Capítulo 19 #2
A las dos y diecisiete de la madrugada recibí una llamada de un número desconocido. Era otro agente. Nicola no había llegado a su apartamento ni a ningún hospital que hubieran consultado. Me preguntó si podía entrar con una llave propia. Miré la que todavía estaba puesta en la cerradura.
—Sí —dije.
—¿Falta ropa o equipaje?
—No.
—¿Documentos personales?
Revisé el cajón donde guardaba el pasaporte y otros papeles. Todo permanecía allí.
—No.
—¿Dinero en efectivo?
No sabía cuánto debía haber. Se lo dije.
El agente indicó que alguien volvería a llamarme por la mañana.
No dormí. Preparé café y no terminé la taza. El líquido se enfrió sin producir ninguna consecuencia fuera de sí mismo. La sequedad del níspero seguía allí. El dolor no la reemplazaba ni la resolvía.
Al amanecer, la camisa estaba casi seca.
El martes, a las ocho y doce, llamó una empleada de la biblioteca. Nicola no había llegado para abrir y no respondía los mensajes. Antes de que pudiera preguntarme si sabía algo, dije que estaba desaparecido.
La palabra produjo silencio al otro lado de la línea.
—Me respondió ayer —dijo por fin.
—Lo sé.
—Dijo que revisaría el documento antes de la reunión.
—Lo sé.
La empleada empezó a llorar sin hacer ruido. Escuché una respiración irregular y después el movimiento de papeles. Me preguntó qué debía decir al resto del personal. Le di el número de caso y el teléfono del investigador que aparecía en la tarjeta. No pude ofrecerle otra instrucción.
Durante esa mañana llamaron personas que conocían a Nicola.
Compañeros de trabajo, un vecino, alguien que había cenado con nosotros varios meses antes.
Cada uno conservaba una versión reciente de él.
Lo habían visto salir de la biblioteca, responder un correo, cargar gasolina, sostener una puerta, prometer una revisión para el martes.
Ninguno tuvo que ser convencido de que había existido.
Una detective llegó al apartamento antes del mediodía.
Observó las habitaciones, fotografió los documentos y anotó qué objetos parecían faltar.
Le mostré el armario, el pasaporte, la ropa preparada y el cargador del teléfono.
Le dije que el teléfono, la billetera y las llaves estaban con Nicola.
Su automóvil permanecía donde lo habíamos dejado.
La detective se sentó a la mesa y volvió a hacerme las preguntas de la noche anterior. Quiso saber si nuestra relación atravesaba dificultades, si Nicola había hablado de marcharse, si tenía familiares con quienes pudiera quedarse, si había retirado dinero o cambiado alguna contraseña.
Respondí con la precisión que podía sostener.
—¿Discutieron en el terreno? —preguntó.
—No.
—¿Le dijo algo antes de que usted dejara de verlo?
Recordé mi nombre en su boca y la palabra que había pronunciado después.
—Dijo que estaba bien.
—¿Qué estaba bien?
—Una decisión mía.
La detective esperó.
—¿Qué decisión?
—Quedarme.
No añadí nada. Ella escribió la respuesta y trazó una línea debajo.
Sobre una repisa estaban las fichas de las seis frutas. Las habíamos guardado en carpetas transparentes, acompañadas de pesos, dimensiones, fechas y fotografías. La detective tomó una de ellas.
—¿Qué es esto?
—Un registro que llevábamos.
—¿Para qué?
—Para observar cómo cambiaban las frutas.
Pasó varias páginas. Vio el mango cortado, la piña sin corona, la guayaba abierta y los túneles de las larvas. No había nada en las imágenes que exigiera un árbol imposible. Podían haber sido compradas en lugares distintos y fotografiadas sobre la misma mesa.
—¿Tiene relación con su desaparición?
—No sé cómo demostrar una relación.
Me miró, pero no volvió a preguntar por las frutas. Anotó la existencia de los registros y dejó la carpeta en la repisa.
No le mostré el cuaderno botánico. El original permanecía en la biblioteca y las copias estaban dentro de una caja, junto con los diarios de Nicola.
La detective encontró los diarios durante la revisión del dormitorio.
Leyó algunas páginas recientes. Las últimas anotaciones contenían horas de sueño, flores caídas, comidas y visitas al terreno.
No había una despedida ni un plan de fuga.
Se llevó copias de varias páginas y dejó los cuadernos donde estaban.
Tampoco le mostré la fotografía de las cuatro y cuarenta y seis.
No la oculté porque negara a Nicola. La preservé porque contenía tres desapariciones y la investigación solo podía buscar una.
Si entregaba la imagen, tendría que afirmar que el árbol y el edificio estaban allí pocas horas antes de que los agentes encontraran la parcela vacía.
La fotografía dejaría de ser un rastro de Nicola para convertirse en una prueba contra la posibilidad de creerme.
Entregué la imagen de abril. Era suficiente para reconocer su rostro.
Durante los días siguientes buscaron a Nicola como se busca a una persona que todavía ocupa algún lugar.
Consultaron hospitales, revisaron movimientos bancarios y solicitaron información sobre el teléfono.
Hablaron con empleados de la biblioteca y con personas que aparecían en sus llamadas recientes.
Recorrieron otra vez el terreno y varias calles cercanas.
El automóvil fue trasladado a un depósito y después me permitieron recoger sus pertenencias.
No hubo actividad en sus cuentas después del 4 de julio.
El teléfono no volvió a conectarse. Nadie utilizó sus tarjetas ni presentó sus documentos.
Las cámaras de establecimientos próximos conservaron automóviles, peatones y reflejos de los fuegos artificiales.
Ninguna mostraba a Nicola saliendo de la parcela.
La investigación no encontró una dirección para su ausencia.
Yo regresé al terreno cada día durante las primeras dos semanas.
Iba por la mañana, al mediodía o después del trabajo.
Caminaba sobre la continuidad de la tierra y buscaba cambios pequeños: una hoja nueva, una depresión, humedad sin lluvia.
No creció nada que pudiera confundirse con el árbol. El edificio tampoco reapareció.
Una tarde llevé las fotografías tomadas antes de 2016.
Me situé donde calculaba que había estado el tronco y orienté las imágenes hacia el paisaje.
Los bordes no coincidían. La ausencia del edificio había abierto ángulos que antes no existían, y la vegetación del fondo parecía demasiado próxima.
Guardé las copias sin tomar una fotografía nueva.
En el apartamento permanecían la corona de la piña, las semillas, las pieles secas y los recipientes rotulados.
Permanecían las fichas con el peso de cada fruta y las imágenes de nuestras manos dividiéndolas.
Permanecía el cuchillo que había cortado la naranja.
El jugo seco sobre la hoja solo demostraba que alguna vez había cortado una.
Permanecía el cronómetro detenido en tres minutos y nueve segundos.
Ningún objeto probaba de dónde habían salido las frutas.
El mundo conservaba mejor otras cosas. La biblioteca conservaba el expediente laboral de Nicola, sus evaluaciones, los presupuestos que había corregido y el mensaje enviado la tarde del 4 de julio.
El edificio donde vivía conservaba su nombre en el contrato.
El banco, las oficinas públicas y las listas de contactos lo reconocían.
En mi teléfono continuaba la conversación que habíamos mantenido durante tres años.
Sus colegas recordaban el tono con que daba una instrucción.
Yo conservaba una llave capaz de abrir su apartamento.
Lo que no existía era un lugar en el que esas constancias pudieran encontrarlo.
Pasaron semanas. Después pasaron meses.
La policía me llamó cada vez con menos frecuencia.
La detective nunca declaró que Nicola hubiera decidido marcharse.
Tampoco encontró pruebas de violencia, accidente o preparación.
La clasificación del caso no cambió. Su nombre permaneció en una base de datos junto con la fotografía de abril y la descripción de la camiseta oscura.
La camisa clara quedó colgada en el armario.
Se había secado por completo la mañana del 5 de julio.
La flor que encontré en el bolsillo se oscureció, perdió los pétalos y terminó convertida en un residuo que guardé dentro de un sobre.
No era un resto de la naranja ni una prueba de los tres minutos.
Era una flor amarilla ordinaria que se había adherido a la ropa de Nicola bajo la lluvia.
La imagen de las cuatro y cuarenta y seis permaneció en tres lugares. No la corregí, no la imprimí y no la incorporé todavía a ninguna colección. Cada vez que abría la carpeta comprobaba que el archivo podía leerse y la cerraba sin añadir metadatos.
La investigación siguió abierta. La búsqueda activa terminó.
Nicola quedó registrado como desaparecido. Era la palabra más exacta disponible y la única que todavía afirmaba, sin prometerlo, que podía ser encontrado.