31 Riley
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
RILEY
Debería sentirme muy mala hermana por llevar días ignorando a Mia, pero la verdad es que no lo hago.
Por primera vez en mi vida, no estoy pensando en cómo afectan mis actos a otras personas.
Sé que esto es temporal y que volveré a caer en ello, pero me alegra haber conseguido dejarlo a un lado durante un tiempo.
Darme cuenta de que casi pierdo a Joe por no ser capaz de priorizarme ha activado un interruptor en mi cerebro que será difícil que vuelva al estado habitual.
También parece que algo ha cambiado en mi padre, porque me llamó para preguntarme cómo había ido y, lo más importante, qué quería hacer.
Cuando le comenté que quedarme para el partido de los playoffs y que quería ir a todos, me dijo que vale y que, por favor, fuera con cuidado para que no me pasase lo mismo que a Lauren.
Ninguno de los dos se sintió cómodo con esa parte de la conversación.
No voy a negar que mi mente ha intentado sobrepensar en todo lo que estaba ocurriendo con Joe, en si unos días después sería consciente de que no valía la pena o de que solo era un capricho.
Pero Joe se ha encargado de quitarme todas esas ideas de la cabeza, sobre todo a base de orgasmos.
No mentía cuando dijo que tenía otras técnicas para acallar mis pensamientos.
Aunque también hemos hecho otras cosas, como preparar rollos de canela juntos o hablar de que los dos estuvimos muy ciegos con respecto a nuestros sentimientos el curso pasado —y yo este semestre—.
También hemos odiado que todos lo vieran menos nosotros.
No pasa nada, tenemos mucho tiempo por delante para compensar el tiempo perdido, aunque Joe me dejó claro que no fue perdido, fue lo que necesitábamos para conocernos de verdad.
Noto un beso en mi espalda y sonrío, Joe ya se ha despertado.
—Tus pensamientos me han desvelado —se queja en broma y se mueve, imagino que para comprobar la hora—. Al menos solo quedan diez minutos para que suene el despertador. ¿Llevas mucho rato dándole vueltas a la cabeza?
—Una media hora —admito, porque si algo me proporciona Joe es paz y la capacidad de dormir, pero tampoco hace milagros.
—Podrías haberme avisado, te hubiera entretenido ese tiempo.
—¿Ah, sí? —intento sonar casual, pero no lo consigo.
Joe se ríe y me atrae más hacia él para que pueda notar todo su cuerpo.
Un escalofrío me recorre entera cuando su mano se pierde entre mis pliegues y jadeo sin poder evitarlo.
Me alza la pierna para tener mejor acceso y me lleva al límite una y otra vez con caricias perezosas mientras su risa me hace cosquillas en el oído cada vez que resoplo.
Se separa de mí un segundo para alcanzar un preservativo y me agarra por la cintura para colocarme encima de él.
El corazón se me desboca por la sensación y por el miedo, pero Joe no me permite pensarlo.
Se introduce en mí y se mueve un poco hasta que me permito relajarme.
Cuando lo hago, me sonríe de medio lado.
—¡Móntame, Vaquera! —me reclama con un tono ronco que he descubierto estos días; me encanta.
Hago lo que me pide, al principio lento, torpe, sin saber muy bien qué estoy haciendo.
Con la ayuda de la mano de Joe en mi cadera, consigo centrarme y, poco a poco, voy notando lo que me gusta y lo que le gusta a él; hasta que un orgasmo inesperado me arrasa, provocando el suyo.
Me dejo caer en su pecho mientras recuperamos la respiración y Joe me aparta el pelo de la cara para darme un beso en la frente.
—Eres maravillosa, Vaquera.
Cuando Kieran aparca el coche en el aparcamiento del estadio, soy consciente de que hoy es el primer día que Joe y yo nos dejaremos ver en público como pareja.
Hemos estado demasiado ocupados pasando tiempo juntos en su cama y hablando de nuestra relación como para salir.
Si Joe estaba entrenando, aprovechaba para estar con Mia, la cual está muy feliz con este viaje, sobre todo después de que se fuera de compras con Savannah.
Sin embargo, no hemos paseado por el campus, ni hemos salido fuera a cenar; tampoco es que lo necesitáramos.
No creo que nuestra relación se vuelva tan mediática como la de Brooke y Tyler, simplemente confirmaremos algo que todos veían menos nosotros.
Nada más bajarme, alguien me envuelve en sus brazos con todas sus fuerzas y me quedo parada sin saber qué hacer.
—Mamá, le estás haciendo daño —se queja Joe y me relajo al notar que es la señora Coleman.
—Si soporta tus abrazos puede soportar los de cualquiera. —Me suelta y planta sus manos en mis mejillas—. Qué feliz estoy de que por fin mi hijo se haya dignado a confesarte lo que sentía, empezaba a pensar que no lo haría nunca.
—¡Mamá!
—¡Te callas!, como llevas meses callando. —Su madre le señala con el dedo y entrelaza su brazo con el mío—. Tienes que contarme la cara que puso cuando te encontró en casa.
—Se asustó —admito y Joe resopla—. En su defensa diré que yo hubiera salido corriendo si me encuentro a alguien dentro de mi casa.
—Siempre puedes usar el táser —bromea Joe. Me coge de la cintura para separarme de su madre y me planta un beso que hace que me sonroje, más por el público que tenemos que por otra cosa—. Nos vemos luego.
—Dales una paliza. —Le guiño un ojo y me devuelve el gesto mientras Kieran hace una broma sobre lo empalagosos que somos. Por suerte, Aba le calla.
—Tienes que contármelo todo —me pide la señora Coleman mientras me arrastra hasta el estadio y me río cuando el señor Coleman rueda los ojos.
—En realidad, fue trabajo en equipo.
—¡Riley! —Savannah responde al segundo tono—. ¿Qué tal las cosas por casa? ¿Nos echas de menos?
—¡Nosotras a ti sí! —Sonrío al escuchar la voz de Brooke—. Al menos este año no me he quedado sola en el campus como el año pasado.
—No es que notases mucho nuestra ausencia —se burla Savannah—. Sé que Tyler te cuidó muy bien esos días.
Me doy cuenta de que me ignoran mientras oigo risas y no puedo evitar sonreír.
—Chicas —llamo su atención, pero siguen sin hacerme caso—. ¡Chicas!
—Perdona, Riley, estaba matando a mi compañera de habitación —se disculpa Brooke.
—Deberías usar algo más contundente que un cojín.
—Chicas, os llamo porque ha pasado algo.
—¿Qué pasa?
—¿Estás bien?
—Madre mía, Riley, eres única para contar las cosas —se burla Mia—. ¡Hola, chicas!
—¡Hola, Mia! ¿Nos puedes explicar qué le pasa a Riley antes de que nos dé un mal?
—Vamos de camino al aeropuerto —les comento—. En un par de horas sale nuestro vuelo a South Bend. Necesito vuestra ayuda.
—Podemos ir a buscarte, claro —se ofrece Brooke—. Tenemos las llaves del Jeep.
—Al final tendré que comprarle otro coche a Hunter, es más nuestro que suyo —bromea Savannah—. Riley, ¿cómo es que vuelves? Pensaba que tu padre te había obligado a ir. ¿No era el cumpleaños de Lauren?
—Lo que menos le preocupa a Lauren ahora mismo es cumplir años.
—Mia se ríe y yo ruedo los ojos—. Chicas, Riley tiene algo importante que explicaros, pero está dando rodeos innecesarios, así que voy a simplificar: vamos las dos y sí, nos vendría genial que vinierais a recogernos.
Nuestro padre ahora mismo tiene mejores cosas de las que preocuparse que de este viaje, así que un problema menos.
Riley tiene un motivo, uno de peso, para ir.
Hala, hermanita, ya puedes ahorrarte los preámbulos.
—Voy a ir a hablar con Joe. —Respiro hondo y suelto—: En realidad, voy a besarle.
—¡Sí!
—¡Ya era hora de que te dieras cuenta! ¿Y cuál es el plan?
—No tengo un plan.
—Sí tenemos un plan —me interrumpe Mia—, pero al parecer no le gusta.
—Me lo creo. —Tanto Brooke como Savannah se ríen—. ¿Cómo podemos ayudar?
—¿Conocéis algún sitio donde pueda hablar con él sin que haya nadie más?
—Dame un segundo. —Savannah corta la llamada y medio minuto después me entra por videollamada. Cuando descuelgo, Aba está en ella—. ¡Hola, Aba! ¿Cómo de mal te iría dejarle a Joe la casa sola esta noche?
—Si me haces esa pregunta cuando está Riley en la llamada, ¿puedo hacerme ilusiones?
—¡Puedes! —grita Mia, que ni siquiera la conoce en persona.
—¡Por fin! Me alegro mucho de que des el paso, Riley. Y sí, Kieran y yo podemos desaparecer esta noche sin problemas. ¿Le aviso o me espero?
—También habría que hablar con Barry —comenta Brooke—. Supongo que puede quedarse en casa de Candy, ¿no?
—De eso que se encargue Kieran —sugiere Aba—, será más fácil. De todas formas, Barry no se ha despegado de Joe desde la cita, así que imagino que no pondrá ninguna objeción.
Noto un pellizco en el corazón al sentirme culpable por haberle hecho daño a Joe y Mia pone una mano en mi muslo.
—Vale, pues tenemos la casa despejada. —Savannah me sonríe—. Riley, ¿quieres esperarle allí o prefieres ir al entrenamiento?
—Prefiero esperarlo en casa.
—¿A qué hora llegas? —me pregunta Aba—. Por organizarnos. Por cierto, Kieran me acaba de contestar, ya está buscando plan para nosotros esta noche y también ha avisado a Barry.
—A las cinco a South Bend. Brooke y Savannah vienen a por nosotras.
—Perfecto, pues venís directas aquí y yo me largo.
—¿Tenemos un plan? —Mia me mira ilusionada y asiento.
—¡Tenemos un plan!
He venido a ver a Joe a muchos partidos, incluso el año pasado fui a los de los playoffs que jugaron en Nueva Orleans y Miami, pero siento que este es distinto.
No sé si se debe a que son los últimos que jugarán los cinco juntos, si es por la presión que ahora tienen después de que Hunter haya ganado el trofeo Heisman o una mezcla de todo, pero el ambiente es otro.
No sabría decir si mejor o peor, solo diferente.
La orquesta ha sonado más fuerte, el confeti ha llegado más alto y ellos han corrido más para llegar al banquillo.
O puede que sea porque Mia lo ha vivido tan intensamente que me ha contagiado su entusiasmo.
Los señores Coleman se han sentado más arriba, en la zona de familiares, con los padres de Hunter, los de Tyler, la familia de Kieran y el padre de Aba.
Nadie quiere perderse estos playoffs, sus últimos partidos como jugadores universitarios y, para algunos, los últimos reales; sobre todo si tenemos en cuenta que Kieran no quiere ser profesional.
Según sus agentes, Hunter, Tyler, Joe y Barry serán seleccionados en el draft, pero eso no quiere decir que acaben jugando con el equipo; no serían los primeros a los que desechan en pretemporada.
Sonrío a Maisie, que está sentada encima de Aba mientras come palomitas que le roba a Nathan y él finge que no se da cuenta, y me giro al ver bajar a Savannah por las gradas con dos bolsas enormes.
Hace cinco minutos ha desaparecido sin dar explicaciones, justo al empezar el partido.
Por suerte, les ha tocado defender, así que no se ha perdido nada de Hunter.
—¡Ya estoy aquí! —anuncia Savannah y alza las dos bolsas de lo que parece ropa—. Había encargado una cosa en la tienda de la universidad y no la encontraban. Casi los demando.
—Ya será menos —bromea Brooke y coge el paquete que le ofrece.
Le da otro a Candy, que se queda totalmente sorprendida, otro a mí, a Maisie y a Aba, antes de sacar el último para ella. Asiente para que podamos abrirlo y no puedo hacer más que sonreír cuando veo una sudadera del equipo con el número de Joe.
—Sé que tenéis las camisetas, pero con este frío no se pueden lucir, así que: he pedido que hicieran sudaderas.
—Gracias.
—¿Y las otras chicas? —pregunta Brooke.
—Están avisadas, para que puedan elegir si quieren.
—¿Y no hay una de «cuñada del jugador»? Me encantaría tener una.
—Tienes una reservada sin número a tu nombre para que pongas lo que quieras. Y hay otra para ti también, Nathan. —Savannah les guiña un ojo y a mi hermana se le ilumina la cara—. No estaba segura de si os gustaría.
—Me subestimas, rubia.
Mia sube corriendo las gradas para ir a por su sudadera y aprovecho para ponerme la mía. Estoy deseando que Joe me vea con ella.
Abrazo a Mia cuando el árbitro pita el final del partido y todo el estadio se viene arriba con gritos y cánticos.
Han ganado su primer partido de los playoffs, están un paso más cerca de la final.
Contengo las lágrimas como puedo mientras me acerco lo máximo posible al campo para ver como Joe viene hacia mí con una sonrisa.
Me abraza por la cintura y me planta un beso más largo de lo que sería recomendable, teniendo en cuenta que están sus padres aquí.
Cuando miro de reojo, veo que tanto Barry, como Kieran, Tyler y Hunter están haciendo lo mismo.
—Eres mi amuleto de la suerte, Vaquera.
—Ya ganabas antes de que estuviera yo.
—Pero no jugaba tan bien ni era tan feliz.
—Lo primero es mentira, lo segundo… coincido.
—Por cierto —me susurra al oído—, llevo queriendo quitarte esa sudadera desde que te la he visto.
—O podría llevar solo la sudadera —le propongo en un tono que espero que sea sugerente. Supongo que sí lo es, porque se le ilumina la cara y se le oscurecen los ojos.
—Nos vamos directos a casa en cuanto salga —dice a modo de despedida yendo hacia la entrada de los vestuarios.
—¿Y tus padres?
—¡Que se encargue Barry! —grita sin dejar de correr.
Me río, porque no puedo ser más afortunada, ni tener un novio más perfecto. Y, aunque sé que siempre voy a tener la sensación de que no soy suficiente para él, me pienso esforzar al máximo para serlo.