Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 12
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Capítulo 12

Comimos el icaco el primer domingo de abril.

Había pasado nueve meses en el recipiente sin perder peso ni modificar el brillo de la piel.

Era más pequeño que una ciruela y casi todo su volumen correspondía a la semilla.

Nicola hizo un corte alrededor del centro, separó la pulpa en dos partes y raspó con una cuchara lo que permanecía adherido al hueso.

Reunimos dieciocho gramos y seis décimas de materia comestible.

La cantidad parecía insuficiente para dividirla sin dejar restos.

Nicola colocó dos platos sobre la balanza y trasladó la pulpa en porciones mínimas hasta que ambos marcaron nueve gramos y tres décimas.

Añadió a cada uno la mitad de la piel. Revisamos el hueso bajo la lámpara.

No quedaban fibras que pudiéramos retirar.

—Será rápido —dije.

Nicola miró los platos.

—Eso no significa que sea breve.

Tomó la pulpa con la cuchara y cerró los dientes sobre ella.

Hice lo mismo. El sabor era suave, ligeramente dulce, con una aspereza que permaneció en la lengua.

Terminamos en menos de un minuto. Nicola pasó el dedo por su plato y se llevó la última mancha a la boca.

Yo revisé el mío con la luz lateral antes de declarar completa la porción.

Anotamos las horas de los primeros mordiscos y guardamos la semilla junto con la piel que había quedado alrededor del pedúnculo. Después esperamos.

Durante las primeras dos horas comprobamos la temperatura, el pulso y la percepción de los bordes corporales. Nicola leyó en voz alta una página del cuaderno. Yo caminé por el apartamento, cerré los ojos y reconocí los objetos mediante el tacto. No encontramos ninguna alteración.

Al mediodía comimos. Por la tarde vimos una película. Nicola la detuvo dos veces para preguntarme si sentía algo diferente.

—No —respondí.

Él tampoco.

A las ocho habíamos empezado a aceptar que el icaco no produciría nada. La posibilidad no nos decepcionó. Después de la guayaba, una fruta sin consecuencias podía ser una forma de descanso.

Nicola guardó la balanza y limpió la mesa.

Antes de acostarse se sentó en el borde de la cama y respiró lentamente, como hacía cuando quería reconocer un cambio antes de anotarlo.

En la tercera inhalación levantó los hombros.

En la quinta, los músculos del cuello formaron dos líneas duras junto a la clavícula.

—Estás tenso —dije.

—Intento respirar con regularidad.

—Deja caer los hombros.

Nicola obedeció. Los hombros descendieron, pero la mandíbula se cerró.

—No puedes relajarte —dije.

Me miró con irritación. Al intentar corregir la expresión, las manos se cerraron sobre la sábana.

—No hagas nada —añadí.

La frase empeoró todo.

Nicola se levantó y caminó hasta la cocina. Lo seguí. Pensé que la tensión podía ser una reacción tardía o el comienzo de algo parecido a la inmovilidad de la guayaba. Tomé el tensiómetro. Mientras ajustaba la banda alrededor de su brazo, noté que mi propio abdomen estaba contraído.

—Tranquilo —dijo Nicola.

Intenté aflojarlo. La contracción subió hasta el pecho.

Nos quedamos mirándonos. Ninguno estaba asustado hasta que quiso dejar de estarlo.

Retiré el tensiómetro sin completar la medición.

Nicola se apoyó contra el fregadero. Hablamos de otra cosa: de la película, de una lámpara que debía cambiarse, de si quedaba café para la mañana.

A los pocos minutos sus hombros habían descendido.

Mi respiración volvió a ocupar el abdomen sin que la dirigiera.

—Ahora —dije.

La nuca de Nicola se tensó de inmediato.

No hicimos más pruebas esa noche.

Apagué la luz y traté de dormir. Cada vez que acercaba la atención a la respiración, el aire se detenía cerca de la garganta.

Si procuraba dejar la mente vacía, aparecían frases completas y una presión detrás de los ojos.

Cambié de posición, conté hacia atrás y recorrí el cuerpo desde los pies.

Al llegar a las rodillas, tenía las piernas rígidas.

Nicola seguía despierto.

—No intentes dormir —dije.

—Eso es otra manera de intentarlo.

Tenía razón.

Me levanté y fui al balcón. Un automóvil permanecía encendido en la calle. Escuché el motor, una conversación en el edificio vecino y el roce de mi camiseta contra la espalda. Dejé de esperar el sueño porque ya no estaba en la habitación y no había nada que conseguir allí.

Desperté al amanecer, todavía sentado en la silla del balcón.

Nicola dormía en la cama.

No recordaba haber regresado. Él tampoco pudo decir en qué momento había dejado de vigilarse. El sueño había llegado cuando ninguno estaba disponible para producirlo.

A la mañana siguiente tratamos de recordar el sabor del icaco.

Nicola cerró los ojos. A los pocos segundos se llevó una mano a la garganta. Yo busqué la dulzura leve y la aspereza que había anotado. La lengua se endureció contra el paladar y apareció un gusto metálico que no pertenecía a la fruta.

Abandonamos el intento.

Mientras lavaba las tazas, el sabor regresó durante un instante. No fue una imagen ni una descripción. La boca reconoció la pulpa con exactitud y la perdió antes de que pudiera retenerla.

—Acabo de recordarla —dije.

—¿Cómo era?

Quise recuperarla para responder. La mandíbula se cerró.

Nicola tomó el cuaderno y anotó lo ocurrido. Después intentó describir su propia experiencia. Apretó tanto el lápiz que la punta atravesó el papel.

Dejó la página sobre la mesa.

Horas más tarde encontré dos líneas debajo del desgarro.

6 de abril de 2015, 10:14 a. m.

Quise escribir. Dolor en los dedos.

Dejé el lápiz. La frase llegó mientras hervía el agua.

Durante esa semana la relación se repitió con suficiente precisión para que dejáramos de atribuirla a la espera.

Si Nicola intentaba serenarse antes de una reunión, el cuello se endurecía.

Si yo buscaba una palabra, la lengua parecía demasiado grande para la boca.

Cuando tratábamos de iniciar una conversación necesaria, el pecho se tensaba antes de la primera frase.

No bastaba con hacer lo contrario.

Podíamos sentarnos con la intención de permitir que una respuesta apareciera y el cuerpo reconocía el propósito. La espera se convertía en otra orden. Respirar sin dirigir la respiración también era imposible si lo hacíamos para obtener calma.

El icaco distinguía la renuncia de la estrategia.

Aprendimos mediante cansancio. Dejábamos una tarea no para resolverla mejor, sino porque ya no podíamos continuar.

Entonces la acción necesaria aparecía a veces sola: una palabra mientras abríamos una puerta, el sueño en una silla, una decisión al escuchar el agua llenar un vaso.

No siempre llegaba lo que habíamos querido.

Llegaba lo que el cuerpo hacía cuando dejábamos de utilizarlo como instrumento.

La ropa empezó a pesar de otra manera.

Sentía la costura de la camisa sobre los hombros y el movimiento de las llaves contra el muslo al caminar.

El aire acondicionado del laboratorio producía zonas distintas de temperatura entre una mesa y otra.

Antes sabía que los ventiladores funcionaban; ahora podía seguir la corriente desde la rejilla hasta el dorso de las manos.

Los sonidos tampoco necesitaban que los buscara.

El escáner cambiaba de frecuencia antes de terminar una pasada.

Una rueda del carro de negativos rozaba el suelo cada siete vueltas.

Reconocía la respiración de mi compañero cuando se inclinaba sobre la mesa, aunque estuviera fuera de mi campo visual.

Una tarde trabajé con una fotografía dañada por humedad. Mostraba a una familia sentada frente a una pared clara. Una mancha atravesaba el rostro del niño más pequeño y ocultaba parte del ojo izquierdo. Abrí la copia de restauración y seleccioné una zona intacta del otro lado de la cara.

La muñeca se endureció antes de que tocara la imagen.

Apoyé la mano sobre la mesa. Quise decidir si la mancha debía desaparecer. La tensión subió al antebrazo.

Aparté la vista del monitor.

La fotografía original permanecía sobre una bandeja, protegida por una lámina transparente.

Vi el borde ondulado, las grietas de la emulsión y una anotación casi borrada en el reverso.

No sabía si la humedad había destruido el ojo o si la zona clara formaba parte de una exposición defectuosa.

Tampoco sabía qué expresión habría tenido el niño.

Durante años había tratado esas ausencias como problemas técnicos. Si había información suficiente alrededor, reconstruía la continuidad más probable. El resultado permitía mirar el rostro sin detenerse en el daño.

Esta vez cerré la herramienta de corrección.

Guardé una copia con los ajustes de luz y contraste. En la ficha escribí: Pérdida de información sobre el ojo izquierdo. No reconstruida. La mancha permaneció donde la fotografía la había recibido.

Mi supervisor revisó el archivo al día siguiente.

—Podrías completar esa parte —dijo.

Miré la pantalla. El cuerpo no se tensó.

—Podría inventarla.

Amplió la zona y comparó el otro ojo.

—Déjala —dijo.

No convertí aquello en una regla. Continué retirando polvo, corrigiendo dominantes de color y reparando daños cuando la información lo permitía. Pero dejé de suponer que toda mancha era un error que la imagen deseaba perder. Algunas grietas pertenecían ya a lo que había llegado hasta nosotros.

En el apartamento, los silencios se hicieron más largos.

Una noche Nicola se sentó junto a la ventana después de cenar. Había regresado tarde y todavía llevaba la camisa de la biblioteca. Lo vi mirar hacia la calle. La antigua urgencia apareció en mí: preguntar dónde había estado, qué pensaba, si su atención seguía conmigo.

—¿Qué…? —empecé.

La garganta se cerró sobre la segunda palabra.

Nicola volvió la cabeza. Esperó.

Negué con la mano. Recogí los platos y me senté frente a él. Durante varios minutos no ocurrió nada. Escuché el refrigerador, un televisor detrás de la pared y su respiración. No traté de reconocer en ella un estado de ánimo.

—Fui al árbol —dijo al fin.

No pregunté por qué.

—Llevé el cuaderno. No escribí.

Esperé otra vez.

—Al principio intenté no pedirle nada —continuó—. Era otra forma de pedir.

Se levantó, buscó el cuaderno y me mostró una página.

18 de abril de 2015, 7:08 p. m.

Fui para no pedir. También eso era una petición.

Después pasó un camión. Una flor cayó sobre mi zapato.

Nicola había dejado de registrar cuánto tiempo permanecía bajo el árbol. Tampoco anotaba el número de flores ni comparaba las ramas con fotografías anteriores. Algunas tardes llevaba el cuaderno y no lo abría. Otras llegaba sin nada en las manos.

Lo acompañé en mayo.

Nos sentamos cerca del tronco. La tierra conservaba humedad de una lluvia breve y atravesó la tela de mis pantalones.

Sentí el peso de la cámara dentro del bolso, pero no la saqué.

Una hormiga recorrió el dorso de mi mano.

Más allá del terreno, los automóviles avanzaban por Hollywood Boulevard con un ruido continuo que disminuía cuando cambiaba el semáforo.

Nicola no miraba fijamente las ramas. Mantenía los ojos abiertos, dirigidos hacia un punto impreciso entre el tronco y el edificio. Las manos descansaban sobre sus piernas. Cada cambio del aire movía primero las hojas más altas y llegaba después a su camisa.

Yo conocía su respiración durante el sueño, el trabajo, el miedo y el deseo. Bajo el árbol no correspondía a ninguno de esos estados. El cuerpo entero parecía recibir: la presión del suelo, los insectos, el viento y algo que yo no podía separar de esas cosas.

Quise preguntarle qué escuchaba.

La tensión apareció debajo de la lengua. No pronuncié la pregunta.

Permanecimos allí hasta que la luz disminuyó. Nicola no tuvo una revelación ni realizó ningún gesto que pudiera interpretar. Una flor cayó cerca de su rodilla. No la recogió.

Al levantarnos, puso una mano sobre mi hombro. El contacto llegó después de la decisión de marcharnos, sin que yo lo hubiera esperado. Caminamos hasta el automóvil.

En junio, Nicola comenzó a visitar el terreno varias veces por semana.

No abandonaba el trabajo ni cancelaba nuestros planes.

Algunas tardes elegía regresar al apartamento.

Otras iba al árbol. El tamarindo conservaba las voluntades contrarias; el icaco le impedía forzar una de ellas para acallar la otra.

Yo dejé de pedirle que llenara cada silencio. Si tardaba en responder, esperaba mientras pudiera hacerlo sin convertir la espera en una exigencia. A veces la respuesta no llegaba. Descubrí que una conversación podía terminar sin que la ausencia de palabras se transformara en abandono.

También empecé a percibir antes aquello que no estaba dirigido hacia mí.

Nicola podía tocarme, escuchar lo que decía y permanecer enteramente presente. Sin embargo, debajo de esa atención había una disponibilidad que no me pertenecía. No era el deseo impaciente de los meses posteriores al tamarindo. Era una apertura sin objeto visible, una forma de estar dispuesto.

La última semana de junio volvimos juntos al Garden Club. Algunas personas ya probaban fuegos artificiales antes de la fecha. Las explosiones llegaban desde barrios distintos y el sonido tardaba en apagarse entre una y otra.

Nos sentamos bajo las ramas. Nicola cerró los ojos cuando cambió el viento. No buscó mi mano ni se apartó cuando apoyé la mía cerca de la suya. Permanecimos así, separados por pocos centímetros.

Una detonación iluminó brevemente las ventanas del edificio. Nicola no abrió los ojos. El árbol tampoco produjo nada. Aun así, vi con claridad que su atención no estaba dirigida hacia mí.

No estaba ausente. Esa era la diferencia.

Hasta entonces había temido que el árbol me quitara a Nicola. Bajo aquellas ramas comprendí que la amenaza era más precisa: podía recibir de él algo que nunca había sido mío.