Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 16
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Capítulo 16

En febrero dejamos de anotar la sequedad.

No había disminuido. Seguía detrás del agua, del sueño, del trabajo y de cualquier acto que antes terminara en una señal de cumplimiento.

Dejamos de medirla porque las cifras no añadían nada.

Bebíamos cuando aparecía la sed común, dormíamos cuando el cuerpo cedía y comíamos hasta dejar de tener hambre.

La otra falta permanecía.

Aprendimos a no confundirla con una orden.

Nicola ya no llenaba un vaso después del necesario.

Yo no volvía a abrir una carpeta terminada para provocar la sensación de cierre.

Si una conversación no producía certeza, no añadíamos palabras hasta agotarla.

El níspero continuaba retirando la recompensa; nosotros dejamos de organizar la vida alrededor de su regreso.

Una noche Nicola sacó el cuaderno y comprobó la fecha de la última entrada. Habían pasado cuarenta y tres días.

—¿No vas a escribir? —pregunté.

Sostuvo el lápiz sin acercarlo al papel.

—No tengo nada que conservar de hoy.

—Hoy ocurrió.

—Sí.

Cerró el cuaderno. No parecía haber perdido la memoria del día. Había trabajado, visitado el árbol y cenado conmigo. Ninguno de esos hechos necesitaba producir una frase para haber sucedido.

Guardó el cuaderno en el cajón donde estaban los anteriores.

En marzo el árbol floreció.

No fue gradual. El viernes conservaba hojas y unas pocas flores aisladas. El lunes, gran parte de la copa estaba cubierta de amarillo. Las ramas más altas parecían sostener luz incluso cuando el cielo estaba nublado. El suelo alrededor del tronco empezó a llenarse de corolas enteras.

Nicola pasó por el terreno antes de abrir la biblioteca. No me escribió. Lo mencionó esa noche mientras cortaba verduras.

—Está florecido —dijo.

Esperé escuchar algo más.

—¿Vas a volver mañana?

—Probablemente.

—¿Quieres que vaya?

—Si quieres verlo.

No dijo que necesitara mi presencia ni que el árbol hubiera producido una señal. Al día siguiente llegué después del trabajo.

Nicola ya estaba sentado bajo las ramas. Varias flores habían caído sobre sus hombros y una permanecía entre él y el tronco, con el cáliz hacia arriba. No las había retirado. Tampoco miraba la copa. Observaba el tránsito a través de los espacios entre las ramas.

Saqué la cámara.

La primera fotografía mostró el árbol completo y a Nicola demasiado pequeño junto a la base.

En la segunda me acerqué. El edificio ocupó el fondo, con la tabla suelta sobre una ventana y manchas nuevas de humedad cerca del techo.

Nicola volvió el rostro hacia un automóvil que pasaba.

La cámara registró el movimiento y dejó impreciso el borde de su mandíbula.

Conservé ambas imágenes.

Me senté a su lado. El olor de las flores era más leve de lo que su número hacía esperar. El icaco mantenía disponibles el peso de la ropa, el aire sobre la cara y el cambio de temperatura cuando una nube cubría el sol. El níspero impedía que la suma de esas percepciones se convirtiera en llegada.

Nicola no esperó que ocurriera.

Al cabo de media hora cambió de posición porque una pierna se le había entumecido. Poco después se levantó.

—¿Ya? —pregunté.

—Tengo hambre.

Miró las ramas una vez, recogió la chaqueta y caminó hacia el automóvil. No se marchaba decepcionado ni satisfecho. Se marchaba porque era hora de comer.

Esa noche abrió el cuaderno.

15 de marzo de 2016, 6:11 p. m.

Flores en casi toda la copa. Una cayó dentro de mi camisa. Me levanté cuando la pierna derecha perdió sensibilidad.

Fue la única entrada de marzo.

En la biblioteca, Nicola dejó de leer los informes de evaluación más de una vez.

Firmaba después de comprobar los datos y guardaba las copias.

Los elogios no lo animaban; las críticas tampoco conseguían reducirlo a una versión defectuosa de sí mismo.

Corregía lo que debía corregirse y preguntaba cuando algo no estaba claro.

Una empleada presentó un proyecto que él había ayudado a preparar durante meses. Durante la reunión mencionó su colaboración una sola vez. Nicola no añadió nada. Cuando aprobaron el proyecto, la felicitó y regresó a su oficina.

—Podías haber explicado cuánto hiciste —le dije esa noche.

—Ella podía presentarlo.

—No es lo que pregunté.

Nicola cortó un hilo suelto de la manga.

—No necesito que sepan qué parte fue mía.

No había modestia en la respuesta. Tampoco desprecio por el reconocimiento. Simplemente había dejado de pedirle que conservara una identidad que ya podía desempeñar sin pertenecerle por completo.

Yo seguía necesitando nombres, fechas y procedencias en el laboratorio. La ausencia de recompensa no volvió inútil el archivo. Al contrario: si una imagen no podía recuperar lo que había estado delante de la cámara, su exactitud material era lo único que no debía falsearse.

Enseñé a una técnica nueva a digitalizar placas de vidrio. Ante una zona oscura de una imagen, aumentó la exposición hasta revelar parte de un rostro.

—¿Lo dejo así? —preguntó.

—Guarda primero lo que recibiste.

—No se ve la cara.

—Entonces registra que no se ve.

Creamos el archivo maestro antes de trabajar sobre la copia. La mujer ajustó después las luces y consiguió recuperar un ojo y la línea de la nariz. La boca permaneció dentro de la sombra. No la reconstruimos.

Yo podía enseñar el procedimiento sin sentir que preservábamos a la persona. Preservábamos una superficie, una fecha probable y la cantidad de información que había sobrevivido. Era menos de lo que antes había deseado y exactamente lo que teníamos.

Con Nicola ocurría algo semejante y distinto.

Las fotografías no lo contenían. Mi memoria tampoco podía devolver todas las formas que había tenido desde 2013. Aun así, él seguía estando frente a mí cada vez que levantaba la cámara. No necesitaba que coincidiera con ninguna imagen anterior para reconocerlo.

En abril revelé una selección de fotografías pequeñas y las extendí sobre la mesa. No formaban un proyecto. Quería comprobar cómo se veían fuera de la pantalla.

Nicola aparecía bajo el árbol, en el balcón, junto a una estantería de la biblioteca, conduciendo y dormido sobre un sofá. Algunas imágenes eran nítidas. En otras, la luz había borrado parte del rostro o el movimiento había desplazado las manos.

Él las observó en silencio.

—Hay muchas —dijo.

—Sí.

—¿Qué vas a hacer con ellas?

—Guardarlas.

—¿Para qué?

La antigua respuesta habría sido para recordar. Ya sabía que no bastaba.

—Porque existen.

Nicola tomó una fotografía en la que estaba de espaldas frente al árbol. La sostuvo por los bordes y después la devolvió al mismo lugar.

No me preguntó si estaba intentando conservarlo. Yo no habría sabido responder sin convertir el miedo en una explicación prematura.

Continuamos viviendo entre los dos apartamentos. Algunas noches necesitaba dormir solo y usaba mi propia llave. Otras llegaba al de Nicola antes que él, abría la puerta atascada y empezaba a preparar la comida. No registrábamos cuántas veces elegíamos cada lugar.

Una tarde de mayo prometí recogerlo a las seis.

A las cinco y media, una transferencia del laboratorio se interrumpió cuando faltaban pocos archivos.

Mi supervisor me pidió que esperara hasta reiniciarla.

Quería quedarme y quería cumplir lo que había dicho.

El tamarindo mantuvo ambas voluntades intactas.

Dejé instrucciones, comprobé que los archivos originales no estaban en riesgo y salí.

Llegué a la biblioteca a las seis y cuatro. Nicola esperaba junto a la entrada con una bolsa de libros para devolver en otra sede.

—Llegas tarde —dijo.

—Cuatro minutos.

—Son tarde.

Subió al automóvil. No sonreía, pero dejó la bolsa en el asiento trasero y me tocó la nuca antes de abrocharse el cinturón.

La decisión de ir a buscarlo no produjo certeza. Tampoco la necesitaba para haber sido cumplida.

Esa noche llevé comida a su apartamento. Nicola abrió la puerta antes de que usara la llave. Había visitado el árbol después del trabajo y tenía una flor aplastada en la suela del zapato.

Mientras comíamos, me preguntó:

—¿Por qué sigues viniendo?

Puse la cuchara sobre el plato.

—Porque dije que traería la cena.

—No me refiero a esta noche.

—Yo sí.

Nicola esperó, quizá porque pensó que añadiría una explicación. No lo hice.

No era una evasión. No tenía una respuesta más verdadera que la acumulación de noches concretas. Había ido esa vez. Al día siguiente tendría que elegir de nuevo.

—Está bien —dijo.

Terminamos de comer. La cena no nos consoló. Mi presencia tampoco. Cuando recogí los platos, Nicola se levantó para ayudarme.

En junio la floración disminuyó. El suelo dejó de estar amarillo y las hojas volvieron a dominar la copa. Nicola continuó yendo al Garden Club, pero las visitas se hicieron más breves. A veces se sentaba. Otras recorría el terreno, miraba el edificio y regresaba al automóvil.

Ya no intentaba descubrir si el árbol lo llamaba. Tampoco necesitaba convencerse de que no lo hacía.

Una tarde lo acompañé. Encontramos una nueva grieta en la pared exterior y parte de una canaleta caída sobre la maleza. Fotografié el daño. Nicola examinó la base del árbol, donde algunas raíces levantaban la tierra.

—El edificio no va a durar —dije.

—El árbol podría.

—También podría desaparecer antes.

Nicola apoyó la mano sobre el tronco. El gesto no produjo intimidad. No la buscó.

—Sí —dijo.

Era la primera vez que aceptaba en voz alta que el árbol podía no estar allí cuando regresáramos. No se aferró a la corteza. Retiró la mano y limpió una pequeña escama con el pulgar.

—¿Vendrías si no hubiera edificio? —pregunté.

—Si supiera dónde estuvo.

La respuesta me pareció extraña. La dirección continuaba existiendo y ambos conocíamos el lugar. No pregunté qué diferencia habría entre saber dónde estaba y encontrarlo.

Nos sentamos hasta que oscureció.

Hacia finales de junio empezaron otra vez las detonaciones anticipadas. Sonaban después de la cena, todavía aisladas. Cada una recordaba la proximidad de una fecha que ninguno había mencionado.

El 28 de junio, un compañero del laboratorio me preguntó qué haría durante el fin de semana largo.

—Tengo un compromiso el lunes —dije.

La palabra me sorprendió. No habíamos acordado regresar al árbol. No era necesario.

Esa noche encontré a Nicola revisando la cámara pequeña. Había cargado la batería y limpiaba el lente.

—El lunes —dije.

—Sí.

—No queda ninguna fruta conocida.

—No.

—Podría no aparecer nada.

Nicola colocó la tapa sobre el lente.

—Podría.

No pregunté por qué iríamos. La fecha era suficiente.

El domingo 3 de julio preparamos el equipo. La cámara, dos baterías, el cronómetro, una linterna y el cuchillo que habíamos usado desde la primera cosecha. Nicola añadió una sola bolsa de tela.

No llevó la balanza, las fichas ni el cuaderno.

—Si aparece algo, no sabremos qué es —dije.

—Lo veremos allí.

Dejó el cuchillo junto al cronómetro. Sobre la mesa quedaba el espacio donde habían esperado el mango, la piña, el tamarindo, la guayaba, el icaco y el níspero.

Nicola puso la bolsa doblada en el centro.

Nos acostamos temprano.

La bolsa permaneció vacía durante la noche.