Capítulo 8
Nicola regresó dos horas después. Traía tierra húmeda en los zapatos y una flor amarilla adherida al hombro de la camisa. Dejó las llaves junto a la guayaba y empezó a guardar la compra que había abandonado sobre la mesa.
—¿Ocurrió algo? —pregunté.
—No.
—¿Viste algún cambio?
—No fui a buscar cambios.
Retiró la flor del hombro y la dejó en el fregadero. No parecía satisfecho ni decepcionado. Había estado frente al árbol porque había elegido estar allí. El tamarindo impedía que convirtiera aquella elección en otra cosa.
Durante octubre las visitas se hicieron frecuentes. Nicola no las ocultaba. Algunas tardes me enviaba un mensaje antes de salir de la biblioteca; otras llegaba al apartamento, se cambiaba de camisa y volvía a marcharse. Siempre me preguntaba si quería acompañarlo.
A veces iba.
Nos sentábamos cerca del tronco mientras oscurecía.
No llevábamos instrumentos ni esperábamos frutas.
Nicola observaba las ramas con una quietud que no tenía en ningún otro lugar.
Si yo hablaba, respondía. Si tocaba su mano, la sostenía.
Sin embargo, una parte de su atención permanecía dirigida hacia algo que no podía compartir conmigo.
No era distracción. Era una forma de presencia cuyo centro estaba fuera de la conversación.
Cuando lo acompañaba deseaba haberme quedado en casa.
Cuando me negaba, calentaba la cena y escuchaba los automóviles que se detenían frente al edificio, esperando reconocer el suyo.
La llave de Nicola permanecía sobre la mesa.
Algunas noches tomaba la de mi apartamento y me marchaba antes de que regresara.
Dormía allí con alivio y despertaba deseando que hubiera ido a buscarme.
Nicola no lo hacía. Respetaba cada elección incluso cuando el tamarindo le impedía dejar de desear la contraria.
9 de octubre de 2014, 9:32 p. m.
Estuve bajo el árbol una hora y diecisiete minutos. Quise volver con Emilio durante toda la visita. Cuando regresé, quise dar la vuelta antes de abrir la puerta.
En la biblioteca alternaba periodos de una eficacia casi excesiva con tardes en que leía el mismo documento varias veces sin terminarlo.
Cumplía sus obligaciones, pero comenzó a llevar trabajo al apartamento.
La estabilidad de la piña seguía allí; el tamarindo había dividido el lugar donde aplicarla.
Una mañana uno de sus empleados me preguntó si Nicola estaba enfermo. Dije que no. El ojo me tembló, aunque la respuesta era cierta.
—Parece distraído —añadió—. Pero está menos molesto que antes.
La observación era exacta. Nicola podía pasar veinte minutos mirando por la ventana de su oficina y después resolver en una hora lo que antes le habría tomado una tarde. Nadie tenía motivos para quejarse. Yo tampoco podía acusarlo de una ausencia que siempre compensaba.
Ese era el problema: Nicola seguía estando conmigo.
Preparaba café, preguntaba por mi trabajo, me tocaba al pasar y recordaba las fechas que yo olvidaba.
Cuando regresaba del árbol, no traía una frialdad que pudiera reprocharle.
Algunas noches hacíamos el amor con una atención más profunda que antes.
Después, acostado a mi lado, deseaba volver al terreno.
El tamarindo no me permitía ignorarlo y tampoco me permitía reducir todo lo demás a una mentira.
Yo elegía nuestra vida común. Lo hacía al responder sus mensajes, al usar la llave, al regresar después de dormir en mi apartamento.
Pero cada elección empezó a parecer una respuesta a otra cosa.
Ya no sabía si permanecía con Nicola porque lo amaba o porque había descubierto un lugar capaz de atraerlo más que yo.
Ambas razones eran ciertas y ninguna bastaba por separado.
La primera discusión ocurrió en noviembre.
Habíamos invitado a cenar a dos compañeros del laboratorio. Era la primera vez que yo llevaba a alguien de mi trabajo al apartamento. Nicola había prometido llegar temprano. A las seis me escribió que se detendría unos minutos junto al árbol. A las siete y cuarto todavía no había vuelto.
Preparé la mesa, descorché el vino y respondí dos veces que Nicola estaba por llegar. Mis compañeros no parecieron incómodos. Yo veía la silla vacía cada vez que alguno miraba hacia la puerta.
Nicola llegó a las siete y veintisiete. Se disculpó, sirvió la comida y consiguió que la cena transcurriera sin tensión. Escuchó la historia de la hija enferma de mi compañero, hizo preguntas y recogió los platos antes de que alguien pudiera ayudarlo. Nadie habría dicho que había ocurrido algo.
Cuando se fueron, comenzó a lavar las copas.
—Podías haber vuelto antes —dije.
—Sí.
—Elegiste no hacerlo.
—Sí.
Su acuerdo me irritó más que una excusa.
—No basta con decir la verdad después.
Nicola cerró el grifo.
—No sé qué quieres que diga.
—Que querías estar aquí.
—Quería estar aquí.
—Pero te quedaste con el árbol.
—También quería quedarme allí.
El tamarindo estaba en cada frase. Ninguno podía utilizar una verdad para cancelar la otra.
—Yo sé que me quieres —dije.
Nicola apoyó las manos mojadas sobre el borde del fregadero.
—Te quiero.
—No es eso lo que estoy preguntando.
El párpado empezó a temblarme. No lo toqué.
—¿La vida que estamos construyendo es la vida que quieres o es solamente el intervalo entre una cosecha y la siguiente?
Nicola contuvo la respiración. Lo vi buscar una respuesta y descartar, una por una, las que habrían vuelto soportable la pregunta. Podía decir que nuestra vida era verdadera. Lo era. Podía decir que esperaba el próximo 4 de julio. También era cierto.
No respondió.
Tomé la llave de la mesa. Durante unos segundos quise dejarla allí y llevármela con la misma fuerza. La guardé en el bolsillo.
—Voy a dormir en mi apartamento.
Nicola asintió. Quiso detenerme; pude verlo en el movimiento incompleto de su mano. Eligió no hacerlo.
Regresé dos días después.
La guayaba y el icaco continuaban en la cocina. Nicola había guardado las copas y doblado el mantel. No preguntó si había vuelto definitivamente. Preparó café y me entregó el cuaderno abierto en la última página.
18 de noviembre de 2014, 1:03 a. m.
No pude responder. Nuestra vida no es una espera. Espero.
Le devolví el cuaderno. Ninguno se disculpó por haber dicho la verdad.
Las visitas al árbol continuaron. Algunas veces Nicola se quedó conmigo. Otras fue solo. Yo todavía lo acompañaba en ciertas noches, no porque hubiera dejado de resentir su atención, sino porque prefería conocer el lugar hacia el que se dirigía.
En una de esas visitas nos sentamos sin hablar hasta que oscureció. Nicola tenía la mano sobre la tierra, cerca de la mía, pero miraba hacia las ramas. El árbol no produjo frutos, no movió sus flores fuera del viento ni respondió a su presencia.
Ya no necesitaba hacer nada.