Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 10
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Capítulo 10

Durante un tiempo no supe a qué distancia estaba Nicola.

Oía su respiración, pero el sonido no ocupaba un lugar preciso. Parecía comenzar cerca del refrigerador, atravesar la mesa y terminar dentro de mi pecho. Extendí una mano. Mis dedos tocaron una manga, después un antebrazo. El contacto confirmó que Nicola seguía allí sin devolverle un contorno.

—Estoy aquí —dijo.

La frase tampoco procedió enteramente de su boca.

Intenté levantarme. Sabía que tenía rodillas y que debía apoyarlas en el suelo, pero la orden no encontraba articulaciones.

El cuerpo visible que había dejado sentado junto a la mesa ya no coincidía con el cuerpo desde el que percibía.

Me deslicé hasta las baldosas y sentí el frío en una superficie demasiado extensa: no en la espalda, los brazos o las piernas, sino en una sola zona blanda que recibía el suelo sin distinguir sus partes.

Nicola cayó o se acostó a mi lado. El golpe fue leve. Busqué su mano otra vez y encontré cinco dedos, uñas, los huesos de la muñeca. Los reconocí mediante el tacto. No conseguí comprender por qué estaban separados de los míos.

Una franja de luz entraba por debajo de la puerta del pasillo.

Acerqué la mano hasta ella. Vi la piel, los nudillos y el vello del antebrazo.

No había cambiado nada que la vista pudiera registrar.

Cerré los dedos uno por uno y la sombra obedeció.

Sin embargo, al retirarla de la luz, la mano volvió a perderse antes de llegar a mí.

El sabor de la guayaba permanecía en la boca.

No era un residuo. La dulzura se había extendido más allá de la lengua y continuaba por la garganta, el estómago y los lugares donde antes había sentido los límites del abdomen.

La pulpa ingerida no parecía estar dentro de mí. Yo estaba dentro de su sabor.

Respiré por la boca para expulsarlo. El aire entró dulce.

Tuve la certeza corporal de avanzar a través de una materia que me alimentaba y, al mismo tiempo, cedía para dejarme pasar.

No veía túneles. No imaginaba la guayaba abierta sobre el plato.

Era una presión húmeda alrededor de todo lo que quedaba de mí, una oscuridad comestible que se cerraba detrás de cada movimiento.

Para avanzar debía consumir aquello que me contenía.

Al hacerlo, sentía que la misma sustancia me consumía desde afuera.

La diferencia entre alimentarse y ser alimento desapareció.

Quise decírselo a Nicola. La boca se abrió, pero las palabras exigían una separación entre el cuerpo y lo que lo rodeaba.

Solo salió un sonido bajo. Nicola respondió con otro.

Durante unos segundos nos reconocimos por aquellas dos vibraciones, no como hombres acostados en una cocina, sino como dos movimientos dentro de una misma oscuridad.

El reloj del horno marcaba las doce y cuarenta y uno cuando conseguí mirarlo. Habían pasado menos de veinte minutos desde el primer mordisco.

Nicola estaba en el suelo, de costado, con las piernas flexionadas y una mano bajo la mejilla. Tenía los ojos abiertos. Su camisa conservaba una mancha de agua del fregadero. Yo veía su cuerpo completo y sabía que el mío debía ofrecer la misma apariencia. Aquella comprobación no corrigió nada.

—¿Me ves? —preguntó.

—Sí.

—Yo también.

Apagó la pequeña luz que había encendido. Ninguno quiso seguir mirando una forma que ya no podía habitar.

La noche avanzó en intervalos que no pude medir.

A veces el zumbido del refrigerador me devolvía por unos segundos a la cocina.

Otras veces no había apartamento ni suelo, solo una presión tibia y la necesidad de seguir atravesándola.

No nos movimos mucho. Cuando uno de nosotros encontraba al otro, permanecíamos unidos por una mano o un pie hasta que el contacto dejaba de significar cercanía y se convertía en otra zona de la misma materia.

En algún momento Nicola dijo que tenía sed.

La palabra produjo una dirección. Logramos incorporarnos y beber agua del grifo.

Vi su garganta moverse. El agua cayó sobre su barbilla y él la secó con el dorso de la mano.

Eran acciones humanas ejecutadas con precisión por un cuerpo que, desde adentro, ya no se organizaba como tal.

Volvimos al suelo.

Al amanecer, la luz de las persianas trazó líneas sobre las baldosas.

La claridad no disipó la experiencia. Reveló dos cuerpos vestidos, agotados y sin lesiones visibles.

Fui al baño sosteniéndome de las paredes.

En el espejo encontré mi cara: los ojos enrojecidos, una marca en la mejilla, restos de guayaba entre dos dientes.

Me limpié la boca. El reflejo realizó los mismos movimientos.

No sentí que aquella cara me contuviera.

Nicola estaba sentado junto a la mesa cuando regresé. Había colocado frente a él su licencia de conducir y la tarjeta de identificación de la biblioteca. Leía cada una con una atención lenta.

—¿Qué haces? —pregunté.

Señaló el nombre impreso.

—Sé que es mío.

—Sí.

—No se adhiere.

Tomé la tarjeta. La fotografía mostraba a Nicola dos años antes, con el cabello más corto y una expresión impaciente.

Debajo decía su nombre, el cargo y la institución.

Podía confirmar todos los datos. Sabía dónde estaba su oficina, cuál era su firma y quiénes dependían de sus decisiones.

Pero las palabras describían a la persona fotografiada sin alcanzar al hombre sentado frente a mí.

Mi teléfono vibró en el dormitorio. La pantalla mostró el nombre del laboratorio. No respondí. Minutos después llegó un mensaje preguntando si iría a trabajar.

Leí la pregunta varias veces. Comprendía el lugar, las máquinas y las tareas. Podía recordar la combinación de la puerta y la carpeta de imágenes que había dejado pendiente. No encontraba la relación entre esas cosas y el cuerpo que sostenía el teléfono.

Escribí que estaba enfermo. La frase fue aceptada por el aparato y por la persona que respondió. No era exacta, pero pertenecía a una organización de la que aún sabía servirme.

Nicola llamó a la biblioteca. Lo escuché decir que no iría ese día. Cuando le preguntaron si necesitaba algo, miró su tarjeta antes de contestar.

—No —dijo—. Creo que no.

Pasamos la mañana en el dormitorio con las cortinas cerradas.

La presión húmeda disminuyó, y con ella la sensación de atravesar una sustancia.

Lo que quedó fue una inmovilidad más profunda.

No estábamos paralizados. Podíamos caminar, beber y usar el baño.

Pero cada movimiento parecía comenzar muy lejos, como si debiera cruzar una envoltura endurecida antes de alcanzar los músculos.

Hablar resultaba innecesario y, cuando lo intentábamos, los pronombres producían errores.

Yo designaba una forma demasiado estable.

Tú exigía un límite que todavía no percibíamos.

Nos señalábamos objetos o decíamos acciones concretas: agua, ventana, dormir.

Evitábamos los nombres sin haberlo acordado.

Por la tarde encendí la computadora para revisar las grabaciones de la guayaba. Vi la mano de Nicola acercar el primer fragmento a su boca. Vi las cuatro larvas activarse en su plato. Después aparecía yo, sentado al otro lado de la mesa, esperando todavía frente a tres cuerpos inmóviles.

Detuve la imagen sobre mi rostro.

Reconocí la camisa, la pequeña cicatriz junto a la ceja y el temblor casi imperceptible del párpado derecho.

Recordaba haber ajustado la cámara, haber elegido comer y haber sentido la pulpa sobre la lengua.

La memoria conservaba la secuencia completa.

Lo que faltaba era la continuidad entre aquel hombre y quien lo observaba.

Abrí otras carpetas.

En una fotografía yo sostenía una caja de negativos en el laboratorio.

En otra estaba sentado junto a Nicola en un restaurante.

Encontré una imagen que él me había tomado la mañana después de entregarme la llave: aparecía descalzo en la cocina, levantando una taza para ocultar la cara.

Supe por qué me había ocultado y recordé lo que ocurrió después.

Nada de eso conseguía convertir al hombre de la imagen en una versión anterior de mí.

Las fotografías probaban que había ocupado aquellos lugares. No probaban que hubiera atravesado el tiempo entre ellos.

Nicola se acercó. Miró las imágenes sin apoyarse en mi silla.

—Ese eres tú —dijo.

—Sí.

La respuesta era cierta y no resolvía nada.

Busqué una fotografía suya bajo el árbol.

La había tomado en octubre. Nicola estaba de espaldas, con la mano derecha apoyada sobre el tronco y el rostro vuelto hacia las ramas.

Al verla no sentí celos ni temor. Tampoco ternura.

Sabía que lo amaba porque conservaba la memoria de mis actos, pero la palabra amar parecía depender de dos personas que en ese momento no podía localizar.

Cerré la carpeta.

Nicola llevó su cuaderno al dormitorio. Escribió acostado boca abajo, deteniéndose después de cada línea. Más tarde me permitió leerlo.

12 de enero de 2015, 4:18 p. m.

La tarjeta dice NICOLA. La mano escribió Nicola. Ninguna de las dos cosas produjo reconocimiento.

Debajo había añadido:

La luz termina en la piel. Desde dentro, el brazo no termina.

Esa noche dormimos sin tocarnos. No fue rechazo. El contacto había perdido la capacidad de confirmar que éramos dos.

Desperté varias veces. En una de ellas vi a Nicola de pie frente a la ventana.

No había abierto las persianas. Permanecía inmóvil, orientado hacia la claridad mínima de la calle.

Lo llamé, pero el nombre cayó en la habitación como el de una persona ausente.

Nicola volvió la cabeza después de unos segundos, no porque se reconociera en el sonido, sino porque había oído mi voz.

Al día siguiente ninguno fue a trabajar.

La quietud se volvió más compacta. Las llamadas, el tránsito y los pasos de los vecinos llegaban amortiguados, como si el apartamento hubiera adquirido paredes adicionales.

Comimos poco. Los alimentos tenían sabor, pero no despertaban apetito.

Nos duchamos por separado y cambiamos las sábanas después de derramar un vaso de agua.

Las tareas podían cumplirse si se reducían a movimientos sencillos.

Ninguna restablecía a quien las realizaba.

Observé mi mano limpiar la mesa. Sabía que era la misma que manejaba negativos, ajustaba el escáner y retiraba polvo con una pera de aire.

La destreza continuaba en los dedos aunque el oficio hubiera dejado de pertenecerles.

Por primera vez pensé que todas las fotografías del archivo podían ser preservadas por otra persona.

La idea no me produjo alivio ni pérdida.

El cargo que ocupaba era una etiqueta adherida a una caja cuyo contenido ya no estaba dentro.

Nicola abrió el correo de la biblioteca. Respondió dos mensajes urgentes y delegó una reunión. Lo hizo con la competencia de siempre. Después dejó el teléfono boca abajo.

—Puedo dirigirla —dijo—. No sé qué parte de eso me nombra.

No dije que quizá ninguna profesión debía nombrarnos. Habría sido una interpretación y en aquellos días las interpretaciones parecían otra manera de forzar una forma sobre lo que aún no la tenía.

Por la tarde salimos al balcón. El aire estaba fresco para el sur de Florida.

Nicola respiró varias veces con los ojos cerrados.

Vi cómo el pecho se expandía bajo la camisa y cómo el viento movía el cabello junto a sus sienes.

Su cuerpo seguía intacto. El mío proyectaba una sombra humana sobre el piso.

Dentro de la inmovilidad apareció una presión nueva.

Comenzó detrás del esternón y se extendió hacia los hombros.

No era dolor. Algo empujaba contra una superficie interior que hasta entonces no había sentido.

Cada inhalación aumentaba la presión; cada exhalación la distribuía por la espalda.

Tuve el impulso de encorvarme para conservar aquella envoltura y, al mismo tiempo, de abrir los brazos hasta romperla.

Nicola se llevó una mano al pecho.

—¿También? —pregunté.

Asintió.

Permanecimos junto a la puerta abierta. El aire ya no era solo temperatura sobre la piel.

Tenía dirección. Entraba entre nosotros, recorría las habitaciones y salía por la ventana de la cocina.

Podía sentir cada corriente antes de que tocara el cuerpo.

La luz también llegaba en planos separados: el reflejo de un automóvil, el blanco del cielo, una franja amarilla sobre el edificio de enfrente.

La presión aumentó hasta que respirar pareció imposible. Me sujeté a la baranda. Esperé escuchar un hueso o sentir la piel desgarrarse.

Lo que se rompió no estaba en ninguna parte que pudiera señalar.

El aire entró de golpe. La espalda se enderezó sin esfuerzo.

Sentí otra vez los brazos, las piernas y la distancia exacta entre los pies.

No habían regresado como antes. Cada parte estaba definida y, al mismo tiempo, abierta a todo lo que la tocaba.

La baranda era metal frío. El viento era una fuerza exterior.

Nicola estaba a menos de un metro y ya no era una extensión de la misma oscuridad.

Él aspiró con la boca abierta. Una contracción breve le recorrió los hombros. Después miró hacia arriba.

No había árbol visible desde el balcón. Aun así, su cuerpo se orientó hacia el lugar donde estaba. No fue el movimiento ansioso de los meses anteriores ni la atención dividida que yo había aprendido a reconocer. Parecía responder a la existencia del aire entre aquel lugar y él.

La inmovilidad cedió durante las horas siguientes.

Volvimos a tener hambre. Abrimos las cortinas, lavamos la ropa y contestamos algunos mensajes.

Los nombres todavía llegaban con retraso, pero empezaron a aproximarse a los cuerpos.

Cuando Nicola firmó una respuesta, observó la palabra unos segundos y no la borró.

Yo regresé a las fotografías. El hombre de la cocina seguía sin parecer una forma anterior de mí. Ya no necesité que lo fuera. Podía reconocer sus decisiones sin obligarme a vivir dentro de su rostro.

Miré a Nicola al otro lado de la habitación. No busqué en él al director de la biblioteca, al hombre que me había entregado una llave ni a quien había mordido primero cada fruta. Durante unos segundos no supe desde qué lugar amarlo si dejaba de ser la persona que lo acompañaba.

La pregunta produjo miedo. También produjo una distancia limpia entre los dos.

—Nicola —dije.

Se volvió.

El nombre todavía no había regresado del todo a su rostro, y ninguno de los dos sabía qué parte de él había respondido.