Fuera de plano
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Capítulo 1
Vera
El avión tocó tierra en Arrecife con un golpe seco y un bandazo que arrancó un murmullo en las filas de atrás.
Por la ventanilla, Vera vio la pista, una franja de asfalto entre tierra negra, y más allá el mar, de un azul tan limpio que parecía falso.
El viento barría la arena oscura en ráfagas bajas, como humo arrastrándose por el suelo.
Al bajar la escalerilla, el alisio la recibió de frente.
Le levantó la falda hasta medio muslo, le pegó la blusa al cuerpo y le revolvió la melena hasta convertirla en una nube de rizos negros que le tapó la cara.
Vera se la sujetó con una mano y bajó con la otra en la falda, riéndose sola.
Detrás de ella, un hombre de traje que había viajado dos filas más atrás la miró más de lo necesario.
Vera se dio cuenta y no le dio importancia.
Llevaba media vida acostumbrada a que la miraran.
Había leído sobre Lanzarote antes de aceptar el trabajo, pero ninguna foto avisaba del viento. No soplaba a ratos. Estaba siempre ahí, empujando, metiéndose por el escote y entre las piernas.
Elena la esperaba en la salida con dos cafés y el pelo recogido en un moño que ya había perdido la guerra.
—Bienvenida al fin del mundo —dijo, tendiéndole uno. La miró de arriba abajo—. Te aviso de que aquí no se peina nadie. Y de que con esa blusa vas a tener al equipo de eléctricos haciendo cola para preguntarte cosas que no necesitan saber.
—Que pregunten. Yo contesto lo que me da la gana.
Se abrazaron con el café en alto para no derramarlo.
Se conocían desde hacía doce años, desde un rodaje en Asturias en el que Vera, con veinticuatro años, bailaba en una escena de grupo y todavía no sabía que existía su oficio, y Elena ya era la única ayudante de dirección capaz de hacer que un equipo de ochenta personas comiera a su hora.
—¿Cómo está el ambiente?
Elena abrió el maletero de una furgoneta blanca con el logotipo de la productora medio despegado.
—Gonzalo está encantado de que hayas venido.
—No me mientas el primer día.
—Gonzalo dijo en la reunión de ayer que la productora le ha metido «una comisaria» por contrato y que él no ha rodado nunca con niñera. —Elena cerró el maletero—. Pero la productora ha dicho que sin ti no hay seguro, así que vas a tener comisaría propia.
Vera subió a la furgoneta sin contestar.
No era la primera vez. En los cuatro años que llevaba coordinando escenas íntimas había oído de todo: que castraba la verdad de los actores, que convertía el sexo en una coreografía de gimnasio, que su trabajo consistía en poner cronómetros donde antes había pasión.
Los que más lo decían eran siempre hombres de cincuenta y tantos años que nunca habían tenido que desnudarse delante de setenta desconocidos.
Y algunos de ellos, además, no sabían qué hacer con una coordinadora que se presentaba en el set con escote y no pedía perdón por ello.
El trayecto hasta Playa Blanca duró media hora.
La carretera cruzaba un paisaje que Vera no habría sabido describir.
Era como si alguien hubiera vaciado un horno sobre la isla y la hubiera dejado enfriar sin tocarla.
Coladas de lava retorcidas, conos de volcanes en tonos rojizos y ocres, casas blanquísimas con puertas verdes salpicadas sobre el negro.
A un lado de la carretera, en mitad de la nada, un muro bajo de piedra en semicírculo protegía una sola higuera del viento.
—Es precioso y da un poco de miedo —dijo Vera.
—Espera a que llegue la calima. Entonces solo da miedo.
El hotel estaba en la punta sur de la isla, de cara a Fuerteventura.
Era un complejo de los noventa cerrado fuera de temporada que la productora había alquilado entero.
Al entrar, a Vera le llamó la atención el silencio: un vestíbulo enorme sin nadie detrás del mostrador, las tumbonas apiladas junto a una piscina vacía y el viento golpeando las persianas de las habitaciones que nadie ocupaba.
—Somos sesenta en un hotel para cuatrocientos —dijo Elena—. Elige pasillo.
Vera eligió uno al azar en la tercera planta. La habitación daba al mar. Dejó la maleta sobre la cama, abrió la terraza y el viento irrumpió y levantó las cortinas hasta el techo. Cerró enseguida.
Tenía una hora antes de la reunión de producción. Se dio una ducha larga para quitarse el viaje y la ceniza, y después, desnuda delante del espejo, se desenredó los rizos con los dedos.
A los treinta y seis años le gustaba lo que veía.
Las caderas anchas que en la compañía de danza le habían hecho pasar hambre durante años y que ahora se ponía como quien se pone una joya.
La cintura marcada. Los pechos, no muy grandes, altos y redondos, que habían sido su secreto mejor guardado de bailarina y que ahora enseñaba sin ningún reparo con blusas abiertas y vestidos de escote cruzado.
La cicatriz de la operación de cadera, una línea pálida de doce centímetros que su último amante había recorrido con la lengua toda una noche, preguntándole si todavía le dolía.
Ya casi nunca le dolía. Solo a veces, con el frío o después de muchas horas de pie.
Tenía una vida sexual tranquila y satisfactoria, sin dramas ni promesas: un arquitecto en Madrid con el que se veía cuando los dos querían, un fotógrafo en Barcelona que la llamaba cada vez que ella pasaba por allí.
Sabía lo que le gustaba y lo pedía. Y tenía una única regla, que nunca le había costado cumplir: jamás con nadie de un rodaje que coordinara.
Pasaba los días diseñando el deseo de los demás, decidiendo dónde iba cada mano y qué podía ver la cámara, y ese trabajo se hacía con la cabeza fría.
Al terminar la jornada estaba tan saturada de cuerpos ajenos que en un set ninguno le había parecido nunca más que eso: un cuerpo ajeno, un problema técnico que resolver.
Eligió un vestido negro de punto fino, ajustado a las caderas y con escote en pico, y se puso unas sandalias planas porque en un rodaje nunca se sabía cuándo había que salir corriendo. Se dejó el pelo suelto, todavía húmedo. El viento iba a deshacérselo de todos modos.
* * *
La reunión se celebraba en el antiguo comedor del hotel, donde habían juntado varias mesas de bufé para formar una sola. Alrededor había una docena de personas: los jefes de equipo, la productora ejecutiva, el director de fotografía y, presidiendo, Gonzalo Arteaga.
Vera lo había visto en fotos, en festivales y en dos o tres entrevistas que había leído antes de firmar.
En persona era más grande de lo que parecía, con el pelo blanco peinado hacia atrás, una camisa de lino abierta hasta el esternón y unas manos enormes que movía mucho al hablar.
Tenía cincuenta y ocho años, tres premios importantes y fama de conseguir de los actores cosas que nadie más conseguía.
En los ambientes en los que Vera se movía también tenía otra fama, la de que algunas de esas cosas se las conseguía a costa de ellos.
Cuando Vera entró, toda la mesa levantó la cabeza. Gonzalo se interrumpió a mitad de frase y la recorrió con la mirada sin ningún disimulo, del pelo al escote y del escote a las caderas.
—Ah. Aquí está. —Se recostó en la silla—. Os presento a Vera Solís, nuestra comisaria de la moral. Aunque, viéndola, no sé si viene a vigilar el pecado o a provocarlo.
Hubo un par de risas incómodas. La productora ejecutiva, Inés Lago, cerró los ojos un instante.
Vera dejó su carpeta sobre la mesa y no se sentó.
—Coordinadora de intimidad —dijo—. Mi escote es asunto mío, igual que la moral de cada uno.
Lo que sí es asunto mío son los contratos, los límites que los actores han firmado y que nadie salga de este rodaje con algo que no ha pactado.
—Lo miró de frente—. Si quieres llamarme comisaria, me parece bien.
Pero entonces los que tienen que darme explicaciones son los que se saltan las normas. Y acabas de empezar tú.
Esta vez nadie se rio. Inés intervino antes de que Gonzalo pudiera contestar.
—Siéntate, Vera, por favor. Estábamos con el plan de rodaje.
Vera se sentó. Gonzalo la observó durante unos segundos con una sonrisa que no le llegaba a los ojos y después retomó la explicación como si nadie lo hubiera interrumpido. Pero Vera vio que el director de fotografía, al otro lado de la mesa, bajaba la cabeza para disimular que sonreía.
Sal era la adaptación de una novela de culto de los ochenta: una pareja que se encierra en una casa de Lanzarote para vivir un amor que acaba devorándolos.
La novela era famosa por sus escenas de sexo, que habían escandalizado en su momento y que ahora se estudiaban en las universidades.
Gonzalo llevaba diez años intentando rodarla.
Hablaba de ella con una pasión que Vera habría encontrado contagiosa si no hubiera estado tan atenta a lo que decía entre líneas.
—Esta película vive o muere en sus escenas íntimas —dijo—. Si el público no cree que estos dos se desean, no hay película. No quiero cuerpos de anuncio de colonia. Quiero piel, quiero sudor, quiero que se note que les cuesta respirar.
—Eso se puede conseguir —dijo Vera.
—Con tus cronómetros, lo dudo.
—Con mis cronómetros, los actores saben exactamente qué va a pasar. Por eso se relajan. Y cuando se relajan, respiran como tú quieres.
Gonzalo volvió a estudiarla, esta vez con algo parecido a la curiosidad.
—Ya veremos.
Luego desplegó sobre la mesa un mapa de la isla y puso un dedo en la costa oeste, lejos de todas las localizaciones marcadas.
—Y falta una. Los Hervideros. La última noche de la novela, en las rocas, con el mar reventando debajo. Ese plano es el cartel de la película.
—No está en el guion —dijo Inés.
—Estará.
Vera lo apuntó en el margen, con un signo de interrogación. Nadie más dijo nada.