Capítulo 3
Durante las dos semanas siguientes vi a Nicola nueve veces.
Tres de ellas nos encontramos frente al árbol.
En las demás caminamos, volvimos al bar o permanecimos en la biblioteca después de que saliera el último usuario.
Ningún encuentro fue casual, aunque al principio ambos fingimos que podía haberlo sido.
Nicola me mostró el cuaderno original en una sala donde el aire acondicionado parecía ajustado para conservar mejor los documentos que a las personas.
La cubierta era de tela verde, tal como la había descrito, y el lomo se había ablandado hasta curvarse.
No me permitió tocarlo sin guantes. Él tampoco lo hizo.
—Ahora tenemos una reproducción mejor —dije.
—Seguimos teniendo la misma información.
—Eso ocurre con casi todas las reproducciones mejores.
Nicola cerró la caja y escribió la fecha de consulta en una hoja. Su letra era recta y regular. Cuando terminó, revisó una vez más que la tapa estuviera bien encajada.
Fuera de la sala hablábamos de otras cosas.
Nicola me contó que había estudiado bibliotecología después de llegar a Estados Unidos y que todavía pensaba en ciertas plantas con los nombres que había aprendido de niño.
Yo le hablé de las noches que pasaba caminando y omití que, desde que lo conocía, mis recorridos terminaban con frecuencia cerca de la biblioteca.
No preguntó por qué aparecía. Empezó a esperarme.
Una noche cenamos en su apartamento. Había preparado más comida de la que dos personas podían terminar y dispuso los platos como si aguardara una inspección. Después lavó cada utensilio apenas dejamos de usarlo. Yo secaba y colocaba las cosas donde él señalaba.
—Puede dejar ese vaso —dijo cuando tomé el último.
—Creí que nada podía quedarse en el fregadero.
—Ese sí.
Dejé el vaso. Nicola permaneció a mi lado con las manos húmedas. Durante unos segundos ninguno buscó una tarea que justificara seguir en la cocina. Cuando me besó, lo hizo sin cerrar primero el grifo. El agua continuó corriendo detrás de él hasta que me aparté para cerrarla.
No hablamos de lo ocurrido. Me quedé aquella noche y regresé dos días después. Ninguno llamó a eso un comienzo.
La primera vez que Nicola vino a mi apartamento, mi gato lo observó desde el respaldo del sofá y no se acercó hasta que oyó abrirse la nevera. Se sentó frente al plato vacío. Yo saqué la leche.
—No le des eso —dijo Nicola.
—El veterinario me dijo lo mismo.
—Entonces ya lo sabes.
Vertí apenas un fondo en el plato. El gato empezó a beber.
—La espera —dije.
Nicola miró el movimiento rápido de la lengua. No retiró el plato. Aquella vez no volvió a mencionarlo.
El árbol permaneció entre nosotros desde el principio, aunque entonces no parecía capaz de separarnos.
Era un asunto compartido, una pregunta que justificaba vernos incluso antes de que aprendiéramos a hacerlo sin justificación.
Nicola llevaba un registro de nuestras visitas.
Yo fotografiaba el tronco desde el mismo punto y con la misma distancia, procurando que las variaciones de luz no alteraran la comparación. No encontramos ningún cambio.
Para el 4 de julio preparamos dos bolsas de tela, una linterna, guantes, una cámara, una cinta métrica y un cronómetro. Nicola añadió un cuchillo pequeño. Le pregunté para qué.
—Por si alguna fruta no se desprende.
—La advertencia dice que no debemos comerlas. No que debamos llevárnoslas.
—Tampoco dice que no.
Habíamos acordado no probar nada. Si aparecían frutas, las fotografiaríamos y trataríamos de recoger una o dos.
Si no aparecían, cenaríamos en algún sitio antes de que el tráfico de la playa hiciera imposible regresar.
Nicola formuló ambos planes con el mismo cuidado, pero solo llevó bolsas para uno de ellos.
Llegamos al terreno antes de que oscureciera. Desde Hollywood Boulevard se veía avanzar hacia el este una fila casi continua de automóviles. Algunas personas caminaban con sillas plegables, neveras pequeñas y niños que agitaban luces de plástico. Nadie se detenía frente al edificio del Garden Club.
Revisamos el árbol mientras aún había claridad.
Conté las flores visibles y fotografié las ramas más bajas.
Nicola examinó el suelo por si alguna fruta había aparecido antes y caído.
A las nueve ya estábamos cubiertos de picaduras.
Los primeros fuegos artificiales sonaban aislados, con pausas lo bastante largas para oír los automóviles.
—Tal vez el mayor estruendo fue en 1976 —dije.
—Entonces tendremos que esperar mucho.
Nos sentamos cerca del edificio. Nicola mantuvo el cronómetro en la mano.
Yo dejé la cámara encendida sobre las rodillas.
Durante un rato los fuegos se sucedieron sin formar nada que pudiera llamarse un momento preciso.
Una explosión iluminaba las nubes bajas; después otra respondía desde más lejos.
El árbol aparecía y desaparecía dentro de esos cambios de luz.
El prodigio comenzó cuando dejamos de esperarlo en cada ruido.
No vi crecer las frutas. Una serie de explosiones cubrió todos los demás sonidos y, entre un destello y el siguiente, varias ramas descendieron bajo un peso nuevo. Donde un instante antes había flores aparecieron formas completas, suspendidas de tallos que no habían estado allí.
Nicola activó el cronómetro.
Reconocí primero el mango. Colgaba de una rama baja, verde y amarillo, con una superficie que reflejaba brevemente cada fogonazo.
Cerca de él había una guayaba y una vaina de tamarindo.
En una rama más alta distinguí dos frutos que no pude identificar.
El último no admitía ninguna duda y, al mismo tiempo, era el más imposible: una piña crecía de costado entre las flores, con la corona proyectada hacia el edificio.
Levanté la cámara. El enfoque buscó varias veces el tronco antes de fijarse. Tomé una fotografía, después otra. En la pantalla aparecieron seis formas diferentes.
—Son seis —dije.
Nicola las contó sin señalar. El cronómetro ya había superado el primer minuto.
—Tenemos que tomar alguna.
—Eso no estaba en el plan de observación.
—Sí estaba. Por eso trajimos las bolsas.
Guardé la cámara y me acerqué a la piña. Nicola sujetó el mango con una mano y giró el tallo con la otra. Se desprendió sin resistencia. La rama se elevó unos centímetros cuando desapareció el peso.
La piña estaba unida al árbol por un pedúnculo corto y grueso. La corona me arañó el antebrazo mientras intentaba sostenerla. Usé el cuchillo de Nicola. Al cortar, salió una gota transparente que permaneció en el metal sin caer.
—Dos minutos —dijo Nicola.
Podíamos alcanzar la guayaba. Nicola dio un paso hacia ella, pero se detuvo para mirar el mango que tenía en la mano. Yo tampoco me moví. Habíamos pasado días preparándonos para una aparición y ningún tiempo para decidir qué hacer después de tocarla.
Las detonaciones continuaban. El cronómetro marcó dos minutos y cincuenta segundos. Nicola comenzó a contar en voz alta los últimos números.
Cuando el cronómetro cumplió los tres minutos, las cuatro frutas que permanecían en las ramas dejaron de estar allí.
No cayeron ni se contrajeron. El peso desapareció y las ramas recuperaron su altura. En los mismos puntos volvieron a verse flores amarillas, movidas apenas por el aire. La gota adherida al cuchillo seguía intacta.
Revisé las fotografías. Las seis frutas aparecían en la pantalla. El mango y la piña permanecían en nuestras manos. Eran pesados, firmes y no tenían nada que los distinguiera de otros frutos, salvo el árbol del que acabábamos de cortarlos.
Nicola apagó el cronómetro. Durante unos segundos miró el mango; después me miró a mí.
—No vamos a comerlos —dijo.
—No.
Guardamos las frutas en bolsas separadas. Al alejarnos, la gente seguía mirando el cielo. Nadie volvió la cabeza hacia el árbol.