Capítulo 6
La piña permaneció intacta durante el resto del verano, el otoño y casi todo el invierno.
Nicola continuó pesándola cada domingo. Yo tomaba una fotografía el primer día de cada mes.
La hoja rota de la corona no se secó y las raspaduras de la corteza no cambiaron de color.
En diciembre colocamos junto a ella una piña comprada en un supermercado.
La segunda empezó a perder olor al cuarto día, se ablandó en la base y terminó en la basura.
La del árbol conservó hasta el polvo en los mismos lugares.
No volvimos a hablar seriamente de comerla hasta marzo.
El mango había dejado de interrumpir cada movimiento.
Su efecto persistía como una luz breve que se encendía en los momentos menos convenientes, pero habíamos aprendido a vivir con ella.
Nicola respiraba antes de corregir un objeto; yo alcanzaba a tocarme el párpado antes de inventar una excusa.
A veces elegíamos actuar de la misma forma después de vernos.
La diferencia era que ya no podíamos atribuir toda la decisión a una razón limpia.
Una noche Nicola bajó la piña del estante y la puso sobre la mesa.
—Si esperamos hasta julio, tendremos más frutas sin saber qué hacer con esta.
—Podemos no recogerlas.
—No vamos a hacer eso.
Lo dijo con tanta tranquilidad que parecía estar leyendo una conclusión ya escrita.
Había reservado un fin de semana sin compromisos y comprado un cuchillo nuevo.
También había preparado una hoja con el procedimiento: retirar todo lo no comestible antes del primer mordisco, pesar la pulpa, dividirla, comenzar al mismo tiempo y no levantarnos hasta terminar.
—La estás administrando —dije.
—Estoy evitando que vuelvas a pudrirte.
No discutí. La organización de Nicola me tranquilizaba, aunque el mango me permitiera ver qué había debajo de ella.
La mañana elegida retiró primero la corona.
Después cortó la base, eliminó la corteza en franjas y extrajo cada ojo con la punta del cuchillo.
El olor se volvió más intenso a medida que la pulpa quedaba expuesta.
Separó el centro fibroso y pesó toda la parte comestible.
Colocó las dos porciones en recipientes iguales.
Esperamos una hora. Las superficies cortadas permanecieron húmedas y amarillas. Nicola anotó que el cuchillo y el aire seguían sin activar el deterioro.
—La boca —dije.
—Parece que sí.
Comenzamos con un trozo pequeño. La acidez se sintió primero en los bordes de la lengua.
Después de varios bocados apareció un ardor fino en el paladar y en las comisuras de los labios.
No ocurrió ninguna separación entre el gesto y la voluntad, pero la cantidad era mayor que la del mango. Hacia el final comíamos sin hablar.
—Podemos detenernos un minuto —dije.
—Sin dejar la mesa.
Nicola cubrió los recipientes mientras bebíamos agua. La pulpa no había cambiado, pero ninguno estaba dispuesto a averiguar cuánto tardaría en hacerlo. Reanudamos. El último trozo dejó pequeñas fibras entre mis dientes y una sensación áspera que el agua no eliminó.
Terminamos las dos porciones.
Durante el resto del día nos dolió la boca. Nicola registró el enrojecimiento de mi lengua y me obligó a fotografiar la suya. No apareció ninguna otra alteración. Dormimos casi diez horas.
La mejoría comenzó sin un momento reconocible.
Nicola dejó de despertarse antes del amanecer con la respiración suspendida.
Al levantarse no revisaba inmediatamente lo que había quedado fuera de sitio la noche anterior.
Podía ver mi camisa sobre una silla y seguir caminando hasta la cocina.
No era indiferencia: después la doblaba o me pedía que lo hiciera, pero ya no necesitaba corregirla para poder comenzar el día.
En la biblioteca terminó informes que llevaba meses trasladando de una carpeta a otra.
Reorganizó los turnos sin ofender a quienes habían confundido sus costumbres con derechos adquiridos.
Cuando una empleada cometió un error en un pedido, Nicola se sentó con ella, corrigió el formulario y no mencionó las tres ocasiones anteriores en que había sucedido algo parecido.
La mujer salió de la oficina sin llorar.
Semanas después, el personal empezó a consultarlo antes de que los problemas se volvieran urgentes.
El mango continuaba mostrándole la respiración previa al control, pero la piña parecía haberle dado un lugar donde apoyarla. No dejó de ordenar. Dejó de necesitar que el orden demostrara que estaba a salvo.
22 de marzo de 2014, 6:35 a. m.
Dormí ocho horas y nueve minutos. La camisa seguía sobre la silla. Preparé café antes de moverla.
Las anotaciones se volvieron regulares. Horas de sueño.
Tareas terminadas. Frecuencia de las interrupciones.
Nicola escribía cada noche, pero las páginas empezaron a parecerse a informes.
Ya no se preguntaba por qué había contenido el aire ni qué recuerdo acompañaba un gesto. Anotaba que había respirado.
En mí, el cambio apareció primero en las manos. Dejaron de temblar cuando colocaba un negativo frágil en el soporte. Podía limpiar una placa de vidrio sin apretar demasiado los bordes y mantener la misma presión durante varios minutos. El tic disminuyó. A veces pasaba un día entero sin sentirlo.
Mi supervisor me asignó la revisión final de una colección antes de entregarla al archivo.
Debía comprobar resoluciones, perfiles de color, numeración y metadatos producidos por otras personas.
Hasta entonces había evitado cualquier tarea que me obligara a señalar errores.
Empecé a devolver los archivos incompletos sin disculparme por haberlos encontrado.
También respondía los mensajes cuando llegaban.
Acepté almorzar con dos compañeros del laboratorio y descubrí que uno de ellos tenía una hija enferma desde hacía meses.
Habíamos trabajado frente a frente durante casi un año.
Yo conocía la marca de su escáner y el sonido que hacía al abrir una botella de agua, pero no sabía que tenía una hija.
Con Nicola, la cercanía dejó de sentirse como algo que debía interrumpirse antes de que pudiera serme retirada.
Pasaba cuatro o cinco noches por semana en su apartamento.
Llevé un cepillo de dientes, dos camisas, medicamentos, un cargador y un par de zapatos.
Cada objeto ocupó un lugar que Nicola había preparado de antemano.
La llave apareció una tarde sobre la mesa, junto a una lista de compras.
—Necesito que puedas entrar sin esperarme —dijo.
La tomé. No había llavero ni cinta que la distinguiera de las demás. Nicola me explicó qué cerradura se atascaba cuando llovía y qué movimiento debía hacer para no romperla.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—¿Qué falta?
—Nada.
El ojo no me tembló. Guardé la llave en el mismo aro donde estaban las de mi apartamento y del laboratorio. Durante varios días las comprobé con los dedos dentro del bolsillo, no para distinguirlas, sino para sentir que eran tres.
Empezamos a construir una rutina. Yo llegaba antes algunos días y preparaba la cena.
Nicola dejaba trabajo en la oficina. Los domingos pesábamos la corona y la corteza de la piña, que continuaban sin deteriorarse en un recipiente cerrado, aunque ya no formaban parte de nada que pudiéramos comer. Después visitábamos el árbol.
Entre cosechas no ocurría nada. El edificio seguía cerrado y las flores amarillas aparecían o caían sin producir frutos.
Yo fotografiaba el tronco con menos frecuencia.
A veces nos sentábamos bajo las ramas y hablábamos de la semana.
El árbol era el lugar donde había comenzado nuestra vida común.
Yo no lo consideraba una presencia distinta de nosotros.
La estabilidad era verdadera. También lo era el error que comenzamos a cometer con ella.
Nicola interpretó los resultados como un procedimiento que podía repetirse.
Preparó fichas para las cuatro frutas que habíamos dejado en el árbol, utilizando las fotografías de la primera noche.
Identificó con bastante seguridad el tamarindo y la guayaba.
Para las dos más pequeñas reunió varias posibilidades.
Calculó cuántos meses necesitaríamos para observar y comer cada fruta antes del siguiente 4 de julio.
—No sabemos si volverán a aparecer —dije.
—Aparecieron una vez.
—Eso no es una frecuencia.
—El cuaderno dice que sucede cada año.
Lo acepté porque su confianza se parecía demasiado a la calma que yo no quería perder.
Había cosas que dejé de decir. Nicola reorganizó un cajón para mis pertenencias sin preguntarme y yo fingí que agradecía no tener que hacerlo.
Algunas noches necesitaba regresar a mi apartamento, pero permanecía con él para que mi ausencia no pareciera un retroceso.
Cuando se quedaba trabajando y llegaba tarde, no mencionaba las horas que había esperado.
La vida compartida se había convertido en la prueba de que mi soledad estaba resuelta; cualquier incomodidad parecía amenazar el resultado.
Nicola tampoco escribía sobre esas omisiones. Sus diarios registraban sueño estable, tareas cumplidas y visitas al árbol. Las frases se hicieron más breves. La letra, más uniforme.
15 de junio de 2014, 10:20 p. m.
Todo continúa funcionando.
Regresamos al Garden Club el 4 de julio con cuatro bolsas rotuladas, una escalera plegable y un cronómetro nuevo. Llegamos satisfechos con nuestra preparación. El año anterior habíamos esperado una imposibilidad; esta vez esperábamos una cosecha.
La ciudad volvió a mirar hacia el cielo. Cuando el estruendo alcanzó su punto más alto, las ramas descendieron.
No vimos el mango.
Tampoco la piña.
En los lugares donde habían aparecido el año anterior permanecían las flores amarillas. Las otras cuatro frutas regresaron: la guayaba, la vaina de tamarindo y los dos frutos que habíamos intentado identificar en las fotografías.
Nicola activó el cronómetro. Yo tomé primero la guayaba y la deposité en su bolsa. Él cortó el tamarindo y después alcanzó el fruto pequeño y oscuro que más tarde identificaríamos como icaco. Trabajamos con la eficacia que la piña nos había enseñado. En menos de dos minutos teníamos tres frutas.
La cuarta colgaba por encima de nosotros, redonda y marrón. Nicola abrió la escalera. Una de las patas se hundió en la tierra blanda y tuve que sostenerla mientras él subía. El cronómetro marcaba dos minutos y cuarenta segundos.
Nicola extendió la mano. Sus dedos quedaron a pocos centímetros del fruto.
Los tres minutos se cumplieron.
La rama se elevó vacía. Nicola permaneció en el último peldaño, con la mano abierta entre las flores.
En las bolsas conservábamos tres frutas nuevas. En el árbol no quedaba ninguna de las dos que ya habíamos comido.