Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 11
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Capítulo 11

Los nombres no regresaron de una vez.

El mío empezó a acercarse el miércoles, cuando volví al laboratorio. La mujer de recepción lo dijo antes de verme y mi cuerpo se volvió hacia ella. No tuve que decidirlo. La respuesta ocurrió en los hombros, en el giro de la cabeza y en la mano que levanté para saludar.

—Pensé que seguías enfermo, Emilio.

—Ya estoy mejor.

La frase fue más exacta que la que había enviado dos días antes. No sabía si estaba mejor, pero podía volver a ocupar el lugar desde el que se esperaba esa respuesta.

Encontré mi mesa como la había dejado: los guantes dentro de una caja abierta, dos negativos pendientes y una ficha sin completar. En la esquina del monitor había una nota escrita por mi supervisor. Revisar bordes antes de cerrar. Reconocí mi letra en las correcciones que había hecho debajo.

Me puse los guantes y encendí el escáner.

La primera imagen era el retrato de una mujer delante de una casa.

El negativo tenía una grieta desde el borde superior hasta el hombro izquierdo.

La amplié, ajusté el contraste y retiré tres partículas de polvo.

Mis manos sabían cuánto aire podía aplicar sin desplazar la emulsión.

El oficio volvió primero a los dedos. Solo después comenzó a pertenecerme.

A media mañana pronunciaron mi nombre desde otra mesa y respondí sin demora.

Al mediodía lo leí en la etiqueta de un recipiente y no me pareció escrito para un desconocido.

Seguía sin reconocer al hombre de las fotografías como una forma anterior de mí, pero el nombre ya no necesitaba abarcar todo lo que había sido.

Bastaba para que alguien pudiera llamarme y yo eligiera responder.

Nicola regresó a la biblioteca el mismo día.

Llegó al apartamento después de las siete. Traía la corbata doblada en un bolsillo y una carpeta bajo el brazo. Dejó ambas cosas sobre una silla, bebió agua y permaneció frente al fregadero como si aún no hubiera terminado de llegar.

—¿Cómo fue? —pregunté.

—Dijeron mi nombre muchas veces.

—¿Funcionó?

Nicola pensó antes de contestar.

—Para ellos, sí.

Abrió el cuaderno.

14 de enero de 2015, 3:26 p. m.

Tres personas dijeron Nicola antes del almuerzo. La tercera vez me volví antes de ver quién hablaba.

Más abajo había escrito:

Director volvió después. Todavía queda holgado.

No me mostró ninguna otra anotación de aquella jornada.

Preparé algo de comer. Nos sentamos frente a frente y hablamos de los asuntos que habían ocurrido durante nuestra ausencia: una entrega atrasada en el laboratorio, una queja en la biblioteca, el automóvil de Nicola que necesitaba aceite.

Las palabras encontraron los objetos y los días. Evitamos hablar de nosotros.

Al acostarnos, Nicola extendió una mano hacia mí. La detuvo antes de tocarme.

—No sé si esto también tiene que regresar —dijo.

—No tiene que hacerlo esta noche.

Retiró la mano. Dormimos separados por menos de treinta centímetros. La distancia era pequeña y completa.

Durante los días siguientes recuperamos hábitos sin recuperar la seguridad que antes nos habían dado.

Yo preparaba café porque despertaba primero.

Nicola cerraba las puertas antes de acostarse.

La llave seguía en mi aro. El cuerpo reconocía cada acción, pero ninguna demostraba que debíamos continuar realizándola juntos.

El sábado llevé ropa a mi apartamento.

Nicola estaba en la cocina, ordenando las fichas de las frutas.

El recipiente con el icaco permanecía junto a la balanza.

La piel oscura no había perdido brillo. Los restos no comestibles de la guayaba seguían cubiertos en otro recipiente: piel, semillas y pedúnculo, sin larvas visibles y sin señales de deterioro.

—Voy a quedarme unos días en mi casa —dije.

Nicola dejó la ficha que sostenía.

—¿Quieres que vaya contigo?

La pregunta me produjo alivio y rechazo. El tamarindo conservaba ambas respuestas.

—No.

—¿Quieres devolverme la llave?

La toqué dentro del bolsillo. Podía distinguirla de las otras por una pequeña irregularidad cerca de los dientes.

—Tampoco.

Nicola asintió.

No preguntó si estaba abandonándolo. Yo no prometí regresar. Cualquier promesa habría utilizado a los hombres anteriores para decidir por nosotros.

Mi apartamento olía a encierro. Había una capa fina de polvo sobre la mesa y tres sobres bajo la puerta. La ropa que conservaba en el armario pertenecía a temporadas distintas de mi vida. Encontré una camisa que Nicola nunca había visto y me la puse al día siguiente.

La primera noche dormí once horas. Cuando desperté, no sentí que hubiera regresado a una identidad guardada allí. El lugar no había conservado una versión intacta de mí. Solo contenía objetos que podía reconocer sin obedecerlos.

Nicola llamó por la tarde.

—Voy al árbol —dijo.

No explicó por qué ni preguntó si quería acompañarlo.

—Está bien.

—¿Cómo estás?

Miré el apartamento antes de responder. La taza sobre la mesa, la ropa en una silla y la luz que entraba por las persianas no necesitaban que Nicola los viera para existir.

—Aquí.

—Yo también.

La frase me recordó la primera noche de la guayaba. Esta vez cada voz ocupaba un lugar distinto.

Pasamos seis días separados. Nos llamábamos una vez al día y no siempre nos veíamos.

Nicola fue dos veces al árbol. Yo trabajé hasta tarde, cené con un compañero del laboratorio y caminé por Hollywood Boulevard sin desviarme hacia el Garden Club.

El párpado derecho tembló durante una reunión y se detuvo antes de que pudiera tocarlo.

Nicola vino una sola vez, el cuarto día. Trajo comida y la distribuimos sobre la mesa sin decidir si aquella visita interrumpía la separación. Mientras abría los envases, el gato se sentó frente a la nevera. Saqué la leche.

—Le hace daño —dijo Nicola.

—Es muy poco.

—Eso dijiste la primera vez.

Vertí un fondo en el plato. Nicola no lo retiró. El gato bebió mientras nosotros cenábamos.

Nicola se marchó antes de medianoche. Yo no le pedí que se quedara.

No descubrí que podía vivir sin Nicola. Eso ya lo sabía. Descubrí que mi existencia fuera de él no disminuía lo que sentía cuando escuchaba su voz. La ausencia dejó de funcionar como una prueba de pérdida. Era solamente el espacio que separaba dos cuerpos.

El sexto día fui a la biblioteca sin avisar.

Llegué poco antes del cierre. Nicola estaba de pie junto al mostrador, hablando con una mujer que sostenía dos libros contra el pecho.

La escuchó hasta que terminó, buscó una fecha en la computadora y llamó a uno de sus empleados.

Su autoridad no estaba en la tarjeta ni en el título.

Aparecía en la forma en que los demás reorganizaban sus movimientos después de hablar con él.

Nicola me vio cerca de la entrada. No interrumpió la conversación. Levantó apenas la mano y continuó trabajando.

Esperé.

A las seis cerró su oficina y salió con la chaqueta sobre un brazo.

—Pensé que estabas en tu apartamento —dijo.

—Estaba.

—¿Quieres cenar?

—Sí.

No preguntó si volvía para quedarme. Caminamos hasta su automóvil. Antes de subir, Nicola miró en dirección al terreno.

—Iba a pasar por el árbol.

Sentí el deseo de pedirle que no fuera y el de acompañarlo. Ninguno quedó oculto.

—Vamos primero —dije.

Condujimos casi todo el trayecto sin hablar. Nicola estacionó cerca del edificio. Todavía quedaba luz, pero el terreno estaba en sombra. Las flores amarillas habían disminuido desde diciembre. Algunas ramas parecían vacías hasta que el viento mostraba el reverso pálido de las hojas.

Nicola se acercó al tronco. No llevó la mano a la corteza. Se detuvo a unos pasos y levantó el rostro.

Yo permanecí detrás.

La guayaba había modificado su manera de estar allí. Antes observaba el árbol con una atención que buscaba atravesarlo. Ahora el aire parecía completar la distancia entre ambos. Nicola respiraba y las ramas se movían. No había correspondencia visible, pero tampoco esfuerzo.

Saqué la cámara pequeña que llevaba en el bolso del trabajo.

Tomé una fotografía.

Nicola volvió la cabeza al oír el obturador. Esta vez el nombre llegó a mí antes de que pudiera comparar su rostro con otro. Era Nicola porque se había vuelto. Nada más era necesario.

—¿Por qué me fotografiaste? —preguntó.

Miré la pantalla. La luz era escasa y el movimiento había dejado una zona borrosa junto a su boca.

—No lo sé.

No repetí la toma. Guardé la cámara y me acerqué.

—Habría venido aunque no llegaras —dijo.

—Lo sé.

—Y tú habrías seguido sin venir.

—Sí.

Las dos afirmaciones permanecieron entre nosotros sin convertirse en amenaza.

Nicola bajó la mirada hacia mi mano. No intentó tomarla. Fui yo quien cerró la distancia. Sus dedos estaban fríos. No sentí que el contacto restituyera nada. Lo elegí porque quería tocarlo.

Cenamos en un restaurante cerca de Young Circle. Nicola habló de la biblioteca. Yo le conté que había vuelto a trabajar con la imagen de la mujer y la grieta. Ninguno utilizó la separación para medir el amor del otro.

Al salir, Nicola preguntó dónde quería dormir.

—Contigo.

—¿Esta noche?

—Esta noche.

Entré al apartamento con mi llave. La cerradura se atascó y tuve que hacer el movimiento que Nicola me había enseñado. El metal cedió. Dejé el aro sobre la mesa, pero no separé ninguna de las tres llaves.

Antes de acostarnos revisamos los restos de la guayaba.

Seguían iguales. Nicola los pesó y obtuvo la misma cifra que el día del corte.

Después los guardó en un recipiente opaco y escribió la fecha.

La fruta había terminado dentro de nosotros; lo que no habíamos comido parecía excluido de sus consecuencias.

En el dormitorio, Nicola se quitó la camisa. Conservaba una marca tenue en el hombro por haber dormido sobre el suelo. Pasé los dedos por ella. El cuerpo era reconocible y extraño. Él tocó la cicatriz junto a mi ceja y esperó.

Lo besé.

No volvimos a ser quienes habíamos sido antes de la guayaba. La intimidad tampoco regresó como un hábito que hubiera permanecido suspendido. Tuvimos que descubrir la presión de cada mano y la distancia en que el cuerpo del otro dejaba de ser desconocido sin convertirse en una extensión del propio.

Cuando terminó, Nicola permaneció acostado boca arriba. No me pidió que confirmara nada. Apoyé la mano sobre su pecho. Sentí una respiración que no era la mía.

A la mañana siguiente regresé a mi apartamento y traje más ropa.

No dije que volvía definitivamente. Nicola hizo espacio en el armario sin preguntarlo.

Durante varias semanas alterné entre ambos lugares.

Algunas noches elegía mi cama; otras utilizaba la llave y entraba sin anunciarme.

La relación dejó de depender de que todos los días repitiéramos la misma decisión.

Nicola continuó visitando el árbol. A veces lo acompañaba y otras no. Su orientación hacia aquel lugar se había vuelto más silenciosa después de la guayaba. Ya no parecía necesitar descubrir qué era el árbol. Le bastaba con que existiera.

Yo empecé a fotografiarlo con mayor frecuencia.

Al principio llevaba la cámara solo en nuestras visitas.

Después la usaba en la cocina, frente a la biblioteca o mientras Nicola leía en el balcón.

No le pedía que mirara al lente. Algunas imágenes quedaban desenfocadas o mostraban un gesto interrumpido.

Antes las habría eliminado. Empecé a conservarlas junto con las demás, aunque todavía no sabía qué contenían.

Nicola no posaba. A veces preguntaba si había tomado una fotografía y yo le mostraba la pantalla. Miraba su propia cara sin buscarse en ella. Después me devolvía la cámara.

Una tarde de marzo lo fotografié pesando el icaco. La fruta ocupaba el centro de la mesa. Nicola aparecía detrás, inclinado sobre la balanza, con una mano suspendida junto al recipiente. El enfoque se había fijado en la piel oscura del fruto y había dejado su rostro ligeramente impreciso.

No corregí la imagen.

En todas las fotografías de aquellos meses, el icaco permaneció igual.

Nicola no.