Capítulo 18
El mayor estruendo comenzó sin una explosión que pudiéramos distinguir de las anteriores.
Varias detonaciones se superpusieron desde direcciones distintas. La tierra transmitió una vibración breve y las hojas respondieron antes de que el sonido terminara de llegar. El aire cambió sobre mis brazos.
Las ramas descendieron.
Activé el cronómetro. Nicola levantó la cabeza.
No reapareció ninguna de las seis frutas.
Los lugares del mango, la piña, el tamarindo, la guayaba, el icaco y el níspero permanecieron ocupados por hojas y flores amarillas.
Durante los primeros segundos pensé que el árbol no produciría nada.
Las ramas se habían inclinado por una ley que continuaba funcionando después de agotada la cosecha.
Entonces una flor empezó a cerrarse.
Estaba sobre una rama baja, a menos de un metro de Nicola. Los pétalos se doblaron hacia el centro sin desprenderse. El cáliz aumentó de tamaño. Dentro de la forma amarilla apareció un volumen pálido que creció mientras la rama cedía bajo su peso.
Levanté la cámara.
El enfoque encontró primero el hombro de Nicola, después el tronco. Cuando intentó fijarse sobre la flor, el volumen ya había cubierto los pétalos. Tenía el tamaño de una ciruela y continuaba creciendo.
Mi dedo estaba sobre el disparador.
No lo presioné.
Bajé la cámara para ver sin el rectángulo de la pantalla.
El fruto dejó de crecer cuando alcanzó el tamaño de una naranja mediana. La piel se volvió porosa y adquirió un color anaranjado irregular, más pálido alrededor del pedúnculo. No tenía ninguna marca que lo distinguiera de una fruta comprada aquella misma tarde.
Lo que nació entre las flores amarillas fue una naranja.
El cronómetro marcaba veintidós segundos.
Nicola extendió la mano. No vaciló y tampoco se apresuró. Sostuvo la naranja desde abajo y la desprendió con un giro. El pedúnculo se separó sin liberar savia.
La rama se elevó unos centímetros.
Nicola acercó la naranja al rostro. La olió y pasó el pulgar sobre la piel.
—Es una naranja —dije.
—Sí.
El cronómetro marcaba treinta y ocho segundos.
Desenvolví el cuchillo y se lo entregué por el mango.
Nicola colocó la naranja sobre la bolsa doblada.
La cortó desde el pedúnculo hasta la base.
La cáscara liberó un rocío fino; el olor llegó antes de que separara las mitades.
Los gajos quedaron expuestos alrededor del centro blanco. No vimos semillas.
El jugo humedeció la hoja y una parte de la bolsa. Era el olor de una naranja recién abierta, preciso y ordinario en medio de los fuegos artificiales.
Nicola dejó el cuchillo sobre la tierra.
Tomó una mitad con cada mano.
Extendió la izquierda hacia mí.
La pulpa quedaba hacia arriba. Una explosión iluminó por un instante el borde húmedo y la sombra de los dedos de Nicola sobre la piel. La mitad estaba lo bastante cerca para que pudiera recibirla sin dar un paso.
No levanté las manos.
El cronómetro había pasado del primer minuto.
Nicola mantuvo el brazo extendido. No me pidió que la tomara. Miró mi rostro, después la fruta, y esperó sin convertir la espera en una exigencia.
En 2013 había aceptado el mango porque no iba a permitir que atravesara solo una consecuencia desconocida. No creía todavía en el Paraíso ni comprendía las leyes del árbol. Solo sabía que Nicola había decidido morder y que yo quería permanecer a su lado si algo ocurría.
Aquella noche la mitad ofrecida no repetía la misma pregunta.
Yo conocía el primer mordisco. Sabía que después de recibirlo en la boca no habría una segunda elección. La parte comestible tendría que terminar dentro de mí. También sabía que las frutas no concedían una experiencia exterior al cuerpo. Modificaban el lugar desde el que uno podía regresar.
Mi mano derecha tuvo el impulso de avanzar. El mango lo mostró antes de que se convirtiera en movimiento. Al mismo tiempo quise retroceder, quitarle a Nicola la otra mitad y arrojar ambas lejos del árbol. El tamarindo conservó las dos voluntades sin permitirme usar una para negar la otra.
No hice ninguna de las dos cosas.
Nicola llevó su mitad a la boca.
Mordió.
La pulpa cedió bajo los dientes. No se oscureció ni cambió de forma fuera de la zona que había arrancado. La mitad que continuaba extendida hacia mí permaneció intacta.
Nicola masticó lentamente. El primer cambio apareció en la respiración. No se volvió más profunda ni más rápida. Desapareció la pequeña suspensión que todavía precedía algunos de sus gestos. El aire entraba, el cuerpo actuaba y el aire salía sin que pudiera separar una cosa de la siguiente.
Tomó un segundo bocado.
Los hombros encontraron una posición que no era rigidez ni descanso. Vi en su cara el deseo de continuar comiendo y el de permanecer conmigo. Ninguno se ocultó detrás del otro. Por primera vez, las dos direcciones no parecían dividirlo.
El brazo izquierdo seguía extendido.
La fruta no pesaba lo suficiente para hacerlo temblar.
Nicola mordió otra vez. Durante un instante su rostro perdió la edad que yo le atribuía. No se volvió joven ni desconocido. El nombre seguía llegando a él, pero ya no parecía terminar en los límites de su cuerpo.
—Nicola —dije.
Se volvió hacia mí de inmediato.
Después de la guayaba, su nombre había tardado días en adherirse otra vez. Ahora respondió sin esfuerzo y sin quedar contenido por la respuesta.
El aire movió su camiseta. Nicola recibió el contacto en toda la superficie visible: brazos, cuello, rostro. No miró hacia las ramas. No buscó una señal en el edificio ni una confirmación en la fruta. Continuó comiendo con la atención abierta y, al mismo tiempo, dirigida por completo hacia mí.
El cronómetro marcaba un minuto y cincuenta y cuatro segundos.
Yo había esperado esa atención desde que reconocí al árbol como rival. La había deseado durante las visitas, las cenas interrumpidas y las noches en que Nicola permanecía a mi lado con una parte de sí orientada hacia otro lugar.
Ahora la recibía entera.
No produjo alivio.
Comprendí que estaba partiendo precisamente porque ya no quedaba en él una atención dividida que pudiera retenerlo.
No fue una conclusión. Nadie me habló y el cuaderno no contenía una frase que permitiera saberlo. Lo supe en el cuerpo con la misma precisión con que sabía que una fruta mordida debía terminarse.
Si recibía aquella mitad y la llevaba a la boca, no acompañaría a Nicola conservándome a su lado.
No habría dos hombres entrando juntos en el Jardín del Paraíso.
Desaparecería la distancia que permitía decir Nicola y esperar que otro cuerpo se volviera.
Desaparecería también el lugar desde el que podía recordarlo, disentir, quedarse o marcharse.
Podía perder mi forma y sobrevivir. La guayaba me lo había mostrado. Aquello era distinto. No se trataba de abandonar una identidad para encontrar otra menos cerrada. La fruta ofrecía reunir incluso la separación que hacía posible elegir.
Sentí miedo.
La decisión no procedió del miedo.
Procedió de la misma parte de mí que había seguido preparando la cena cuando ninguna comida consolaba, preservando imágenes que no devolvían a las personas y regresando cada noche sin exigir que el amor demostrara ser infinito.
Pensé en el gato, que a esa hora estaría sentado frente a su plato. Nicola llevaba tres años diciéndome que la leche le hacía daño. Yo se la ponía de todos modos.
Quería a Nicola particular, separado, capaz de responder a su nombre. Quería conservar la posibilidad de amarlo incluso si esa posibilidad exigía perderlo.
El brazo continuaba extendido entre nosotros.
—No voy a tocarla —dije.
Nicola dejó de masticar durante un segundo.
Me miró. No encontré decepción ni aprobación en su rostro. El níspero había retirado la necesidad de que mi respuesta completara la suya.
—Está bien —dijo.
No retiró la mitad ni volvió a ofrecerla. La sostuvo en la misma mano, como algo cuya existencia ya no requería una decisión adicional.
El cronómetro marcaba dos minutos y diecisiete segundos.
Nicola continuó comiendo.
La pulpa disminuyó en tres bocados. Después del último, Nicola revisó el interior de la cáscara y llevó a la boca una fibra adherida al borde blanco. Tragó. La cáscara vacía permaneció en su mano derecha.
Su mitad había terminado.
La mitad intacta de la naranja permanecía en la mano izquierda.
Faltaban veinticuatro segundos.
Nicola no cambió de forma. No apareció luz alrededor del cuerpo ni se abrió ningún lugar entre las ramas. Seguía frente a mí con la camiseta oscura, los pantalones húmedos cerca de los tobillos y una picadura reciente sobre el antebrazo.
Lo miré buscando una alteración que pudiera aislar de las demás. No encontré ninguna.
No intenté explicarlo entonces. Tampoco puedo hacerlo ahora sin reducir lo que vi.
Nicola bajó el brazo que sostenía la fruta hasta la altura del pecho. Dio un paso hacia mí.
Yo no retrocedí.
No podía abrazarlo sin acercar el cuerpo a la mitad intacta. Permanecimos separados por la distancia de un brazo. El espacio que había elegido conservar ya estaba entre nosotros.
—Emilio —dijo.
Mi nombre llegó completo.
—Aquí.
Nicola respiró. Toda su atención permanecía en mí.
—Sí —dijo.
El cronómetro marcó tres minutos.
No hubo transición.
Un instante antes vi a Nicola, la mitad intacta de la naranja en una mano, la cáscara vacía en la otra, el tronco detrás y la pared oscura del Garden Club más allá de las ramas. En el siguiente, las cinco cosas habían dejado de estar.
No se desvanecieron. No cayeron ni fueron cubiertas por la luz de los fuegos artificiales.
El terreno se abrió ante mí como si el árbol y el edificio nunca hubieran ocupado aquel volumen.
Pude ver vegetación y luces que antes quedaban ocultas.
La tierra donde había estado el tronco era continua, sin raíces arrancadas ni un hueco reciente.
La mitad intacta de la naranja y la cáscara vacía desaparecieron con Nicola.
El cuchillo, la bolsa, el cronómetro y la manta permanecieron sobre el suelo. La cámara seguía en mis manos. No había tomado ninguna fotografía.
Las detonaciones continuaron.
El cronómetro siguió contando hasta que lo detuve en tres minutos y nueve segundos.
Pronuncié el nombre de Nicola.
Esta vez no había ningún cuerpo que pudiera volverse.