Capítulo 7
Nicola escribió la conclusión esa misma noche:
Las frutas consumidas por ambos no volvieron a aparecer.
No sabíamos qué habría visto uno de nosotros si el otro no hubiera comido. Tampoco sabíamos si el árbol recordaba nuestras bocas o si había dejado de producir aquello que ya no necesitábamos. Nicola anotó ambas preguntas y no eligió ninguna.
Las tres frutas nuevas ocuparon el lugar de la piña en la cocina.
Las pesamos, fotografiamos y guardamos en recipientes separados.
La guayaba parecía madura, pero su piel no cedía bajo los dedos.
El fruto pequeño y oscuro coincidía con varias imágenes de icaco.
La vaina de tamarindo era más larga que las que encontrábamos en los mercados y tenía la cáscara seca, quebradiza, con una curva pronunciada en el centro.
Nicola propuso comer primero el tamarindo.
Había poca pulpa, podíamos dividirla con exactitud y no parecía exigir el esfuerzo físico de la piña.
Esperamos hasta principios de septiembre, no por temor a que cambiara, sino porque queríamos comprobar que las tres frutas conservaban la misma incorruptibilidad.
La tarde elegida extendimos papel sobre la mesa. Nicola quebró la cáscara con los dedos. Retiró las fibras que recorrían la pulpa y separó las semillas sin llevarse la carne adherida a ellas. El interior era marrón, brillante y pegajoso. Pesó dos porciones iguales.
—Es muy poco —dije.
—Eso dijiste antes de dejar la mitad del mango.
—Dejé menos de la mitad.
—Tu cuerpo no pareció valorar la diferencia.
Comenzamos al mismo tiempo. El sabor era más ácido de lo que esperaba y después se volvía dulce al masticarlo. La pulpa se adhería a los dientes. Terminamos ambas porciones en pocos minutos y revisamos los platos antes de levantarnos. No quedó nada comestible.
La primera alteración ocurrió cuando quise llevar mi vaso al fregadero.
Lo tomé con la mano derecha. Mi cuerpo se inclinó hacia adelante, pero al mismo tiempo los músculos de la espalda tiraron hacia la silla. Ninguno de los impulsos era más débil. Dejé el vaso sobre la mesa y las dos direcciones cesaron.
Nicola intentó ponerse de pie. Apoyó las manos, separó el cuerpo del asiento y volvió a sentarse sin haber cambiado de intención.
—Quiero levantarme —dijo.
—Entonces levántate.
—También quiero quedarme aquí.
—Elige.
Se puso de pie. Permaneció unos segundos junto a la silla, con una mano todavía apoyada en el respaldo.
—Sigo queriendo sentarme.
No era indecisión. La elección ocurría. El cuerpo obedecía una dirección mientras conservaba completa la contraria. Cuando llevé el vaso al fregadero, sentí durante todo el trayecto la voluntad de devolverlo a la mesa. Al dejarlo, quise lavarlo y dejarlo sucio con la misma precisión.
Aquella noche casi no dormimos. Cerrar los ojos no anulaba el deseo de mantenerlos abiertos. Permanecer acostados tampoco eliminaba la necesidad de levantarnos. Cada posición parecía contener otra que reclamaba el mismo cuerpo.
Al amanecer Nicola escribió sin abandonar la cama.
7 de septiembre de 2014, 6:11 a. m.
Decidir no ha reducido ninguna de las dos voluntades. Solo ha determinado cuál de ellas movió el cuerpo.
Durante los días siguientes aprendimos que el tamarindo no producía dos deseos nuevos.
Conservaba los que antes habíamos resuelto mediante una explicación rápida.
Las alternativas ya no desaparecían después de elegir.
Seguían presentes con su fuerza original y nos obligaban a reconocer cuánto costaba cada acto.
Nicola abría un informe en la biblioteca y, al mismo tiempo, quería cerrar la oficina y conducir hasta el árbol.
Terminaba el informe, pero la otra dirección permanecía en las piernas.
Algunas tardes elegía trabajar. Otras guardaba los papeles, bajaba al estacionamiento y conducía hasta el Garden Club.
Al principio siguió llamando curiosidad a esas visitas. La palabra empezó a incomodarlo. Podía sentir el impulso de investigar, medir y comprobar, pero debajo permanecía otra voluntad que no buscaba información. Quería estar frente al árbol aunque no ocurriera nada.
12 de septiembre de 2014, 8:47 p. m.
Fui al terreno después del trabajo. Escribí que quería observar cambios en las flores. No llevé cámara, cinta ni cuaderno. Quería ver el árbol.
La sinceridad no lo liberaba del deseo contrario. Mientras permanecía bajo las ramas quería volver al apartamento, cenar conmigo y vivir la noche que habíamos planeado. Cuando regresaba, una parte de él continuaba en el terreno. Ningún lugar conseguía reunir ambas voluntades.
En mí, el efecto se organizó alrededor de la llave.
Había noches en que deseaba entrar al apartamento de Nicola y colocarla en la cerradura.
Al mismo tiempo quería seguir hasta mi casa, dormir en mi cama y despertar sin que nadie notara mis movimientos.
Si iba con Nicola, lamentaba no haberme retirado.
Si elegía mi apartamento, deseaba regresar antes incluso de quitarme los zapatos.
El tic volvió. No aparecía por miedo a una decisión, sino cuando trataba de fingir que la voluntad elegida había sido la única. Nicola preguntaba si quería quedarme; yo decía que sí y el párpado se contraía con el no que había dejado fuera de la frase.
En el laboratorio trabajaba sobre dos versiones de cada imagen dañada.
Una conservaba las grietas, manchas y pérdidas del original; la otra contenía las correcciones digitales.
El procedimiento exigía guardar un archivo maestro y una copia restaurada, pero antes yo había considerado que solo una de ellas era la imagen que debía mostrarse.
Después del tamarindo no podía decidir cuál era más verdadera.
La fotografía intacta mentía sobre el daño.
La deteriorada permitía que el daño ocultara el rostro.
Conservaba ambas y lamentaba cualquiera que abriera.
El tamarindo no nos mantuvo inmóviles. Trabajábamos, comíamos, hacíamos el amor y elegíamos dónde dormir. Lo difícil era que cada acto dejaba de parecer inevitable. Detrás de él permanecía visible la vida que no habíamos realizado.
Una noche Nicola llegó a casa antes que yo y preparó la cena. Encontré dos platos en la mesa y una botella de vino abierta. La guayaba y el icaco continuaban en sus recipientes. Durante un momento sentí con igual fuerza el deseo de sentarme y el de salir sin explicar por qué.
Me senté.
Nicola sonrió, pero miró mi ojo.
—También querías irte.
—Sí.
—¿Adónde?
—No importa.
—Si quieres ir, todavía puedes.
—Elegí quedarme.
No dije que la elección tuviera que repetirse a cada minuto. Cenamos. La conversación fue tranquila, incluso agradable. Después llevamos los platos a la cocina y nos acostamos. La otra vida no desapareció; permaneció despierta a mi lado hasta que me dormí.
Dos días más tarde, mientras guardábamos la compra, Nicola dejó una bolsa sobre la mesa.
—Voy a salir un rato —dijo.
—¿A la biblioteca?
Vi que estaba a punto de responder. El mango le mostró la pausa; el tamarindo conservó las dos respuestas. Nicola soltó el aire.
—Voy al árbol.
No dijo que necesitara caminar ni que quisiera comprobar las flores. Tomó las llaves y salió.
Esa fue la primera diferencia.