Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 19
90%

Capítulo 19

Crucé el lugar donde había estado el árbol.

No encontré raíces, madera ni una depresión en la tierra.

Las plantas bajas continuaban de un lado al otro sin la interrupción del tronco.

Algunas estaban dobladas por nuestros pasos; otras crecían erguidas en una zona que, unos segundos antes, habría quedado bajo el edificio.

Me arrodillé y aparté la hierba con las manos.

La tierra estaba húmeda por la lluvia de la tarde, pero no había recibido una pared, un cimiento ni el peso de un árbol.

Los fuegos artificiales seguían iluminando el terreno. Cada destello revelaba más distancia de la que había existido antes.

Llamé a Nicola otra vez. Caminé hasta el límite de la parcela y regresé.

Miré detrás del automóvil, aunque lo había visto desaparecer frente a mí y sabía que no podía estar allí.

Revisé el lado de la calle, la maleza y el espacio abierto donde antes se levantaba el Garden Club.

En algunos puntos pronuncié su nombre en voz baja. En otros grité.

Nadie respondió.

Saqué el teléfono y marqué su número. La llamada permaneció abierta hasta que entró el buzón de voz.

Volví a marcar. No oí ningún timbre en el terreno ni dentro del automóvil.

El teléfono había estado en el bolsillo de sus pantalones cuando revisó el mensaje de la biblioteca. Debía haber desaparecido con él.

En la pantalla de mi teléfono transcurrían minutos ordinarios.

Recogí el cuchillo, el cronómetro y la bolsa de tela. La manta estaba húmeda por abajo. La sacudí y quedó adherida a ella una pequeña cantidad de tierra. Durante unos segundos busqué la otra mitad del fruto entre los objetos, como si Nicola hubiera podido soltarla antes de desaparecer. No estaba.

La cámara conservaba la última imagen tomada a las cuatro y cuarenta y seis. Después de ella no había ningún archivo.

Guardé el equipo y fui hasta el automóvil.

La puerta del conductor estaba cerrada. La del acompañante cedió cuando tiré de la manija.

Nicola había dejado una botella de agua en el portavasos y dos libros de la biblioteca en el asiento trasero.

La bolsa plástica con la camisa clara permanecía en el piso, detrás de mi asiento.

El agua condensada en el interior había empezado a empañar el plástico.

Las llaves no estaban. Nicola las llevaba consigo.

Saqué la camisa y la bolsa. En la fotografía de las cuatro y cuarenta y seis, Nicola llevaba esa misma prenda seca, con las mangas recogidas. La camiseta oscura que se había puesto al caer la noche ya no existía fuera de mi memoria.

Dejé la camisa dentro del plástico y cerré el automóvil. No podía conducirlo. Tampoco quería abandonar el terreno antes de que terminara el ruido, como si el cese de los fuegos pudiera devolver aquello que había desaparecido durante ellos.

Esperé once minutos más.

No sé qué habría considerado un plazo suficiente. El cronómetro detenido en tres minutos y nueve segundos seguía dentro del bolso. La medida exacta del prodigio no ofrecía ninguna medida para la espera.

Llamé a emergencias.

La operadora me pidió la ubicación. Dije 2940 Hollywood Boulevard y después describí la entrada al terreno. Hubo una pausa mientras buscaba la dirección.

—¿Se trata de una persona desaparecida? —preguntó.

—Sí.

—¿Cuándo la vio por última vez?

Miré el espacio frente a mí.

—Hace unos minutos.

—¿Se alejó a pie o en un vehículo?

—No lo vi alejarse.

La respuesta produjo otra pausa. Me preguntó el nombre, la edad, la estatura, la ropa.

Dije que Nicola llevaba una camiseta oscura y pantalones también oscuros.

No mencioné que la última fotografía mostraba una camisa diferente.

Expliqué que su automóvil permanecía en el lugar y que no respondía el teléfono.

—¿Hubo alguna discusión?

—No.

—¿Podría haber regresado por su cuenta a casa?

—No lo sé.

No dije que una mitad de fruta había desaparecido en su mano. Tampoco dije que el árbol y el edificio habían dejado de estar. Ninguna de esas frases habría ayudado a determinar dónde buscar a Nicola. Habrían convertido mi declaración en el único objeto de la búsqueda.

La operadora me indicó que permaneciera junto al automóvil.

Dos agentes llegaron cuando las explosiones empezaban a espaciarse. Las luces rojas y azules recorrieron la parcela sin encontrar una superficie vertical en la que detenerse. Uno de ellos habló conmigo. El otro iluminó el interior del automóvil y caminó por el borde de la calle.

El primero escribió el nombre de Nicola en una libreta y me pidió que lo deletreara. Anotó nuestra relación después de una vacilación breve. Le di la dirección del apartamento, el número de teléfono, el lugar de trabajo y una descripción más precisa de la ropa.

—¿Dijo que se marchaba? —preguntó.

—No.

—¿Había bebido?

—Agua.

—¿Tomaba medicamentos?

Le mencioné uno que Nicola utilizaba de manera regular. El agente lo escribió sin preguntar para qué servía.

—Cuénteme otra vez el momento en que lo perdió de vista.

Los fogonazos habían reducido nuestras sombras a formas intermitentes. El agente esperaba con el bolígrafo sobre el papel.

—Estábamos aquí para ver los fuegos artificiales —dije—. En un momento estaba delante de mí. Después ya no estaba.

—¿Cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra?

—Muy poco.

—¿Segundos?

—Sí.

No era falso. Solo había retirado de la frase aquello que ningún formulario podía recibir.

El segundo agente regresó. Había comprobado ambos lados de la calle y hablado con dos personas que todavía guardaban sillas cerca de un automóvil. Ninguna recordaba haber visto a un hombre con la descripción de Nicola. El ruido, dijeron, había sido demasiado fuerte. Todos miraban hacia el cielo.

El primer agente señaló el bolso de la cámara.

—¿Tomaron fotografías esta noche?

—No durante los fuegos.

—¿Tiene una fotografía reciente de él?

—Sí.

No abrí la imagen de las cuatro y cuarenta y seis.

Busqué en el teléfono una fotografía de abril, tomada frente a la biblioteca.

Nicola aparecía de medio cuerpo, sin gafas oscuras y con el rostro dirigido hacia mí.

Al fondo se veían las puertas de vidrio y una parte del letrero.

El agente la fotografió desde mi pantalla y me pidió que la enviara a una dirección electrónica incluida en su tarjeta.

Después quiso saber por qué habíamos elegido aquel terreno para mirar los fuegos.

—Venimos aquí desde hace años —dije.

—¿Es propiedad de alguien que conocen?

—Era el antiguo Garden Club.

Miró alrededor. La linterna pasó sobre la hierba y se detuvo en los objetos que yo había recogido.

—¿Era?

—El lugar sigue llamándose así en algunos documentos.

No preguntó por el edificio. Para él era una parcela vacía vinculada a un nombre antiguo. La fecha en que había dejado de ser otra cosa no formaba parte de la desaparición que estaba registrando.

Revisaron el terreno otra vez. Yo caminé con ellos. La luz de las linternas encontró latas, una sandalia infantil, fragmentos de vidrio y el cauce estrecho que había dejado la lluvia. No encontró la huella de una salida. Tampoco encontró la ausencia del tronco. Una ausencia no interrumpe la tierra.

El automóvil quedó cerrado en el lugar. Anotaron la matrícula y solicitaron que una unidad pasara de nuevo durante la noche. Uno de los agentes me preguntó si alguien podía recogerme.

Llamé a un compañero del laboratorio. No le expliqué nada por teléfono. Dije que Nicola no aparecía y que la policía ya estaba allí.

Mientras esperaba, abrí la bolsa plástica. La camisa desprendió olor a lluvia, sudor y plástico caliente. La saqué para que no siguiera encerrada. La tela estaba fría. La sostuve por los hombros hasta que llegó el automóvil de mi compañero.

El agente me entregó un número de caso.

—Si regresa o se comunica con usted, llame de inmediato.

Guardé la tarjeta en el bolso junto al cronómetro.

Antes de llevarme al apartamento de Nicola, mi compañero se detuvo frente al mío. Subí solo. El gato estaba sentado junto al plato vacío. Le puse comida, cambié el agua y vertí un fondo de leche. Empezó a beber sin levantar la cabeza.

Esperé hasta que terminó.

Después regresé al automóvil.

Entré al apartamento de Nicola con mi llave.

La cerradura se atascó en el mismo punto de siempre.

Empujé la puerta hacia arriba, giré la llave y el mecanismo cedió.

Dentro no había ninguna alteración. La taza que Nicola había utilizado por la mañana seguía en el escurridor.

Sobre la mesa permanecía la bolsa que había contenido el equipo antes de que la dobláramos.

En el dormitorio había dejado preparados los pantalones que pensaba usar el martes en la biblioteca.

Recorrí todas las habitaciones.

Abrí el armario, miré debajo de la cama y salí al balcón. No esperaba encontrarlo. El cuerpo actuaba con una instrucción anterior a lo que yo sabía.

Volví al baño y extendí la camisa clara sobre la barra de la ducha. El agua empezó a caer desde el borde inferior hacia la bañera. Vacié los bolsillos. Encontré un recibo doblado, dos granos de arena y una flor amarilla aplastada contra la costura. Los pétalos habían empezado a oscurecerse.

La flor se descomponía.

La dejé sobre el lavabo y esperé. No ocurrió nada en mi cuerpo.

Conecté la cámara a la computadora. Copié todos los archivos del día sin modificar los nombres.

La última imagen seguía siendo la de las cuatro y cuarenta y seis.

Amplié el rostro de Nicola, después la base del árbol, la grieta del edificio y los bordes del encuadre.

No había ninguna figura escondida, ningún automóvil que pudiera haberlo recogido ni una alteración de luz que anticipara lo sucedido.

Hice dos copias del archivo original. Una quedó en el disco del apartamento y otra en la unidad que utilizábamos para las fotografías de las frutas. Conservé también la tarjeta dentro de un sobre. Escribí la fecha y la hora en el frente.

No escribí última fotografía.