Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 13
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Capítulo 13

La dejó sobre la mesa junto al cronómetro, unas tijeras de poda y la cámara. También había comprado una tabla ancha para colocar bajo la escalera si la tierra seguía blanda.

—No sabemos cuántas aparecerán —dije.

—El año pasado quedó una.

—Podrían aparecer otras.

Nicola miró la bolsa. Durante unos segundos pareció dispuesto a buscar más. La antigua necesidad de anticipar todas las posibilidades seguía en él; el mango nos permitía verla. Después dobló una segunda bolsa y la guardó en un bolsillo lateral del equipo.

—Si hace falta —dijo.

No convirtió la previsión en certeza.

Llegamos al Garden Club antes de las seis. La tierra se había secado y no necesitamos la tabla. Dejamos la escalera cerca del edificio, sin abrirla. Nicola revisó las tijeras y volvió a guardarlas. Después se sentó bajo el árbol.

Yo tomé varias fotografías mientras todavía había luz. El tronco, las ramas, el frente del edificio. En una de ellas Nicola aparecía sentado de perfil, con las manos sobre las piernas y la bolsa vacía a su lado. No le pedí que mirara hacia mí.

Durante la tarde pasaron dos automóviles por el borde del terreno y una familia cruzó el césped para acortar camino hacia Hollywood Boulevard.

Nadie se detuvo. El edificio parecía más abandonado que el año anterior.

Una de las tablas de una ventana se había separado del marco y las plantas cubrían parte del acceso lateral.

El árbol, en cambio, conservaba flores nuevas.

A las siete y media comimos los sándwiches que habíamos llevado. Nicola no habló de la fruta. Yo tampoco. El icaco hacía difícil utilizar la conversación para disminuir la espera. Escuchamos el tránsito, los insectos y las primeras detonaciones aisladas.

Cuando oscureció, encendí la cámara y comprobé la batería. Nicola colocó el cronómetro sobre la tierra, entre los dos, para que pudiéramos verlo sin sostenerlo. La escalera permanecía plegada.

—¿Crees que estará en la misma rama? —pregunté.

Nicola levantó la vista hacia el lugar donde el fruto marrón había desaparecido de su mano el año anterior.

—No intento creer nada.

La respuesta habría parecido evasiva antes del icaco. Esa noche era exacta.

Los fuegos artificiales aumentaron después de las nueve. El aire traía olor a pólvora desde varios puntos de la ciudad. Una explosión iluminó el edificio; otra dejó visible durante un instante la parte inferior de las nubes. Las pausas se acortaron hasta que los sonidos comenzaron a superponerse.

Sentí primero el cambio del aire sobre los antebrazos.

Las ramas descendieron.

Nicola activó el cronómetro. Yo levanté la cámara.

En el árbol había una sola fruta.

Colgaba de la misma zona alta que habíamos intentado alcanzar en 2014, pero la rama se había inclinado mucho más esta vez.

El fruto quedó a la altura del rostro de Nicola: redondo, marrón, de piel mate y ligeramente áspera.

No vimos la guayaba, el tamarindo ni el icaco.

Tampoco reaparecieron el mango o la piña.

Entre las flores amarillas, aquella única forma oscura parecía más pesada de lo que podía sostener el pedúnculo.

—Níspero —dijo Nicola.

—Sapodilla.

Nos miramos.

—En Venezuela es níspero.

—Aquí también he oído chicozapote.

El cronómetro marcaba veintisiete segundos.

Nicola sostuvo la fruta mientras yo cortaba el pedúnculo. Salió una gota blanca que permaneció adherida a la hoja de las tijeras. La fruta cayó unos centímetros dentro de su mano. No ocurrió nada más.

La colocó en la bolsa.

Habían transcurrido treinta y seis segundos.

Esperamos.

Revisé las ramas por medio del lente. El enfoque atravesaba las flores y se detenía en las hojas. No apareció ninguna forma nueva. Nicola rodeó el tronco sin tocarlo. Yo cambié de posición para examinar la parte de la copa que el edificio ocultaba.

Al cumplirse el primer minuto, el árbol seguía vacío.

—Tal vez no las vemos porque ya comimos las otras —dije.

Nicola no respondió. Miraba la zona donde había estado el níspero.

En el segundo minuto bajé la cámara. No quedaba nada que fotografiar salvo el árbol durante su intervalo. Las ramas permanecían inclinadas, como si aún sostuvieran un peso distribuido entre ellas. Las flores temblaban con cada detonación.

Nicola se situó a mi lado.

La bolsa estaba en el suelo, entre nuestros pies. La fruta ya no pertenecía a los tres minutos; continuaría existiendo cuando el plazo terminara. Nosotros seguíamos dentro.

El cronómetro marcó dos minutos y treinta segundos.

Ninguno se movió. No había una segunda fruta que buscar ni una decisión urgente que tomar. Por primera vez, el tiempo del prodigio nos sobraba.

Observé los últimos números descender. A los dos minutos y cincuenta segundos, Nicola contuvo la respiración. Lo advirtió y dejó de corregirla. El aire salió por sí solo.

Cuando se cumplieron los tres minutos, las ramas se elevaron.

El movimiento fue lento y simultáneo. Los espacios entre las flores recuperaron la forma que habían tenido durante el día. El árbol volvió a ocupar su altura habitual. No desapareció nada porque ya habíamos cortado lo único que había aparecido.

Nicola apagó el cronómetro.

Las explosiones continuaron. Al otro lado de Hollywood Boulevard alguien gritó después de un estallido especialmente fuerte. Un automóvil pasó con las ventanas abiertas y música suficiente para hacer vibrar una pieza suelta del edificio.

Abrimos la bolsa.

El níspero no mostraba alteraciones. La gota blanca del pedúnculo seguía inmóvil. Nicola lo sostuvo bajo la linterna y recorrió la piel con el pulgar.

—En las fotografías parecía más pequeño —dije.

—Estaba más lejos.

—También era otro año.

Nicola dejó de mover el dedo.

No podíamos establecer si se trataba del mismo fruto que había aparecido dos veces sin ser recogido o de otro producido en su lugar. Las imágenes de 2013 y 2014 solo registraban una forma marrón entre las ramas. No había marcas suficientes para compararlas.

—Ya no queda ninguna de las que vimos la primera noche —dije.

—Queda esta.

—Después de comerla.

Nicola miró hacia el árbol.

—Después de comerla, no sabemos.

Guardó la fruta y cerró la bolsa.

No recogimos inmediatamente el equipo. Permanecimos junto al edificio mientras disminuía el estruendo. En los años anteriores nos habíamos marchado con la urgencia de proteger varias frutas. Esa noche solo teníamos una, y sabíamos que no se deterioraría. No había razón material para apresurarnos.

Nicola se sentó otra vez bajo las ramas. Yo me quedé de pie durante unos minutos y después ocupé el lugar a su lado.

—¿Esperabas algo más? —pregunté.

La pregunta salió sin tensión.

—Sí —dijo.

Esperé que continuara.

—También esperaba solamente esto.

El tamarindo permanecía en él. El icaco le permitió dejar las dos respuestas sin corregir.

Regresamos al apartamento cerca de la medianoche.

Colocamos el níspero sobre el papel blanco que utilizábamos desde el mango.

Pesaba ciento setenta y cuatro gramos y ocho décimas.

Medimos el diámetro, fotografiamos el pedúnculo y ampliamos la gota de látex sin tocarla.

A los pocos minutos Nicola encontró una imagen que confirmaba la especie: Manilkara zapota.

En inglés, las fuentes locales usaban sapodilla. Algunas añadían chicozapote. Nicola escribió níspero en la parte superior de la ficha y debajo copió los otros dos nombres.

—El níspero de aquí puede ser otra fruta —dije.

—Por eso no lo pediría en inglés.

—¿Lo comías en Venezuela?

—Sí. La pulpa es granulosa. Las semillas son negras y tienen una punta que corta si uno no la ve.

Pronunció la descripción sin nostalgia, como había dicho araguaney la primera vez que estuvimos frente al árbol. El fruto no necesitaba haber llegado desde Venezuela para pertenecer a su memoria. En Florida había aprendido otros nombres antes de que nosotros lo recogiéramos.

Decidimos no abrirlo esa noche. Después de la guayaba y el icaco, queríamos disponer de varios días sin obligaciones. Nicola propuso el fin de semana siguiente. Yo revisé el calendario y asentí.

Cubrimos la fruta con el recipiente transparente.

La cocina ya no contenía ninguna otra porción comestible de las cosechas anteriores. Permanecían las fichas, las fotografías, la corona de la piña, los huesos y las semillas, pero solo el níspero conservaba intacto aquello que tendríamos que llevarnos a la boca.

En la primera fotografía del árbol habíamos contado seis frutas. Cinco ya no volvían a aparecer.

La sexta esperaba sobre la mesa.