Capítulo 2
El bar estaba más lejos de lo que había supuesto.
Caminamos varias cuadras sin hablar, Nicola con las hojas debajo del brazo y yo a su lado, preguntándome en qué momento una advertencia absurda se había convertido en una invitación.
Entramos en un local estrecho con dos televisores encendidos sobre la barra.
En uno jugaban béisbol; en el otro, un hombre hablaba sin sonido frente a un mapa del tiempo. Nadie miraba ninguno de los dos.
Nos sentamos al fondo. Nicola puso las hojas entre nosotros y retiró la pinza negra. Las alisó con la palma antes de pedir una cerveza. Yo pedí otra.
—No es un manuscrito —dijo.
—No dije que lo fuera.
—Lo pensó.
Las páginas eran fotocopias en blanco y negro de un cuaderno de campo.
La cuadrícula se había reproducido con distinta intensidad: en algunas zonas apenas se veía; en otras formaba una red oscura sobre la escritura.
Había mediciones de troncos, fechas de floración, observaciones sobre el riego y dibujos rápidos de hojas.
La primera entrada estaba fechada el 4 de julio de 1976.
—El Bicentenario —dije.
Nicola asintió.
—La ciudad estaba llena de fuegos artificiales. Supongo que por eso eligió esa noche para escribirlo. O por eso pudo verlo.
No señaló quién era el autor. Busqué una firma en la parte inferior de la página, pero solo encontré una mancha alargada y la marca dejada por algo que había permanecido doblado entre las hojas.
La camarera trajo las cervezas. Nicola esperó a que se alejara y giró la fotocopia hacia mí.
La anotación ocupaba menos de media página. Había sido escrita en inglés, con una letra pequeña que se inclinaba gradualmente hacia la derecha:
2940 Hollywood Boulevard. Yellow Tab. El 4 de julio, durante el mayor estruendo de los fuegos artificiales, aparecen por tres minutos frutas que no podrían pertenecer a un mismo árbol. No deben comerse a menos que se desee llegar al Jardín del Paraíso.
Después continuaban las observaciones sobre el terreno. Altura aproximada de una palma. Diámetro de una copa. Dos ramas dañadas por una tormenta. La advertencia estaba integrada en la página con la misma naturalidad que los demás datos.
—Ahora entiendo la risa —dije.
—No parece escrita por alguien que quiera ser creído.
—Tampoco por alguien que dude.
Nicola bebió sin apartar la vista de la copia.
—Eso es lo que me molesta.
Me contó que el cuaderno había aparecido en una caja sin número de ingreso, mezclado con documentos del antiguo Hollywood Garden Club.
Había listas de socios, programas de exposiciones florales, recibos de fertilizantes y fotografías sin fecha.
Parte de aquel material había terminado en la biblioteca sin un inventario completo.
Desde que lo habían nombrado director, Nicola revisaba personalmente las cajas que nadie sabía dónde colocar.
—No es exactamente la función de un director —dijo—, pero casi todo lo que nadie quiere hacer termina convirtiéndose en función del director.
El cuaderno no tenía título ni nombre de propietario. La cubierta, según Nicola, era de tela verde oscurecida por el uso. Las primeras páginas parecían corresponder a un inventario botánico del terreno. Había llevado las copias porque el original no podía salir de la biblioteca.
—¿Y esto es todo lo que dice sobre las frutas?
—Todo.
Pasé a la página siguiente. Solo contenía el dibujo de una hoja, tres medidas y una nota sobre el estado del suelo. Revisé las demás. No había descripción de las frutas, ningún testimonio de que alguien las hubiera recogido, ningún intento de explicar cómo podían crecer juntas.
—Quizá era una broma.
—Es posible.
—O alguien escribió mientras estaba borracho.
—También es posible.
—O Yellow Tab significa otra cosa.
—Significa lo que dice.
Nicola extrajo de entre las copias una hoja impresa recientemente. Era un plano sencillo con una marca en Hollywood Boulevard.
—La dirección existe —dijo—. El Garden Club funcionó allí. Y todavía queda un árbol amarillo en el terreno.
—¿Ya fue a verlo?
—Dos veces.
—¿Tenía frutas?
—No era 4 de julio.
—Podría haber tenido frutas normales.
—No tenía ninguna.
Volví a mirar la fecha. Faltaban poco más de dos semanas para el 4 de julio.
—¿Piensa regresar?
—Sí.
No añadió que esperaba encontrar algo. Parecía haber tomado la decisión antes de saber qué deseaba que ocurriera.
La cerveza dejó un círculo húmedo sobre la mesa.
Aparté las fotocopias para que no se mojaran.
Nicola observó el gesto y me preguntó a qué me dedicaba.
Le expliqué lo del laboratorio y las colecciones fotográficas.
Quiso saber si restaurábamos los originales o solamente los archivos digitales.
Le hablé de las emulsiones, del polvo que podía retirarse y de las manchas que ya no podían separarse de la imagen sin destruirla.
Escuchó con una atención que no parecía cortesía.
Cuando terminé, volvió a colocar la primera página delante de mí.
—Entonces debería venir —dijo.
—¿Para fotografiar el árbol?
—Para que haya otra persona mirando.
—¿No confía en lo que pueda ver?
—Confío menos en lo que puedo recordar.
Me sorprendió que un bibliotecario dijera aquello. Hasta entonces yo había supuesto que las personas que trabajaban con libros confiaban en la memoria, así como quienes trabajábamos con imágenes fingíamos confiar en la vista.
—¿El árbol es una tabebuia? —pregunté.
Nicola apoyó un dedo junto a las palabras Yellow Tab sin tocarlas.
—Es el nombre que usan aquí. Cuando vi las flores pensé en un araguaney.
—¿Es lo mismo?
—No necesariamente. En Venezuela habría empezado por ese nombre. Aquí el árbol aprendió otro antes de que yo llegara.
Lo dijo sin nostalgia. Le pregunté cuánto tiempo llevaba en Florida y respondió que el suficiente para dejar de contar los años.
Había nacido en Venezuela, en una familia cuyo apellido había llegado desde Italia mucho antes que él.
Yo le dije que había nacido en el sur de Florida y que nunca había vivido en otro sitio.
—Entonces usted conoce el lugar mejor que yo —dijo.
—Conocer las calles no significa conocer lo que hay en ellas.
Nicola sonrió. No volvió a reírse.
Antes de salir intercambiamos números. Quedamos en vernos la tarde siguiente frente a la biblioteca. Él guardó las copias en el orden exacto en que las había sacado, ajustó la pinza sobre la marca oxidada y las llevó otra vez debajo del brazo.
A la mañana siguiente encontré un mensaje suyo enviado a las siete y doce.
El árbol sigue allí.
No había saludo ni indicación de que debiera responder. Lo hice de todos modos.
Yo también.
Nos encontramos después del cierre de la biblioteca.
Nicola había dejado la corbata en algún lugar, pero todavía llevaba la identificación prendida a la camisa.
Caminamos hacia el oeste por Hollywood Boulevard.
Habló del terreno mientras avanzábamos: el edificio del Garden Club había sido trasladado allí en 1959; durante años sus salones habían guardado archivos, utensilios y recuerdos de personas que conocían las plantas por sus nombres comunes.
El cuaderno podía haber pertenecido a cualquiera de ellas.
Nada permitía atribuírselo a un botánico ni a un jardinero particular.
El inmueble apareció detrás de otros árboles, apartado de la calle. Era un edificio bajo, de ventanas oscuras, con una entrada que parecía no haberse abierto en mucho tiempo. La vegetación hacía difícil establecer dónde terminaba el jardín y empezaba el abandono.
Nicola rodeó el borde del terreno sin vacilar. El árbol estaba a un lado del edificio. Su tronco era más ancho de lo que había imaginado y las ramas formaban una copa irregular. Conservaba algunas flores amarillas. Varias habían caído sobre la tierra y empezaban a oscurecerse por los bordes.
—Araguaney —dijo Nicola.
Después negó con la cabeza.
—Yellow Tab.
Se acercó al tronco, pero no lo tocó. Miró las ramas una por una. No había frutas ni restos de que las hubiera habido. Tampoco encontramos una placa que identificara el ejemplar. El edificio permaneció oscuro mientras la luz descendía sobre el terreno.
—¿Qué esperaba ver hoy? —pregunté.
—El árbol.
—Ya lo había visto dos veces.
—Quería saber si seguiría aquí cuando viniera con alguien.
No supe si hablaba en serio. Me situé a su lado y miré hacia arriba. Las flores eran pequeñas desde el suelo. Entre ellas había espacios por donde todavía podía verse el cielo.
El árbol no hizo nada. Nicola permaneció frente a él más tiempo del necesario para comprobar que existía. Yo permanecí porque él estaba allí.