Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 14
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Capítulo 14

Abrimos el níspero el sábado siguiente.

Durante siete días no perdió una décima de gramo. La gota blanca del pedúnculo conservó su volumen y no se volvió transparente. El recipiente permaneció a temperatura ambiente, lejos de la luz directa. Cada mañana lo fotografiábamos antes de salir y cada noche comprobábamos el peso.

El viernes Nicola pidió que no cenáramos tarde.

Quería que el sabor de otra comida no interfiriera con las observaciones.

Preparó dos fichas idénticas con espacios para aroma, textura, dulzor, acidez y persistencia.

Después del icaco, sabía que no podríamos obligarnos a responder, pero todavía confiaba en que podríamos escribir mientras comíamos.

A las once de la mañana del sábado retiramos el recipiente.

La piel cedió bajo el cuchillo con un sonido leve.

La pulpa era de un color marrón rojizo, más oscuro cerca del centro.

Encontramos cinco semillas negras, lisas y aplanadas, cada una con una pequeña punta clara.

Nicola las extrajo con los dedos y revisó las cavidades para asegurarse de que no quedaran fragmentos.

—Estas son las que cortan —dijo.

Colocó una semilla sobre el plato. La punta produjo un chasquido contra la cerámica.

Retiramos la piel y raspamos la pulpa adherida a su cara interna. La parte comestible pesó ciento veintiocho gramos y seis décimas. Dividimos dos porciones de sesenta y cuatro gramos y tres décimas.

El olor era tenue. Anoté azúcar morena y fruta madura. Nicola escribió malta, pera y tierra húmeda. Las palabras no coincidían por completo, pero aún no habíamos mordido.

Encendí la cámara. Nos sentamos frente a los platos.

—Al mismo tiempo —dijo Nicola.

Cada uno tomó un fragmento. La pulpa se deformó entre los dedos sin soltar jugo. La llevamos a la boca y mordimos.

La primera sensación fue el grano. No eran fibras ni cristales, sino una materia fina que cedía y permanecía a la vez entre la lengua y el paladar. Después llegó la dulzura, oscura y uniforme, sin la acidez que había esperado por el olor.

Nicola cerró los ojos.

—Sí —dijo.

—¿Qué?

—Es níspero.

Pronunció el nombre con una certeza que no había tenido frente a las fotografías. Escribió algo en su ficha y continuó comiendo.

Yo anoté caramelo, pera demasiado madura y una aspereza leve cerca de la piel.

El sabor permanecía mientras masticaba, pero desaparecía con rapidez después de tragar.

Tomé otro fragmento para comprobarlo. La segunda vez me pareció encontrar una nota de cereal tostado. La añadí debajo de las anteriores.

Comimos lentamente. La pulpa no producía ardor, saciedad ni rechazo. Terminamos nuestras porciones en menos de diez minutos y revisamos los platos con la lámpara. Nicola recogió un resto del tamaño de una semilla de arena. Yo no encontré ninguno en el mío.

Registramos la hora del último bocado.

No ocurrió nada.

Permanecimos sentados durante media hora. El pulso, la temperatura y la respiración no cambiaron. No apareció ninguna tensión nueva al hablar ni una alteración de los límites corporales. Nicola guardó las semillas y la piel. Yo apagué la cámara.

Cuando empezamos a completar las fichas, señaló mis notas.

—¿Era más parecido a la pera o al caramelo?

Leí ambas palabras.

—No sé.

—Lo acabas de comer.

—Lo sé.

Cerré los ojos. Recordaba el peso del fragmento en la mano, la forma en que se había hundido bajo los dientes y el movimiento de la lengua para apartar la materia granulosa.

Podía verme escribiendo caramelo. No conseguía producir en la boca ninguna de las sensaciones que habían dado origen a la palabra.

El esfuerzo endureció la base de la lengua, la respuesta que ya conocíamos por el icaco. Dejé de buscar. La tensión cedió. El sabor tampoco regresó.

Recordaba haber localizado la aspereza cerca de la piel. El lugar estaba disponible. La sensación no.

—Intenta tú —dije.

Nicola leyó su ficha.

—Escribí malta.

—¿La recuerdas?

Se llevó la lengua al paladar. Después negó.

La mandíbula se le había endurecido. Esperamos hasta que volvió a aflojarse.

—Recuerdo que era dulce.

—Yo también.

—Pero no recuerdo la dulzura.

El icaco nos había enseñado a desconfiar del esfuerzo. Dejamos las fichas y hablamos de otra cosa. Lavamos el cuchillo, cubrimos las semillas y guardamos la balanza. Esperamos que el sabor regresara mientras realizábamos acciones que no lo buscaban.

No regresó.

Al mediodía preparamos café. Podía recordar el amargor del primer sorbo después de apartar la taza. Nicola distinguió que había utilizado más agua de la habitual. La memoria del gusto continuaba funcionando.

Recordé también el mango: la dulzura fermentada de la porción que tuve que terminar y el olor que había salido de mi propia piel.

La piña volvió como ardor en las comisuras.

El tamarindo produjo saliva antes de que encontrara una palabra.

Incluso el icaco apareció por un instante cuando dejé de comprobar si podía recordarlo.

El níspero no.

La ausencia no ocupaba toda la comida. Solo el sabor.

Conservábamos la secuencia completa: el corte, las cinco semillas, el peso, los primeros mordiscos, la frase de Nicola.

En la grabación podía verse el momento exacto en que cerró los ojos y dijo que era níspero.

Ninguno dudaba de que lo había reconocido.

Lo que había utilizado para reconocerlo ya no estaba disponible.

Nicola abrió su cuaderno.

11 de julio de 2015, 12:06 p. m.

Primer mordisco: grano fino. Malta. Pera madura. Tierra después de la dulzura.

Debajo, con la misma tinta, añadió:

12:41 p. m. Leo lo anterior. Sé cuándo lo escribí. La boca no confirma ninguna palabra.

Por la tarde repetimos las pruebas sin llamarlas pruebas.

Caminamos, vimos una película y salimos al balcón.

En otros momentos el icaco había permitido que aquello que no buscábamos apareciera de forma inesperada.

Esta vez no hubo un regreso breve mientras abríamos una puerta ni una impresión gustativa al beber agua.

Nicola intentó recordar si el fruto del árbol se parecía a los nísperos que había comido en Venezuela. Conservaba escenas: una bolsa de papel, semillas reunidas en un plato, la advertencia de no morderlas. No pudo comparar los sabores.

—Tal vez todos eran así —dijo.

—¿Así cómo?

Miró su ficha.

—Como dice aquí.

Las palabras habían pasado a ser evidencia de una experiencia que ya no podían producir.

Esa noche revisé las fotografías. La pulpa aparecía húmeda bajo la luz de la lámpara.

En una imagen, Nicola sostenía un fragmento cerca de la boca.

En otra, mi plato estaba casi vacío. Los archivos conservaban el color, la cantidad y la hora.

Podía ampliar la superficie granulosa hasta distinguir pequeñas variaciones de tono. Ningún aumento devolvía el sabor.

Al día siguiente las semillas y la piel continuaban intactas. Las acercamos a la nariz. Conservaban un olor dulce y terroso que ambos percibimos. El estímulo presente no llenó el lugar de la experiencia perdida. Olíamos lo que quedaba fuera y sabíamos que no era lo que habíamos comido.

Durante la semana repetimos la pregunta a distintas horas. Al principio intentábamos buscar antes de responder y el icaco tensaba la lengua o la mandíbula. Después aprendimos a no comprobar nada.

—¿Lo recuerdas?

—No.

La respuesta llegaba sin esfuerzo. No producía alivio.

No aparecieron otras alteraciones evidentes.

Dormíamos, trabajábamos y comíamos con normalidad.

Nicola dirigía la biblioteca sin dificultad.

Yo terminaba las restauraciones y cumplía los plazos.

El mango seguía mostrando el instante previo a ciertos gestos; la piña conservaba la estabilidad; el tamarindo no había reconciliado nuestros deseos contrarios; la guayaba había dejado nuestros nombres menos ajustados; el icaco continuaba impidiendo que la voluntad obtuviera una respuesta por la fuerza.

Nada de eso había desaparecido.

Lo primero que cambió fue la sensación posterior.

Una tarde terminé una colección que llevaba varias semanas digitalizando. Revisé la última ficha, cerré la carpeta y envié el informe. El trabajo estaba completo. Esperé la disminución de tensión que siempre seguía a una tarea terminada.

No llegó.

No me sentía preocupado por un error ni deseaba revisar los archivos. Sabía que había terminado. El cuerpo no produjo la señal de haber llegado al final.

Esa noche Nicola cocinó. Comimos, lavamos los platos y nos sentamos en el balcón. La comida había sido suficiente. Ninguno tenía hambre. Sin embargo, después del último bocado había quedado una abertura difícil de localizar, como si el acto de alimentarnos hubiera concluido sin alcanzar su destino.

—¿Tienes sed? —pregunté.

—No exactamente.

Fui a la cocina y llené un vaso.

El agua estaba fría. Sentí su temperatura en la lengua, el movimiento de la garganta y el descenso por el pecho. Bebí hasta vaciarlo.

Mi cuerpo registró cada parte del agua.

No registró haber recibido nada.

Volví a llenar el vaso. Nicola me observó desde la puerta y sirvió agua para él.