Capítulo 15
Durante julio medimos el agua.
Anotábamos cuántos vasos bebíamos y a qué hora aparecía la sequedad.
Al principio aumentamos la cantidad. Después comprobamos que no había relación.
La boca permanecía húmeda, la piel recuperaba su color al presionarla y ninguno mostraba los signos que conocíamos de la deshidratación.
Orinábamos con normalidad. El peso no cambiaba.
La sequedad comenzaba después del agua.
Podíamos sentir el frío, el volumen y el movimiento de la garganta. Mientras bebíamos no faltaba nada. La ausencia aparecía al bajar el vaso, en el lugar donde el cuerpo debía confirmar que había recibido suficiente.
Nicola llegó a beber tres litros en un día. La cifra no modificó la sensación. A la mañana siguiente volvió a la cantidad habitual.
3 de agosto de 2015, 9:17 p. m.
La boca está húmeda. Bebí once vasos. La sequedad comienza detrás del agua.
No hablamos con un médico. No había un síntoma que pudiéramos describir sin convertirlo en otra cosa. Tampoco queríamos recibir la recomendación de beber lo que ya habíamos comprobado que no llegaba al lugar ausente.
En agosto llovió casi todas las tardes.
Una tormenta nos sorprendió al salir de la biblioteca.
El agua cayó con suficiente fuerza para borrar los edificios al otro lado de la calle.
Corrimos hasta el automóvil, pero llegamos empapados.
Nicola se sentó al volante con la camisa adherida al pecho y gotas en las pestañas.
Yo podía sentir el agua dentro de los zapatos y la tela fría sobre los muslos.
Nos reímos. La lluvia era tan excesiva que durante unos segundos no permitió ninguna otra reacción.
Cuando cerramos las puertas, la risa terminó. La sequedad seguía allí.
No anulaba el placer. Lo dejaba sin consecuencia.
La primera visita al árbol después del níspero ocurrió a finales de julio. Nicola fue solo. Regresó antes de lo habitual y dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Pasó algo? —pregunté.
—No.
Esperé.
—Nada —añadió.
Antes del níspero, la ausencia de un prodigio visible no había significado ausencia. Con el icaco, Nicola podía sentarse bajo las ramas y percibir una intimidad que no necesitaba respuesta. Regresaba sin información, pero su cuerpo conservaba la señal de haber estado ante algo.
Esa noche no conservaba ninguna.
—¿El árbol estaba igual? —pregunté.
—Sí.
—¿Y tú?
Nicola se quitó la camisa mojada en la espalda y la dejó sobre una silla.
—También.
Fue otra vez dos días después.
Permaneció más de tres horas. No llevó el cuaderno, no midió el tiempo y no intentó provocar una respuesta. Se sentó, escuchó el tránsito, recibió el peso del aire y dejó que los insectos recorrieran sus brazos. El icaco seguía permitiéndole percibirlo todo sin buscarlo.
Nada de eso llegó más lejos que la percepción.
Cuando regresó, tenía una picadura inflamada cerca de la muñeca y tierra en los pantalones. La visita había ocurrido. No había llegado a ninguna parte.
Lo acompañé la semana siguiente.
El terreno estaba húmedo. Una rama baja había perdido varias hojas durante la tormenta y una tabla nueva cubría la ventana que había empezado a abrirse.
Nos sentamos en el mismo lugar de mayo. Sentí el contacto de la tierra a través de la ropa, el zumbido de los mosquitos y la respiración de Nicola.
El cuerpo permanecía abierto a cada estímulo.
Esperé la intimidad que había percibido entre él y el árbol.
No apareció.
El tronco estaba frente a nosotros. Las ramas se movían con el viento. Nicola no había perdido la capacidad de recibirlas. Lo que había desaparecido era la impresión de que recibirlas bastaba.
Al oscurecer se levantó sin decir nada.
—¿Quieres quedarte? —pregunté.
El deseo de permanecer y el de marcharse aparecieron en su rostro sin cancelarse. Miró el suelo, esperó hasta que el cuerpo dejó de exigir una respuesta y comenzó a caminar hacia el automóvil.
Lo seguí.
El níspero no eliminó la estabilidad de la piña.
Nicola continuó trabajando con una precisión que sus empleados confundían con serenidad.
En septiembre resolvió un problema presupuestario que amenazaba con reducir los horarios de la biblioteca.
Rehízo las cifras, habló con la administración y consiguió mantener los turnos sin despedir a nadie.
El personal organizó un almuerzo para agradecérselo.
Llegué al final. Habían colocado dos mesas juntas en una sala de reuniones y una empleada sostenía un pastel sobre el que habían escrito el nombre de Nicola con letras azules.
Él escuchó los agradecimientos, cortó las porciones y recordó quién no podía comer nueces. Sonrió cuando correspondía. No fingía.
Después, en el estacionamiento, permaneció dentro del automóvil sin encenderlo.
—Lo hiciste bien —dije.
—Sí.
—Están agradecidos.
—Lo sé.
—¿No sientes nada?
El cuello se le endureció apenas intentó buscar.
Esperamos. Cuando la tensión cedió, Nicola negó con la cabeza.
—Siento lo que ocurrió —dijo—. No siento haber llegado a ello.
Encendió el automóvil.
La eficacia permanecía. Había perdido el descanso que debía seguirla.
En el laboratorio me ocurrió algo semejante.
Terminé la digitalización de una colección de retratos familiares que abarcaba casi sesenta años.
En las primeras imágenes aparecía una niña frente a una casa de madera.
En las últimas, la misma mujer estaba sentada en una habitación de hospital, con el cabello blanco y las manos cubiertas por una manta.
Ordené las fotografías por fecha. Corregí las orientaciones, preservé los bordes dañados y añadí los nombres que la familia había podido identificar.
La secuencia era continua. Podía seguir los cambios del rostro, las casas y la ropa.
Sabía que se trataba de la misma mujer porque los metadatos, las inscripciones y las personas que habían entregado la colección lo confirmaban.
No encontraba dentro de las imágenes el tiempo que las unía.
La guayaba ya me había mostrado que una fotografía no garantizaba continuidad. El níspero retiró la pequeña satisfacción que antes producía conservar la prueba. Terminé el catálogo, hice las copias de seguridad y devolví los originales. Todo estaba a salvo. Nada había regresado.
La nieta de la mujer vino a recoger las cajas. Revisó varias imágenes en el monitor y se detuvo ante una fotografía desenfocada.
—Así movía la mano cuando hablaba —dijo.
La imagen no permitía comprobarlo. Conservé la observación en la ficha porque ella la había recibido de otro lugar.
Cuando se marchó, abrí la carpeta una vez más. La mano seguía borrosa. Cerré el archivo.
Las fotografías de Nicola también empezaron a acumularse.
Había una frente al árbol, otra en la biblioteca, varias en la cocina y una serie tomada durante la tormenta, cuando esperaba dentro del automóvil con el cabello mojado.
Podía ordenarlas por fecha y reconocer qué había ocurrido antes y después.
No conseguía recuperar la forma exacta en que su presencia había ocupado ninguno de aquellos momentos.
Continué fotografiándolo.
Dejar de hacerlo habría convertido la insuficiencia de las imágenes en una razón para no conservar nada. Mi oficio nunca había prometido devolver lo perdido. Esa promesa la había añadido yo.
En octubre, la sequedad se volvió constante.
Ya no aparecía solo después de beber o terminar una tarea.
Estaba al despertar, antes de que ocurriera algo capaz de satisfacerla.
Dormíamos siete u ocho horas y el cuerpo reconocía el descanso: los músculos respondían, la vista estaba clara, el pensamiento podía sostener el trabajo. Faltaba la sensación de haber dormido.
Comíamos y dejábamos de tener hambre. El estómago se llenaba. Los sabores presentes seguían siendo precisos y podían recordarse después. Nada alcanzaba el lugar que el níspero había abierto.
Hacíamos el amor. El deseo aparecía, el placer ocurría y los cuerpos terminaban.
Después permanecíamos juntos, respirando con normalidad, sin recibir el descanso que antes seguía a la cercanía.
No era insatisfacción con el otro. Tampoco ausencia de placer.
Era la imposibilidad de utilizarlo como prueba de que habíamos llegado a un lugar común.
Una noche Nicola se levantó poco después y fue a la cocina. Lo encontré bebiendo agua sin encender la luz.
—¿Quieres estar solo? —pregunté.
—No.
Me quedé a su lado. No lo abracé para corregir nada. Apoyé la espalda contra el fregadero y escuché cómo llenaba otra vez el vaso.
—¿Todavía quieres estar conmigo? —pregunté.
La pregunta salió antes de que pudiera convertirla en una demanda. Nicola dejó el vaso.
—Sí.
La respuesta era verdadera. Mi cuerpo no produjo alivio.
—¿Y tú? —preguntó.
—Sí.
Él tampoco pareció consolado.
Regresamos a la cama. La falta de confirmación no modificó ninguna de las dos respuestas.
Desde fuera, nuestra vida se volvió más tranquila.
Ya no discutíamos por las visitas al árbol.
Nicola no necesitaba defenderlas y yo no intentaba utilizarlas para medir mi lugar.
Continuábamos alternando entre los dos apartamentos, aunque pasábamos la mayor parte de las noches en el suyo.
Preparábamos comida, pagábamos cuentas y avisábamos cuando llegaríamos tarde.
Las acciones no producían seguridad. Aun así, ocurrían.
Los diarios de Nicola comenzaron a espaciarse.
Después del mango había escrito casi todos los días.
Durante la piña, las entradas se habían vuelto informes.
El tamarindo las llenó de contradicciones; la guayaba, de cuerpos que no coincidían con los nombres.
Con el icaco había registrado lo que llegaba sin pedirlo.
El níspero retiró incluso la recompensa de registrar.
En noviembre escribió tres veces.
8 de noviembre de 2015, 6:52 p. m.
Dos horas bajo el árbol. Viento del este. Un perro ladró detrás del edificio. La corteza estaba fría.
No añadió qué había sentido. La enumeración terminaba sin una frase que la reuniera.
A finales de ese mes sacó las fotocopias del cuaderno botánico. Las extendió sobre la mesa y volvió a leer la advertencia de 1976.
No deben comerse a menos que se desee llegar al Jardín del Paraíso.
La palabra Paraíso permaneció bajo la lámpara.
—¿Todavía quieres llegar? —pregunté.
Nicola no respondió de inmediato. No intentó encontrar una voluntad única. Esperó mientras las otras palabras de la página perdían nitidez bajo su mirada.
—No sé qué parte de mí podría llegar —dijo.
—La que ha comido las frutas.
—Esa parte tampoco siente que llegar sea una recompensa.
Tocó el borde de la fotocopia, no la advertencia.
—¿Entonces dejarías de volver?
—No.
La respuesta no contenía entusiasmo. Eso la volvió más difícil de discutir.
El deseo del Paraíso había perdido su promesa. Nicola continuaba orientado hacia el árbol.
En diciembre llegó un frente frío. Durante varias noches la temperatura descendió lo suficiente para que cerráramos el balcón.
Nicola siguió visitando el terreno. Llevaba una chaqueta y regresaba con las manos frías.
El árbol tenía menos hojas; algunas ramas parecían más largas contra el cielo despejado.
Una tarde encontré una flor amarilla sobre la alfombra del automóvil. Había quedado adherida a la ropa de Nicola y se había desprendido al sentarse. Los bordes empezaban a oscurecerse.
La observamos durante la cena. La flor se marchitó como cualquier otra. A la mañana siguiente los pétalos estaban blandos y uno se había separado del cáliz.
—Solo las frutas —dije.
Nicola asintió.
Tiró la flor a la basura.
No toda cosa procedente del árbol estaba protegida de la pérdida.
El invierno no corrigió la sequedad. El aire exterior podía estar frío y seco o cargado de humedad.
El cuerpo registraba ambas condiciones sin confundirlas con lo que faltaba.
Nos acostumbramos a no beber de más. Llenábamos el vaso cuando teníamos sed y lo dejábamos vacío aunque la confirmación no llegara.
En enero acompañé a Nicola al Garden Club una noche sin flores visibles.
El edificio estaba completamente oscuro. La tabla de la ventana se había soltado otra vez y golpeaba el marco cuando cambiaba el viento. Nos sentamos cerca del tronco. La tierra estaba dura en la superficie. Nicola llevaba guantes, pero se quitó uno y apoyó la mano sobre el suelo.
Permanecimos allí casi dos horas.
El icaco mantuvo abiertos los sentidos: la presión del frío en los dedos, el ruido de la tabla, un avión que cruzó detrás de las ramas y el olor tenue de la corteza. Nicola no exigió respuesta. Yo tampoco esperé que su atención regresara hacia mí.
El árbol no produjo intimidad ni rechazo. Estuvo allí.
Cuando Nicola retiró la mano, tenía tierra debajo de las uñas. La limpió contra el pantalón y se puso el guante.
—¿Nos vamos? —pregunté.
Empezó a caminar.
En el apartamento calentamos una sopa que había quedado del día anterior. La comida estaba caliente y tenía suficiente sal. Terminamos los dos platos.
No nos consoló.
Nicola los lavó. Yo los sequé.