32 Joe
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
JOE
Hoy es nuestro último partido. Después de cuatro años jugando juntos, luchando con un mismo objetivo, nuestros caminos se separan y no volveremos nunca a este punto.
Es tan bonito como triste. Sé que no los voy a perder como amigos y que todavía nos queda un semestre para graduarnos, pero nada volverá a ser igual.
Los entrenamientos se acabarán, los viajes, la complicidad dentro del campo…
Dejaremos de ser parte del equipo de Havenwood Warriors y de ser los titulares.
Después de cuatro años juntos, seremos solo estudiantes decidiendo nuestro futuro.
Y espero que el mío me lleve a la NFL. Vendrán otros compañeros, pero ninguno será como ellos, lo tengo claro.
Y no me parece que haya una mejor manera de llegar a este momento que jugando la final del campeonato. Bueno, sí, ganándola.
Giro la cabeza cuando me siento observado y me encuentro a Riley sonriendo desde el otro lado de la cama.
—¿Te he despertado? —No falta mucho para que suene la alarma, pero me jode ser el causante de su desvelo.
—No. —Arrastra su cuerpo hasta mí y apoya su cabeza en mi pecho. No creo que sea consciente de la paz que me da ese simple gesto—. ¿Has conseguido dormir?
—Sí, pero me he desvelado hace una hora o así. Estoy nervioso.
—Lo raro sería que no lo estuvieras —bromea—. Tenéis que disfrutar de este día. El resultado es secundario, es vuestro último partido juntos, jugad como tal.
—¿Como si no hubiera un mañana?
—Como si el partido no fuera lo importante.
—Molaría acabar con una victoria.
—¡Claro! Pero mirad todo lo que habéis conseguido: habéis llegado a la final casi invictos, Hunter ha ganado el trofeo Heisman y los cuatro tenéis casi asegurado el draft. Os podéis sentir muy orgullosos de ello y una derrota no cambiará nada de eso.
—¿Sabes lo más me gusta de que acabe la temporada? —Niega con la cabeza y sonrío—. Que puedo dedicarte todo mi tiempo a ti.
—Te queda un semestre de clases —me recuerda—. Y a mí la temporada de primavera.
—Lo que significa que podré ir a verte y animarte a todos los partidos.
—Pensaba que dirías que lo mejor de que se acabe la temporada es que se aproxima el draft.
—También. Porque, por mucho que diga mi agente, hasta que no vea mi nombre en la lista, no me quedaré tranquilo, pero lo mejor es disfrutar de ti todo lo que pueda.
—¿Y después?
—Después igual, pero «lo que pueda» será menos.
—Porque serás profesional.
—¡Porque seré un puto jugador de la NFL! —Se ríe por mi ímpetu—. ¿Sabes? Si al final te aburres de estudiar tanto, siempre puedes probar a ser agente deportivo. Yo te contrataría.
—Prefiero seguir mi camino hacia la abogacía.
—Serás la mejor abogada del mundo. —La agarro del culo para subirla y poder besarla en la boca. Intenta disimular una mueca, pero no puede ocultarme nada—. Riley, no vamos a perder lo que tenemos por tener vidas fuera de la universidad.
—¿Seguro?
—¿Tú quieres estar con otro?
—¡No! —Sacudo todo su cuerpo cuando me río por su contundencia y su cara de enfado.
—Igual no te has dado cuenta —acaricio su mejilla—, pero estoy loco por ti y no es que no quiera estar con otra, es que solo quiero estar contigo. Mi número solo estará en tu espalda. Nos adaptaremos a lo que venga.
—¿Sabes? Deberías hacerte una sudadera con mi número y mi apellido para cuando vengas a mis partidos. Es un poco arcaico que solo las novias las llevemos.
—Eso es porque vosotras estáis sexys con ellas, nosotros solo somos un tío más con una sudadera.
—Para mí serías el más sexy de todos.
—Entonces, me compraré siete, una para cada día. —La beso con ganas mientras se ríe y justo en ese momento suena la alarma—. Tenemos que espabilar, como llegue tarde Mason me cortará los huevos.
—El entrenador Phillips te los cortaría antes —bromea levantándose—. ¿Preparado?
—¿Puedo confesarte algo? —Aprovecho que se está quitando la camiseta para ayudarla. No es que quiera ver su cuerpo, es por echarle una mano.
—Sabes que sí. —Me regala una sonrisa preciosa y la beso.
—Odio a los Cowboys. —Resoplo y me mira desconcertada, supongo que no esperaba este comentario—. No sé por qué, pero no puedo con ellos. Ganar en su estadio sería casi como darle en los morros, por muy absurdo que parezca.
—Es absurdo —se burla y le hago cosquillas, lo que la hace reír todavía más—, pero yo te apoyo en ese odio.
—¿En serio?
—Siempre, Joe. —Coloca una mano en mi mejilla y me sonríe—. Tus guerras, aunque absurdas, también son las mías. Te quiero.
—Joder… —La beso con toda la intensidad que sus palabras me han provocado, para demostrarle que yo también—. Te quiero, Vaquera.
—Y ahora, vamos a la ducha. Hay un partido que ganar.
El pasillo de entrada a los vestuarios está más lleno que nunca.
Ni siquiera el año pasado, que también llegamos a la final, estaba así.
Saludo a varias familias antes de reunirme con mis padres, que se están riendo de algo que dice el padre de Aba.
Se nota que llevan varios partidos coincidiendo, porque la complicidad que tienen no se veía en el primer partido de los playoffs.
Riley le entrega a mi madre la bolsa que lleva —y que no me ha dejado ver el contenido— y a mi madre se le ilumina la cara.
—Será la primera vez que me pongo algo así, pero la ocasión lo merece.
La observamos extrañados, hasta que saca una sudadera del equipo y se la coloca.
Es la primera vez que veo a mi madre con una prenda tan deportiva.
En la espalda tiene nuestro apellido, pero en lugar del 68 —mi número y el que lleva Riley— o el 69 —el número de Barry— lleva un seis y una equis.
El pecho se me llena con algo que podría ser orgullo o emoción. Riley me aprieta la mano y le sonrío.
—Te queda muy bien —le dice Candy con una sonrisa. Desde luego, este semestre no ha parecido la misma persona que el curso pasado y mi madre también lo ha notado, porque ha empezado a añadirla en los planes familiares.
—Es muy cómoda —admite mi madre y se acerca tanto a Candy como a Riley—, pero no se lo digáis a estos dos; llevo toda la vida diciéndoles que se pongan otro tipo de ropa, me quedaría sin argumentos.
Sonrío ante su complicidad y me giro un momento para empaparme del ambiente que hay en el pasillo.
Familiares abrazando, deseando suerte, otros dando indicaciones, risas…
Justo lo que necesito en este instante. Hago contacto visual con mi hermano que me sonríe y no me hace falta decir nada más para que haga lo que hablamos anoche: poner la canción Hall of Fame.
Ha sido nuestra canción desde la primera vez que jugamos juntos y tenemos que irnos con ella, no puede ser de otra manera.
En cuanto empieza a sonar, todos nos buscan con la mirada y muestran una sonrisa de agradecimiento.
Sé que para algunos es un partido más —bueno, no, porque es la final del campeonato y es muy difícil llegar, pero el año que viene tendrán otra oportunidad—, pero para nosotros es el último y tenemos que acabarlo por todo lo alto.
En el instante en el que alzamos la voz para cantar el estribillo, algo me recorre el cuerpo entero y lo tengo claro: hoy ganaremos, no hay otra opción.
—¿Preparado? —Me siento al lado de Barry y le doy una palmada en la espalda.
—Nací preparado —chulea, pero enseguida cambia la expresión echando un vistazo rápido al vestuario—. Lo voy a echar de menos.
—Yo también. —Sonrío al ver a Hunter, Tyler y Kieran con sus auriculares.
—Tengo que confesarte algo —suelta de golpe Barry y lo miro extrañado. Suspira—. Sí que me concedieron la beca para la Universidad de Houston.
—¿Perdona? ¿Eres imbécil? —le reprocho—. ¿Por qué no fuiste allí? ¡Hubieras tenido más puntos para entrar al draft! Es uno de los mejores equipos universitarios que hay, Barry.
—Lo sé, pero no quería ir sin ti y a ti no te concedieron la beca.
—Me da igual eso.
—Pero a mí no —sentencia—. No estaba preparado para jugar solo, tampoco tengo claro que lo esté ahora.
—¿Sabes? Molaría mucho acabar los dos en los Raiders.
—Qué mal lo va a llevar papá. —Se ríe y parte de la expresión de tristeza que tenía se esfuma—. No me arrepiento.
—No sabes cómo te hubiera ido en Houston.
—Sí que lo sé. No os tendría a vosotros, así que mi vida sería una mierda.
No me hubiera especializado en Psicología Deportiva, no habría conocido a gente extraordinaria, ni habría visto un partido de soccer; tampoco habría ido a la ceremonia del trofeo Heisman.
Seamos sinceros, me hubieran echado de la residencia y no hubiera tenido un salvavidas.
—Te hubiera sido más fácil llegar a profesional.
—No, no lo hubiera sido. Si estamos en esa lista es porque los cinco hemos sido un equipo desde nuestro primer partido; eso no lo hubiéramos encontrado en ningún otro sitio. Venir a Havenwood fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.
—La mejor no —lo corrijo y me mira confuso—. Fue la primera mejor decisión que tomamos, la primera de muchas.
—Riley te vuelve más sabio —bromea y me da un golpe con el hombro—. No eres consciente de lo feliz que fui cuando me enteré de que se iba a presentar de sorpresa.
—Lo sé. —Respiro hondo—. ¿Sabes? Nos queda un último baile prepartido.
—¿Y si no lo hacemos?
—¿En serio?
—No quiero tener la sensación de que es el último, quiero quedarme con el buen recuerdo de la última vez que lo hicimos, sin saber que iba a ser la última.
—Deberíamos jugar como si no hubiera un mañana. —Sonrío y me mira curioso—. Si supieras que no vas a volver a jugar, que este es tu último partido, ¿qué es lo que más te gustaría hacer?
—Jugar a tu lado; al lado de estos tres capullos que se han convertido en nuestra familia. Ganar la puta final del campeonato.
—Pues vamos a ello. —Me levanto y le ofrezco mi mano. Se alza y lo abrazo—. Como si no hubiera un mañana.
—Como si no hubiera un mañana.
Por muy espectacular que hagas la previa del partido —que, ojo, lo ha sido—, lo importante aquí es el juego.
Y empezamos atacando. Hay distintas vertientes de pensamiento sobre si es una ventaja táctica o no comenzar atacando, incluso estadísticas al respecto.
En mi opinión, no creo que eso importe una mierda.
Mi rendimiento y mis ganas de ganar no van a disminuir por pasar los primeros minutos en el banquillo, aunque sí es posible que el ánimo de Indiana baje cuando vea que somos imparables.
Hunter nos reúne para cantar la primera jugada y todos respiramos hondo una vez acaba.
Nos miramos un segundo antes de dar una palmada y separarnos, compartiendo un mismo pensamiento: vamos a por todas.
Miro a mi hermano y los dos nos agachamos a la vez para ponernos en posición; nuestro último partido juntos después de toda una vida.
La siguiente vez que coincidamos en un campo, lo más probable es que sea para enfrentarnos. Lo estoy deseando.
Cambio el chip y me concentro para centrarme en el partido.
Coloco mi mano en el césped y observo al línea defensivo que tengo delante y que intentará traspasarme.
No sabe a quién se enfrenta. Si somos el equipo con el menor número de sacks del campeonato es por algo; nadie puede bloquear a Hunter, vamos a impedirlo como sea.
El balón sale disparado hacia Hunter y me lanzo hacia el jugador, que intenta, en vano, cruzar la línea.
Sonrío cuando acaba la jugada y ha sido incapaz de dar un paso adelante.
Empieza el partido. Empieza la final. Empieza nuestro último partido juntos.
Y lo vamos a ganar. «Como si no hubiera un mañana».
RILEY
Todo el estadio explota en una celebración brutal en cuanto la palabra touchdown aparece en la pantalla.
Han marcado a dos minutos del final, consiguiendo tres touchdown de ventaja sobre Indiana.
Han ganado el campeonato; es imposible que remonten.
Han terminado su último partido juntos por la puerta grande, tal y como se merecen.
Empezamos a abrazarnos y a llorar, al menos, hasta que las palabras de Glen nos dejan a todas congeladas en el sitio:
—Barry se ha lesionado.