Capítulo 9
Esperamos hasta enero para abrir la guayaba.
No fue una decisión conjunta en el sentido en que habíamos entendido esa expresión antes del tamarindo.
Nicola quería comerla y conservarla. Yo quería que las frutas terminaran y quería saber qué contenía la siguiente.
Elegimos una fecha porque las voluntades contrarias no iban a resolverla por nosotros.
La guayaba seguía idéntica a la noche en que la recogimos. Conservaba una pequeña depresión cerca del pedúnculo y tres puntos oscuros en la piel. Los habíamos ampliado en las fotografías sin encontrar cambios. Pensamos que podían ser golpes producidos al desprenderla.
Nicola preparó la mesa. Colocó dos platos, el cuchillo, la balanza y recipientes de vidrio. Yo instalé la cámara sobre un trípode y orienté una lámpara hacia la superficie. Habíamos decidido registrar el corte completo.
La hoja atravesó la fruta sin resistencia. Nicola separó las dos mitades.
La pulpa estaba recorrida por túneles marrones. Dentro de ellos había cuerpos pálidos, pequeños, más estrechos en uno de los extremos. Conté siete antes de apartar la mirada. Ninguno se movía.
Nicola dejó el cuchillo.
—Larvas —dije.
—Las veo.
Nos inclinamos sobre los platos sin tocarlos.
Las galerías llegaban desde los puntos oscuros de la piel hasta el centro de la fruta.
Algunas larvas estaban completamente expuestas por el corte; otras permanecían hundidas en la pulpa.
Parecían granos húmedos colocados dentro de una sustancia más clara.
Esperamos.
Después de diez minutos no se había producido una sola contracción. Aumenté la imagen con un lente macro y fotografié cada mitad desde varios ángulos. Nicola acercó la lámpara. El calor no modificó los cuerpos.
—Podrían estar muertas —dijo.
—O conservadas igual que la fruta.
—Eso no es estar vivas.
—Tampoco es estar muertas.
Cubrimos las mitades y no comimos nada.
Durante los dos días siguientes revisamos las larvas cada pocas horas.
Permanecían en las mismas posiciones. Comparé las imágenes por superposición: las curvas, los segmentos y hasta las pequeñas sombras bajo los cuerpos coincidían.
El cuchillo había abierto la guayaba, pero no había activado lo que vivía en ella.
Busqué referencias de las moscas que infestaban frutas en el sur de Florida.
La guayaba era uno de los hospedadores habituales de Anastrepha suspensa, la mosca del Caribe.
Las imágenes de sus larvas, la fruta y la localización coincidían.
Nicola añadió el nombre a la ficha sin convertirlo en una explicación.
El insecto pertenecía al lugar. Lo imposible seguía siendo el árbol.
La identificación no volvió más fácil la decisión.
—Podemos conservarla así —dijo Nicola.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No lo sabemos.
—Podría quedarse abierta para siempre.
—También podríamos desecharla.
Miró los recipientes. El tamarindo conservaba en su cuerpo el deseo de hacer ambas cosas. En el mío también.
—Si retiramos las larvas, no sabremos si hemos alterado la fruta —dije.
—Si no las retiramos, tendremos que comerlas.
—Sí.
Nicola no me pidió que lo acompañara. Por primera vez desde el mango, la elección de comer no podía justificarse por ignorancia.
Sabíamos que la fruta producía cambios, que un mordisco vinculaba la pulpa con el cuerpo y que ya no era posible detenerse después.
También sabíamos exactamente qué tendríamos que llevarnos a la boca.
La tarde del tercer día retiramos las cubiertas.
Dividimos la parte comestible con el menor número posible de cortes. Las semillas, el pedúnculo y las zonas duras de la piel quedaron aparte. No intentamos extraer las larvas. Había cuatro en la porción de Nicola y tres en la mía. Seguían inmóviles.
Encendí la cámara y comprobé el enfoque. Después me senté.
—Todavía podemos no hacerlo —dijo Nicola.
—Podemos.
—Yo voy a comerla.
—Lo sé.
—No tienes que elegir lo mismo.
El tamarindo dejó intactas mis dos respuestas. Quería apartar el plato. Quería conocer la fruta hasta el final. Quería impedir que Nicola avanzara hacia el árbol y quería permanecer junto a él en aquello que pudiera cambiarlo. Elegí sin conseguir que ninguna de las otras voluntades desapareciera.
—Empieza —dije.
Nicola tomó el primer fragmento de su porción. Una larva permanecía visible junto al borde cortado. La pulpa tocó su boca y sus dientes se cerraron.
Los cuatro cuerpos de su plato comenzaron a moverse.
No fue un espasmo producido por el contacto.
Una de las larvas estaba en el fragmento que Nicola sostenía; las otras tres permanecían a varios centímetros, sobre la pulpa que todavía no había tocado.
Todas se contrajeron. Avanzaron dentro de los túneles con movimientos breves, hundiéndose y reapareciendo.
Las tres larvas de mi plato continuaron inmóviles.
Nicola dejó de masticar.
—No pares —dije.
Tragó. Tomó otro fragmento. Las larvas de su porción siguieron moviéndose mientras comía.
Yo podía retirarme. La diferencia entre los platos era visible y la cámara la estaba registrando. No necesitaba probar nada para creerle.
Mordí mi primer trozo.
Las tres larvas se activaron a la vez.
Sentí el movimiento antes de terminar de masticar, aunque no podía distinguir si ocurría en la pulpa, sobre mi lengua o en la imagen que acababa de ver. El sabor de la guayaba era dulce y denso. Debajo había una acidez leve y otra textura que no intenté identificar.
Comimos sin detenernos. Nicola terminó primero. Revisó las paredes de su recipiente y recogió con una cuchara la pulpa adherida. Yo continué hasta que en mi plato solo quedaron la piel apartada y las semillas. No dejamos ninguna larva fuera.
Apagué la cámara.
Durante varios minutos no ocurrió nada. Lavamos los utensilios y guardamos los restos no comestibles en un recipiente. Nicola anotó la hora de cada primer mordisco y la diferencia entre ambas activaciones.
Después empecé a perder los bordes de las manos.
Todavía podía verlas sobre la mesa, pero la piel ya no coincidía con el lugar donde terminaban. Al apoyar los pies en el suelo, la presión ascendió por las piernas sin encontrar una superficie que la contuviera. Nicola se sujetó los antebrazos como si comprobara que seguían unidos a él.
—Apaga la luz —dijo.
La cocina quedó a oscuras. El olor de la guayaba permaneció en el aire y la oscuridad adquirió su dulzura.