Capítulo 4
Llevamos las frutas al apartamento de Nicola y las colocamos sobre la mesa de la cocina.
Antes de sacarlas de las bolsas cubrió la superficie con papel blanco.
No sabíamos qué podían manchar ni qué podía contaminarlas.
Fotografió mis manos mientras sostenía la piña y yo fotografié las suyas alrededor del mango.
Después intercambiamos las frutas y repetimos las imágenes.
Las pesamos, medimos sus diámetros y anotamos el color de la piel bajo la luz de una lámpara.
La piña tenía una hoja rota en la corona y dos raspaduras producidas durante el corte.
El mango presentaba una mancha verde cerca del tallo.
Dejamos ambos a temperatura ambiente, separados por medio metro, y tomamos una última fotografía antes de acostarnos.
A la mañana siguiente nada había cambiado.
Durante la primera semana los pesamos dos veces al día.
La cifra permanecía idéntica. El mango no maduró ni se ablandó; la corona de la piña conservó el mismo verde.
Tampoco aparecieron moscas alrededor. Nicola acercaba la nariz a cada fruta y describía el olor en una libreta: tenue, dulce, sin variación.
Yo alineaba las fotografías y alternaba rápidamente una imagen con otra en la pantalla.
Si había alguna diferencia, pertenecía a la luz.
Al décimo día dejamos de pesarlas por la mañana.
Al decimoquinto, Nicola retiró el papel blanco de la mesa porque tampoco mostraba humedad.
Las frutas pasaron a formar parte de la cocina.
Comíamos a su lado, dejábamos las llaves cerca de la piña y apartábamos el mango cuando necesitábamos espacio.
Su imposibilidad se volvió doméstica antes de volverse comprensible.
Yo permanecía cada vez más noches en el apartamento, aunque todavía regresaba al mío para cambiarme de ropa, alimentar al gato y asegurarme de que seguía existiendo.
Nicola no me había dado una llave. Cuando llegaba antes que él, lo esperaba en un café o caminaba hasta la biblioteca. Nunca le pedí que se apresurara.
Hablábamos de las frutas casi a diario. No discutíamos si habían aparecido; las fotografías y su peso resolvían esa parte. Discutíamos la advertencia.
—Puede significar que son venenosas —dije una noche.
—Entonces habría escrito que causan la muerte.
—Quizá consideraba que era lo mismo.
—Quien escribió esto distinguía entre una palma enferma y una palma muerta.
—No sabemos qué entendía por Paraíso.
—Tampoco sabemos qué entendía por llegar.
Nicola no hablaba como alguien que deseara ir. Lo inquietaba que una frase tan desmesurada hubiera sido escrita con precisión de inventario. Yo sospechaba que, si las frutas hubieran empezado a pudrirse, habría renunciado a probarlas. La permanencia fue lo que terminó convenciéndolo.
Al final de la tercera semana decidió abrir el mango.
Lavó el cuchillo, la tabla y dos platos. Se puso guantes para retirar la piel y separar la pulpa del hueso. El primer corte liberó un olor fresco que llenó la cocina. La carne era amarilla, firme y húmeda. No había fibras oscuras ni señales de fermentación.
Dividió toda la parte comestible en dos porciones del mismo peso. Después cubrió los platos con recipientes de vidrio invertidos. No probamos nada. Esperamos seis horas.
Los bordes cortados no se oxidaron. La pulpa permaneció del mismo color que en la primera fotografía y no perdió una sola gota de humedad. Nicola retiró las cubiertas poco antes de medianoche.
—Voy a comer mi parte —dijo.
No traté de disuadirlo. Habíamos repetido demasiadas veces los mismos argumentos y ninguno modificaba el objeto que teníamos delante.
—¿Ahora?
—Si sucede algo, prefiero no estar en la biblioteca.
Se sentó y tomó uno de los trozos. Antes de acercarlo a la boca miró el otro plato.
—No tienes que hacerlo.
Nicola mordió.
Esperé alguna alteración visible. Sus ojos no cambiaron ni perdió el equilibrio. Masticó despacio. Durante un instante contempló la mano con que sostenía la fruta, como si la hubiera encontrado extendida frente a él. Después tragó.
Tomé un trozo de mi plato.
Yo no quería llegar a ningún paraíso. Tampoco creía que una advertencia de 1976 pudiera decidir el destino de dos cuerpos en una cocina. Pero Nicola ya había cruzado el único límite que las frutas parecían reconocer, y no quise que una consecuencia desconocida le perteneciera solamente a él.
Mordí.
El mango sabía a mango. Era dulce, ligeramente ácido junto a la parte que había estado cerca de la piel.
Lo extraño ocurrió después, cuando llevé el trozo otra vez a la boca.
Vi avanzar mi mano una fracción de segundo antes de sentir que yo había decidido moverla.
La detuve y el movimiento cesó, pero durante ese intervalo mi cuerpo había parecido actuar a una distancia mínima de mí.
Nicola me observaba.
—¿Qué sentiste?
—No sé todavía.
Él miró su propia mano y continuó comiendo. Terminó la porción completa, aunque hacia el final tuvo que hacerlo sin apetito. Yo comí algo más de la mitad. La dulzura comenzó a producirme náuseas y cada movimiento llegaba acompañado por aquella breve separación entre la intención y el gesto.
—No puedo seguir —dije.
Nicola revisó mi plato.
—Come un poco más.
—Voy a vomitarlo.
No insistió. Cubrió la pulpa restante con el recipiente de vidrio. No la guardamos en el refrigerador. Después de tres semanas sin ningún cambio, el frío nos pareció una precaución inútil.
Nos acostamos, pero ninguno durmió enseguida.
Nicola describió la misma separación que yo había sentido: había visto su mandíbula moverse antes de reconocerse masticando, había notado la respiración suspendida antes de decidir contenerla.
Hablamos en voz baja hasta que los intervalos parecieron disminuir.
Me despertó el sabor.
Era dulce y fermentado, como si hubiera dormido con la pulpa debajo de la lengua.
Tenía la boca seca y el cuerpo hundido en el colchón.
Intenté incorporarme, pero los brazos respondieron con una lentitud pesada.
El calor no estaba en la habitación. Comenzaba debajo de la piel y se extendía hacia afuera.
Nicola encendió la lámpara. El olor lo despertó por completo.
—Hueles al mango.
—Lo comimos los dos.
—Yo no huelo así.
Me tocó la frente, después el cuello. Mi piel estaba húmeda y pegajosa. Cuando apartó la sábana vio una mancha oscura debajo de mis costillas, todavía pequeña, sin un borde definido. Presionó alrededor. No dolía, pero la carne parecía más blanda en aquel punto.
Nicola fue a la cocina. Lo seguí apoyándome en las paredes.
Bajo el recipiente de vidrio, la porción que había dejado ya no era amarilla. La superficie se había oscurecido y hundido. Un líquido espeso se acumulaba en el plato; pequeñas burbujas permanecían atrapadas junto a las fibras. El olor era el mismo que salía de mi boca.
La mitad de Nicola no había dejado restos. La piel y el hueso que habíamos apartado conservaban su aspecto, igual que la pulpa antes del primer mordisco. Solo se deterioraba lo que yo había comenzado a comer.
Nicola observó el plato y después la mancha de mi cuerpo. Mientras mirábamos, una zona de la fruta cedió sobre sí misma. Sentí que el peso bajo mis costillas descendía al mismo tiempo.
—Tienes que terminarla —dijo.
La idea de llevarme aquella pulpa a la boca aumentó las náuseas.
—Cómela tú.
Nicola tomó el tenedor, pero no tocó la fruta.
—No soy yo quien se está pudriendo.
No dijo que fuera imposible. No hacía falta. Si él la comía, la pulpa desaparecería del plato, pero nada indicaba que la alteración de mi cuerpo fuera a seguirla.
Retiró el recipiente y cortó la masa blanda en fragmentos pequeños. No apartó las zonas oscuras. Me senté frente al plato. El primer bocado tenía un sabor alcohólico y caliente. Tragué con agua. Nicola permaneció de pie a mi lado, una mano apoyada en el respaldo de la silla.
Comí lentamente. Después de cada fragmento esperábamos algún alivio, pero el calor y la pesadez continuaban. La mancha no crecía, aunque tampoco disminuía. Solo quedaba cada vez menos pulpa fuera de mi cuerpo.
El último trozo era casi líquido. Nicola inclinó el plato y lo reuní con el tenedor. Tuve que tragar dos veces.
La alteración no desapareció de inmediato. Primero dejó de avanzar. El calor permaneció bajo la piel, pero ya no aumentaba; el sabor fermentado se debilitó con cada respiración. La zona oscura recuperó lentamente su firmeza.
Permanecimos en la cocina hasta que amaneció. Nicola anotó la hora del último bocado y fotografió el plato vacío. Sobre la mesa, la piña conservaba intacta su corona verde.
Nadie la había mordido.