Capítulo 5
La mancha desapareció antes del mediodía. El olor tardó algo más. Me duché dos veces y cambié las sábanas de Nicola, pero todavía podía reconocer el mango en el interior de mi nariz. No era un aroma que viniera de la habitación. Parecía subir con cada exhalación.
Nicola organizó los hechos en una hoja. La fruta había permanecido intacta después de ser recogida, lavada, pelada, cortada y expuesta al aire.
La alteración había comenzado únicamente en la porción mordida que quedó fuera de mi cuerpo.
Había cesado cuando terminé de ingerirla.
Escribió las horas junto a cada observación y trazó una línea debajo.
—La próxima vez no dejamos nada —dijo.
Miró la piña antes de guardar la hoja.
—La próxima vez no empezamos si no podemos terminar —corregí.
Aquella fue la primera regla que descubrimos sin ayuda del cuaderno.
La otra consecuencia del mango no podía medirse sobre una mesa.
Durante los días siguientes, la separación que habíamos percibido al comer se extendió a los gestos más pequeños.
No impedía movernos ni reducía nuestra velocidad.
Añadía un intervalo. La mano avanzaba; casi al mismo tiempo, pero no exactamente, alcanzábamos a verla avanzar.
La mañana después del mango observé a Nicola enderezar el plato vacío que había fotografiado. Antes de tocarlo contuvo la respiración. El plato no estaba torcido. Sus dedos corrigieron una desviación que solo apareció después de que él decidiera corregirla.
—Lo hiciste otra vez —dije.
—¿Qué cosa?
—Dejaste de respirar.
Nicola mantuvo la mano sobre el borde del plato. Inspiró y lo desplazó deliberadamente unos centímetros. Esta vez el gesto no pareció adelantársele.
Esa tarde compró un cuaderno. No se parecía al del Garden Club: era de tapas negras, hojas lisas y papel común. En la primera página anotó el peso final del mango, la temperatura que había marcado el termómetro y la hora en que mi piel recuperó su color. Después empezó a registrar otras cosas.
26 de julio de 2013, 7:18 a. m.
Contuve el aire antes de enderezar un plato. No estaba torcido. Emilio vio la respiración antes que yo.
Nicola experimentaba aquella anticipación con curiosidad.
En la biblioteca empezó a descubrirla antes de dar instrucciones, interrumpir una conversación o cambiar de lugar un objeto.
La respiración se detenía; los hombros se elevaban apenas; después llegaba una explicación razonable de lo que estaba a punto de hacer.
Una tarde lo esperé cerca del mostrador mientras terminaba de hablar con un empleado.
Habían colocado un carro de devoluciones junto a una columna, fuera del espacio asignado.
Nicola explicó que obstruía el paso y pidió que lo movieran.
Su tono fue tranquilo y la razón era correcta.
Solo yo vi la presión de los dedos sobre el bolígrafo antes de que comenzara a hablar.
Cuando el empleado se alejó, Nicola soltó el aire.
—El carro sí estaba mal colocado —dijo.
—Sí.
—Habría pedido que lo movieran de todos modos.
—Lo pediste.
Pareció aliviado de que la fruta no le exigiera convertirse en otra persona. Podía corregir el carro. Lo que ya no podía hacer era confundir la necesidad de despejar el pasillo con la irritación que le producía encontrar algo fuera de sitio.
30 de julio de 2013, 6:42 p. m.
El carro impedía el paso. También me irritó que alguien hubiera modificado el orden sin consultarme. Las dos frases son ciertas. Solo dije la primera.
El mango también le devolvió recuerdos que no había buscado.
No eran escenas olvidadas, sino detalles que siempre había considerado secundarios: la presión de una mano sobre su muñeca antes de responder en la mesa; los adultos de su familia en Venezuela bajando la voz sin interrumpir una discusión; el modo en que había aprendido a retener el aire hasta encontrar una frase que no revelara irritación ni miedo.
No recordaba que se lo hubieran enseñado. Recordaba haberlos imitado.
En mí, el intervalo no produjo curiosidad. Produjo vergüenza.
El tic del ojo derecho aparecía antes de que evitara una pregunta.
Si Nicola quería saber por qué había tardado en responder un mensaje, el párpado se contraía antes de que yo inventara una explicación sencilla.
Si alguien en el laboratorio se acercaba a mi mesa, el músculo vibraba y mi cuerpo giraba ligeramente para proteger la pantalla, aunque no hubiera nada privado en ella.
Empecé a verme desde demasiado cerca.
En el trabajo digitalizaba entonces una colección de retratos dañados por humedad.
Una abrasión atravesaba el rostro de un hombre desde la frente hasta la boca.
Abrí la herramienta de restauración y amplié la imagen.
Antes de decidir qué debía corregir, mi mano ya había seleccionado una zona limpia de la mejilla para cubrir la herida.
Me detuve.
La abrasión era un daño. Mi tarea permitía repararla en la copia digital. Nada me obligaba a conservarla. Sin embargo, comprendí que no había pensado en el propósito de la imagen ni en los criterios del archivo. Solo quería dejar de mirar aquel rostro dividido.
Corregí la fotografía de todos modos. Guardé el archivo, completé la ficha y pasé al siguiente. El mango no volvió virtuosos nuestros gestos. Se limitó a llegar a tiempo para presenciarlos.
Mis caminatas cambiaron de la misma manera.
Continué saliendo de noche, pero empecé a notar las decisiones diminutas que formaban el recorrido: cruzaba la calle antes de pasar junto a un grupo, elegía las aceras con menos ventanas iluminadas, silenciaba el teléfono cuando temía que Nicola pudiera llamarme y volvía a mirarlo un minuto después.
Yo había llamado soledad a una serie de movimientos destinados a conservarla.
También había construido una versión de Nicola con lo poco que conocía.
Había convertido su atención en bondad permanente, su orden en seguridad y sus silencios en profundidad.
Cuando se impacientaba con un empleado o corregía una palabra que no necesitaba corrección, la imagen se quebraba y mi ojo empezaba a temblar.
No era Nicola quien había dejado de parecerse a sí mismo.
Era yo quien empezaba a conocer la diferencia entre mirarlo y completarlo.
Una noche se lo dije. Estábamos acostados, cada uno vuelto hacia un lado distinto. Nicola no respondió enseguida. Sentí que contenía el aire.
—¿Y ahora qué estás preparando? —pregunté.
Exhaló.
—Iba a explicarte por qué no me idealizas.
—Eso ayudaría mucho.
—También iba a decir que yo nunca lo pedí.
—Eso ayudaría menos.
Se volvió hacia mí. En la oscuridad no podía verle las manos, pero escuché que respiraba con cuidado, como si cada frase tuviera que atravesar el cuerpo antes de llegar a la boca.
—Me gusta que estés aquí —dijo.
No añadió ninguna explicación. El ojo me tembló y esta vez no aparté la cara.
Durante las semanas siguientes los intervalos se hicieron menos evidentes, pero no desaparecieron. Ya no veíamos cada movimiento antes de reconocerlo. Ocurría en los momentos precisos: antes de defendernos, corregir, retirarnos o fingir que una decisión había sido más limpia de lo que era.
Nicola siguió escribiendo.
18 de agosto de 2013, 11:06 p. m.
Emilio dejó una camisa sobre la silla. Contuve la respiración antes de verla. La camisa continúa allí.
Nicola la dejó allí durante tres días. Yo sabía que no era descuido, pero tampoco la retiré. Empezábamos a compartir un espacio sin que ninguno pudiera ocultarse por completo dentro de sus costumbres.
Una noche encontré a Nicola mirando la piña. La había trasladado a un estante donde no recibía sol directo. Seguía idéntica a las fotografías del 4 de julio.
—¿En qué piensas? —pregunté.
Antes de responder, sus hombros se elevaron apenas. Yo lo vi. Nicola vio que yo lo había visto.
—En nada —dijo.
Mi párpado se contrajo antes de que pudiera fingir que le creía.