáles.

—Seguro que no. —Hizo una de sus pausas—. Las suyas eran peores.

Vera le soltó la mano. Él tenía la palma seca y caliente, con callos en la base de los dedos.

—Te explico cómo va esto —dijo, sin perder el tono profesional—.

Hoy Toni necesita comprobar cuánto se parece tu cuerpo al de Marc y qué hay que corregir con maquillaje.

Lo hacemos en ropa interior. Si en algún momento quieres parar, paras.

Si algo te incomoda, lo dices. Yo estoy aquí para eso, no para mirarte.

—Entendido —dijo él, y se fue detrás del biombo.

Vera bajó la vista a la carpeta. Oyó la tela de la camiseta deslizándose, el roce del pantalón al caer, el ruido de las zapatillas contra el suelo. Eran los sonidos de siempre. Había estado en pruebas así decenas de veces y nunca les había prestado atención.

Darío salió con unos calzoncillos negros, ajustados, y nada más.

Toni se acercó con una cinta métrica y empezó a hablar en voz alta mientras medía: hombros, cintura, longitud de la espalda, contorno del muslo. El operador encendió los focos de prueba. La luz blanca cayó de lado sobre Darío y le marcó cada músculo en relieve.

Vera miró como miraba siempre: como una técnica.

Buscaba marcas, cicatrices, tatuajes, cualquier cosa que la cámara pudiera captar y que no coincidiera con Marc.

Recorrió los hombros anchos, el pecho con un vello oscuro y escaso que bajaba en línea hasta el ombligo, el abdomen duro, no con la definición exagerada de gimnasio, sino con la de alguien que lo usa para algo.

Tenía una cicatriz larga y pálida en el costado izquierdo, sobre las costillas.

—¿Y eso?

Darío bajó la vista hacia la cicatriz.

—Una caída escalando. Hace años.

—Hay que taparla —dijo Toni—. Marc no tiene ni un arañazo.

—Marc no se ha caído nunca de ningún sitio —dijo Darío sin ninguna acritud.

La mirada de Vera siguió bajando, porque era su trabajo y porque tenía que saber qué iba a ver la cámara. Y allí se detuvo un segundo más de lo que el trabajo exigía.

La tela negra no disimulaba gran cosa. Darío estaba en reposo, sin la menor excitación, y aun así el bulto era de un tamaño que obligaba a pensar en ello. Vera había visto en su vida profesional más cuerpos desnudos de los que podía contar y sabía exactamente qué era lo normal. Aquello no lo era.

Anotó algo en la carpeta sin saber muy bien qué.

—Toni —dijo, con la voz más neutra que encontró—, para las escenas de simulación vamos a necesitar un cubresexos de otra talla. El estándar no le va a servir.

Toni miró y asintió con la seriedad de un sastre.

—Lo encargo hoy.

Darío no dijo nada. Solo la miró. No había burla en su cara ni vanidad. Había otra cosa, más difícil de soportar: atención. Como si hubiera estado esperando a ver qué hacía ella con ese dato y ahora tomara nota de que lo había resuelto con un tecnicismo.

—Date la vuelta, por favor —dijo Toni.

Darío obedeció y les dio la espalda, con los brazos sueltos a los lados.

Vera siguió mirando. La espalda era larga, con dos hoyuelos en la parte baja, justo encima del elástico negro. El músculo de los hombros se movía bajo la piel cada vez que respiraba. Las piernas, fuertes, con los gemelos marcados. El culo, firme y redondeado bajo la tela ajustada.

Fue entonces cuando Vera se dio cuenta de que ya no estaba buscando cicatrices.

Lo supo por algo muy pequeño: había dejado de pensar en la cámara.

Durante cuatro segundos, cinco quizá, no se había preguntado qué se vería en el plano, ni qué había que maquillar, ni cómo encajaba ese cuerpo con el de Marc.

Solo lo había mirado. La línea donde la espalda se curvaba hacia la cadera.

El hueco de detrás de las rodillas. La forma en que la luz se detenía en la piel.

Y había pensado, con toda claridad, en lo que sentiría al apoyar la boca en uno de los hoyuelos de la base de la espalda.

En todos los rodajes de su vida no le había pasado nunca.

El calor le llegó al cuello, al pecho, más abajo, y descruzó las piernas para volver a cruzarlas al revés.