Capítulo 17
La bolsa seguía en el centro de la mesa cuando entramos en la cocina.
Nicola preparó café. Yo comprobé la hora de la cámara con la del teléfono y corregí una diferencia de once segundos.
Era una costumbre del laboratorio: una fecha precisa podía importar mucho después de que dejara de importar la imagen.
Desayunamos sin hablar del árbol. La sequedad continuó detrás del café y de la comida. Lavamos las tazas, revisamos las baterías y envolvimos el cuchillo en un paño. Nicola guardó dos botellas de agua y varios sándwiches en una nevera pequeña.
No añadió el cuaderno.
—Podemos llegar más tarde —dije—. Antes de las nueve nunca ocurrió nada.
—Habrá tráfico.
—También habrá calor.
—Hay sombra.
No insistí. Salimos poco después de las tres.
Hollywood Boulevard ya estaba más lleno que un lunes habitual.
Algunas personas llevaban sillas plegables hacia los parques y otras caminaban en dirección a la playa.
Había banderas sujetas a las ventanas de varios automóviles.
En una intersección, dos niños agitaban bengalas apagadas desde el asiento trasero.
Nicola condujo con ambas manos sobre el volante.
La bolsa de tela estaba doblada dentro del equipo, entre la cámara y el cronómetro.
No parecía más impaciente que cualquier otro día.
Cuando nos detuvimos frente al terreno, permaneció unos segundos dentro del automóvil hasta que terminó una canción en la radio.
Llegamos al árbol a las tres y treinta y ocho.
No había frutas.
Las ramas conservaban algunas flores amarillas, pero la floración de marzo había terminado. El suelo estaba cubierto de hojas, pequeñas ramas y restos de pétalos oscurecidos. Revisamos la copa desde varios ángulos. No encontramos cambios que justificaran una anotación.
El edificio mostraba más deterioro.
La grieta que habíamos fotografiado en junio se extendía desde la base de una ventana hasta casi tocar el suelo. Parte del revestimiento había caído y dejaba visible una superficie más clara. La canaleta seguía apoyada sobre la maleza. Una esquina del techo parecía ligeramente vencida.
Saqué la cámara.
Tomé primero una imagen cercana de la grieta. Después retrocedí para incluir la ventana y el borde del techo. Sin una referencia era difícil calcular el tamaño.
—Ponte junto al tronco —le dije a Nicola.
—La grieta está en el edificio.
—Necesito la escala completa.
Nicola se situó entre el árbol y la pared. No miró hacia mí. Observaba el extremo de la canaleta, como si intentara establecer de dónde se había desprendido. El tronco quedó a su derecha y el frente del Garden Club detrás de él.
El reloj de la cámara marcaba las 4:46 p. m.
Tomé una sola fotografía.
La revisé en la pantalla. Nicola aparecía de cuerpo entero, ligeramente desplazado hacia la izquierda.
Llevaba una camisa clara con las mangas recogidas, pantalones oscuros y los zapatos que usaba en la biblioteca.
Una mano descansaba cerca del bolsillo; la otra sostenía la botella de agua.
El árbol ocupaba la mitad derecha del encuadre.
El edificio podía verse desde la entrada hasta la ventana dañada.
La grieta era visible.
—Sirve —dije.
Nicola se apartó de la pared.
—No soy una medida confiable.
—Mides lo mismo que en junio.
—Eso crees.
No supe si hablaba de la altura. Guardé la cámara.
Durante las horas siguientes no tomé otras fotografías.
Nos sentamos a la sombra. El calor acumulado en la tierra atravesaba la manta que habíamos llevado. Los mosquitos aparecieron antes de que disminuyera la luz. Nicola se aplicó repelente en los brazos y me entregó el frasco.
A las cinco y media comimos. Los sándwiches tenían demasiado condimento y el pan se había humedecido dentro de la nevera. Terminamos de todos modos. Bebimos agua. Ninguna cosa produjo satisfacción, pero tampoco esperábamos que lo hiciera.
Nicola revisó el teléfono. Había recibido un mensaje de una empleada de la biblioteca sobre una reunión del martes.
—Tengo que cambiarla a las diez —dijo.
—Pensé que era a las nueve.
—Uno de ellos no puede llegar.
Escribió la respuesta y guardó el teléfono.
Yo debía reanudar al día siguiente la transferencia que había dejado incompleta en mayo. Le expliqué que la técnica nueva había preparado los archivos y que solo faltaba comprobar las sumas de verificación. Nicola escuchó y preguntó cuánto tardaría.
—Si no hay errores, dos horas.
—¿Y si los hay?
—Más.
Hablábamos del martes con la misma naturalidad con que habíamos preparado el lunes. El árbol permanecía frente a nosotros sin intervenir en los planes.
Cerca de las seis, Nicola caminó alrededor del edificio.
Lo seguí. La puerta principal estaba cerrada y cubierta por una capa de polvo.
Habían colocado una cadena nueva sobre una entrada lateral, aunque la madera del marco parecía demasiado débil para sostenerla.
A través de una separación entre las tablas vimos parte de una habitación vacía.
—¿Queda algo adentro? —pregunté.
—No debería.
—El cuaderno salió de aquí.
—Hace años.
—Podrían quedar otras cajas.
Nicola acercó el rostro a la abertura. Solo se veía el suelo, una pared manchada y algo que podía ser la pata de una mesa.
—No voy a entrar —dijo.
—No te lo pedí.
—Lo pensaste.
—Pensé que la cadena era nueva.
—También pensaste que podíamos abrirla.
El tamarindo no me permitió negarlo. Regresamos al árbol.
A las seis y cuarenta y dos comenzó a llover.
La lluvia cayó primero en gotas grandes y separadas. Trasladamos el equipo debajo de una zona más densa de la copa y cubrimos la cámara con el paño del cuchillo. No corrimos hacia el automóvil. El cielo seguía claro hacia el oeste y sabíamos que el aguacero podía terminar en pocos minutos.
Nicola permaneció de pie, con el rostro levantado. El agua atravesó su camisa y oscureció la tela sobre los hombros. No parecía recibir del árbol nada distinto de la lluvia.
El aguacero duró nueve minutos.
Después, el calor empezó a levantar humedad de la tierra. El tronco se volvió casi negro y las flores amarillas quedaron más brillantes entre las hojas. Sacudí el paño antes de devolverlo al equipo. La cámara no se había mojado.
—Todavía podemos irnos —dije.
Nicola miró la hora.
—Sí.
No se movió.
Yo tampoco.
La posibilidad de marcharnos permaneció disponible. No necesitábamos convertir la espera en obligación para quedarnos.
A las siete y media llamé al restaurante donde habíamos cenado después de recoger el níspero. Cerraban a las once.
—Si no aparece nada, llegamos —dije.
—Si aparece algo, también podríamos llegar.
—Depende de lo que aparezca.
Nicola no respondió. Sacó la bolsa del equipo y la dejó doblada junto al cuchillo.
El cronómetro seguía apagado.
La luz empezó a retirarse después de las ocho. Las nubes del aguacero conservaban un borde rosado sobre los edificios. Los automóviles encendieron los faros. Desde el este llegaba el ruido de una multitud demasiado lejana para distinguir voces.
Nicola se cambió la camisa mojada detrás del automóvil. Guardó la anterior en una bolsa plástica y volvió con una camiseta oscura. El gesto alteró la continuidad de la tarde de una forma que ninguna fotografía registró. La cámara permanecía dentro del bolso.
Nos aplicamos repelente otra vez.
—¿Tienes miedo? —preguntó Nicola.
La pregunta no me sorprendió. Busqué la respuesta sin forzarla. El cuerpo permaneció abierto al zumbido de los insectos, a la humedad de la ropa y al ruido cada vez más frecuente de las explosiones.
—Sí —dije.
—¿De que aparezca algo?
—También de que no aparezca.
Nicola asintió.
—¿Y tú?
—No sé si es miedo.
—¿Qué es?
Miró hacia las ramas.
—No necesita un nombre todavía.
No intenté dárselo.
A las ocho y cuarenta y cinco encendí la cámara, pero no levanté el lente. Comprobé la batería y la dejé sobre mis rodillas. Nicola colocó el cronómetro en la tierra. El cuchillo permaneció envuelto; la bolsa, doblada.
Los primeros fuegos grandes aparecieron hacia el este. Solo veíamos el reflejo sobre las nubes y, a veces, una parte del ascenso por encima de los edificios. Las detonaciones tardaban en llegar. Otras procedían de calles cercanas y hacían temblar las hojas antes de que viéramos la luz.
Esperamos el mayor estruendo sin tratar de decidir cuál sería.
Durante tres años habíamos aprendido a reconocer el momento por el descenso de las ramas. Esa noche no sabíamos si volverían a moverse. Las seis frutas conocidas habían sido comidas. El cuaderno no decía qué ocurría después.
Nicola se levantó y se situó cerca del tronco. No llevaba el cronómetro en la mano ni miraba la bolsa. Tenía los brazos sueltos a los lados.
Cuando terminó de caer la noche, el edificio dejó de reflejar el cielo.
Nicola permaneció bajo las ramas, con las manos vacías.