Flores amarillas a la distancia de un brazo Capítulo 1
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Flores amarillas a la distancia de un brazo

Flores amarillas a la distancia de un brazo

Por Santiago Bonora

© inepub.com

Capítulo 1

No se conoce a nadie que haya presenciado el prodigio completo.

Algunos aseguraron haber visto las flores antes de los fuegos artificiales; otros recordaban una rama vencida por un peso que horas atrás no sostenía.

Las versiones coincidían únicamente en la duración.

Tres minutos. Después el árbol volvía a ser un árbol de flores amarillas y la noche continuaba.

Yo no conocía esa historia cuando vi a Nicola por primera vez.

Mi trabajo consistía, en buena medida, en decidir qué daño debía corregirse y qué daño había pasado a formar parte de la imagen.

Cuando salí, el párpado derecho me temblaba.

Lo presioné con dos dedos hasta que se detuvo y caminé hacia el este sin una razón particular.

En aquella época caminaba casi todas las noches.

No buscaba ejercicio ni llegaba a ningún sitio.

Esperaba a que disminuyera el calor y seguía las calles hasta que las casas encendían las luces de las cocinas.

A veces podía ver a una familia comer durante los pocos segundos que tardaba en pasar frente a una ventana.

Nunca reducía el paso. Me bastaba comprobar que al otro lado del vidrio estaba ocurriendo algo que no requería mi presencia.

Al llegar a Federal Highway todavía quedaba una franja de luz encima de los edificios bajos. El asfalto devolvía el calor acumulado durante el día y los automóviles se detenían demasiado cerca del paso peatonal. Esperé en la esquina de Washington Street. Fue entonces cuando oí reír a Nicola.

No era una carcajada. Era una risa breve, casi privada, que parecía haberlo sorprendido mientras leía.

Estaba a pocos pasos de mí, inclinado sobre unas hojas sujetas con una pinza negra.

Llevaba las mangas recogidas hasta los antebrazos y sostenía los papeles demasiado cerca de la cara.

El semáforo cambió. Los peatones comenzaron a cruzar, pero él no levantó la vista.

El contador descendió de veinte a diecinueve.

Me acerqué. Cuando llegué a su lado, quedaban nueve segundos.

—Si piensa pasar, tiene que hacerlo ahora.

Levantó la cabeza, miró la señal y después volvió a mirar las hojas.

—Entonces ya no llego.

La respuesta me hizo detenerme. Los últimos peatones alcanzaron la acera opuesta y el contador llegó a cero. Quedamos juntos junto al borde de la acera. Los automóviles comenzaron a pasar frente a nosotros. Nicola protegió los papeles contra el aire que levantaban.

—¿Era tan gracioso? —pregunté.

Observó la página como si necesitara comprobar qué había leído.

—No estoy seguro.

—Se rió.

—Por la forma de la advertencia, no por lo que advierte.

No explicó más. Sobre la hoja superior vi la reproducción de una página cuadriculada.

Había nombres escritos a mano, medidas, fechas y el dibujo incompleto de una rama.

En el margen aparecía una palabra en inglés subrayada dos veces.

Alcancé a leer yellow antes de que Nicola ordenara el conjunto y lo doblara por la mitad.

El tráfico seguía pasando. Desde la isla no podíamos ir hacia ninguna parte hasta el próximo cambio de luz.

—¿Qué advierte? —pregunté.

Nicola se volvió hacia mí. Era bastante mayor que yo, aunque no supe calcular cuánto. Parecía examinarme sin desconfianza, como si mi pregunta pudiera catalogarse y él estuviera decidiendo en qué sección colocarla.

—Que no deben comerse las frutas de un árbol.

Esperé algo más.

—Eso no parece una advertencia difícil de cumplir.

—Depende del árbol.

La señal peatonal volvió a encenderse. Esta vez Nicola comenzó a cruzar de inmediato. Yo avancé junto a él.

—¿Qué tiene de particular?

—Produce frutas distintas.

—¿De distintas variedades?

—Frutas que no pertenecen a la misma especie. Al mismo tiempo. Una vez al año.

Lo dijo sin bajar la voz ni buscar en mi cara algún indicio de credulidad.

Yo había aprendido a desconfiar de las personas que relataban hechos extraordinarios con demasiada serenidad.

También había aprendido que casi nunca valía la pena contradecirlas.

Sin embargo, Nicola no hablaba como quien defiende una convicción.

Hablaba como quien acaba de encontrar un error en un inventario y todavía no sabe si debe corregirlo.

Alcanzamos la otra acera. El párpado volvió a temblarme.

—¿Y qué sucede si alguien las come?

Nicola miró hacia el oeste. La luz se había retirado de las fachadas y solo permanecía arriba, detrás de los cables.

—Según esto, llega al Jardín del Paraíso.

Esta vez fui yo quien se rió.

—¿Al morir?

—No lo especifica.

—Es una omisión importante.

—Hay varias.

Levantó las hojas dobladas. La pinza había dejado una marca oxidada en la esquina superior de la primera página.

—¿Es antiguo? —pregunté.

—La copia no. El cuaderno, sí.

—¿De dónde salió?

—De una caja que llevaba años en la biblioteca sin que nadie la abriera.

Entonces me dijo que se llamaba Nicola. Pronunció el nombre sin apellido y yo le di el mío de la misma manera. Después señaló un bar a pocas cuadras, en dirección a Hollywood Boulevard. Dijo que allí podría enseñarme las páginas sin obligarnos a esperar otro semáforo.

No me preguntó si tenía tiempo. Quizá ya había comprendido que no había nadie esperándome.

Lo seguí.